Johnny el Guapo
Capítulo 16
A Mitchell no le sorprendió que algo tan ridículo como un perro lanudo de menos de dos palmos de alto y voz rabiosa de soprano, dejara a Tully perplejo de miedo. Los accidentes eran, por naturaleza, imprevisibles.
Incluso llegó a experimentar una agria satisfacción por el hecho de que Tully perdiera la calma; ello justificaba los recelos que había sentido hacia él desde el principio. Por supuesto, también la había perdido el policía joven, pero a éste no se le podían pedir cuentas por sus actos. Ni tampoco al perro.
Hasta entonces todo marchaba bien y ninguno de ellos daba muestras de estar más agitado que durante los numerosos ensayos. Con Jappy a la cabeza, abriéndose paso con su fea y amenazadora escopeta recortada del calibre doce, penetraron en el Banco como seres sarcásticos y conminatorios (Jappy les había hecho ensayar hasta las posturas), arrastrando sonoramente los pies sobre el pavimento de vinilo que imitaba un suelo de mármol. Se detuvieron, y Jappy anunció sus condiciones:
—¡Que nadie se mueva!
Su voz era severa, vibrante y muy elevada, apta para atemorizar.
—¡He dicho nadie, si no quiere ver en el suelo sus malditas entrañas!
Dirigió los cañones recortados de su escopeta hacia las cajeras.
—¡Vosotras, zorras, fuera del pedal de alarma!
Eso era por si Bobby fallaba en su ataque contra la comisaría de Policía.
Mitchell, al escucharle, pensó que muy bien podía haber tomado aquellas palabras, literalmente, de algún filme televisivo proyectado a altas horas de la noche. Y sin embargo, ¿de cuántas formas se podía decir aquello? Quizá la forma vulgar fuera la más efectiva.
Nadie dio un solo paso, aunque casi todo el mundo sufrió una sacudida o un estremecimiento involuntario. Un hombre viejo se llevó la mano al pecho, como si tratara de impedir que le saltara el corazón fuera de la caja torácica.
En el Banco había doce personas: tres cajeras (dos de ellas con aspecto de amas de casa), el policía de la ciudad y el vigilante del Banco, el
director, el subdirector y cinco clientes: un hombre viejo que llevaba puesta una chaqueta de mezclilla raída que en otro tiempo fue elegante; un hombre con un delantal de carnicero, descolorido, sucio de manchas oscuras de sangre; un hombre alto y delgado, con barba, a quien Mitchell catalogó al cabo de un rato como farmacéutico; y dos mujeres, una de ellas robusta, de mediana edad, que llevaba un perro caniche sujeto al extremo de una cadenita, y la otra de cabello blanco, crespo, y suéter de cuello vuelto, la cual podría haber sido seleccionada por algún director de cine para interpretar el papel de la esposa de un granjero.
Captó de un primer vistazo estos detalles, y continuó rápidamente su marcha hacia el interior del Banco, pasando ante los borrosos y atemorizados rostros que se alineaban en su camino. Pero aquellos rostros no eran de su incumbencia. Ya se encargaría Jappy de que permanecieran bajo control, intimidados. Tully estaba encañonando a los dos guardias, que representaban la única amenaza. Oyó la voz de Tully, de tono elevado y casi histérica, exigiendo a los guardias, con urgencia, que se echaran al suelo.
Era un momento crítico. Si éstos obedecían, todo iría bien. De lo contrario habría problemas. Pero el plan establecido no le permitía esperar para ver el resultado. Los miraba según iba pasando ante ellos. Se encontraban muy juntos. Probablemente les habían pillado charlando. Esto los convertía en un buen blanco. El holandés parecía asombrado y cauteloso. El policía joven estaba empezando a enfadarse, y su rostro iba enrojeciéndose, y Mitchell sabía que, en el mejor de los casos, iría obedeciendo con lentitud. Si lo hacía con excesiva lentitud, Tully podía asustarse y disparar. Pero el holandés seguramente serviría de ayuda, intentando convencer al policía joven para que se arrojara al suelo.
—¡Contra ese maldito suelo…! —La voz histérica de Tully constituía, en sí, una forma de violencia—. ¡Tumbaos, hijos de perra!
Dos zancadas más pusieron a Mitchell ante la cámara acorazada. Su puerta maciza se hallaba abierta en un ángulo de noventa grados, tapando casi por completo al director del Banco y al subdirector. Ambos estaban aterrados, igual que los clientes, pero antes o después, Neville, el director, podría tener la ocurrencia de cerrar la cámara de un portazo. Para
disuadirle, si es que ésta era su intención, Mitchell dijo con voz dura y enérgica:
—Permanezcan apartados de esa puerta o dispararé contra los dos.
