Johnny el Guapo

John Godey · Capítulo 3 de 23

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Johnny el Guapo

Capítulo 2

El hotel «Philbin Arms» era una reliquia de otros tiempos. Era un hotel de ciudad pequeña, de calidad, que permaneció en su sitio después de que la urbe creciera y trasladara su centro social a otra parte. Estaba bien cuidado, por alguien cuyo orgullo era probablemente ancestral, y, ciertamente, sin justificación económica. Así, aunque todo su entorno había sucumbido a los profundos cambios operados en la ciudad, o se había cambiado de emplazamiento, el hotel «Philbin» continuaba defendiendo su territorio.

Ningún visitante acomodado, exceptuando algunos nostálgicos viajantes de comercio, se detenía allí ahora. Pero el hotel se mantenía sereno y con pocos cambios: era un pintoresco edificio de diez pisos y fachada de piedra, cuyas escalinatas y aceras eran fregadas a fondo cada mañana, con las estriadas columnas de su pórtico desconchadas pero invenciblemente limpias, y su graffiti pacientemente lavado con productos de limpieza cáusticos.

La parada a la puerta del hotel les llevó menos de un minuto. Battler envió a Tully dentro. Éste subió saltando las elegantes escaleras de la puerta, situadas entre brillantes globos emplazados sobre postes con trabajos de volutas, y desapareció dentro del vestíbulo con piso de mármol.

El hombre que salió con él, al cabo de un instante, iba arrebujado en un abrigo de cierta piel sintética, y su espeso cabello, cuidadosamente peinado, brillaba a la luz de los globos. Ocupó el asiento delantero, al lado del conductor, y el coche se puso otra vez en marcha.

—Hola, Bobby —le saludó Mitchell—. ¿Cómo es que tienes ahora más pelo que hace seis años?

Bobby se volvió desde su asiento para mirar hacia atrás, parpadeando.

—¿Conoces mi nombre?

—Nos lo ha oído a nosotros —dijo Battler. Luego se volvió ligeramente hacia Bobby—. ¿Qué significa lo de hace seis años? ¿Conoces a este sujeto?

Bobby atisbo en los asientos traseros del vehículo.

—No lo he visto en mi vida.

Mitchell esbozó su súbita sonrisa.

—Hace seis años no llevabas peluquín.

—Es mi propio cabello —respondió Bobby. Tully soltó una carcajada y Bobby le espetó—: ¿Quieres que te parta la boca, Tully? —Pero la perplejidad que sentía disipó su cólera, y volviéndose hacia Battler dijo—:

¿Quién es este tipo sabelotodo?

Battler se encogió de hombros y accionó hábilmente el volante, adelantando a un autobús de color verde que tenía una franja horizontal con varios nombres de poblaciones suburbanas. Un poco más adelante se metió en una autopista de cuatro carriles, en la que había un centro comercial con gasolineras, puestos de helados y un número casi ilimitado de almacenes de muebles con precios de fábrica.

—A lo mejor te vio retratado en algún sitio —dijo Sunny riéndose entre dientes—. Tal vez en una oficina de correos vio algo parecido a una antigua foto tuya, sin peluquín.

—Nadie te ha pedido que abras la boca —dijo Bobby.

—Vete a hacer puñetas —le contestó Sunny.

Tully se puso a increparla y ella le respondió en igual tono, enzarzándose en una mutua agresión desde ambos lados de Mitchell. Battler mostró su perfil, nudoso y ceñudo, y dijo:

—¡Ya está bien!

El intercambio de insultos acabó cesando, pero sus miradas siguieron siendo feroces. Battler, satisfecho, volvió a centrar su atención en el volante. Cogió el carril de la izquierda y, acelerando, adelantó hábilmente a tres automóviles que circulaban por su derecha; seguidamente se situó a la zaga de un cuarto coche, y siguió pegado a él hasta que éste se dio por aludido apartándose a la derecha. Mitchell pensó que aquello era conducción competente; o, mejor dicho, conducción profesional.

Pero Bobby continuaba un tanto preocupado. Dirigiéndose al perfil de Battler le preguntó:

—¿Conoces a este sujeto?

—Vamos a averiguar quién es. Lo único que sabemos de él es que está preguntando por Jappy.

—Pues yo no lo he visto en mi vida. —Bobby miró hacia atrás, bajando la vista, sombría y recelosa—. ¿Quién le ha dicho que llevo un peluquín?

—Nadie —respondió Battler.

—Entonces, ¿cómo lo sabe?

Battler se encogió de hombros.

