Johnny el Guapo
Capítulo 9
Una semana después de que a Mitchell se le permitiera volver a los alimentos sólidos, se presentó la logoterapeuta. Durante su dieta de alimentos líquidos, infantiles y semisólidos, había perdido cuatro kilos y medio, pero él le dijo a Katsouras que la pérdida de peso provenía de la preocupación por su habla.
—Me ha rajado usted sólo para hacer reír. La operación habrá sido todo un éxito, pero yo sigo hablando como un retrasado.
—Si usted se lo propone de verdad, si pone en ello toda su inteligencia y empeño, dentro de pocos meses hablará tan bien como yo.
—Válgame Dios. ¿Y quién quiere hablar igual que una cocinera griega de comidas rápidas?
La logoterapeuta era una muchacha negra de poco más de veinte años, profesora titulada y con una conciencia muy estricta de su profesión y de sus responsabilidades. Era alta, fibrosa y sensible, y Mitchell supo, a partir de su segunda o tercera visita, que resultaba fácil hacerla gritar. También él estuvo muy cerca de dar gritos durante la primera entrevista.
Se sentaron en una habitación con paredes de color rosa que se empleaba para celebrar sesiones de terapia de grupo, lo miró, nerviosa, y le dijo sin rodeos lo que pensaba.
—Comencemos por establecer nuestra línea principal de actuación.
Debemos movernos a lo largo de las líneas de menor resistencia, estableciendo qué es lo que puede aprender más fácilmente el alumno, qué es lo que supondrá mayor diferencia para él, y qué desea aprender.
—Apuesto a que yo soy su primer paciente —dijo Mitchell.
—Usted no es mi primer alumno. Usted es mi primer alumno adulto.
—¿Le pone nerviosa el encontrarse dentro de una prisión?
—Creo que aquí me encuentro segura. Pero estamos malgastando el tiempo. Es su tiempo, no el mío. Si prefiere malgastarlo…
—Está bien. Lo siento, hermana.
—Así está mejor. Empezaremos por enseñarle a tragar correctamente, y a controlar el paso del aire. A dirigir la corriente de aire desde la nariz a la
boca; una vez que haya aprendido a hacerlo consistentemente, habrá ganado media batalla, y luego empezaremos a trabajar la calidad de la voz.
—¿Cuánto tiempo nos llevará todo esto, hermana?
—Mi nombre es Miss Carter. No nos parece aconsejable hacer predicciones en cuanto a la duración del tratamiento. En gran parte depende de la actitud y motivación del alumno…
—¿Y no puede hacer un pronóstico?
—Cuatro meses. O seis —se detuvo—. O posiblemente tres.
¿Empezamos?
—Empecemos, Miss Carter.
—Si lo desea, puede llamarme Ema.
Katsouras echó hacia atrás la cabeza de Mitchell, enfocó en su boca abierta una potente luz, y se puso a escudriñar el interior de la cavidad bucal centrando su interés en la ruidosa y regular respiración del paciente. Luego apagó la luz y volvió a sentarse detrás de la mesa.
—Está muy bien —dijo Katsouras—. ¿Cómo va la logoterapia?
—¿Cómo le suena mi voz?
Mitchell se mostraba desafiante, casi beligerante.
—Hasta ahora, muy bien. Pero lo último que ha dicho, no sonó muy bien. Usted se ha puesto tenso y se ha evidenciado una regresión. Sé que ocurre, en ocasiones, incluso pasados una docena de años. ¿Qué le parece la logoterapeuta?
—¿La negra? Me gusta.
—¿Es necesario que la llame así?
—Doctor, ¿no deberíamos llamar negra a una negra? —Se dio cuenta de que aquello le incomodaba a Katsouras—. Lo siento, era una broma. Me gusta Ema. Es muy seria y trabaja duro. Me considera como un reto importante y desea triunfar. Lo mismo me sucede a mí. Por eso formamos un buen equipo.