No hubo el menor indicio de resistencia. De hecho, ya fuese por miedo o por sentido común, o ambas cosas, hicieron más de lo que se les había ordenado. Al retirarse de la cámara levantaron los brazos en toda su longitud, esforzándose tanto al hacerlo que sus chaquetas y chalecos desabrochados dejaron al descubierto la blancura de sus camisas.
Me complace que salgan bien las cosas pequeñas, pensó Mitchell, y dijo:
—Si bajan esas manos se las destrozo a tiros.
Fuera, se oyeron de pronto gemidos de sirenas con un ruido insistente y furioso que atronaba el interior del Banco. Bobby ha hecho su trabajo, pensó Mitchell, salvo que los camiones de bomberos acudiesen a extinguir el fuego de alguna chimenea. Echó al suelo el bulto de bolsas, las pisó y tiró de la correa de lona que las sujetaba. Al mismo tiempo apuntaba con el arma al director y al subdirector, para que permaneciesen inmóviles.
Miró por encima de su hombro. Los dos guardias yacían tendidos en el suelo, boca abajo; el de la ciudad formaba una línea delgada, mientras que el holandés parecía un saco arrugado de lona azul. Era el resultado de cincuenta años de comida feculenta y demasiada cerveza. Tully permanecía de pie junto a ellos, con el brillo niquelado de su revólver apuntando hacia abajo. Los clientes se apiñaban juntos en un apretado grupo al lado de los mostradores de las cajeras, encañonados por la escopeta de Jappy. Se abrió la puerta del Banco y entró un hombre, el cual se detuvo de golpe, palideciendo. Jappy le hizo señas con la escopeta para que entrase más al interior, y el hombre, temblando, fue a unirse al grupo que había junto a las ventanillas de las cajeras.
Nuevamente se abrió la puerta y apareció Bobby con la horrible sonrisa de su máscara puesta. Mitchell tiró enérgicamente de las bolsas de campaña y las situó ante la puerta de la cámara acorazada. Sobre el suelo de acero de la misma, a la izquierda, aparecían limpiamente colocados los fajos de billetes, como si fueran ladrillos. El borde externo de la hacina se encontraba a un pie de distancia de la puerta de la cámara. Amenazó con su
arma a Neville y al subdirector y se la metió en el bolsillo. Acto seguido se inclinó hacia el dinero. Cuando se volvió con el primer puñado de billetes, Bobby ya estaba allí, abriendo la boca de una bolsa. Echó dentro los billetes y se volvió en busca de más. Al descargar el segundo puñado, dijo en un susurro:
—¿Ha ido bien tu trabajo?
La sonriente máscara de Bobby asintió.
—Magnífico. Prendió como el papel y se ha quemado muy bien.
Cuando se inclinaba a recoger otro puñado de billetes, de pronto, resonaron en el Banco unos frenéticos y penetrantes ladridos a los que se uniría inmediatamente la voz histérica de la propietaria del perro instándole a que se callara. Mitchell, mientras esperaba que Bobby cerrara una bolsa y abriera la siguiente, vio que el perrito, exasperado de furia, tiraba con fuerza del extremo de su cadena y quedaba tendido repentinamente, patas arriba; luego, al incorporarse, tiró caminando hacia atrás, resbaló su cabeza por el collar y quedó libre del mismo. Entonces permaneció quieto, como sorprendido de su inesperada libertad, ladrando con voz estridente, y se lanzó sobre Tully igual que una iracunda pelota de lanilla voladora.
Mitchell, después de depositar un puñado de billetes en el saco de Bobby y disponerse a coger otro, oyó la voz de Tully, en una explosión de cólera. Al volver la cabeza vio que el perro se lanzaba en furiosa acometida contra Tully, cuyos pies no dejaban de patear contra el suelo para deshacerse del animal. Éste se retiraba, danzando sobre sus patas traseras y luego le acometería de nuevo enseñando sus pequeños dientes blancos.
Parecía como si Tully estuviera bailando una grotesca giga, que en parte era una evasión y en parte un intento de aplastar al perro bajo su pie. Mitchell captó la difusa imagen de Jappy, y empezó a preguntarse si detrás de aquella jocosa máscara, aquel hombre seguiría tan imperturbable como siempre. Lo puso en duda.
Bobby estaba sacudiendo la bolsa impacientemente. Cuando se inclinaba otra vez hacia el dinero, escuchó un disparo y se volvió a tiempo de ver que el cuerpo del perro saltaba por el aire y luego quedaba inmóvil sobre el pavimento. La propietaria del perro se puso a gritar. Tully disparó dos veces más y la fuerza de sus balas de plomo empujaron el cuerpo
lanudo hacia su vociferante dueña, mientras que de él se desprendían, elevándose en el aire, copos de lana y carne de color rosa. Jappy estaba gritando. Cuando Mitchell volvió la cara la escopeta se dejó oír y atronó el Banco. Los siguientes disparos salieron del revólver de Tully. Mitchell contó dos, muy seguidos ambos, y luego un tercero. Luchó contra su instinto para no volverse a mirar, y siguió llenándose las manos de fajos de billetes. Los depositó dentro de la bolsa. Neville y el subdirector estaban pálidos como cadáveres y las manos, extendidas hacia arriba, les temblaban.
