Johnny el Guapo
Capítulo 15
La sonrisa de imbécil que llevaba apoyada en la rodilla parecía ensancharse cada vez que el coche se sacudía. Exceptuando aquella sonrisa, la máscara tenía una expresión austera, ojerosa, de mentón afilado. Mitchell pensaba que casi era una máscara representativa de la muerte. Tuvo una visión súbita de sí mismo tendido y muerto en el suelo del Banco, sonriendo con gesto congelado a el hilarante chiste de la muerte…
Hizo un movimiento abrupto, casi un escalofrío, para desechar aquella imagen, y Tully, que se sentaba a su lado, le miró con un rostro descolorido e inquisitivo. En el asiento delantero, la cabeza de Battler y los hombros de Jappy aparecían inmóviles como si estuvieran diseñados de cartón piedra.
Cogió la máscara y se puso a examinarla. Jappy había comprado seis máscaras, años atrás en una tienda de remate, sin otra razón que el hecho de que fuesen una ganga irresistible, y las guardó para cuando llegara el momento en que pudieran ser necesarias. Por llamativas que fueran, difícilmente podrían seguirles la pista hasta el momento y lugar en que las comprara Jappy. Estaban fabricadas en un plástico blando que se ajustaba bien al rostro sin revelar los rasgos faciales. Las máscaras, unidas a unos guantes blancos de algodón y a los trajes de calle, oscuros, todos del mismo tejido, constituían un disfraz, excelente. Era un ejemplo más del genio organizador de Jappy. Éste era un tipo reflexivo, bien organizado, y merecía ser un ladrón próspero, pero nunca había tenido demasiada suerte.
Y todavía le rodaba mal la rueda de la fortuna. Pero esta vez no tenía ninguna culpa de su mala suerte, sino su propio carácter. Si no hubiera sido tan tacaño, si se hubiera gastado unos miles de dólares en vez de permitir que Johnny el Guapo fuera a prisión…
El coche, llevado por la mano experta de Battler, avanzaba a una velocidad constante de sesenta kilómetros por hora y, como ocurre en el caso de un buen conductor, el viaje resultaba suave, igual que si la carretera, queriendo premiar la aptitud del conductor, se hubiera desposeído de todos sus baches.
Bobby los precedía a cinco o seis kilómetros de distancia; al menos eso era lo que se suponía. Hubo un momento en que lo divisaron en una larga curva, lo cual significaba que se había rezagado. Pero ya no lo vieron por segunda vez, lo cual significaba que había recuperado su velocidad normal o, más probablemente, que Battler había corregido la suya propia. El coche de Bobby era un «Buick» en buen estado que había sido robado, la mañana anterior, en una estación de ferrocarril. Obviamente, su propietario era un conmutador de cercanías que lo había dejado allí toda la noche, de forma que cuando se denunciara el robo haría ya tiempo que lo habían abandonado. También este detalle era obra del genio previsor de Jappy.
Tully, con la máscara puesta, hacía cómicos sonidos amenazadores y gesticulaba en el aire con las manos. Jappy miró hacia atrás y le dijo.
—No seas payaso y quítate eso.
La voz de Tully, desde dentro de la máscara, sonaba incongruentemente irritable:
—Un poco de alegría no estorba. Parece que vais a un funeral.
—Quítatela. ¿Y si la ven desde otro coche?
Tully se despojó de la máscara, como si se quitara la piel. Lo que ocurría era que estaba asustado y trataba de disimularlo con sus bravatas.
Mitchell, en cuanto a sí mismo, pensó que se sentía tranquilo e indiferente, exceptuando una pequeña sombra de ansiedad en un rincón de su mente.
Había surgido durante la visita de Shannon, la noche anterior. No es que hubiese nada que lo justificara. Shannon, por una vez, no se había mostrado sarcástico ni amenazador. De hecho, había estado impropiamente nervioso.
Pero ello resultaba comprensible. Al igual que todos ellos, él era un ladrón de poca monta realizando su primera aventura en un asunto importante; y posiblemente tenía suficiente alma policial como para sentirse inquieto ante la comisión de un gran delito, el que sin duda, él diferenciaba del soborno o la corrupción, cosas ambas permisibles en un policía, según la vieja tradición.
