Johnny el Guapo

John Godey · Capítulo 13 de 23

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Johnny el Guapo

Capítulo 12

No tardaría mucho en considerar su trabajo en la fábrica «Munchmore», y su residencia en Amesville, como un tiempo fuera del tiempo —un interregno—, en el que él no era lo que había sido antes ni lo que sería después. Era como marchar sin avanzar. Sabía que era un hombre en busca de su identidad, pero renunciaba a expresarlo en tan portentosos términos.

Sin embargo, era exactamente eso, salvo que, cuando por último averiguó quién era él, se dio cuenta de que había redescubierto a su antiguo ser. Era una marcha sin avanzar.

Sin convicción, casi por omisión, había decidido llevar una vida recta cuando saliera de Fredding, elaborando una fórmula ingenua que le facilitaba su decisión: robar es malo porque conduce a la cárcel y volver a ésta resulta impensable. Así pues, no robes. En esta ecuación entraba también el doctor Katsouras, pero su lugar en ella era más irónico que otra cosa. ¡Otro triunfo del viejo doctor! Formuló otra aproximación práctica: robar es un mal hábito y los malos hábitos resultan nocivos. Luego hay que abandonar el hábito.

Pero el reconocimiento de este imperativo moral no sería, como razón para llevar una vida recta, más poderosa que para dejar de fumar, el solo hecho de saber que conduce al cáncer, a las cardiopatías o a la tos matinal.

El conocer la respuesta no comprendía toda la solución. Era preciso resolver los detalles, y éstos resultaban onerosos. Existían síndromes de abstinencia, tentaciones casi irresistibles, racionalizaciones automáticas y malos hábitos compensatorios, como por ejemplo el atracarse de comida.

En sus cinco primeras semanas en libertad había ganado nueve kilos de peso. Había tentaciones por doquier y cada vez que las vencía no estaba seguro de si, a la larga, el esfuerzo hecho para vencer fortalecería su resolución, o mermaba su capacidad de resistencia.

Durante su primera semana en la fábrica reconoció a varios ex presidiarios. «Munchmore» daba trabajo en toda su factoría a unos

cincuenta ex presidiarios, la mayor parte en quehaceres de categoría inferior. Para Mitchell, era como si aquellos hombres llevaran impreso un sello en la frente: rostro severo y suspicaz, crueldad subyacente, aura de temeridad y violencia reprimidas. La prisión deja su marca impresa en el hombre. En una ocasión, estando en el comedor de la empresa, había sentados dos hombres detrás de él, a los cuales por su forma de charlar y por la jerga carcelaria que empleaban, identificó como ex presidiarios sin haberlos visto siquiera. No eran muy inteligentes, por cierto. El ladrón de categoría evitaba la jerga de los bajos fondos, ya que ésta constituía una revelación certera para la Policía.

A los pocos días de estar allí se topó con Morris Laplace, vestido con la chaqueta de alpaca propia del uniforme de los repartidores de

«Munchmore», empujando un carrito de ruedas de goma lleno de cartas.

Aunque en la prisión no habían sido muy amigos, Laplace se alegró mucho de verle y, a los treinta segundos de conversación, quiso impresionarle diciéndole que sólo pensaba continuar en aquel honrado trabajo hasta reunir algún dinero, después de lo cual volvería a la «vida anterior». Luego, ladeando la cabeza le preguntó:

—¿Tú también, Johnny?

—No. Yo seré honrado a partir de ahora.

Laplace hizo un guiño y dijo:

—Claro. Un tipo como tú… Oye, ¿y si tomásemos una cerveza después del trabajo?

Mitchell rehusó pero, al salir por la puerta principal una vez concluida la jornada, Laplace le estaba esperando con su coche. Era un «Oldsmobile»

cascado que debía de tener más de diez años. Morris Laplace insistió en llevarle a casa.

—Sé que quieres llevarme por el buen camino —dijo Laplace—. Tú seguirás una vida decente hasta que cumplas tu libertad condicional, y luego harás algún trabajito.

—Yo ya he terminado con esa vida —repuso Mitchell.

—¿Un gran tipo como tú? ¿Con la influencia que tenías en la prisión?

Según el léxico carcelario, el status de los hombres que había dentro dependía de la importancia de sus delitos. La reputación de un recluso que

había logrado un fuerte botín, aunque la Policía se lo hubiera quitado de las manos a los cinco minutos de robarlo, se clasificaba muy alta. Por el contrario, en el otro extremo del espectro de la delincuencia, el ladronzuelo de coches o de individuos borrachos era tenido en baja estima. A un sujeto que había matado a un Policía se le consideraba un plusmarquista, lo mismo que a cualquier homocida, excepto el que había matado a una mujer o a un niño. De cualquier manera, Laplace había decidido convertirse en un presidiario de elevado status, probablemente debido a que Mitchell había recibido un trato preferencial por parte de Katsouras.

