Johnny el Guapo

John Godey · Capítulo 20 de 23

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Johnny el Guapo

Capítulo 19

A Jappy le costó trabajo aclararle que no había perdido la calma, y que su condena a muerte no era impuesta por influencia del capricho o la crueldad.

—Si sólo hubiera sido por saber que eras Johnny el Guapo, como has dicho, me habría conformado con darte una patada en el trasero y dejarte marchar, sin más. Pero pretendiste hacerme una rencorosa traición y quedarte hasta el último centavo del botín, engañándome miserablemente.

Por eso voy a enviarte al otro mundo. —Guardó silencio y luego añadió fríamente—: Eres un maldito hijo de puta.

Sentados como estaban, en torno a la mesa de la cocina, con aquella naturalidad y el tono coloquial de las palabras, la escena cobró apariencias de una tertulia entre amigos o familiares. Jappy había colocado la escopeta sobre sus piernas, pero no apartaba la mano de ella. Shannon estaba sentado, con el revólver apuntando a quemarropa al pecho de Mitchell, libre del dispositivo de seguridad, y apoyado sobre el emplazamiento fijo de su muñeca izquierda. Sus ojos claros transmitían una expresión de indolencia mezclada con regocijo y desprecio. Pero Mitchell sabía que Shannon no se dejaría coger por sorpresa.

—Aunque te merezcas una muerte lenta —dijo Jappy—, te voy a despachar en seguida. Renuncio a la satisfacción de verte morir despacio.

—Bueno, la satisfacción no lo es todo —dijo Mitchell.

Jappy se dirigió a Shannon:

—¿Qué hay por ahí afuera?

—Está todo rodeado de coches oficiales. Al venir hacia aquí he cruzado varios controles de carretera, pero ya van aflojando y se limitan a mirar rápidamente a los que pasan. Lo hacen un poco a la ligera, por pura fórmula. Están convencidos de que habéis logrado escapar. Pero la muerte de esos dos policías los ha indignado. ¿Fue necesario matarlos?

—No disparamos precisamente por placer. Sucedió así. Mala suerte.

—¿Sabes?, yo también soy policía, no lo olvides —dijo Shannon—. Y

no me gusta que maten a mis compañeros.

—Discúlpate ante él, Jappy —dijo Mitchell—. ¿No crees que merece que te disculpes ante él por sus delicados sentimientos?

Ninguno de los dos prestó atención a estas palabras. Mitchell pensó que ya estaba sentenciado a muerte, que ya era un cadáver, y de nada serviría continuar hablando. Se preguntó cómo sería la muerte. Un relámpago de dolor, una espantosa compresión, y luego se acabarían las angustias, las frustraciones, los odios destructivos… Bueno, de todas formas tendría un funeral cuando Katsouras se enterase de la noticia. ¿O maldeciría Katsouras a su cadáver, por traición?

Los ojos de color azul claro de Shannon le observaban astutamente. Le preguntó:

—¿En qué piensas, Johnny? ¿Te gustaría haber actuado de otra forma?

¿O no haber actuado en absoluto?

—Teniente, sólo cometí el error de no darme cuenta de que un hombre con su sentido del honor, un defensor de la moral pública, podría traicionarme.

—Cuando se traiciona a un traidor no se está traicionando a nadie.

Entérate bien, pringoso: una cosa anula la otra.

Mitchell dijo:

—Con todo el debido respeto a sus convicciones morales, teniente, sigo sin comprender por qué se volvió contra mí. ¿Por qué se tomó esa molestia?

—¿Acaso no lo comprendes? —La voz de Shannon encerraba un acento festivo—. Me decidí por la parte más ventajosa. El mayor fallo de tu pacto consistía en que detrás iban a quedar cuatro tipos enojados por la frustración. Aunque no estuvieran en condiciones de quejarse, suponiendo que se hallaran en su sano juicio, siempre quedaba la remota posibilidad de que alguno de ellos se enfadase hasta el punto de no importarle lo que pudiese ocurrirle, si conseguía ponerme la bota encima. La naturaleza humana es así de rara. O supón que enchironan a uno de ellos por otro asunto, meses después, y decide cantar porque no tiene nada que perder, o hacer un trato para recibir clemencia. Imagínate que uno de ellos pierde la chaveta y viene a buscarme con una pistola. Eso casi me hizo desistir del trato contigo, hasta que encontré otro más simple.

