Johnny el Guapo
Primera parte
MUNDO LIBRE
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1
Cuando Mitchell abrió la puerta del bar «Little Georgie’s» y echó un vistazo dentro, supo que probablemente estaba perdiendo el tiempo. Pero a pesar de ello, se acercó a la barra. De pronto dejaron de oírse una docena de conversaciones, cediendo paso a la música melancólica y medrosa que salía de la gramola y hacía vibrar el llamativo cristal que había delante de la máquina. Recorrió con la vista, desafiante, en torno a aquellos ojos blancos que aparecían emplazados como morteros en unos rostros negros.
En la barra, dos hombres que estaban de pie le dejaron espacio, a regañadientes. El barman le miró atentamente con la inevitable bayeta de sacar lustre describiendo suaves círculos sobre la gastada madera de la barra.
—Cerveza, por favor.
Dejó la maleta apoyada contra la fina barra destinada a apoyar los pies, y cuando estuvo erecto vislumbró su propia imagen en el espejo de detrás del mostrador: era la imagen movible y borrosa de una cara pálida, y un cabello recio e inesperadamente gris que le caía rizoso sobre la frente como si fuera el penacho de un casco.
—Cerveza.
La voz del barman no era sino una corroboración neutral. Un barman, en sus horas de trabajo, como buen profesional, era un poco más tolerante que el resto de la Humanidad. La presencia de Mitchell constituía una mera equivocación, y el barman, indudablemente, lo sabía. Era pequeño y gordo, y cuando se volvió para depositar la cerveza, se dibujaron en su cuello unas arrugas carnosas. Al dejar el vaso pidió, con la misma voz neutral, cuarenta centavos.
Después de remojarse los labios con la grata frialdad de la espuma, Mitchell se reprochó a sí mismo el no haber sabido sacar una clara conclusión de su corto paseo por Philbin Street. Era ésta una calle que libraba una obstinada e infructuosa acción de retaguardia a todo lo largo de su recorrido, inevitablemente perdida contra su implacable destino. En este momento de su historia permanecía situada sobre una insegura cerca de
equilibrio racial, pero dentro de seis meses o un año se decantaría sobre su punto de apoyo y sólo marcharía en una dirección. Las caras blancas que aún subsistían, acabarían desapareciendo de sopetón como si alguien hubiera pulsado una clavija dejando la calle iluminada por un único y sólido color.
Él había visto o notado este fenómeno, pero se hallaba demasiado preocupado para percatarse de que, como reflejo de la mezcla poblacional los bares cambiarían también hasta tal punto que algunos de ellos iban a ser tan sólo bares de negros. Blancos y negros podían vivir juntos en incómoda tensión, al menos temporalmente, pero no beber y jugar juntos; la tolerancia establecía una línea puritana.
Bebió la mitad de su cerveza y dejó el vaso sobre la barra. La gramola emitió un pequeño gemido y dejó de tocar. Detrás de él, en las mesas, y en los extremos de la barra, las conversaciones se habían reanudado otra vez, pero eran mudas, a la defensiva. Estaba echando a perder el punto de parada de esta gente camino de su casa, y lo lamentó. Pero ¿es que no había entrado ningún blanco en este tugurio desde que se volvió un local de negros? ¿Quién era él, una especie de demonio? Bueno, sí; tal vez lo fuera.
Apuró su vaso e hizo un gesto con la cabeza al barman, que se le acercó inmediatamente.
—¿Otra cerveza?
Mitchell sacudió la cabeza.
—Trato de localizar a un hombre llamado Jappy Schroeder.
—¿Cómo dice?
—Jappy Schroeder. ¿Sabe dónde podría encontrarlo?
—¿Es ese tal señor Schroeder cliente de este bar? ¿O me pregunta si le conozco personalmente?
—Bueno, me interesa saber cualquiera de las dos cosas.
—No me suena ese nombre —respondió tajante el barman—. Pero tampoco conozco por su nombre a todos los clientes. Por un casual, ¿es este señor Schroeder de raza blanca?
Mitchell se rascó la cabeza y dijo:
—¿Me creería si le dijera que no lo he sabido nunca?
—Sería conveniente saberlo —dijo el camarero llanamente, añadiendo una sonrisa. Recogió el vaso y se puso a limpiar automáticamente la barra con su bayeta—. No sé dónde puede usted encontrar a ese señor Schroeder, ni jamás he oído hablar de él.