—Muy bien. Practiquemos otra operación. —Katsouras le miró con aire especulativo y sus ojos fueron posándose en todas las facciones de Mitchell, como si estuvieran haciendo un inventario—. ¿Qué le parece si continuamos con las orejas?
—Usted es el médico.
—Y usted, no lo olvide, bromista. —Sacó del cajón un espejo bastante grande, con mango y parte posterior metálica. Se lo entregó a Mitchell, se levantó de su asiento y fue a colocarse detrás de él—. ¿Qué es lo que está viendo en el espejo?
Mitchell le echó una mirada furtiva de soslayo, y se contempló en el espejo.
—Veo a Calibán —dijo.
Katsouras, empleando sus dos dedos índices, presionó sobre las orejas de Mitchell hasta dejárselas pegadas a la cabeza.
—¿Y ahora qué ve?
—A Calibán con las orejas pegadas a la cabeza.
Katsouras dio un suspiro y volvió detrás de su escritorio.
—Orejas. Operación de orejas. Llamada otoplastia. Orejas. Incluso las más bonitas serán incapaces de ganar un concurso de belleza, pero resultan interesantes. ¿Sabía usted que la configuración del oído externo es tan individualmente distintiva que algunas Policías europeas se valen de ella como medio de identificación, igual que de las huellas dactilares?
—Cualquiera se fía de los polis. Si pudieran te tomarían huellas del apéndice.
—La operación dura más o menos una hora. Consiste en practicar una incisión detrás de las orejas, reconstruirlas remodelando sus cartílagos, y luego coserlas bien ajustadas a la región mastoidea de la cabeza. Y ya está; se acabaron las orejas en forma de puerta de taxi.
—¿Y las cicatrices?
—No se ven porque caen en las líneas naturales que forman los pliegues de la oreja. —Katsouras metió la mano debajo del escritorio y sacó una cámara fotográfica con estuche de cuero—. Le haré unas cuantas fotos.
—¿Con éste físico?
—Es una práctica normal en cirugía plástica, tomar fotos antes y después. —Katsouras extrajo la cámara del estuche y graduó los mandos—.
Antes de que se vaya le daré un frasco de Fisohex. Es un agente antibacteriano. Durante los próximos días lávese la cara con ello, especialmente la zona de las orejas. Que le recorten bien el pelo. Use el Fisohex durante el fin de semana, y el lunes por la mañana le operaremos.
—Me marcho fuera el fin de semana.
—No se haga el gracioso —Katsouras enfocó la oreja izquierda de Mitchell con el lente de la cámara, atisbo a través del visor y dijo—: Sonría.
—El sopla-sopla era un aparato ingeniosamente simple y efectivo, empleado para ayudar al paciente a dirigir, en su debida forma, la columna de aire al hablar. Consistía en un trozo de cartulina o papel rígido, doblado de tal manera que presentara dos superficies paralelas separadas entre sí unos dos centímetros y medio. El paciente se lo colocaba con el plano de arriba apoyado en el labio superior y directamente por debajo de la nariz, de forma tal que el plano de abajo se apoyara en el labio inferior, justamente por debajo de la boca. En cada una de ambas superficies se adhería un trocito de papel de seda, y cuando el paciente comenzaba a hablar se sabía, por el movimiento del papel, si estaba hablando correctamente. Si se agitaba el trocito de papel de seda del plano superior, eso quería decir que estaba hablando incorrectamente, puesto que el aire lo estaba expulsando por la nariz, y si se movía el de debajo era señal de que lo hacía bien, expulsándolo por la boca.
Ema Carter adoptó el sopla-sopla desde el primer momento, y Mitchell practicaba con él incansablemente. Ahora bien, al llegar a un grado de prácticas en que Mitchell apenas necesitaba ya de semejante artilugio rudimentario, Ema, sin embargo, insistió en que siguiera usándolo para asegurarse de que no sufría una regresión inconsciente. A decir verdad, Mitchell había aprendido rápidamente a dirigir el aire a través de la boca, y sería sólo ocasionalmente cuando, por fatiga o bajo alguna tensión, recurriría a su antiguo hábito de gangueo nasal. Ema se sentía muy satisfecha con los progresos conseguidos.