Sacó a tientas un cigarrillo, del paquete, con la mano izquierda y manipuló el encendedor. El revólver ni siquiera se movió y el ojo negro de su cañón continuó apuntando inmutable hacia el tórax de Mitchell.

—Como digo, es muy simple —continuó—. Si aceptaba tu plan tenía que rechazar el de Schroeder, y si aceptaba el de Schroeder tenía que rechazar el tuyo. En ambos casos había en juego el mismo dinero. Pero trabajando contigo me encontraría ante cuatro enemigos, mientras que haciéndolo con Schroeder sólo tendría uno: tú. Mejores condiciones. Y si eliminábamos a ese enemigo, las condiciones serían perfectas. No habría de qué preocuparse. Preocupaciones cero. Así que me puse en contacto con el señor Schroeder. Al principio quiso cancelarlo todo. Pero cuando le dije que no se lo iba a permitir, cambió de opinión. Incluso aceptó graciosamente igualar tu oferta y darme el cincuenta por ciento del botín.

—Sí —dijo Jappy—. Graciosamente. Todavía no he dicho a mis queridos colegas que su parte va a ser menos de lo que esperan.

—¿Los otros todavía no saben nada sobre mí, ni sobre Shannon? —

preguntó Mitchell.

—Todavía no saben absolutamente nada. No tuve más remedio que mantenerlos ignorantes de ello. Si se lo hubiera dicho, lo habrían echado todo a perder, y yo te necesitaba a ti para hacer el trabajo. Además, es una mala faena correr el riesgo de robar un Banco y que luego te engañen con el dinero. ¿Te das cuenta qué ironía?

—El señor Schroeder no me creyó, al principio —dijo Shannon—.

Pensó que le estaba tomando el pelo.

—Me pareció absurdo cuando me dijo que tú eras Johnny el Guapo. Es cierto, me la pegaste bien.

—Pero cuando empezó a creerlo —dijo Shannon— le pareció muy bien.

—Tampoco podía yo contarles lo de Shannon —añadió Jappy—. Los habría puesto muy nerviosos saber que estaban trabajando con un policía.

Después de todo, ninguno lo había hecho antes. Ni yo tampoco.

—Bueno, tal vez a partir de ahora le cojas gusto —dijo Mitchell—.

Puede que tú y el teniente Shannon forméis una sociedad anónima, y cada vez que hagas un trabajo venga él a recoger el cincuenta por ciento del total.

Aunque sólo sea por su cara bonita.

—Ya puedes hacer chistes —dijo Jappy plácidamente—. Haz todos los chistes que quieras, porque se te acaba el tiempo.

Mitchell oyó, de manera casi imperceptible, el sonido distante de un inodoro. Seguramente no pasaría mucho tiempo antes de que alguien bajase por la escalera. Sería Battler, que acababa de despertar. Los otros todavía no sabían nada sobre él ni sobre Shannon… En su mente cobró forma una sutil e indefinida esperanza.

Jappy, como si le hubiera estado leyendo los pensamientos, dijo:

—Será mejor que acabe contigo de una vez, y les explique todo a los demás.

—No es que yo quiera decirte cómo has de hacer tu trabajo —anunció Mitchell lenta y parsimoniosamente—, ¿pero has pensado que si me liquidas ahora vas a tener que pasar dos días al lado de mi cadáver?

—Eso no importa —añadió Shannon—. Muerto, no serás mala compañía.

—¿Y la descomposición? —aclaró Mitchell—. Dentro de pocas horas despediría un hedor tan fuerte que no podría parar nadie dentro de esta casa.

—Muerto no puedes oler peor de lo que hueles ahora —dijo Jappy.

Shannon dijo:

—Aguarda un momento. Tiene razón. Conocí algunos casos de fiambres que empezaban a descomponerse. Es imposible estar a su lado. No hay quien lo soporte.

Mitchell, disimuladamente, fue dejando escapar el resuello contenido.

Creyó oír algo que parecía el chirrido de las bisagras sin engrasar de una puerta, en la planta de arriba.

—Creo que eso nos va a traer complicaciones —dijo Jappy—. Pero no me gusta la idea de tenerle vivo durante dos días, bajo custodia. Es arriesgado… Un momento. Esos fiambres de los que usted hablaba estarían, seguramente, dentro de habitaciones cerradas, ¿no? ¿Y si abriésemos las ventanas?

Shannon sacudió la cabeza.