Probablemente estaba diciendo la verdad, sobre todo en lo concerniente a que no sabía dónde podía ser localizado Jappy Schroeder. Pero poco importaba, aunque estuviera mintiendo. Lo que menos esperaba Mitchell era que le encaminaran directamente hasta Jappy. A buen seguro, nadie que conociera a Jappy iba a hacer semejante cosa.
—Si sigue por Philbin cuatro o cinco manzanas hacia el Sur —dijo el barman—, encontrará un lugar donde alguien, seguramente, podrá ayudarle.
—Gracias. —Dejó sobre la barra una moneda de veinticinco centavos y se guardó el resto del cambio—. Buenas noches.
El barman empujó la bayeta.
—¿No será usted de la Policía?
—Ni hablar.
Se dirigió a la puerta, traspasando la barrera de silencio y miradas de soslayo de aquellos ojos blancos, y salió a la calle. Incluso antes de que cerrara la puerta tras él, empezaron a elevarse las conversaciones igual que una marea ascendente. Se encogió de hombros, se cambió la maleta a la mano derecha, y echó a andar hacia el Sur por Philbin Street. Casi de repente, en la esquina inmediata, surgió otro bar ante él.
Mientras estaba de pie, delante, contemplándolo, pasó ante él un hombre negro, de baja estatura, sujetándose el sombrero con la mano para impedir que se lo llevara el viento, y entró en el establecimiento. En las ventanas había cortinas verdes y el local se llamaba «Mallon’s Pub».
Mitchell decidió seguir adelante. Aquel camarero sabía lo que decía. Cuatro o cinco manzanas más abajo encontraría un bar al que no iban los negros.
Sin embargo, por lo que acababa de ver, Jappy, moviéndose al compás de los tiempos, podía tener un símbolo de color dentro de su organización.
Como reconocimiento a su ocurrencia, Mitchell sonrió secretamente en medio de la oscuridad. Fue una sonrisa rígida e inusitada que afloró un momento en sus labios y desapareció súbitamente sin dejar rastro. Eran la misma forma mecánica y compartimentada en que sonreiría un niño.
Cuatro manzanas al Sur entró en «Chitty’s» y encontró algo de provecho.
Era un bar de trabajadores, desaseado y parco en iluminación, como si la mecánica social se hubiera esforzado por crear un clima bien a tono con las inciertas vidas de sus clientes.
Mitchell atrajo algunas miradas –más curiosas que hostiles– como consecuencia de sus ropas, que eran nuevas y bien confeccionadas, pese a que, hasta entonces, él no se había preocupado nunca por su forma de vestir.
Al comprarlas y gastar en ellas dos o tres veces más del precio que solía pagar, trataba de justificar tales gastos argumentando que aquello era una especie de disfraz. Pero lo cierto era que las había comprado, simplemente, porque le gustaban el corte y el tacto de aquel tejido.
El tono conversacional, cuando se iba acercando a la barra, era de triste murmullo. Las caras, igual que la suya, eran blancas. Pidió una cerveza al barman, un hombre con cara de cuchillo, maliciosa, que transpiraba dureza.
Mitchell, al verle, pensó que se trataba de un ex presidiario. De ahí que cuando le sirviera la cerveza, Mitchell le hablara por un lado de la boca, como para establecer su identidad.
—¿Dónde puedo encontrar a Jappy Schroeder?
Aquel rostro afilado no movió ni un músculo, y sus terrosos ojos se mostraron opacos. En cambio, el ritmo de la bayeta se alteró.
—Amigo, jamás he oído hablar de él.
—Es curioso. Yo juraría que sí.
—¿Qué le hace pensar eso?
En aquellos rasgos faciales afilados se dibujaba un atisbo de desafío.
—Nada en particular, salvo que los camareros suelen conocer a mucha gente.
—Cuando yo digo que no conozco a alguien, es que no le conozco.
—¿Hace mucho tiempo que trabaja usted aquí?
De pronto, como si hubiera recibido un aviso de precaución, el tono del barman se volvió cauteloso.
—¿Es usted policía?
Mitchell, por ningún motivo concreto, respondió:
—¿Y si lo fuera?