—Yo nunca he sido un gran tipo —dijo Mitchell—. He sido siempre un ladrón mediocre.

Laplace le llevó hasta la puerta de la pensión y esbozando una elaborada sonrisa, dijo:

—Sé que vas por el camino recto y todo eso, pero cuando estés dispuesto a volver a la vida anterior, ¿querrás acordarte de tu viejo amigo Morris? ¿Lo harás, Johnny?

—No te olvidaré —respondió Mitchell—. Y cuando te mande venir, acuérdate de traerte tu orinal de cuña. ¿De acuerdo, veterano colega?

Salió del coche y dejó dentro a Laplace, vertiendo veneno contra él.

El funcionario encargado de su libertad condicional se llamaba Harry Baumer, y era un tipo estupendo. Le faltaban dos años para jubilarse y no deseaba crearse complicaciones, cosa que le venía bien a Mitchell. Sus entrevistas eran generalmente breves y, a partir de la segunda o tercera de ellas, las preguntas de Baumer se hicieron incluso mínimamente inquisitivas.

—Usted no ha hecho ningún comentario acerca de su trabajo —dijo Baumer.

Se encontraban sentados en la oficina de éste, en la que había un viejo escritorio de roble muy estropeado, archivadores con la pintura desconchada y dos sillas vetustas pero utilizables. El sol se esforzaba por meterse a través de una ventana que seguramente no había limpiado nadie en los veintiocho años que Baumer llevaba ejerciendo aquel cargo.

—Sí, lo hice —respondió Mitchell—. Le dije que el trabajo es bueno.

—Lo sé. ¿Pero cómo es que no se ha quejado ni una sola vez?

—Es mi trabajo. ¿Qué objeto tiene el protestar?

—¿No le resulta monótono?

Se acordó de la nave de carga, desordenada y ruidosa, los interminables movimientos, el esfuerzo que imponían los paquetes en los brazos y músculos de la espalda, el cansancio agotador que exigían las horas extraordinarias para terminar un trabajo…

—Creo que sí —contestó—. Pero todos los trabajos resultan monótonos.

—Eso depende. Algunos no lo son.

—Robar —dijo Mitchell—. Robar no es monótono.

Baumer sonrió y dijo:

—Lo que intentaba decirle es que usted es demasiado inteligente para hacer esta clase de trabajo.

—También soy demasiado inteligente para robar.

—Es usted un empedernido polemista —dijo Baumer en tono cariñoso

—. Lo que trato de saber es…, ¿cómo se las arregla para romper la monotonía?

—¿Se refiere a por qué no me junto con malas compañías, me emborracho e inicio peleas? —Mitchell sonrió—. No. Me voy a casa, entro en mi habitación y paso la mayor parte del tiempo leyendo.

—Una vida casi monástica. ¿Ni siquiera sale por la noche con los compañeros?

—Ya tengo bastante pasando el día con ellos.

—¿Y respecto al bello sexo?

—¿Respecto a ellas?

—Usted es un hombre bien parecido y en la fábrica debe haber bastantes chicas fáciles. Me pregunto…, bueno, si tiene éxito con ellas, ya sabe.

—¿Equivale a quebrantar mi libertad, acostarme con una chica?

—No se enfade —dijo Baumer—. Sólo era una pregunta amistosa.

—Ya conoce usted la respuesta —contestó Mitchell—. No faltan oportunidades. Pero no me gusta hacer el tonto por ahí. No soy un tipo raro,

pero es cuestión de preferencias.

—¿Y el supervisor está satisfecho con su trabajo?

—Necesitaría ser muy tonto para no saber hacerlo bien. Me paso el día entero atando paquetes de galletas con una cinta metálica, pegando etiquetas y direcciones sobre éstos, y echándolas en cada uno de los veinte arcones, para su envío, según el emplazamiento geográfico de su destino. Si a usted le gusta atar y pegar, entonces es un trabajo fascinante… De lo contrario, es simplemente un trabajo.

—Bueno, por algo se empieza. Tal vez le ofrezcan algo más interesante.

O, con el tiempo, cuando se haya usted acostumbrado a vivir en libertad, puede buscarse un empleo mejor en cualquier parte. Entretanto, esto es, al menos, un trabajo honrado.

Mitchell sonrió y dijo:

—Pues no dice mucho en favor de la honradez.