—Eso en modo alguno solucionaría el problema. Además, los vecinos empezarían en seguida a percibir el mal olor. Es realmente insoportable.

—Dos días —dijo Jappy—. Aunque esté atado, habrá que ponerle vigilancia durante las veinticuatro horas. Es peligroso.

—Deberías haber pensado en eso antes de decidir matarme —dijo Mitchell—. Mala planificación, Jappy.

—Te aseguro que no se puede vivir al lado de un muerto —dijo Shannon—. Te lo aseguro.

Mitchell oyó pasos procedentes del pasillo. Parecía imposible que ni Shannon ni Jappy los hubieran oído, aunque él se encontraba más cerca que nadie de la puerta, y ellos estaban preocupados con el problema que les había planteado. Pero en cosa de pocos segundos…

—Escucha —dijo levantando suficientemente la voz como para anular el sonido de los pasos, pero sin levantar sospechas—. He cambiado de opinión. Si he de morir, prefiero que sea cuanto antes. Morir es malo… —

Se detuvo para recuperar el aliento. Oyó los pasos que se acercaban y retomó sus palabras rápidamente—. Morir es malo, pero estar sentado esperando la muerte es peor. No soy tan valiente como para eso.

—Has cambiado muy pronto de parecer —dijo Jappy—. ¿Por qué has dicho lo de la descomposición?

Se jugó el todo por el todo, sin pararse a escuchar ya los pasos que se acercaban.

—Dije eso porque quería retrasar mi muerte. Ahora creo que es mejor hacerlo rápido. Así que te daré la solución, Jappy. Manda traer ochenta kilos de hielo picado y me lo echas alrededor…

Tully apareció en la puerta.

—¡Shannon! ¡Está aquí la Policía! —gritó Mitchell—. ¡Mátale!

Saltó hacia la izquierda de la silla, y oyó a Jappy que decía a gritos:

—¡No! ¡A Mitchell!

Sonó un disparo, y vio que Shannon había hecho fuego. Al caer detrás de la mesa sintió en el lado derecho del tórax un dolor agudo, arriba, justamente por debajo del hombro. En el momento de golpearse contra el suelo, retorciéndose, captó una fugaz visión de Tully sacando su arma de debajo de la axila. Acto seguido oyó los pasos precipitados de Battler, y el áspero sonido de su voz soñolienta.

Se lanzó en picado debajo de la mesa, arrastrándose a gatas en busca de las piernas de Jappy en el otro extremo, mientras éste le gritaba a Tully frenética e incoherentemente. Siguió avanzando como un cangrejo, con prisa desesperada, golpeándose la cabeza contra la mesa. Se produjeron media docena más de disparos, cruzándose entre sí, y llenando la habitación de un ruido interminable e infernal. Oyó gritos de uno y gruñidos de otro.

Se golpeó la cabeza una vez más y luego se lanzó hacia delante agarrándose a los tobillos de Jappy. Éste empezó a agitar las piernas en el aire, en una extraña y alocada danza. Uno de sus tobillos consiguió soltarse. Mitchell continuaba asido al otro, pero el pataleo que ejercía Jappy, con la pierna libre, le obligó a soltarle. Mitchell cayó de bruces, golpeándose repentinamente la barbilla contra el suelo. De nuevo se lanzó hacia delante, consciente de que Jappy retrocedía y bajaba el cañón de su escopeta. Un cuerpo cayó encima de Jappy, derribándolo. Era el corpulento y pesado Shannon que le agarró por las rodillas y muslos y lo derribó como en un placaje de rugby.

Los tres quedaron entrelazados en un montón de cuerpos y miembros que se golpeaban ciegos de terror. La cara de Shannon se le acercó y tocó la suya. Al apartarla del contacto de su viscosidad, Mitchell se percató de que estaba palpando la sangre de Shannon, al que le habían volado media mandíbula, y su ojo claro le estaba mirando con fiereza. En ese instante notó que algo le estaba presionando las costillas. Echó mano instintivamente para desviarlo. Era el cañón del revólver de Shannon, quien hizo fuego en aquel momento. La bala le golpeó con fuerza, como si hubiera recibido un violento puntapié. Emitió un grito ahogado, pero tiró del arma en un acto reflejo, la cual quedaría en su poder, libre de la presa que ejercía Shannon sobre ella. Shannon cayó de bruces con el rostro ensangrentado.