Shannon y él tenían que fiarse el uno del otro, como todos los delincuentes que en sus interrelaciones deben confiar en los otros delincuentes. Pero él se habría sentido más a gusto si Shannon no hubiese sido policía. Pensó, con una sonrisa, que a lo mejor se debía a que él no
había trabajado antes de acuerdo con ningún policía, y por eso era incapaz de medir su grado de fiabilidad, como medía, más o menos, el grado de fiabilidad de los ladrones.
Aquella noche le dijo a Shannon que después del robo permanecerían escondidos dos días y medio.
—¿Así que tenéis preparado un escondite? ¿Dónde?
—En alguna parte —respondió Mitchell.
Shannon se encogió de hombros y añadió:
—Bueno, eso es cosa tuya. Hablemos de echar el guante al dinero.
Mitchell asintió:
—Saldremos del escondite sobre las once de la noche, y volveremos a casa cuando esté cerrada la bolera.
Describió el sitio exacto, debajo de las pistas de la bolera tras el mecanismo de colocación de bolos, donde esconderían el dinero. Por razones de espacio lo distribuirían entre tres o cuatro pistas. Después se dispersaría el grupo. Mitchell volvería a su hotel, donde le recogería Shannon y ambos se presentarían en la bolera. Shannon subiría las escaleras metálicas, mientras Mitchell se quedaba abajo, y obligaría a Jappy a que le abriese.
—¿Y si no me quiere abrir?
—Usted es policía, ¿no? Tire la puerta abajo.
Shannon encañonaría a Jappy y le obligaría a entregarle las llaves de la bolera. Luego se las echaría a Mitchell, que estaría esperando abajo, el cual trasladaría el dinero a cuatro maletas y las metería en el maletero del coche de Shannon. Seguidamente, llevándose a Jappy con ellos, regresarían al hotel, donde Mitchell trasladaría la mitad del dinero a un coche alquilado previamente, y desaparecería de allí. Media hora más tarde, Shannon dejaría a Jappy abandonado en cualquier parte y se llevaría las otras dos maletas de dinero a un escondite que ya tenía preparado.
—¿Cogerás un avión para alguna parte? —preguntó Shannon.
—Tal vez.
—¿Y si te cogen?
—¿Teme que le delate? ¿Cómo iba a hacerlo, reconociendo que he robado un Banco? Y aunque lo hiciera, a usted le bastaría con negarlo.
Mientras no aparezca su dinero…
—No te preocupes por eso. Nadie lo encontrará.
—¿Quiere decirme dónde lo va a poner?
Shannon hizo un guiño y se quitó el sombrero.
—¿Qué debo decirte… buena suerte?
—Como usted guste —respondió Mitchell.
A las siete treinta Jappy abrió un termo y sirvió café en vasos de papel, y bollos dulces. Battler se quedó mirando a la parte posterior del coche y dijo:
—Procurad no ensuciarlo con migajas.
Esta exigencia de Battler, precisamente en el momento en que se disponían a robar un Banco, no le pareció chistosa a Mitchell. Al igual que le ocurría a Battler, la mente de Mitchell se encontraba distante del trabajo que tenían a la vista. El robo del Banco representaba solamente una estación intermedia; luego habrían de venir otras. Había urdido un plan intrincado, y existían muchos puntos por donde se podía romper. Incluso podía fallar el propio robo, se recordó a sí mismo. Si fallaba éste, todo iría mal. Sin embargo, no era capaz de concentrarse plenamente en él. Le pasaba lo mismo que a Battler, que se preocupaba por las migajas.
—Por amor de Dios, ¿te estás durmiendo?
Se dio cuenta de que había cerrado los ojos. Jappy, girado en su asiento, le estaba mirando con aire molesto. Tully dijo:
—Trata de hacernos ver que está tranquilo. Pero apuesto a que tiene los pantalones manchados.
Mitchell guardaba silencio, sorbiendo su café tibio.
—No vendría mal que hiciéramos un repaso final —dijo Jappy.
—Por Cristo —exclamó Tully—, si ya me sale por las orejas tanto ensayo.