—Entonces continuaría sin haber oído jamás ese nombre. —Su voz se elevó aguda y punzante—. ¿Satisfecho? ¿Se encuentra satisfecho, amigo?
Un hombre que estaba sentado a pocos pasos de él, junto a la barra, dijo con mirada agresiva:
—Joey, ¿te está dando algún problema este tipo?
—Espera que se lo pregunte —repuso el barman con una sonrisita maliciosa—. ¿Me está usted dando algún problema?
Mitchell se quedó mirando al hombre que había hablado antes. Aquel hombre miraba ferozmente con la cara congestionada, y se inclinaba hacia delante sentado en un taburete, cargando su peso de tal forma que amenazaba caerse de bruces si no lo derribaba su propio enfado. Mitchell pensó que cualquier error por su parte, en aquellos momentos, podría conducirle a una pelea inútil. Con el rostro totalmente inexpresivo se volvió hacia el barman.
—Ni hablar de problemas —respondió.
Terminó su cerveza y puso un billete sobre la barra. El barman lo recogió y se alejó de allí. El hombre del rostro congestionado, desde su taburete, proseguía murmurando. Otro cliente que estaba a su lado trataba de aplacarlo. Mitchell recogió la maleta y se dirigió hacia la salida. Al traspasar la puerta volvió la cabeza y vio que el barman estaba llamando por teléfono. La sonrisa de Mitchell hizo su fugaz aparición.
Cuando llevaba recorridas dos manzanas de distancia se percató de que le estaban siguiendo. Como era demasiado pronto como para atribuir este hecho a la llamada telefónica hecha por el ex presidiario, pensó que debía haberse equivocado con respecto al barman del bar de negros. Bueno, aquello convertía al pequeño y regordete hombre negro en un disimulador de primera clase, que era más de lo que podía decir respecto al que le iba siguiendo, el cual se protegía con un descomunal abrigo y un pasamontañas ruso con orejeras, que hacían de él un desgarbado paquete humano, resultando imposible establecer su tamaño y forma. Le venía siguiendo muy de cerca, habida cuenta de la poca gente que circulaba por la calle, y su técnica de seguimiento resultaba irrisoria. Durante un momento en que Mitchell volvió la mirada hacia atrás, simuló estar observando con interés el
escaparate de una camisería. Lo malo era que los escaparates de aquella tienda estaban a oscuras.
Mitchell caminaba ante pórticos de edificios de viviendas deslustrados, y entradas de tiendas ruinosas situadas en un nivel inferior al de la acera.
Luego, de pronto, la calle cambiaba de fisonomía. Las casas empezaban a ser más altas, con fachadas de ladrillo y no de madera, sin tanta necesidad de reparaciones. Las tiendas que surgían ocasionalmente estaban al nivel de la calle y aparecían provistas de letreros de neón. Entre ellas había un druguestore denominado «Rexall», grande, limpio, bien iluminado, y en su interior se distinguían dos farmacéuticos con batas blancas y gafas, detrás de un mostrador. La vanguardia negra había llegado hasta aquí y se encontraba ante una batalla de contención.
La calle describía un giro a la izquierda. Ante los ojos de Mitchell apareció un letrero de colores verde, azul y blanco, con una serie de ráfagas intermitentes de rayos equis que se entrecruzaban y, en lo más alto de aquel esplendor eléctrico, surgían unas letras blancas alargadas que decían BEEBEE’S. BAR. SALÓN DE CÓCTEL. PIANISTA. BEEBEE’S.
Mitchell cruzó bajo el esplendente letrero semejante al arco iris, pero antes de entrar volvió la mirada hacia atrás. El que le venía siguiendo se hallaba a una manzana de distancia y venía moviéndose demasiado de prisa.
De pronto vio que se detenía y se inclinaba hacia el suelo como si estuviera buscando algo que se le había caído. A esta distancia creyó descubrir algún rasgo familiar en su seguidor. Trató de recordarle, sin conseguirlo, y se encogió de hombros. Abrió la puerta de paneles y entró en el «Beebee’s».