—Pregúnteselo a él.

—Eh, tú, enteradillo, ¿me conoces? —preguntó Bobby.

—Claro —repuso Mitchell—. Tú te llamas Roberto Mendoza, desciendes de portugueses, naciste en el Este, en Providence, Rhode Island; tu viejo desapareció antes que tú nacieras, tu vieja fue apedreada y se ahogó en una acequia, una noche de lluvia, cuando tenías catorce años; fuiste limpiabotas en el palacio de justicia de Providence, te pescaron afanando aparatos de radio cuando tenías quince años, te enviaron a una granja reformatorio…

—¡Santo Dios! —exclamó Bobby sin aliento.

—¿Quieres que continúe?

—Ya has dicho demasiado. Me gustaría saber dónde has averiguado tantas cosas. De veras que me gustaría saberlo.

—Es un apestoso poli —dijo Tully.

—No lleva armas —aclaró Battler—. Si no lleva armas no es poli. De cualquier modo, ningún polizonte correría el riesgo que está corriendo él con todo este montaje que ha preparado.

—Aunque sea de la Policía, poco puede importarme a mí —dijo Bobby

—. Estoy limpio y voy recto por la vida, como una flecha.

Mitchell pensó que, después de todo, había montado una buena representación, y que lo único conseguido con ello era crear otro elemento de tensión. Una tensión innecesaria, sin objeto. Sin embargo, pensó secamente, considerando la atmósfera de desconcierto que reinaba en el coche, no había duda de que a todo el mundo le atrae el misterio.

—Además —añadió Battler pacientemente—, un policía no tendría que ir de bar en bar tratando de localizar a Jappy. Los polis saben dónde vive Jappy. Ya llegamos.

Situó el coche en el carril de la derecha, y continuó la marcha frenando suavemente hasta entrar en una amplia zona de aparcamiento. Delante de un

edificio, alargado y bajo, profusamente iluminado, se agrupaban varias docenas de coches. En lo alto del tejado, abarcando casi toda su longitud, se destacaba un resplandeciente anuncio azul de neón, en el que se leía: PI’N

WHISTLE BOLERA – SALÓN DE CÓCTEL – COMEDOR. Y debajo, en letras rojas: Un lugar de reunión para toda la familia. Era un edificio nuevo, con acabados de imitación de pino nudoso, cuyo diseño rústico aparecía complementado por una valla de empalizada, un profundo alero al borde del tejado y falsas contraventanas negras en torno a los huecos de la fachada. Su pórtico estaba decorado con una versión en yeso de la bandera americana, formando arco sobre la puerta, arrugada y fruncida, de forma que las estrellas se agrupaban unas sobre otras y las barras se extendían alargadas y protuberantes, igual que cordilleras montuosas. Mitchell consideró todo aquel alarde simbólico como altamente respetable y, al mismo tiempo, enteramente comprensible, pues era un alarde que se repetía, cambiando algún que otro detalle, miles de veces por toda la geografía del país.

Battler detuvo el coche en la parte derecha del edificio, ante una cadena de eslabones que cerraba el paso, de la cual pendía un letrero diciendo: PROHIBIDA LA ENTRADA. SÓLO PERSONAL DE LA CASA. Bobby bajó del coche, desenganchó la cadena, y cuando Battler hubo traspasado el obstáculo la enganchó de nuevo y volvió a ocupar su asiento. El vehículo rodeó el edificio por la parte de atrás, y fue a aparcar junto a una pequeña valla de madera, que tenía forma rectangular, de palos muy desgastados por la acción del tiempo. Los haces luminosos de los faros del coche pusieron al descubierto varios cubos de basura, cuidadosamente tapados, y algunas escobas y utensilios de limpieza. En el fondo había una cocina muy iluminada. Al apearse del coche captaron el sonido característico de la vajilla, y el olor penetrante a comida que salía por un extractor. A la izquierda de la empalizada se veía una escalera exterior, de metal negro, que conducía hasta una puerta de madera.

Subieron los peldaños por parejas, con Battler en retaguardia. Mitchell no estaba seguro de si esto lo hacían por mera coincidencia o por pura precaución. Bobby llamó a la puerta con los nudillos, dando tres golpecitos secos y calculados. En seguida zumbó un dispositivo de apertura

automática, y Bobby la abrió. Entraron uno tras otro. Era una habitación grande y modestamente amueblada como oficina, con una amplia mesa escritorio, un sofá y unas sillas cromadas, una pequeña caja fuerte y un mueble archivador. No tenía ventanas al exterior, pero en la pared del fondo había un rectángulo, abarcando toda la anchura de la estancia, el cual daba vistas a una bolera que había abajo.