La primera vez que una chica le miró con interés, él hizo un gesto cómico de automenosprecio: se miró exageradamente de arriba abajo dando a entender que no comprendía lo que ella veía en él. Muchas chicas le miraban o le hablaban con actitud insinuante, pero aquello no le producía ningún interés. De la misma manera que a lo largo de su vida había sido rechazado por su aspecto físico, e ignoradas todas sus otras cualidades, ahora sólo era aceptado por su cara y nada más que por su cara. En cuanto a sexo, nacido del tedio y el descontento entre las chicas de la fábrica, cuyo único escape de la pura insipidez era la convivencia promiscua, tampoco le convencía. El sexo era necesario, pero sin conducir al compromiso. De ahí que resultara mucho más simple y seguro el comprarlo en un burdel.

Si se hubiera dejado persuadir por el sexo, su espejo podría haberle dado una imagen placentera, pero él empleaba una visión de rayos X que traspasaba la superficialidad de la piel y la carne, y descubría la interioridad del hombre. Calibán. La sociedad le aceptaba ahora por el valor de su cara.

Pero lo irónico del caso era que la sociedad interpretaba mal su nuevo y blando rostro de ahora, como interpretara mal el de antaño. La sociedad, igual que las mujeres, se preocupaba solamente por lo superficial.

Cuando le acuciaba el deseo de robar, visitaba el burdel cuatro o cinco veces por semana, entregándose frenéticamente a los mercenarios y complacientes cuerpos que se retorcían debajo de él. Pero aquello era una distracción para sus deseos, no un sustituto. En el trabajo hacía prodigios envolviendo y atando, pero tampoco esto colmaba su necesidad. Los simples movimientos manuales no resultaban suficientes para anular su exigencia mental, ni el escuchar o intentar unirse a la sempiterna y monótona charla (deportes, chicas y coches) de sus compañeros de trabajo, siempre con el empalagoso olor dulzón del pegamento metido en sus pituitarias… Por las noches, cuando paseaba a horas tardías, iba acuciado por el miedo, esforzándose por acallar la voz interior que le prometía liberarle de su tensión si robaba alguna cosa, lo que fuera, algo meramente simbólico. Pero él sabía que no era cierto, que era igual que el fumador de cigarrillos que se engañaba a sí mismo diciéndose que con tres pitillos al día…

Hasta que un día se apoderó de un bolígrafo de diecinueve centavos en una tienda barata. Aquello fue una monstruosa estupidez y la consecuencia de su desesperación. Era un bolígrafo de diecinueve centavos pero, si le hubieran sorprendido, le hubiesen enviado de nuevo a la prisión hasta cumplir el resto de su condena. Por último, recuperó un atisbo de cordura y cuando iba a salir de la tienda dirigió sus pasos hacia la caja y pagó su importe. Ya fuera, al recibir el aire fresco, estuvo a punto de desmayarse al pensar en la enormidad del riesgo que había corrido.

Por aquel entonces ya conocía lo de los miércoles alternos del «Banco Popular» de Amesville. En ocasiones, había pensado en el asunto, no seriamente sino tal vez como el dentista que mira la obra de otro colega.

Pero ahora, cuando se dirigía a casa con el bolígrafo (y el ticket de su compra), experimentó un sensible cambio. En esta ocasión contemplaba el Banco como un chupete, igual que el fumador que lleva en la boca un cigarrillo de plástico.

No sabría decir en qué momento exacto dejó de ser una ficción el robo del Banco, para convertirse en un ejercicio que le llevaría a la

determinación de ponerlo realmente en práctica. Pero el momento exacto no era un factor concluyente, como tampoco lo era el hecho de que un fumador entrara de pronto (aunque fuera sólo con la imaginación) en un estanco, y comprase un paquete de cigarrillos.

Quizá, si lo hubiese pensado concienzudamente, habría aislado la serie de pasos emocionales que le condujeron al punto en que ahora se encontraba. Pero estaba persuadido de que aquello, en gran medida, despejaría su creencia de que le faltaba vocación y gusto por el total aburrimiento nada gratificante de una vida honrada. Otrora, eso pudo haber sido diferente; pero en estos momentos, cuando llevaba veinte años haciendo de ladrón, él era un ladrón y continuaría siéndolo, dejando a un lado las minucias psicológicas. Butler: «Cuando el ladrón ha traspasado ciertos límites… El robo, para él, es un mensaje de Dios…».

Y así, mientras casi se había desmayado de miedo por robar un bolígrafo barato, el sólo pensamiento de robar un Banco le convertía en un hombre frío y profesional. Una cosa era arriesgar su libertad por un bolígrafo de diecinueve centavos, y otra hacerlo por un botín de un millón de dólares. Sin embargo, él no podría haber hecho eso jamás. Pero cuando vio la posibilidad de ser rico y a la vez vengarse de Jappy, la tentación se hizo irresistible.

También sabía que estaba irrevocablemente comprometido, el día que telefoneó al doctor Katsouras.