—Voy a dejarle un magnetófono para que pueda usted seguir trabajando solo sobre la calidad de la voz, entre visita y visita.
Ella le había advertido que el paciente encuentra dificultades para juzgar la calidad de su propia voz mientras está hablando, pero que si lograba escucharla, si la reproducía y se escuchaba a sí mismo, entonces podría juzgarla con más imparcialidad.
Mitchell le preguntó:
—Dígame una cosa, Ema. ¿Está usted contenta con su alumno?
—Oh, sí… —Dejó de hablar de golpe y se ruborizó, turbada ante su explosión de entusiasmo profesional—. En comparación con los niños, usted lo está haciendo muy bien. Pero está obligado a ello, ¿no cree?
Mitchell le hizo un guiño y se puso a leer la cartulina que tenía en la mano.
—Cuando el curso de los acontecimientos humanos hace necesario…
Vamos, Ema; mire que darme a leer estas cosas… No es más que un cubo de ñerda.
—¿Un cubo de qué…?
—De ñerda.
—Otra vez.
—De mierda.
—Bien, probemos de nuevo…
Dejó de hablar de pronto, confundida, y se llevó a la boca su delicada mano. Mitchell echó hacia atrás la cabeza y se puso a reír, dirigiendo el aire a través de su boca.
Aquella noche, en su celda, pendiente de las pisadas del carcelero en sus regulares paseos por delante de la puerta, Mitchell habló pegado al micrófono de la grabadora de pilas, se escuchó con el volumen bajo, lo borró, volvió a hablar y a escucharse hasta que, al final, con las primeras luces del alba, cayó dormido, exhausto, una hora antes de que se pusiera a resonar por todas las celdas el timbre despertador, el cual le arrancaría violentamente de un sueño en el que, mientras hablaba a una nutrida audiencia congregada en una catedral, comenzó de súbito, a resoplar por la nariz con una fuerza tan grande que transformó a toda aquella multitud en un increíble amasijo de miembros y órganos hechos añicos.
El lunes por la mañana Morris Laplace le despertó muy temprano.
Valiéndose de la mortecina luz del alba que reinaba en la sala, Laplace le administró una inyección subcutánea de fenobarbital soluble de 0. 12
gramos, según le había informado Katsouras.
—Esto te calmará —dijo Laplace—. Dentro de una hora te daré otro pinchazo. Así no sentirás preocupaciones.
—De cualquier forma no iba a sentirlas…
¿Qué necesidad tenía de alardear de duro e impresionar con ello a un infeliz veterano como Laplace? Ninguna. Aquellas fanfarronadas sólo obedecían al duro estilo de su mundo, del mundo de la delincuencia. O tal vez a cualquier otro mundo.
—Si tú lo dices… —agregó Laplace—. Pero si oyeras, sin estar dopado, todo el ruido y los crujidos sabiendo que te están cortando en pedazos…
—Vete a paseo, viejo.
—Presidiarios… —comentó Laplace despectivo—. Qué buenos y agradecidos son, ¿sabes?, algún día me cabrearé y meteré una burbuja de aire en la jeringa de alguien. ¡Zas!, una embolia. Eso les enseñará a ser duros.
Laplace se fue con el carrito de instrumentos. Mitchell cayó en un sopor y no despertó hasta que volvió de nuevo Laplace, al cabo de una hora, para ponerle otra inyección de fenobarbital. Esta vez no hubo charla. Apoyó la cabeza en sus manos y se quedó escuchando los habituales sonidos que se producían en la sala con el despertar de la muerte pequeña del sueño nocturno, a la agonía prolongada de la jomada diurna…
Se lo llevaron al quirófano. Katsouras, vestido otra vez con su bata de color azul claro, le puso una inyección, seguida de varias más, como alfilerazos, alrededor de las orejas.
—Doctor, ¿qué hay en esa aguja?
—Nupercaína. Un anestésico local.