Cuando Mitchell dio el primer paso hacia el hombre que estaba sentado sobre el borde de la mesa escritorio, se le ocurrió pensar que, dado su apodo[1], ningún desconocido tendría dificultades para localizar a Jappy Schroeder en medio de una multitud. Se puso a observarlo breve y desapasionadamente: el rostro grande y suave, los pliegues ascendentes de los párpados, los oscuros ojos almendrados, la tonalidad amarillenta de la piel… Pero sobre todo su aire de misterio, como si escondiera u ocultara algo, la clásica cara de póquer que aumentaba su inescrutabilidad cuando desplegaba una sonrisa.

—Hola, Jappy. Me alegro de verte —dijo Mitchell.

Al pronunciar estas palabras se percató de que estaba escuchando con sentido crítico el sonido de su propia voz. Lo había hecho bien. Al menos pensó que lo había hecho bien, que era una voz técnicamente perfecta, que no parecía ocultar nada.

—¿Nos conocemos? —preguntó Jappy.

—No, hasta hace medio minuto.

—Ajá —añadió Jappy, y le miró fijamente.

Él le miró también, haciendo un esfuerzo para desafiar la mirada del otro, para atreverse a derrotarla. Jappy rompió el punto muerto en que se hallaban; sus ojos cambiaron de posición. Mitchell empezó a relajarse y a sentirse mejor. Se le fue el pánico. Dijo:

—Me has enviado a todo un ejército. Me han cercado y me han traído aquí.

—Por amor de Dios, no sigáis ahí de pie —dijo Jappy—. Sentaos todos.

Jappy se quedó esperando a que se sentaran todos. Uno de sus pies oscilaba ligeramente y rebotaba en la mesa cada vez que la golpeaba con el talón. Mitchell permanecía de pie, a casi dos metros de distancia de Jappy, manteniendo su mirada fija en aquellos ojos oblicuos y un tanto empañados.

—Está bien. —El pie de Jappy se quedó inmóvil—. ¿Qué te traes entre manos, amigo?

Mitchell notó un ruido sordo que retumbaba indistintamente en el suelo que tenía bajo sus pies. Se puso a escuchar y captó un martilleo profundo seguido por lo que muy bien podía ser un coro distante de voces humanas.

La ventana de cristal vibraba a causa del sonido.

Tully apuntó con un gesto de su barbilla hacia la invisible bolera que había debajo, comentando:

—Algún estúpido acaba de hacer una buena tirada.

—Necesitaba hablar contigo —dijo Mitchell.

—¿Y para eso montas todo este numerito? Podías haber buscado mi número en la guía y haberme llamado por teléfono.

—Entonces me habrías colgado sin contemplaciones. De este modo estaba seguro de poder hablar contigo.

—Está bien —dijo Jappy—. Ya me tienes delante.

—Es un poli, Jappy —dijo Tully.

—Sabe un montón de cosas mías —añadió Bobby, casi en cuclillas, medio sentado en el borde de su asiento—. Sabe cosas que no te podrías ni imaginar… Hasta cómo murió mi vieja.

—Un poli no tendría una información así —añadió Battler—. Además, no va armado.

—Tal vez lleve su arma en la maleta —dijo Tully.

Battler se echó a reír con voz ronca, añadiendo:

—El día que me preocupe por la posibilidad de que alguien me mate sacando un arma de una maleta, me retiraré.

Jappy observaba a ambos interlocutores. Tenía la cabeza inmóvil y sus reducidos ojos cambiaban rápidamente de dirección de un extremo a otro bajo sus cejas negras.

Bobby empezó a hundirse en su asiento; luego volvió a incorporarse y dijo:

—Un poli puede no saber nada sobre mi vieja, ¿pero qué me dices de un oficial de libertad vigilada?

Jappy sonrió y sus grandes dientes cubrieron el espacio que dejaba entre los labios.

—Amigo, ¿conoces al oficial de libertad vigilada de Bobby?

—¿Por cuál de sus condenas?

—No está bromeando, maldita sea —dijo Bobby—. Hasta sabía lo de mi peluquín, cuando nadie me ha visto sin él en seis años. Ni siquiera las chicas.

—Apuesto a que yo conseguiría que me mostraras tu sesera pelada —

dijo Sunny con voz jocosa, pero con un matiz de sexualidad.

—A ti voy a mostrarte yo una cosa —añadió Tully—, pero serán los nudillos si no cierras esa maldita boca.