Jappy trataba de hacer uso de su escopeta, pero al no poder sujetarla bien ésta se movía caprichosamente de un lado a otro, y él era incapaz de dominarla. Mitchell le aporreó en la mano, que no dejaba de moverse, con la culata del revólver de Shannon y oyó que el hueso se cascaba oblicuamente. Pero Jappy continuaba agarrado a la escopeta, y, gruñendo, se dejó caer de espaldas, al suelo, en un intento desesperado por encontrar

sitio para poder apuntar. Mitchell cogió el revólver por la empuñadura, y disparó a quemarropa contra Jappy. Saltó hacia arriba el cañón del revólver, por acción del disparo, y el rostro de Jappy desapareció detrás de un fogonazo de color rojo brillante. Seguidamente se desplomó sobre el suelo como un peso muerto.

Arrebató la escopeta de entre los dedos inertes de Jappy y giró el cañón hacia la entrada de la cocina. La violencia de este movimiento le produjo un intenso dolor. Caídos en el suelo, entre las patas de la mesa, vio a Tully y a Battler. Tully estaba inmóvil, con los ojos abiertos y sin vida, mirando al infinito. Battler aparecía medio incorporado, apoyándose en un codo. Su cuerpo se agitaba convulsivamente, y vomitaba sangre en una espantosa erupción bermeja.

Detrás de él se produjo un movimiento que atrajo su atención. Era Shannon tratando de levantarse. Estaba inclinado hacia delante, con la frente apoyada en el suelo, y tenía la mandíbula empapada de sangre.

Usando la cabeza a manera de fulcro se esforzaba por ponerse de rodillas.

Mitchell, por el rabillo del ojo, vio algo que se agitaba en la puerta. Bajo el dintel estaba Bobby, empuñando su pistola automática; su rostro moreno estaba perplejo y sus ojos, ofuscados todavía del sueño profundo del que acababa de ser despertado por aquella ruidosa batalla de armas de fuego.

Mitchell rodó sobre su abdomen, notando cómo manaba la sangre de sus heridas, a causa del brusco movimiento. Apuntó con la escopeta a la cintura de Bobby y dijo:

—Tira tu arma, Bobby.

Su voz era floja, congestionada, y no estaba seguro de que Bobby le hubiera oído.

—Dios mío —exclamó Bobby—, Dios todopoderoso.

—Está bien —dijo Mitchell—. Pero cálmate y tira el arma.

Bobby pareció tener conciencia de sí mismo por primera vez. Daba la impresión de que sus ojos, desmesuradamente abiertos, estaban vacíos.

Cuando empezó a disparar no sabía qué estaba haciendo, y actuaba de manera instintiva. Su primer disparo cogió de lleno a Mitchell en el estómago, pero el segundo erró el blanco. Antes de que tuviera tiempo de

hacer el tercero, Mitchell, casi con indiferencia al dolor de la nueva sacudida, oprimió el gatillo de la escopeta.

El estruendo de aquella fuerza material fue ensordecedor. Vio que Bobby era arrojado contra la pared, impulsado por el impacto de las postas.

Rebotó hacia delante, con las manos como garras cogiéndose el pecho, y se dobló por la cintura cayendo como un saco. En la pared quedaron adheridos vestigios de su cuerpo; trozos de piel, de ropa, de carne…

Mitchell bajó la cabeza un instante, presa de abatimiento y dolor. Luego se volvió. Shannon había logrado, al fin, ponerse a gatas, y venía hacia él. A través del color rojo de su mandíbula destrozada se le veía el blanco del hueso. Mitchell se quedó mirándole, exento de cualquier sensación. Notaba que estaba a punto de desmayarse. Pero debía mantenerse consciente, tenía que luchar contra Shannon. Lenta y penosamente fue apuntando la escopeta hacia él. Era muy pesada. Le temblaban las manos y le resbalaban la culata y el cañón mojados con su propia sangre. Levantó el arma, y a partir de ese momento tuvo lugar una carrera en cámara lenta, durante la cual Mitchell intentó determinar si Shannon le alcanzaría a él antes de que él pudiera accionar el gatillo con su dedo entumecido, o antes de que le sobreviniera la somnolencia.

Shannon alargó la mano hacia el cañón recortado. Se oyó un estruendo infernal. En el instante en que Mitchell empezaba a perder la percepción del ruido y de la propia cocina, y a ser engullido por el remolino del desvanecimiento, vio desintegrarse la cabeza de Shannon en medio de un brillante relámpago de color rojo.

El último sonido que oyó fue el del silencio.

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