—En un asunto como éste —dijo Jappy, obstinado—, nunca se es demasiado perfecto. Al mismo tiempo, nos resultará más llevadero el viaje.
—Oídme —dijo Battler—. Que todo el mundo guarde su vaso en una bolsa de papel.
El sol ganaba altura y proyectaba más calor, al menos en apariencia, sobre la tierra. Los coches se habían multiplicado en la carretera. La mayor parte de ellos iban ocupados por tres o cuatro hombres, por grupos de trabajadores manuales. Los ocupantes de cuello blanco, en coches bastante más nuevos, se unirían a la caravana matinal dentro de media hora. Era América en la carretera, pensaba Mitchell, conduciéndose soñolienta al destino diario de callada desesperación sin poner jamás en duda su respuesta tropística de mundo honrado a cada nuevo sol.
Jappy se volvió y dijo:
—Vuelvo a recordaros a todos la prohibición de disparar, salvo que sea necesario. Pero cuando haya que hacerlo, no dudéis. Tirad a matar.
—¿Por qué? —preguntó Tully—. Si en vez de matar herimos, la ley será menos dura.
—Mira quién habla de la ley. Escuchad; si hay que disparar contra alguien, quiero que este alguien quede fuera de combate. Pero nunca se sabe si se ha conseguido con un solo disparo, seguid disparando.
Battler anunció:
—Faltan exactamente cinco minutos para llegar al sitio.
—Puede que Bobby ya esté allí —dijo Jappy—. No quiero que espere demasiado. Acelera un poco.
—Vamos dentro de lo previsto —dijo Battler—. A la hora exacta.
—Lo sé —repuso Jappy dando un suspiro—. Pero adelántate un poco al tiempo previsto.
Resultaba imposible saber si Battler había aumentado la velocidad.
Nada cambiaba en la sólida e inmutable estructura de sus hombros. Las tierras de labranza se deslizaban por las ventanillas y se iban quedando atrás planas, a lo largo de la carretera, hasta perderse en el horizonte. A corta distancia, los ganados permanecían inmóviles.
—Dos minutos —anunció Battler—. Llegaré a la hora exacta.
El punto de encuentro era en los restos de una gasolinera que había dejado de funcionar, e inexplicablemente se iría a la ruina. Exceptuando el edificio central que resistía a la expoliación, sólo quedaban sin destruir las
isletas de hormigón de los surtidores de gasolina. El interior del edificio también había sido saqueado. Battler se salió de la carretera y llevó el coche por detrás del garaje sobre un pavimento resquebrajado. Allí estaba detenido el coche de Bobby, fuera de la vista de la carretera, junto a un montón de escombros metálicos y neumáticos a medio quemar. Battler se detuvo a su lado.
—Te has retrasado un par de minutos —dijo Bobby.
Battler sacudió la cabeza.
—En punto. Al segundo.
Jappy se apeó, y rodeando el coche de Bobby abrió la puerta del lado de éste. Seguidamente cogió un trozo cuadrado de lona. Mitchell vio que estaba mirando lo que se ocultaba debajo: cinco botellas de cerveza llenas de una mezcla de gasolina y bencina, cada una de las cuales tenía una tira de trapo saliendo por su gollete. Vio cómo Jappy hacía una señal de aprobación con la cabeza, y luego volvía a tapar las bombas incendiarias con la lona. Seguidamente cerró bien la puerta y se acercó a la ventanilla del conductor.
—Veamos tu reloj, Bobby.
—Si ya lo hemos sincronizado antes de salir —dijo Bobby.
—Veámoslo.
Bobby apoyó el brazo en el borde de la ventanilla, y Jappy puso el suyo paralelo al del otro de forma que pudieran coincidir las esferas de ambos relojes a la misma altura. Luego se inclinó para verlos más de cerca.
—Veintiún rubíes —dijo Bobby—. Puede permanecer sincronizado durante un mes.
—Él sólo roba cosas buenas —comentó Tully.
—¡Robar! Lo compré en el centro de la ciudad; doscientos cincuenta pavos, al contado.
—Basta de cháchara y concentraos en el trabajo —dijo Jappy.
—No hay motivos para preocuparse —comentó Bobby.