Jappy golpeó enérgicamente su talón contra la mesa, y le dijo a Mitchell:

—Amigo, te has metido en un buen lío al hacer que te trajeran aquí.

¿Quieres empezar a decirnos por qué lo has hecho?

—Claro —respondió Mitchell—. Lo que ocurre es que todavía estoy tratando de acostumbrarme al hecho de que tengas aquí una pandilla nueva…, con la excepción de Bobby Mendoza.

Jappy ofreció su restringida sonrisa japonesa y dijo:

—Hombre, esto parece interesante. Ahora resulta que sabes desde cuándo conozco a mis amigos. Adelante. Adelante. Continúa diciendo cosas de interés.

—Bueno, debí suponer que habría bajas —contestó Mitchell—. Por ejemplo, Harry Jackson ha desaparecido…, probablemente una noche, cuando iba conduciendo a toda velocidad. ¿Y Eddie Murray? No sé, ¿quizá tuvo algún problema con una mujer y el marido de ésta lo degolló?

—Acabemos con él de una vez —sugirió Bobby—. Jesús, este tipo tiene respuestas para todo.

El pie de Jappy se quedó detenido en medio de su balanceo.

—Basta ya de chistes, amigo. ¿Qué te ronda por la cabeza?

—Lo siento —dijo Mitchell—. Sólo era un poco de humor. Está bien, te lo diré. Da la casualidad que conocí a uno de tus muchachos, y me contó algunas cosas.

Jappy dijo cautelosamente:

—¿Uno de mis muchachos? ¿Es eso cierto? Bueno, ¿y cómo te contó tantas cosas?

—Creo que le gustaba hablar.

—¿Y dónde conociste a ese tal amigo mío?

—En Fredding.

—¿En la penitenciaría del Estado? ¿Y por qué estaba allí uno de mis amigos?

—Por ladrón —respondió Mitchell.

—¿Y tú qué hacías allí? ¿Estabas de visita o qué?

—Estaba como recluso —dijo Mitchell—. Yo también lo soy.

Tully dijo:

—Jappy, yo no soporto estar en la misma habitación que un ladrón.

¿Puedo irme de aquí?

Battler comentó pensativo:

—Pues yo tomaría en serio el que un tipo con antecedentes de recluso escondiera su arma en la maleta. Sobre todo si pensaba que podían cachearlo.

—No te tragues eso —dijo Tully con súbita urgencia—. Podría ser un poli secreto tratando de infiltrarse.

—¿Un policía secreto? —exclamó Jappy—. Tonterías. Lees demasiadas novelas estúpidas. Ellos no pueden permitirse emplear agentes no conocidos con ladrones de poca monta. —Su voz se tomó amarga—. Para merecer un espía tienes que ser realmente importante, como, por ejemplo, un grupo de revolucionarios. Con los ladrones de poca categoría sólo emplean polis de poca categoría. Valdría más que dejaras de leer esos sucios libros.

Mitchell seguía escuchando el ruido sordo y monótono de la bolera.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Jappy.

—Mitchell.

—¿Y qué más?

—John. Pero me llaman Mitchell.

—Está bien, Mitchell. ¿Recuerdas por casualidad el nombre de ese amigo mío que conociste en la prisión del Estado?

—Johnny el Guapo.

Poco le importaba a Mitchell la reacción que pudieran experimentar los otros; lo que le importaba era la de Jappy. Pero el rostro de éste aparecía

inexpresivo, tal y como Mitchell esperaba que ocurriera. Nada intensificaría más la impasibilidad de Jappy, que la sorpresa. Era un acto de defensa cuidadosamente preparado, y su capacidad de lucha se endurecería en proporción a la fuerza de la que tenía que defenderse. Así pues, cuando finalmente se permitió dejar entrever un atisbo de sorpresa arqueando sus cejas negras, Mitchell supo que Jappy estaba disimulando, que había acusado el golpe y estaba haciendo comedia. Pero no podía, o no quería, expresarlo en voz alta, la cual fue, cuando al cabo se decidió a hablar, tan plana y carente de inflexiones como siempre.

—Johnny el Guapo. ¿Qué te parece? Qué pequeño es el mundo. Pero lo que menos me imaginaba era que Johnny el Guapo fuera un tipo tan charlatán. ¿Verdad, Bobby?

—Mira que hablar sobre mi vieja… —dijo Bobby ofendido—. Eso es realmente sacar a relucir cosas sagradas.

—Ella está muerta y no puede hacerle ningún daño —dijo Jappy—.

Deja ya de hablar de tu madre.