—No hacía falta que pusiera eso —dijo Mitchell con voz soñolienta—.
Yo soy así de duro.
—Tal vez —respondió Katsouras—. Pero yo no.
Katsouras se marchó y Mitchell se puso a mirar al techo, sin interés. En seguida el techo empezó a moverse hacia atrás y él se dio cuenta, vagamente, de que le transportaban en una camilla de ruedas a la sala de operaciones. Katsouras estaba hablando con la misma enfermera de cirugía que le había ayudado durante la operación de paladar. Katsouras sostenía en las manos una cosa que parecía ser una media de algodón. Se acercó,
seguido de la enfermera. Ésta le incorporó sobre la camilla y Katsouras le puso la media en la cabeza y la fue deslizando hacia el cuello. A ambos lados de la media había orificios. La enfermera los colocó a la altura de las orejas y sacó a éstas por aquéllos.
—Cosemos la media a la piel para que no se mueva —le dijo Katsouras a Mitchell—. ¿Alguna objeción?
Mitchell notó una serie de toques pesados, abruptos, indoloros, en su oreja derecha y, al cabo de un momento, se repitieron en la izquierda.
—Casi listo —dijo Katsouras, y su voz sonaba imprecisa, flotante—.
Pero antes impregnamos de epinefrina la piel que hay detrás de las orejas y la región mastoidea… —Estaba haciendo algo en torno a su oreja derecha
—. Preste atención. Así sabrá cómo hacerlo si algún día tiene que realizar una otoplastia… Y ahora, la izquierda.
—¿Qué? —dijo Mitchell.
—Es para favorecer la hemostasia, la coagulación de sangre. Ahora le dejaremos en maceración cinco minutos y luego le operaremos.
La enfermera revoloteaba por encima de la mesa de operaciones. Era maciza, solemne, con un ligero bozo en las mejillas y el mentón, y contemplaba a Mitchell con calma y profesionalidad. Mitchell pensó que era una enfermera de fiar.
—Confío en usted, enfermera —dijo Mitchell. Katsouras regresó al cabo de un rato y le dijo a la enfermera algo acerca de la anestesia.
—¿Cómo sabe que está funcionando?
—Hemos hecho la prueba pinchándole con un cuchillo.
—¿Cuándo lo han hecho?
—Acabo de pincharle. Hágame un favor, cállese para que yo pueda trabajar. Si a lo largo del trabajo necesito sus consejos, le consultaré.
La sensación que Mitchell sintió en la oreja derecha fue como si le frotaran la piel con un dedo más bien insensible, y a continuación un crujido. No le resultó agradable, pero tampoco le dolió. Se dio cuenta de que le estaban cortando, aunque no parecía importarle mucho. Continuaron los toques y frotamientos y, a veces, los crujidos eran más fuertes de lo habitual. En algunas ocasiones Katsouras se dirigía a la enfermera con voz seca, pero ella raras veces le contestaba.
Un rato después oyó a Katsouras que decía:
—Oreja número uno ajustada en su totalidad. Ahora vamos por la número dos.
—Despiérteme cuando llegue a la número tres —dijo Mitchell.
Aunque se sentía un tanto confuso acerca de los detalles de la transición, Mitchell tenía conciencia de que le había devuelto a la sala. Katsouras se encontraba junto a su cama, vestido con un pantalón holgado y una chaqueta deportiva a cuadros de colores atrevidos.
—Parece usted el representante de un jockey —comentó Mitchell. Una cosa blanca y abultada obstruía su visión periférica. Se tocó un lado de la cara—. ¿Qué es todo esto?
Katsouras respondió:
—Cuando se le despierte le dolerá la oreja. Puede tomar aspirina o codeina. Pero no abuse de este privilegio porque el dolor no será muy fuerte. Eso que nota en la cabeza es una serie de vendajes, una compresa circular hecha con gasa estéril y, por último, un vendaje elástico. Ello impide que se le bajen las orejas.
—Qué barbaridad —comentó Mitchell.