Como la prisión había sido el único ambiente compartido con Katsouras, y como éste raras veces hablara de sí mismo, Mitchell quedó sorprendido en su primera visita, realizada varios meses antes para el reconocimiento, al encontrarse frente a una mujer alta de cabello negro, y dos niños revoltosos que parecían una versión reducida de su padre, sentados en el porche de la gran casa blanca que componía la vivienda y despacho del doctor. Quedó extrañado al encontrarse con un Katsouras bastante más formal del que recordaba; o quizás el que había cambiado era él, ahora que se consideraba un hombre libre. Pero esta vez, cuando llegó por la mañana en el autobús procedente de Melton, su antigua y simpática relación parecía restablecida.

Charlaron sobre su nueva vida en libertad, y Katsouras daba claras muestras de sentirse complacido. Mitchell se expresaba en tono menor, sin mostrar alegría por su libertad ni por su trabajo, y esto pulsó la nota correcta.

—Deje de lamentarse —objetó Katsouras—. Puede que la calidad de la vida fuera de la prisión deje mucho que desear, pero al menos es libre de salir a dar un paseo por la noche, si le apetece.

—Doctor, sé que es usted un hombre honesto y no quiero que vea en mis palabras ningún tono despectivo. Algún día le elevarán a los altares.

San Katsouras el Bueno.

—Me gusta trabajar decentemente. ¿Y por qué no habrían de canonizarme, siendo uno de los cirujanos más fantásticamente exitosos de la Historia?

—San Katsouras el Humilde.

—La humildad es para los pájaros, no para los cirujanos. Veamos esas cejas. —Ladeó la lámpara y se inclinó a observarle con interés, tocando ligeramente las cejas según las examinaba. Con cierta extrañeza en su rostro preguntó—: ¿Qué hace que decida tan repentinamente, arreglárselas?

—¿Qué clase de pregunta estúpida es ésa? ¿No me urgió usted mismo para que le dejara hacerlo?

—Efectivamente. Pero usted dijo que no, y ahora dice que sí. ¿A qué viene ese cambio de opinión? Estoy obligado a preguntárselo. La motivación es muy importante; ya se lo expliqué hace tiempo. Y hay ocasiones en que estamos obligados a negarnos a hacer la cirugía cosmética.

—Oh, mi motivación es la mejor de todas. Deseo obtener un empleo como modelo de cejas perfectas.

Katsouras apagó la lámpara y dijo:

—Estoy hablando en serio.

Mitchell extendió ambas manos al frente.

—No es que yo tenga una razón apremiante para ello, pero… ¿Cómo diría…? Pero tengo la sensación de encontrarme incompleto. No es que esto resulte tan importante, y si usted no quiere hacerlo, de acuerdo. No me voy a sentir tan infeliz por ello como para ponerme a robar chuletas de cordero en el supermercado.

—Yo no soy el único cirujano plástico de esta región. Si quiere, le puedo dar el nombre de tres buenos de la zona, y cualquiera de ellos, probablemente, se lo haría.

—Cuando necesite hacerme un trabajo demasiado fino acudiré a otro doctor. Pero para los trabajos toscos sigo fiándome de usted.

Katsouras se quedó observándole intensamente, centrando en él sus especulativos ojos negros. Mitchell, durante un instante terrible, pensó que Katsouras había descubierto sus intenciones, había adivinado que deseaba operarse las cejas para perfeccionar su disfraz. Pero seguramente no llegó a tanto, incluso ni a sopesar semejante posibilidad, porque su sonrisa empezó a anunciarle un veredicto favorable.

—¿Cuándo quiere que empecemos? Exigirá un período de hospitalización bastante largo. ¿Podrá conseguir, digamos, un par de semanas de vacaciones en su trabajo?

—Tendré que comunicárselo al departamento de personal y a mi oficial de vigilancia.

—Es una interesante operación —dijo Katsouras—. Se tratará de una sola capa con un pedículo vascular debajo. Será usted su propio donante…

Cuando Mitchell sacó a mientes el tema del pago, Katsouras le hizo callar con un movimiento de su mano.

—Olvídelo. Si le cobrase ahora empezaría yo a lamentarme por el trabajo gratis que le he hecho antes. Además, no tendría con qué pagármelo.

—Dígame cuánto es, y lo robaré.

—Déjese de bromas.

—Ni un centavo más ni uno menos, dígame a cuánto suben sus honorarios —dijo Mitchell—. Oiga, tengo algún dinero en el Banco y me sentiría mejor si me dejara pagar los gastos de transporte.

—Digamos cien dólares —respondió Katsouras encogiéndose de hombros.

—¡Venga, hombre! Otros médicos cobran cien dólares por recetar aspirinas por teléfono.