Este establecimiento no tenía nada en común con los dos tugurios anteriores. Aquí había mucho cromo, destellos, luces difusas, ruido, personas que se movían haciendo travesuras. Estaba lleno de gente joven, emprendedora y bien vestida. Mitchell no tenía miedo aquí de que sus ropas llamaran la atención. Muchísimos hombres lucían trajes cruzados, amplias y llamativas corbatas, zapatos de hebilla o adornados con tiras, y camisas rayadas multicolores. Y también había chicas. En los dos sitios anteriores apenas había visto un par de ellas. Aquí eran numerosas y animadas, complicadamente vestidas, con peinados fantásticos, muchas piernas y
muslos al descubierto y carnosos senos jóvenes asomando por encima de los escotes bajos de los vestidos.
Aunque la barra estaba abarrotada de clientes, logró hacerse un espacio libre de escasas pulgadas junto a una muchacha de audaz belleza y cabello negro, vestida con un traje verde limón, que trataba de hablar airadamente a gritos con su acompañante. La barra era atendida por dos hombres, los cuales trabajaban aprisa para dar abasto a las demandas de los parroquianos.
Mitchell no veía que sirvieran cerveza. El Martini parecía ser el objeto de la preferencia popular, con el whisky como bebida secundaria. Se le acercó el barman más joven que se estaba volviendo prematuramente calvo, pero lucía unas exuberantes patillas y en cuya mano izquierda brillaba un rutilante anillo de diamante azul.
—¿Qué va a ser?
—Whisky. —Mitchell nombró una marca y se quedó mirando al joven barman que giraba sobre sus talones y cogía una botella de detrás de la barra—. Con agua.
El camarero escanciaba con mucho estilo, echando el licor en el vaso desde treinta centímetros de altura, terminando la operación con un hábil capirotazo de su muñeca como broche final del acto.
—Es un dólar y cuarto.
Mitchell sacó su cartera parsimoniosamente, mientras el barman tamborileaba ligeramente con los dedos sobre la madera de la barra.
Mitchell esgrimió un billete de cinco dólares y luego lo retiró dejando los dedos del barman agitándose en el vacío.
—¿Dónde puedo encontrar a Jappy Schroeder?
—¿Jappy Schroeder? Bueno, está… —Cortó repentinamente la respuesta—. No sé. Quiero decir que no conozco a ningún Jappy Schroeder.
—No Schroeder; Jappy Schreiber.
—No, Schroed…
Mitchell se echó a reír y le entregó el billete. El barman se alejó casi a la carrera, taconeando sobre el entarimado. Como era un palmo más alto que el otro barman de mayor edad, tuvo que inclinarse torpemente para susurrarle algo al oído. Éste, nada más recibir la comunicación, miró hacia la barra, a Mitchell, una sola vez, y ya no volvió a mirarle. Envió al joven a
otro sitio, fuera del alcance de la vista, e inició su retomo hacia la barra, sin apresurarse, moviéndose con seguridad, sin alterar sus pasos. Mitchell pensó que el joven estaría ya haciendo la llamada telefónica a Jappy.
Seguramente ésta era la segunda o tercera llamada telefónica que recibía Jappy en la última media hora, y aquello podía empezar a molestarle un poco.
A la izquierda de Mitchell, las voces iban en aumento. La muchacha del vestido verde y su amigo, un joven guapo de cara ancha, que vestía traje gris perla y camisa de color rosa fuerte, se estaban dando el pico y susurrando insultos mutuos con acalorada pasión. El vocabulario de la chica concordaba perfectamente con el del hombre. Mientras Mitchell observaba, el joven alzó la mano con la palma abierta y la dirigió hacia el rostro de la muchacha. Ésta, en un acto reflejo, se echó hacia atrás y empujó el brazo de Mitchell. Por encima del borde de la copa salpicaron unas gotas de su contenido.
—Oh, disculpe. —La muchacha tenía ojos violeta en un amplio rostro de campesina, tez encendida y brillante de salud y cólera, y unos senos juveniles y firmes que sobresalían como crema por encima del escote de su vestido—. Espero no haberle mojado.
Mitchell sacudió la cabeza y le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa y en el mismo instante se olvidó de él, y se volvió nuevamente hacia el joven que la acompañaba. Su suave cuello se encendió otra vez con renovada cólera.
—¡Polaco muerto de hambre, has hecho que moje a este señor! —dijo acusadoramente a su amigo.
—Me estás obligando a sacudirte, zorra y sucia polaca.
El barman apareció delante de Mitchell.
—¿Puedo hacer algo por usted?