—Dentro de cuarenta y ocho horas le quitaré los vendajes. Pero no la compresa, que deberá llevarla puesta unos tres meses.
—¿Ya sabe usted lo que se trae entre manos?
—Estos pacientes… —dijo Katsouras suspirando—. Las orejas cicatrizan mediante unión fibrocartilaginosa, lo cual podrá consultar en el diccionario cuando tenga ocasión. El proceso tarda en completarse unos tres meses, y la compresa le protege de cualquier trauma accidental.
¿Convencido?
—Si usted lo dice. Creo que me está empezando a doler.
—¿De veras? Pero usted es un tipo duro ¿o no?
—Yo soy duro —dijo Mitchell—. Creo que lo soy.
Mitchell iba a entrar en el despacho del doctor, pero de pronto, al ver a Shannon, decidió volverse atrás. El teniente de la prisión estaba sentado en un rincón, y sus ojos, al ver a Mitchell, parpadearon automáticamente desafiantes.
—Pase —dijo Katsouras.
—Puedo hacerlo más tarde.
—El teniente Shannon está observando nuestro programa. Pase y siéntese.
Mitchell miró a Shannon, que le echó otra rápida mirada con aire despreciativo.
—No le importa, ¿verdad? —preguntó Katsouras.
Shannon se agitó ligeramente y dijo:
—¿O acaso sí te importa, eh, granuja? Claro que no te importa.
Mitchell se encogió de hombros y se sentó, respondiendo:
—Yo no dirijo está prisión.
—Ya llegará el día en que los granujas la dirijan —añadió Shannon.
Katsouras quiso protestar, pero Shannon le cortó en seco—. O en que la dirija un médico. También llegará ese día.
Katsouras continuaba sin alterarse.
—Entremos a echar un vistazo a esas orejas —le dijo a Mitchell.
Mitchell se puso en pie y, al no moverse Shannon, tuvo que saltar por encima de las piernas extendidas de éste, para poder seguir a Katsouras.
Cuando estuvieron dentro de la sala de consultas, el doctor encendió la luz del techo. Al tocarle Katsouras la oreja izquierda, Mitchell hizo un movimiento defensivo.
—Sigue estando tierna —dijo Katsouras—. Pero muy bien.
Shannon entró en la habitación.
—Parece que ha hecho un buen trabajo, doctor.
—Yo he vendado la herida y Dios la ha curado. Eso lo dijo Ambrose Paré, hace unos tres siglos, y todavía tiene vigencia.
—Menos falsas modestias, doctor, y deje a Dios que haga sus propias fanfarronadas —dijo Mitchell.
—Hijo de perra, no repliques al doctor.
La voz de Shannon, repentina, aguda y dura, tenía la contundencia de un golpe. Pero Mitchell sabía muy bien que era una voz fingida. Shannon no era tan tonto como para confundir una broma con una falta de respeto. Lo que estaba haciendo era provocar deliberadamente una determinada situación.
—No se excite —dijo Katsouras—. Lo único que ha hecho es bromear conmigo.
—Es un sinvergüenza —añadió Shannon—, y los sinvergüenzas tienen que aprender a respetar a los que son mejores que ellos.
Katsouras dijo tranquilamente:
—Cualquiera sabe quiénes son los mejores.
—Ustedes, los idealistas, me revientan. Es un delincuente y está aquí para recibir su castigo. Así ha de ser la justicia. Pero ustedes los tratan como si fueran héroes. ¿Se imagina usted que le va a agradecer lo que está haciendo por él?
—Eso es lo de menos —dijo Katsouras—. Si yo buscase la gratitud de alguien no me levantaría de la cama por las mañanas.
—No espere la mía —añadió Shannon—. Con toda esta basura no me está haciendo ningún bien.
Katsouras terminó de examinar a Mitchell y dijo:
—Necesitaría un cuaderno entero para apuntar todas las cicatrices que lleva entre los pliegues de la piel.
—¿Puedo quitarme la compresa de la cabeza por la noche?