—Los médicos ajustamos nuestras facturas a los pacientes. Mis mayores ingresos los consigo arreglando tetas y nalgas fláccidas a las

mujeres viejas y ricas. Por eso puedo permitirme el lujo de cobrar poco en otros trabajos. Lo que pierdo por un lado lo gano por otro.

Estando en Fredding, a Mitchell le extrañaba mucho que sólo sus compañeros más observadores se dieran cuenta de que le habían cambiado el rostro. Los demás, aunque notaran algo en él, se limitaban a mirarle y a decir que tenía muy buen aspecto, pero nada más. En la «Munchmore», cuando volvió a reanudar su trabajo en la sala de embarque, sus compañeros parecían totalmente ignorantes de la reparación que le habían hecho en las cejas. Al igual que en Fredding, le decían que tenía buen aspecto y le preguntaban si le había sentado bien la operación (cuya naturaleza ignoraban puesto que él no se lo había dicho), pero ahí quedaba todo.

Cuando habían comenzado con las operaciones, meses antes, Katsouras le había predicho exactamente esta falta de agudeza o de interés, y había resultado cierto.

La noche anterior, Mitchell encendió todas las luces de su habitación y las dirigió hacia el espejo enmarcado que tenía sobre su anticuado aparador.

Seguidamente empezó a contemplarse detenidamente, desde todos los ángulos y distancias imaginables; a veces se situaba tan cerca que su nariz tocaba el cristal; luego volvía a retirarse a un par de metros de distancia, se miraba de lado, de semiperfil, sonriendo, serio y, con la ayuda de un espejo de mano, se miró incluso la parte posterior de la cabeza. Finalmente, maravillado por el cambio, reconoció que podría engañar a su propia madre, y si era capaz de esto también podría engañar a Jappy o a cualquier persona de este mundo. Solamente tenía que cuidar de dos cosas: mantenerse erguido en su nueva postura y evitar la regresión de la voz. Pero estos detalles los había controlado con éxito durante dos meses anteriores, y ello le proporcionaba un alto grado de confianza.

Su cabello, que había sido negro hasta hacía seis años, se había vuelto gris. Lo dejó crecer cuando abandonó Fredding, y se lo peinó sobre la frente, al nuevo estilo, pero sin que la raya fuera más larga de lo que solía ser antes. Sus ojos, naturalmente, eran del mismo color de antaño, pero ya no tenían la forma anterior, ligeramente almendrada. Por si acaso, al día

siguiente se presentó en la consulta de un óptico, se graduó la vista y encargó unas lentillas de contacto azules.

El conflicto entre su deseo de venganza contra Jappy por los cinco años que le había hecho pasar en la penitenciaría, y el imponderable de que no podría robar el Banco sin la ayuda de éste, se resolvió por sí mismo, de forma pragmática. Sin Jappy no podía haber ni robo ni venganza. Con Jappy, lo primero resultaba viable y lo segundo constituía, al menos, una remota posibilidad. Inevitablemente, tenía que acudir a Jappy. No sólo porque él mismo careciera de contactos en el mundo del hampa, sino porque Jappy poseía un alto grado de aptitud, cautela e inteligencia organizadora (aparte del par de hombres más que iban a necesitar).

Para conseguir medio millón de dólares, tenía que permitir que Jappy consiguiera otro tanto. Mirándolo con frialdad, y en el supuesto de que pudieran compaginarse dos factores tan irreconciliables como el dinero y la venganza. Sin embargo, se hizo a sí mismo una promesa: a la menor oportunidad que se le presentara de traicionar a Jappy, cualesquiera que fuesen los riesgos, la aprovecharía.

Y sobre esta base, que parecía la más apropiada para sus propios fines, estableció su plan.

A primeras horas de la mañana de un sábado cogió un avión, depositó una carta en el buzón de Correos de Market Street, y regresó esa misma tarde a casa. Ni siquiera había pedido permiso a Baumer para abandonar la ciudad.

Existían escasas posibilidades de que se descubriera, salvo que su avión cayera y entonces poco importaría ya. San Francisco quedaba demasiado lejos como para ir simplemente a que estamparan un matasellos sobre una carta, pero aquello era esencial. Aunque Mitchell hubiera conocido a alguna persona en San Francisco a la que poder pedirle que echara una carta en el buzón, no se habría fiado de ella. No quería dejar ni un solo cabo suelto.

Las dos cartas eran fáciles de escribir, pero le hicieron sentir incómodo; no por el fingimiento de su propia muerte, sino por la complejidad de sus

sentimientos hacia Jappy. La carta dirigida a Jappy era corta, como de hecho lo era la que le dirigía su «amigo», al que dio el nombre de Al Ford.