—Pues más valdría empezar a preocuparse —añadió Jappy—. Como hago yo. ¿Sabes lo que quiero decir con eso? —Miró a su reloj—. Que te muevas. Tienes exactamente doce minutos y cincuenta segundos.
—Exacto.
—Sólo una cosa más… No falles.
—No te preocupes —repuso Bobby, y se marchó.
Giró en la esquina del edifìcio del garaje, y un momento más tarde oyeron el rugido del motor acelerando al volver a la carretera. Jappy ocupó su sitio en el otro coche.
—Adelante —le dijo a Battler.
Battler condujo el vehículo pasando sobre los escombros, y rodeó el garaje para introducirse en la carretera. Condujo suavemente, sin apresurarse, y nadie pronunció una sola palabra hasta que alcanzaron los suburbios de Amesville. Jappy dijo:
—Nos quedan dos minutos. ¿Alguna pregunta?
—Jesús, no —repuso Tully.
—¿Mitchell?
—Robemos el Banco —respondió éste.
En la calle principal de Amesville el tráfico era escaso y fluía sin interrupción. A lo largo de ella iban abriendo los comercios, pero las ventas resultarían de poca importancia hasta que, con el mediodía, llegara la invasión de los trabajadores de la fábrica de galletas. Cuando tuvieron a la vista el Banco, a dos manzanas de distancia, se encontraban a cuarenta y cinco segundos de la hora cero.
Jappy retiró la vista de su reloj y, volviéndose hacia atrás, emitió un silbido silencioso. Bobby ya habría lanzado la primera bomba incendiaria.
Mitchell se lo imaginaba saliendo de su coche, delante mismo de la comisaría de Policía, y avanzando un paso o dos hasta la estructura de madera del edificio. La mecha de la primera bomba estaría ya encendida.
Tranquila y metódicamente, un instante antes de lanzarla, encendería con ésta la mecha de la segunda y arrojaría la primera bomba que entraría volando a través de la puerta abierta. Para entonces ya estaría encendiendo la tercera bomba con la mecha incandescente de la segunda. La bomba número dos penetraría por la ventana, y si algún policía intentaba asomarse por ella, alarmado por la primera explosión, la segunda botella podía alcanzarle, o al menos rociar su cuerpo, obligándole a retroceder envuelto
en voraces llamas. La vieja madera del edificio estaría ya en llamas, pero Bobby continuaría arrojando la cuarta, incluso la quinta bomba…
Si esto había ocurrido así, de poco les iba a servir a los del Banco hartarse de pisar los dispositivos de alarma. En el supuesto de que no se hubieran quemado los fusibles por el intenso calor, los policías estarían bastante ocupados salvándose ellos mismos, y no tendrían tiempo de acudir a ayudar a los del Banco. ¿Y si Bobby hubiera fallado? Bueno, entonces tendrían que apechugar con ello y se encontrarían en situación comprometida.
En el aparcamiento de delante del Banco, destinado a los clientes, había dos coches aparcados. Pero lo más probable era que dentro hubiese más clientes que los ocupantes de aquellos dos vehículos. Seguramente habría algunos comerciantes que habían acudido desde sus tiendas a proveerse de billetes pequeños y monedas para realizar las operaciones de aquel día.
Desde fuera sólo podían verse, a través de los cristales de las ventanas profusamente iluminados por el sol, los globos de luz amarilla de una araña que pendía del techo, en el centro del Banco.
Battler efectuó la señal luminosa de giro a la izquierda, y detuvo el coche de costado delante mismo de la entrada. Mitchell inclinó la cabeza y se puso la máscara. Cuando la levantó, Jappy y Tully ya estaban enmascarados. Jappy asintió con la cabeza y los tres abrieron las puertas y salieron decididamente del coche, con sus armas listas para disparar. Al mismo tiempo oyeron tras ellos que Battler aceleraba el motor y se dirigía con el coche hacia el aparcamiento del supermercado. Se alinearon en la puerta, uno al costado del otro, e irrumpieron en el Banco, con aire imponente, los tres pulcramente vestidos con trajes negros idénticos, guantes blancos y sonrisas de loco.
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