Por debajo del ángulo que formaba el codo de Katsouras, Mitchell observó que Shannon estaba encendiendo un cigarrillo y que, después de sostener encendida la cerilla entre los dedos, la arrojaba contra él. Le cayó sobre el pie, quedó adherida encima y se apagó definitivamente. Mitchell se desprendió de ella haciendo un movimiento con el zapato.
—Llévela dos o tres semanas más y luego ya veremos —dijo Katsouras.
Apagó la luz del techo—. ¿Cómo va esa logoterapia?
—Estupendamente. Ema cree que terminaré pronto.
—Termina pronto —dijo Shannon— a ver si empiezas a trabajar y te ganas lo que comes.
—Realmente no ha perdido mucho tiempo —aclaró Katsouras—. Unas horas de terapia a la semana, y unos cuentos días de recuperación postoperatoria.
—Eso trastorna la rutina.
—Rutina…, lo más sagrado entre lo sagrado.
—En efecto, lo más sagrado. Rutina es lo que hace falta en una prisión.
Gracias a ella se evita que estos sinvergüenzas se maten entre sí o destrocen las paredes estúpidamente. Aquí dentro tenemos cuatro mil fieras, y sin la rutina esto sería un manicomio. Dígame otra forma mejor.
—Hay una: dejando de pensar que son fieras.
—Tonterías. —Shannon escupió abundantemente en el suelo y lo restregó con la suela del zapato—. Son animales. ¿Cree que éste…? —
Señaló con la cabeza, despectivamente, hacia Mitchell—. ¿Cree que este granuja no va a volver más por aquí?
—No sabría decirlo. Pero confío en que no.
—Un delincuente habitual no puede dejar de serlo por obra de su bisturí. Un delincuente es un delincuente. —Dirigió su encendida y maliciosa mirada hacia Mitchell—. Sedley, ¿tengo razón?
—Creo que tiene razón, jefe.
—¿Por qué me llamas jefe, Sedley? Yo no soy un jefe.
Mitchell no dijo nada.
—Te he hecho una pregunta, Sedley. Contesta.
Mitchell bajó la vista hacia sus manos, que se buscaban entre sí sobre sus piernas, como si las dos juntas pudieran reunir más fuerzas para mantener su control.
—Me llamo teniente Shannon. —Sus brillantes ojos azules se agitaron
—. Quiero oírtelo pronunciar, granuja.
—¿Y qué objeto tiene eso? —preguntó Katsouras.
—Dilo, granuja.
—Teniente Shannon.
La cólera que sentía hizo que su voz sonara como tiempo atrás; las sílabas salieron en medio de un resoplido gangoso.
—Teniente Shannon. —La voz aguda del teniente sonaba como una cruel y exacta imitación—. Y ahora repite esto: «un ladrón es un ladrón, y
siempre lo será».
—¡Por amor de Dios, teniente! —exclamó Katsouras.
—Dilo —le apremió Shannon—. Di «soy un ladrón y siempre lo seré».
—¡Teniente!
—¡Dilo, sinvergüenza!
—¡Váyase al carajo!
Mitchell descubrió un destello de regocijo en los ojos de Shannon, y supo lo que se le avecinaba cuando el teniente se levantó de su asiento. Pero todavía no estaba lo suficientemente ágil como para protegerse. La palma abierta de Shannon se estrelló contra un lado de su cabeza. Rebotó sobre la mesa y Katsouras acudió a sujetarlo. Mitchell, invadido por un acceso de rabia interior, hizo grandes esfuerzos para soltarse, pero Katsouras pudo mantenerle pegado a la mesa, anulándole con su propio peso.
Cuando se agotaron sus fuerzas, quedó inmóvil. Katsouras fue apartándose cautelosamente, como si quisiera tantear sus intenciones, y por último se apartó por completo dejándole que se pusiera en pie. Shannon ya se había marchado.
—En el colegio practiqué la lucha libre —comentó jovialmente Katsouras—. Sé sacar partido de mi propio peso.
Mitchell se tocó la cara con mucha prevención. Su piel parecía echar fuego.