El escribir la carta de Ford le entretuvo algunas horas en una máquina de escribir de la sala de embarque, rehaciéndola varias veces, no tanto por su contenido como por su ortografía y sintaxis, teniendo la sensación unas veces de que se pasaba y otras de que no llegaba. La carta de Al Ford decía: Querido señor Schroeder:

Hace un par de días, cuando Johnnie aún estaba vivo, me suplicó que le enviara a usted la carta adjunta, cuando él se hubiese ido de este mundo. Yo le prometí hacerlo. Nos hicimos amigos en la enfermería de la prisión. Yo me encuentro ya mejor y saldré del hospital dentro de una semana.

Se alegrará usted de saber que Johnnie no padeció dolores, ya que las últimas semanas estuvo totalmente drogado y los últimos días los pasó en estado de coma del que ya no despertaría. Fue cáncer de páncreas. Pero la droga evitó que Johnnie sufriera.

Fue un buen chico, aunque lo conocí por poco tiempo. Y

entonces se nos fue.

Su seguro servidor, el amigo de Johnnie,

Y estampó una firma escrita laboriosamente con letras grandes e infantiles.

La dirección del sobre la puso de su puño y letra, dejando que se torciera de vez en cuando, pero no excesivamente, pues quería asegurarse de que aquella caligrafía resultara fácilmente reconocible como la suya propia.

Jappy:

Probablemente te extrañará que te escriba. Eso mismo me ocurre a mí. Pero no tengo a nadie más a quien escribirle, lo cual está diciendo algo acerca de mi vida. Una vida

miserable. Me encuentro enfermo, agonizante, y mi fin lo veo muy cerca. Quiero que alguien sepa que me voy. No sé por qué pero parece importante no diñarla sin dejar rastro.

Resulta muy divertido que a la ùnica persona a quien se me ocurre escribirle sea a un hijo de puta como tú.

Por lo tanto, si puedes dejar de reírte el tiempo suficiente, celebra mi marcha echándote un trago de ese whisky matarratas que tienes.

JOHNNY el Guapo

A través de Morris Laplace tuvo noticias de Shannon. Laplace seguía en su empeño de asociarse con él, sabe Dios por qué, salvo por el hecho de que el pobre viejo abrigara la ilusión de que Mitchell era un delincuente de primera fila. En aras de esta idea, Laplace se hizo impermeable al insulto, al menos después de haberlo recibido. Esto obligaba a Mitchell a huir de él por los pasillos de la fábrica, y a inventar nuevas escusas para no aceptarle una cerveza de amigo.

Pero una noche lluviosa, a mitad de semana, Laplace consiguió acorralarlo. Mitchell se encontraba en la biblioteca de Melton cuando apareció por allí Laplace, siguiéndolo, seguramente, dado que Laplace no era un asiduo lector. Se hallaba sentado en una mesa leyendo una revista de actualidad, cuando Laplace se deslizó a su lado. Mitchell continuó leyendo, ignorando los sibilantes siseos del otro, pero la mención de Shannon atrajo su atención.

—¿Qué pasa con Shannon?

—¿Con nuestro viejo amigo de la penitenciaría, el teniente Shannon?

Pues que hace ocho o nueve meses que dejó aquello.

—Lo había oído —dijo Mitchell asintiendo, y prosiguió su lectura.

—Es jefe de detectives al norte del Estado… En la ciudad de Philbin.

—¿Dónde? —preguntó Mitchell. Sus dedos se pusieron a revolver las páginas de la revista.

—En Philbin.

Mitchell se dio cuenta de que sus dedos estaban arrugando las páginas de la revista, y se puso a alisarlas.

—Nada me gustaría menos que vivir en una ciudad donde Shannon estuviera de polizonte —cacareó Laplace—. No podría soportarlo.

Laplace siguió parloteando con su astuta voz de viejo, no importándole el hecho de que Mitchell no le contestase. Tal vez se sintiera satisfecho de no ser insultado. Mientras contemplaba, sombrío, cómo sus dedos alisaban las páginas arrugadas de la revista, Mitchell pensó que, con Shannon en la ciudad, tenía muchas posibilidades de que le localizara y le descubriera. De esa forma, todo habría terminado antes de comenzar.

Pero más tarde, después de haber logrado desembarazarse de Laplace, mientras regresaba andando en medio de la lluvia tras haberse apeado del autobús, se dio cuenta de que no tenía por qué haber terminado todo, de que, providencialmente, podía existir una forma de obtener medio millón de dólares y vengarse de Jappy al mismo tiempo. No le iba a costar ni un centavo. De hecho, quien iba a pagar la factura era Jappy.