—Mientras lo hiciera respetuosamente… —añadió Mitchell con voz grave—. Puedo asegurar que lo hizo con mucho respeto, aun cuando dijera que se ahogó en una acequia.

—¿Y te habló mal de nosotros? —preguntó Bobby—. Ya sabes, él formaba parte de…

—Era un sujeto demasiado encantador para hablar mal de nadie —

aclaró Jappy, con la misma gravedad de voz que Mitchell—. Pero lo de su locuacidad…, eso es una faceta nueva en él.

—Éramos compañeros de celda —dijo Mitchell—. Nada tiene de particular que quisiera hablar. Cuando te llevas bien con tu compañero de celda, normalmente te desahogas con él. Después de todo, yo hice lo mismo.

Jappy lo estaba mirando cuidadosamente, de un modo crítico, y Mitchell le devolvió la mirada con indiferencia.

—Jamás hubiera pensado que eras un ex presidiario —dijo Jappy—. No tienes el aspecto. ¿Entiendes lo que quiero decir con eso del aspecto?

—Gracias. Sólo cumplí cinco años escasos. Llevo fuera poco más de un año. Y no van a volver a meterme allí.

—Eso mismo lo he oído decir otras veces —objetó Jappy, gruñendo—.

¿En libertad vigilada?

—La he cumplido. Soy un hombre libre.

—¿Tuviste algún trabajo dentro?

—Dentista.

—¿Tú eres un maldito dentista? —preguntó Tully.

—Ayudó al dentista de la prisión —dijo Jappy—. Tienes que disculpar al muchacho. No ha pasado por la cárcel…, todavía.

—Ni llegará ese día —alardeó Tully—. Jamás me veréis en una cárcel.

—¿Por qué te metieron? —preguntó Jappy a Mitchell.

—Robo —repuso Mitchell, y añadió secamente—: Me hicieron una jugarreta.

—Es de esperar. No sé de nadie a quien no se la hicieran. ¿También se la hicieron a Johnny el Guapo? Supongo que te contaría algo.

Mitchell asintió:

—Una o dos cosas.

—Johnny el Guapo —dijo distraídamente Jappy. Luego frunció el rostro—. He oído decir que lo pasa mal.

—No. Lo pasa bien. Muy bien.

Bobby intentó decir algo, pero Jappy le detuvo en seco mediante un gesto brusco con la palma de la mano.

—Me alegro de oír eso —dijo Jappy a Mitchell—. ¿Cuándo sale?

—Ya ha salido.

—¡No me digas! —Los ojos de Jappy estaban fijos en su pie balanceante—. ¿Y cuándo ha sucedido eso?

—Hace un par de meses. Con los pies por delante.

—Cuánto lamento esa noticia. —La habitación quedó tensa en medio del silencio de los resuellos contenidos—. ¿En alguna pelea de la prisión?

—Cáncer —respondió Mitchell—. Salió de allí no hace mucho y se fue a la costa. Oí decir que murió en el hospital de una ciudad. —En su rostro se dibujó una sonrisa fugaz—. Tú ya sabías todo esto, ¿verdad?

—El viejo cancro —comentó Jappy—. Bien, creo que será el hombre más hogareño del cementerio. —No prestó la menor atención a la risita

chillona de Tully—. Pero tú no has venido hasta aquí sólo para contarme que Johnny el Guapo la palmó a causa del viejo cancro.

Mitchell sacudió la cabeza.

—Quisiera hacer un pequeño trabajo para ti.

—Está todo completo —repuso Jappy haciendo que sus rasgos faciales mostraran su pesar—. Lo siento, pero no tengo nada.

—Ya veo que estás bien provisto de gente. Gente maravillosa. Pero no he venido a pedirte lo que se dice un trabajo. De hecho, a lo único que he venido es a traerte un nuevo asunto.

—Confío en que no me estés ofreciendo un asunto ilegal —objetó Jappy

—. Yo ya no hago esa clase de trabajos. —Consideró sus palabras—. A decir verdad, nunca los hice.

—De hombre honrado a hombre honrado, te aseguro que el asunto que traigo entre manos es completamente respetable.

—Sin embargo, tú has estado en una penitenciaría.

—Ya he pagado mi deuda con la sociedad —dijo Mitchell—. Además, me hicieron una mala jugada.

Jappy ya estaba cansado de aquel juego.

—Está bien, soldado, ¿qué traes en la cabeza?

—¿Podemos hablar en privado?

Jappy pareció sopesar la pregunta. Luego asintió y dijo:

—¿Por qué no?

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