Tenía un rostro arrugado y ojos azules bizqueantes, con todas las trazas de un marinero. Mitchell, un poco aburrido de tanto repetir la misma letanía, dijo:
—Estoy tratando de localizar a Jappy Schroeder.
—¿Es amigo suyo?
—Amigo de un amigo.
El barman más joven reapareció en el otro extremo de la barra y estaba dando tímidas muestras de no querer mirar hacia ellos.
El trapo de la barra describía un círculo lento.
—¿No será usted oficial de policía?
—¿Cree que un amigo de Jappy iba a tener un amigo polizonte?
—¿Cómo se llama ese amigo de Jappy? —preguntó el barman.
—Lo he olvidado —repuso Mitchell—. Escuche, ya está bien de tanto misterio. ¿Puede usted ponerme en contacto con él o no?
—Es posible —dijo con calma el barman—. Lo que pasa es que no sé dónde está en estos momentos. —Del bolsillo de su delantal sacó un bloc de notas y un trozo de lápiz—. Por si supiera algo, déjeme su nombre y dirección. Quizás él pueda ponerse en contacto con usted. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. —Cogió la libreta de manos del barman y escribió J.
Mitchell, se detuvo y dijo—: ¿Dónde hay un hotel decente en esta ciudad?
—Depende de lo que llame usted decente. El «Philbin Arms» no está mal. Tres manzanas recto hacia el Sur.
Mitchell asintió y anotó: Hotel Philbin Arms. Urgente.
Mientras el barman estudiaba el mensaje, Mitchell se puso a mirar a la pareja que se estaba peleando. Al parecer, habían zanjado su disensión, pues ahora estaban intercambiando pequeños y firmes besos, dándose el pico como dos gallos excitados.
—Está bien —dijo el barman deslizando la libreta en el bolsillo de su delantal—. Pasaré la noticia.
—Su socio, con las prisas, ha olvidado devolverme el cambio de un billete de cinco dólares —dijo Mitchell—. Pídaselo y quédese con el resto.
—Así lo haré —respondió el barman—. Hasta la vista.
Mitchell cogió la maleta y se fue. Después del bullicio que reinaba dentro del bar «Beebee’s», la calle pareció singularmente tranquila, hasta que las súbitas explosiones del tubo de escape de una motocicleta vino a restablecer el equilibrio. Se detuvo a encender un cigarrillo, sin acabar de desechar por completo la sensación de culpa que sentía al fumar cigarrillos caros, y dio la espalda al severo viento que soplaba del sur, al mismo tiempo que miraba con ojos de miope por encima de la cazoleta formada con sus manos para proteger la llama de la cerilla. El hombre que le venía
siguiendo se había refugiado en la sombra oscura que proyectaba un pórtico elevado, permaneciendo tan inmóvil que hubiera podido pensarse que estaba dormido. Mitchell sintió la tentación, sólo por divertirse, de acercarse a él y despertarlo. Pero aquello habría sido un pasatiempo sin el menor sentido. Cogió su equipaje y reanudó la marcha.
Al dejar atrás los resplandores de neón arrojados por el «Beebee’s», la calle volvió a oscurecerse. Un poco más adelante se destacaba la inexistencia de un edificio, igual que el hueco dejado por la mella de una fea y, sin embargo, útil dentadura. Los demoledores habían estado allí y ya se habían marchado, dejando paso a un bulldozer que había nivelado los escombros, aunque no muy bien, creando un solar de ruinas no más desolado ni deshumanizado que el montón de bañeras inservibles, marcos de cuadros rotos y sillas medio quemadas que había remplazado. La luminosidad había dado paso a la creciente oscuridad, igual que el paisaje de un mal sueño. Mitchell se quedó mirándolo durante largo rato, tratando de identificar el recuerdo que aquello le traía. Pronto lo consiguió. Le recordaba su propia vida.
Escuchó pasos detrás de sí, y se volvió a mirar. Alguien venía corriendo hacia él. El hombre que le venía siguiendo se apartó discretamente a un lado para dejarle paso al que corría. El que venía corriendo alzó el brazo y gritó:
—Oiga, quiero verle.
Mitchell se detuvo a esperarlo. El otro aflojó la carrera hasta un paso normal, y se aproximó a él cautelosamente. Era el joven del traje color gris perla, el mismo que se había peleado con la muchacha del vestido verde.