En el aire se percibía un fuerte olor a cordita. Bobby dijo:
—Jappy ha disparado contra uno de los guardias. Tully también ha disparado contra ellos.
Mitchell volvió la cabeza. El policía joven de la ciudad estaba caído en el suelo, doblado por la cintura, con el vientre ensangrentado. No se movía.
El holandés trataba de coger su arma, caída a un pie del alcance de sus dedos. Parecía haber sido tocado varias veces. Jappy le estaba contemplando, con los cañones de su escopeta dirigidos hacia abajo, casi de manera negligente. Luego le dijo algo a Tully, quien mantenía el revólver con el brazo extendido en toda su longitud, apuntando hacia abajo, el cual disparó dos veces. El holandés se retorció a cada disparo; luego quedó inmóvil.
Jappy se volvió hacia el grupo de clientes que se apiñaban junto al mostrador de las cajeras y dijo, con voz clara y potente:
—Quien haga un movimiento sospechoso correrá la misma suerte.
El astuto Jappy, pensó Mitchell. No quería matar a nadie, pero ya que había sucedido aquello, sacaría partido de la situación. Tully contemplaba los dos cuerpos desgarrados de los policías, y los arroyuelos de sangre que trazaban por el suelo dibujos caprichosos.
Bobby dijo:
—Cuando Tully ha matado al perro el policía de la ciudad quiso sacar su arma. Jappy le destrozó. Luego Tully ha hecho algunos disparos contra el holandés.
Mitchell reanudó su trabajo en la cámara acorazada. Lo realizaba con rapidez y suavidad, rítmicamente, recogiendo fajos de billetes, acunándolos entre ambas manos y depositándolos en las bolsas abiertas. Los cogía, los
acunaba entre las manos y volvía a empezar; un paso dentro de la cámara, más billetes… hasta que el suelo de la cámara quedó desnudo, vacío.
—Ya está —le dijo a Bobby—. Cierra.
—Dios mío —dijo Neville—. Dios mío, señor…
Mitchell no le hizo ningún caso. Se inclinó y cogió dos de los macutos de campaña por las correas, igual que estaba haciendo Bobby.
—Listos —le dijo Bobby.
Bobby echó a andar delante, arrastrando las bolsas tras de sí, y Mitchell le siguió. Al encontrarse ante un charco de sangre se puso a dudar, pero luego pasó por encima. Una de las bolsas dejó marcada una huella roja.
Mitchell continuaba inmediatamente detrás.
Cuando pasaron por delante de Jappy y Tully, éstos cambiaron ligeramente de posición para cubrirles la salida. Cuando abandonaron la puerta del Banco echaron a correr por la carretera de servicio que conducía hasta el «Chrysler», arrastrando las bolsas de dinero, después de pasar por delante del «Buick» de Bobby, que quedaría allí abandonado. Se abrió apresuradamente la puerta posterior y echaron dentro las bolsas. Luego entraron ellos. Mitchell cerró la puerta y miró a través de la ventanilla.
Jappy y Tully estaban saliendo del Banco, de espaldas, sin dejar de apuntar hacia adentro con sus armas. Se volvieron los dos al mismo tiempo y echaron a correr hacia el coche. Battler abrió la puerta delantera, a su derecha, y por ella se metió en primer lugar Tully y después lo hizo Jappy, que la cerró. El coche ya estaba en movimiento. Saltó el bordillo del arcén y avanzó calle adelante.
Mitchell consultó su reloj de pulsera. Habían transcurrido dos minutos y cuarenta y cinco segundos desde que entraron hasta que salieron del Banco.
Al otro lado de la calle, frente a una ferretería, había un pequeño grupo de personas mirando. Parecían asustadas, pero no lo suficiente como para dejar de contemplar aquel fascinante espectáculo. Cuando pasó el
«Chrysler» por delante, a toda velocidad, se echaron atrás y derribaron un tenderete de delgados rastrillos de recoger hojas, que quedaron revueltos entre sus piernas.
Durante el viaje por la carretera hacia Brainerd Street, sólo se encontraron con otro coche. En el caso de que, posteriormente, alguien
preguntara al conductor, éste diría, que los había visto conduciendo muy aprisa por la carretera del Estado. Era un supuesto perfectamente lógico.
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