Se encontraron en Woodrow, una población a medio camino entre Philbin y Melton. Cuando Mitchell bajó del autobús, ya eran casi las siete y estaba oscureciendo. Echó a andar por la deslustrada terminal que olía a hamburguesa frita y a cuerpos cansados, y tomó la calle principal de Woodrow, desierta si se exceptuaban algunas personas que se dirigían al cine, y las llamativas luces de neón de unos cuantos bares y restaurantes.

Dos manzanas más adelante ya no había luces y sólo quedaban los escaparates a oscuras de las tiendas cerradas. Siguió andando a una marcha regular, sin prisas, y pronto oyó detrás de sí un coche que se deslizaba cerca del bordillo. No se volvió ni dejó de andar. El coche le siguió a lo largo de otros cien metros, y luego se acercó a él y se detuvo. La puerta del lado de la acera se abrió.

Entró en el vehículo y éste partió. El rostro de Shannon aparecía escasamente iluminado de color rosa, en la luz tenue procedente del tablero de instrumentos. Conducía con la mano izquierda, y la derecha la apoyaba sobre el espacio que quedaba entre ambos. Cualquiera hubiese dicho que iba él solo en el coche. Su arrogancia y aire despreciativo eran imponentes, pero en estas circunstancias resultaban ficticios.

Shannon tomó una carretera rural y condujo a lo largo de ella durante diez minutos. Un par de veces aminoró la marcha como si buscara un sitio para parar, pero continuó adelante. Finalmente, al llegar a un tramo solitario, abandonó la carretera de asfalto y entró por un camino lleno de baches que corría oblicuamente internándose bajo un techo formado por las ramas de los árboles. Metió el coche entre unos arbustos tan espesos que los ocultaban casi totalmente a la vista de la carretera. Apagó las luces, bajó la ventanilla del coche y encendió un cigarrillo. Luego, sin dejar de mirar al frente a través del parabrisas, habló por vez primera:

—¿Qué tienes en mente?

Su voz era áspera.

—Un millón de dólares —dijo Mitchell.

Shannon expulsó una nube de humo, en silencio. Era toda presencia dentro del coche, llenando el espacio que había detrás del volante con su volumen. Traspasó a Mitchell con una mirada azul y fría y dijo:

—Si tienes en la cabeza lo que pienso que tienes, voy a sacarte de ese asiento y a hacerte picadillo.

Mitchell no dijo nada, pero le echó una mirada de igual a igual.

—No olvides jamás que soy policía —dijo Shannon.

—Me importa poco lo que diga que es. Sé que le gusta el dinero.

La voluminosa mano derecha de Shannon, la cual éste tenía apoyada en el sitio que quedaba entre ambos, quiso alzarse, pero continuó donde estaba.

—Te advierto una cosa, sinvergüenza; no acabes con mi paciencia.

Lo dijo con voz resuelta, pero Mitchell no se preocupó. En aquellas palabras, Mitchell le había dicho todo, le había desafiado, y Shannon había recogido el guante. Añadió tranquilamente:

—Procuraré no pasar del límite. ¿Quiere que continúe?

—Todavía no has dicho nada. ¿Quieres ir al grano?

—Ahora mismo —repuso Mitchell—. Sé dónde se puede robar un millón de dólares. Le ofrezco la mitad.

—Nunca en la vida le he pegado a un loco —dijo Shannon—, pero siempre hay una primera vez. ¡Voy a partirte la cabeza!

Era el último coletazo de falso orgullo, y Mitchell no se sintió afectado por ello. Aguardó pacientemente a que se le pasara.

—Pero si no estás loco —añadió Shannon—, eres el delincuente más osado y estúpido que he conocido en toda mi vida. ¿Cómo se te ocurre tener la loca idea de que puedes presentarte delante de un policía con una proposición así? ¿Es que tratas de suicidarte?

Mitchell dijo fríamente:

—Esa idea me la dio usted en Fredding. Y desde el momento en que accedió usted a venir aquí esta noche, supe que no me había equivocado.

—Escúchame bien, hijo de perra. ¿Te das cuenta de que con lo que me has dicho ya podría enviarte de nuevo a la prisión por veinte años?

Mitchell se puso a reír y, durante un momento, al ver lo tensos que se ponían los músculos de la garganta de Shannon, pensó que había ido demasiado lejos. Pero aquella tensión duró poco. Aun así, Shannon tenía que hacer una última concesión a las apariencias. Echándose hacia atrás, giró la llave de contacto y puso el motor en marcha.

—Quedas detenido, sinvergüenza. Voy a llevarte a Philbin y empapelarte por conspiración de robo, intento de soborno a un oficial de Policía, quebrantamiento de libertad vigilada…

—Claro —dijo Mitchell—. Hágalo, teniente.