Tenía cabello castaño oscuro con un flequillo que cubría la mitad de su frente, y elaboradas patillas que rebasaban el lóbulo inferior de sus orejas en más de dos centímetros.
—Tengo que verle —dijo otra vez.
—Está bien.
—Le he oído decir… —Se detuvo para tomar aliento—. Le he oído hacer preguntas acerca de Jappy Schroeder.
El tono de su voz pretendía ser firme pero sin lograrlo, porque se lo impedían las dificultades de su respiración.
—Nada de preguntas. Lo que quiero es saber dónde encontrarlo. Pero usted no está en condiciones de decírmelo.
El joven se percató súbitamente de la inclemencia del viento. Alzó el cuello de su chaqueta y encogió los hombros.
—Deje que le dé un consejo, amigo —dijo—. No es saludable andar por ahí haciendo preguntas acerca de ciertas personéis.
Mitchell se quedó estudiando la cara del joven. Era un rostro juvenil y atractivo, pero aterronado, tosco. Después de un detenido examen notó que se esfumaba la inocencia que el flequillo confería a aquel rostro. Era un rostro que concordaba con su recia estructura corporal: torso macizo, y poderosos brazos y hombros.
—¿Debo entender que conoce a Jappy? —preguntó Mitchell tranquilamente—. Entonces dígame dónde está.
—No espere que le diga nada. Si fuera listo se marcharía y dejaría de preguntar por Jappy Schroeder.
El joven, para reforzar sus palabras, le punzó el pecho con su dedo, y esto, inexplicablemente, irritó a Mitchell, quien crispó los dedos hasta formar un puño con la mano que tenía libre. Pero la abrió inmediatamente.
Empezaba a enfadarse. Aspiró a fondo el humo de su pitillo, y se fue calmando. Con voz relajada dijo:
—Tú no has hablado con Jappy. El camarero hizo correr la voz de que yo quería verle.
—No te pases de listo. No trates de decirme si he hablado o no con Jappy.
—Si Jappy hubiera hablado contigo querría saber quién soy yo, y qué ando buscando. Lo que menos te habría dicho era que me despidieses.
Los ojos del joven se estrecharon.
—¿No serás un poli? Porque yo no me asusto de la bofia. Y te lo digo en la cara. Odio las entrañas de los polis y no me asusta ninguno de ellos.
—¿Crees que iría por ahí un policía preguntando dónde localizar a Jappy? Sobre todo en un barrio donde sabe que los bares están llenos de tipos deseosos de decírselo a Jappy.
—¿Cómo voy a saber yo lo que haría un pasma? Odio sus malditas entrañas.
Mitchell, de pronto, se sintió harto del comportamiento estúpido de aquel joven.
—Tú y tu compañero, el de allí —dijo haciendo un gesto con la cabeza para señalar detrás del joven—. Jappy debe de andar sin blanca cuando se rodea de gente así. Por lo visto está recogiendo las últimas migajas del barril.
—¿Quién te viene siguiendo? —Empezó a volverse para mirar detrás de sí, pero de pronto se detuvo, rígido, y sus mofletudas mejillas se fueron plegando en torno a sus ojos reducidos a dos líneas—. ¿Tratas de que me vuelva para sorprenderme y saltar sobre mí? No intentes pegármela, Jack.
La calle que se extendía a espaldas del joven estaba desierta. O bien su perseguidor había aprendido a ocultarse, o bien había decidido abandonar el seguimiento por considerarlo un mal asunto.
—¿Qué broma es ésa de las migajas del barril? —dijo el joven, con rostro sombrío—. Te diré una cosa, Jack. No sé quién eres, pero vale más que moderes tu lenguaje.
Volvió a apuntar otra vez con el dedo hacia el esternón de Mitchell, pero éste se apartó hacia atrás justo a tiempo para que aquel dedo quedara suspendido en el aire. Estaba temblando.
—Escucha esto —dijo Mitchell—. No llevarás un arma encima,
¿verdad?
—Y a ti qué te importa si la llevo. ¿Qué clase de pregunta rara es ésa?
—Porque si no tienes un arma, o si no sabes sacarla rápidamente, ni usarla… valdría más que no intentaras tocarme otra vez. Porque si vuelves a tocarme otra vez te voy a dar una paliza.
El dedo quedó temblando en el aire, pero no avanzó más. El joven trataba de sonreír.