—Dios mío, ¡qué bastardo! ¡Qué bastardo!
—Está usted gangueando. —Katsouras le retiró suavemente la mano de la cara y se inclinó a examinar el sitio dañado—. Dígalo otra vez.
—Qué bastardo. Qué bastardo.
—Ahora lo ha dicho mejor. Quería pegarle en la oreja, ¿sabe? Pero falló. Un trabajo excelente y podía haberlo estropeado.
—Será mejor que vuelva a la biblioteca —dijo Mitchell.
—Escuche; no intente ninguna tontería.
—Ahora no. Ahora ya me he calmado.
—No se preocupe. Voy a tener una charla con el director.
—Olvídelo. El director apoyará a Shannon y se irá a pique su programa.
—Soy médico y no tolero brutalidades con mis pacientes. —Cogió el teléfono—. Voy a concertar una entrevista con él…
Mitchell puso la mano sobre el aparato.
—Yo no he sido luchador, pero sé bastante más que usted sobre política carcelaria. Si desea que su programa siga adelante, cuelgue.
Katsouras se quedó mirándole fijamente, y al cabo de unos segundos puso el auricular en su sitio.
Ella estaba en pie pretendiendo mostrar un aire resolutivo pero era puramente experimental. Él la estaba mirando. Era una muchacha alta, delgada, negra, con un rostro serio que apenas dejaba entrever el celo misionero que ardía en su interior.
—Pues bien, eso es todo. Ya no queda nada por hacer.
—¿Estoy graduado? —Él pretendía alejar todo regocijo de su voz, pero podía oírlo, degustarlo—. ¿Me está señalando la puerta?
—Habla usted muy bien. Estoy sorprendida… Quiero decir que ha sido en tan corto espacio de tiempo… Si continúa practicando no volverá atrás.
Se sentía incómoda. Tenía las mejillas oscurecidas por el rubor, y su bolso se agitaba de un lado a otro como prueba de inquietud. De pronto, pensó Mitchell, ahora tenemos una amistad entre nosotros; ahora que ya no vamos a vernos más. No, se corrigió a sí mismo; ahora que nuestra amistad se está afianzando; ahora que ya no somos una profesora determinada ni tampoco un alumno determinado, se puede decir, sin lugar a dudas, que nos gustamos mutuamente.
—Verá, Ema —dijo Mitchell—. En todo este tiempo no le he dicho ni una sola vez cuánto apreciaba lo que estaba haciendo por mí.
Rápidamente, como si tratara de ocultar sus sentimientos, ella respondió:
—Aunque todas sus maneras no sean muy finas, usted me daba siempre las gracias después de cada sesión.
—No quiero hacer una escena —dijo él sonriendo—. Pero debo decirle que es muy buena profesora y que antes de que cuelgue su sopla-sopla, va a ser una bendición para mucha gente.
Al sentirse cazada, dijo:
—Un profesor es tan bueno como lo sea su alumno.
Él le tendió la mano. Ella, después de dudar un instante, la aceptó, ofreciéndole un apretón duro, huesudo, cálido. Mitchell se puso a considerar que éste era el primer contacto físico, de cualquier clase, habido entre los dos. Retuvo la mano de ella y luego, en un gesto del que hasta él mismo se extrañó mientras lo estaba haciendo, inclinó su cuerpo hacia adelante y rozó suavemente con los labios aquellos huesudos nudillos.
Ella dio medio vuelta y quiso desaparecer, como aterrorizada, pero de repente se volvió y, acercándose a él, se puso a hurgar en su bolso. Del interior sacó algo, ofreciéndoselo.
—Un presente en el día de su graduación, un obsequio de recuerdo… —
dijo, y desapareció otra vez.
Era un sopla-sopla, bella y pacientemente construido en aluminio, con sus dos planos en la forma correspondiente. Mitchell se lo puso bajo la nariz y, dirigiendo el aire por la boca, con impecable pronunciación, dijo:
—Gracias, Ema; muchísimas gracias.
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