Shannon dio marcha atrás bruscamente, y luego siguió avanzando por la carretera. Las luces de los faros iban rebotando sobre el asfalto según conducía, con las ruedas de la izquierda por el centro de la calzada.

—Va usted conduciendo en dirección opuesta —dijo Mitchell con mucha cortesía.

Shannon continuó en silencio durante un rato, con los hombros inclinados hacia el volante. Luego dijo, con voz tranquila:

—¿Cuál es tu proposición?

Fueron viajando durante más de una hora por oscuras y silenciosas carreteras rurales, sin apenas encontrarse con los faros de otro coche en dirección contraria. Shannon escuchaba en silencio, haciendo de cuando en cuando alguna interrupción para preguntar algo. Mitchell sabía que, al aceptar o no su oferta, no era ya más que una cuestión de sentido práctico.

Si Shannon estaba seguro de que aquello iba a funcionar, aceptaría. Ya no cabían fingimientos.

Las preguntas que hizo fueron inteligentes:

—No me entra en la cabeza que un tipo como tú quiera desprenderse así de medio millón de dólares de su propio dinero.

—Yo no me voy a desprender de un sólo centavo. Es dinero de Jappy Schroeder.

—¿Y todo este tejemaneje sólo porque podrías toparte conmigo en Philbin?

—Claro. Yo estaba seguro de que usted conocía a Jappy. De hecho, usted me dice que hace negocios con él. Forzosamente íbamos a tener que encontrarnos los dos. ¿Podía yo arriesgarme a que usted no me traicionara?

Shannon asintió y dijo:

—Sin embargo, queda algo más. ¿Abrigas algún rencor contra Jappy Schroeder?

—Sí. Pero no hay en ello ninguna cuestión psicopatológica, si es a eso a lo que se refiere.

—A eso me refiero.

—Es una rara combinación de negocios y placer. Él me ayuda primero a mí a conseguir un gran botín, y luego se lo quito yo a él.

—Resulta más complicado de lo que me gusta que sean las cosas —dijo Shannon—. Fastidiar el negocio a un antiguo colega, sólo por venganza, implica muchos sentimientos adversos.

—La venganza es cosa secundaria. Lo que cuenta es el millón de dólares. Por esa cantidad de dinero yo traicionaría a cualquiera.

—¿Incluyendo al amistoso teniente jefe de detectives de tu barrio?

—Tenemos que hacer las cosas con un poco de fe. Yo ya la tengo.

Shannon dijo:

—Suponte que no tienes éxito. Suponte que te reconoce como a Johnny el Guapo.

—Entonces usted se olvida de todo y lo máximo que le habría costado sería un paseo en coche y unos litros de gasolina. ¿Se acuerda usted de cómo era yo? ¿Cree que me reconocerá?

Shannon aflojó la marcha y se volvió hacia Mitchell para estudiar su rostro.

—No. Sinceramente, no creo que te pueda reconocer.

—Entonces ya está —dijo Mitchell—. No hay más que hablar.

—Te llevaré hasta la estación de autobuses —añadió Shannon.

Regresaron en silencio hasta el centro de la ciudad. Mitchell dijo:

—Gracias por el paseo, teniente.

Shannon asintió.

—Estaremos en contacto —aceleró el motor del coche en punto muerto

—. Preferiría que todo esto no fuera tan complicado. Tienen que funcionar muchas cosas para que salga bien.

—Medio millón de dólares no se gana así como así —agregó Mitchell

—. De cualquier manera, usted no puede perder. No se verá implicado en ello a no ser que todo salga bien.

—La otra cosa que me preocupa es por qué un verdadero granuja como tú engaña a sus propios colegas.

—Ellos también son unos granujas —dijo Mitchell—. ¿Por qué preocuparse por un hatajo de sinvergüenzas?

Shannon asintió pensativo.

—Mantengámonos en contacto.

Mitchell se apeó del coche y echó a andar hacia la estación de autobuses que se encontraba a una manzana de distancia. Sin necesidad de volverse a mirar sabía que Shannon continuaba sentado tras el volante observándole y pensando. Bueno, que pensara y reflexionara cuanto quisiera, porque ya no iba a dar marcha atrás. Con placa de policía o sin ella, un granuja sería siempre un granuja.

Tres semanas más tarde, Mitchell acudió al despacho de Baumer para su última presentación. Cuando terminara la visita habría dejado de ser un liberto, y su deuda con la sociedad estaría saldada.

El día siguiente era su último de trabajo en la «Compañía de Galletas Munchmore». Había sido muy correcto solicitar su renuncia, presentándola ante la empresa con dos semanas completas de anticipación. A la mañana siguiente hizo su maleta, comió en la barra de un drugstore, dio un paseo, y luego cogió el autobús de Philbin.

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