—¿Estás seguro de eso? ¿Estás seguro de poder hacerlo?
—De lo que estoy seguro es de darte una paliza y mandarte a un hospital por dos o tres semanas, y que tengas que alimentarte con una pajita y cagar en una cuña.
—Ni tú eres tan fuerte como dices, ni me das ningún miedo —alardeó el joven.
—¿Quieres que probemos?
Mitchell hablaba muy tranquilamente, pero era una tranquilidad que nacía de pura rabia. El joven se dio cuenta de ello y, después de sopesar los pros y los contras, dejó que su dedo tomara la decisión. Lentamente, como si buscara un contrapeso, el dedo fue bajando hasta una posición normal.
—En otra ocasión —dijo fríamente el joven—. Da la casualidad de que me está esperando ahí dentro una señorita.
—Está bien. —Mitchell seguía temblando, pero la rabia que sentía comenzaba a decrecer y él empezaba a enfadarse consigo mismo—. Está bien. De acuerdo.
Por encima del hombro del joven vio que se abría la puerta del
«Beebee’s» proyectando un rectángulo de luz y dejando paso a un hombre que entró apresuradamente. Mitchell se cambió la maleta de mano y dijo:
—No hagas esperar a tu chica.
El joven miró, desconcertado.
—Todavía no hemos terminado de hablar.
—Tú no tienes nada que decirme.
Se abrió la puerta del «Beebee’s» y salió un hombre por ella. Mitchell reconoció en él al mismo que había entrado hacía un momento. Echó a andar resueltamente hacia ellos. Mitchell dijo:
—Con ése ya sois cuatro. El primero empezó a seguirme cuando el negro hizo su llamada telefónica. Como el marinero telefoneó dando mi dirección, en el vestíbulo del «Philbin Arms» habrá otro esperándome…
—¿Cómo sabías que se llamaba Marinero?
—Y estás tú, aunque ya te encontrabas dentro del «Beebee’s». El cuarto es este que llega, el cual recibió la llamada del ex presidiario de Chitty y se puso en contacto con Marinero… —Detrás del joven surgió una forma humana—. Y supongo que ahora va a tomar el relevo.
Llevaba puesto un sobretodo abierto que se agitaba con el viento, y un sombrero tirolés con una plumita sujeta a la franja circular de dicha prenda.
Era de la misma estatura que el joven, pero más ancho de hombros y más macizo de tórax. Mitchell calculó que el recién llegado era, probablemente, tan duro como aquel joven se consideraba a sí mismo y trataba de aparentar.
—Tully, ¿quién es este tipo?
El joven quedó sorprendido.
—¡Battler! ¿Qué haces por aquí?
Battler clavó su mirada en Mitchell. En aquella mirada no había hostilidad ni siquiera curiosidad. Sólo había valoración y, aun así, en una dosis muy limitada. Estaba evaluando al hombre que tenía delante como a un posible oponente, y calculando cómo podría vencerlo; no si podría vencerlo, sino cómo podría vencerlo. Cuestión de técnica.
Su piel era recia y áspera, y tenía unos ojos negros bajo unos párpados arrugados, de papel. Su nariz era aplastada, torcida hacia la izquierda en su maltrecho caballete.
—Amigo, he oído decir que quieres ver a Jappy Schroeder.
Su voz sonaba apagada, bronca, pero no con demasía; justo lo suficiente, pensó Mitchell, para convencerlo de que era un ex boxeador.
Mitchell asintió y Tully se apresuró a decir:
—Battler, se hace pasar por un tipo duro. ¿Y si le demostrásemos quién es más duro?
Battler no hizo caso de estas palabras.
—¿Te importaría decirme para qué quieres verle?
Mitchell negó con la cabeza.
—Es un asunto privado. —Cogió la maleta—. ¿De acuerdo? ¿Vamos?
Battler asintió.
—Tengo mi coche aparcado ahí delante. —Se volvió hacia Tully—.
¿Quieres venir tú también?
—Claro que quiero. Iré a buscar a Sunny al bar.
—De acuerdo. Nos detendremos en el «Philbin Arms» para recoger a Bobby.
—Bobby —observó Tully—. Él dijo que habría alguien en el hotel.
¿Quién se lo comunicó?
—Escucha, amigo —dijo Battler—, tengo que hacer algo. —Simuló una pistola con su propia mano y dobló el dedo índice—. ¿Has comprendido?
¿Seguro?
—Seguro.
Mitchell dejó la maleta y alzó sus manos hasta la altura de los hombros.
Battler le cacheó con prontitud y habilidad.
—Limpio —dijo, y como para borrar la afrenta que le había inferido al cachearle, recogió la maleta del suelo y se la entregó a Mitchell—. Vamos en busca de Jappy.
—¿Qué pasa con el que me está siguiendo? —dijo Mitchell—. ¿No vais a recogerle también?
Battler le miró extrañado.
—Nadie te ha estado siguiendo. Sólo estoy yo aquí, y Bobby en el hotel.
—Se volvió hacia Tully—. ¿Le has seguido tú?
—Yo no. Ya he dicho que me encontraba en el «Beebee’s», y Marinero corrió la voz de que alguien estaba preguntando por Jappy. Por eso salí a ver.
—No te ha estado siguiendo nadie —dijo Battler. Luego, la sospecha redujo sus ojos a dos rayas—. Oye, ¿no te estará siguiendo la Policía?
Mitchell negó con la cabeza.
—Serían figuraciones mías.
—Trató de mostrarme al que dijo que le seguía —añadió Tully.
—¿Y viste a alguien?
—No quise mirar. Pensé que era un truco.
—A lo mejor me confundí —aclaró Mitchell—. Tal vez fuera algún mendigo indeciso que quería pedirme una limosna.
—Jappy no tiene a nadie que se parezca a un mendigo —dijo Battler.
Mientras se iban acercando al «Beebee’s», se abrió la puerta del bar y salió la chica del vestido verde.
—¡Qué cara más dura tienes, bastardo! —le gritó a Tully—. ¿Te parece bonito dejarme sola en el bar?
—Cierra el pico —dijo Tully—. Entra y recoge los abrigos, que nos vamos con Jappy.
—¡Con Jappy! Me habías prometido llevarme a la ciudad, ¡chorizo barato! —Ella retrocedió al ver que Tully la amenazaba con el puño—.
¡Anda, pégame, piojoso de mierda!
Battler se interpuso entre ambos.
—No vamos a estar así toda la noche. Entrad los dos a recoger los abrigos. Nos reuniremos en el coche.
Hizo a Mitchell una señal con la cabeza, y echaron a andar hacia el coche que estaba a media manzana de distancia. Era un «Chrysler» sedán grande, que estaba aparcado junto a una boca de incendios. Se detuvieron ante el vehículo sin pronunciar palabra y esperaron. Se abrió la puerta del
«Beebee’s» y salieron del interior Tully y la muchacha, haciendo movimientos extraños con los brazos y hombros para ponerse las prendas de abrigo.
—Me gustaría que dejaran de pelearse entre sí —dijo Battler—. Resulta aburrido. ¿Sabes a qué me refiero?
Cuando llegaron hasta el coche no hablaban, pero se miraban de manera fulminante. Battler abrió la puerta trasera y la muchacha entró. Pero cuando vio que Tully se disponía a hacer lo mismo le detuvo con la mano y lo empujó hacia atrás. Tully la insultó.
—¿Qué pasa ahora? —exclamó Battler.
—Prefiero tener a mi lado ese otro tipo, antes que a este chiflado holgazán. —Dio unos golpecitos con la palma de la mano sobre el asiento que había junto a ella y dijo—: Pasa, encanto, y siéntate al lado de Sunny.
—¡Eres una puta! —gritó Tully, queriendo arrojarse contra ella.
Battler lo cogió para contenerlo y tiró de él.
—¿Y qué más da? Por amor de Dios, dejad de pelearos. —Hizo a Mitchell una señal con la cabeza—. Entra, amigo.
Mitchell se encogió de hombros. La muchacha hizo sitio en el asiento y dejó que Mitchell se acomodara a su lado. Battler empujó a Tully a continuación de Mitchell, cerró la puerta y fue a situarse detrás del volante.
El coche arrancó emitiendo un potente ronroneo y se separó del bordillo. Su interior quedó inundado por la abrumadora fragancia del perfume de la muchacha.
Ella apretó su muslo contra el de Mitchell.
—¿Cómo te llamas, encanto?
—Cierra el pico —contestó Mitchell.
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