Katerina

James Frey · Capítulo 11 de 37

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Katerina

Chicago, 2017

 

 

Estoy sentado en una sala atestada. Sillas en hileras, todas ellas ocupadas. Conozco a algunos de los presentes, pero no a muchos. Algunos hablan por lo bajo, otros lloran, muchos, como yo, miran silenciosamente una caja sobre un pedestal bajo en la parte delantera de la sala. Un amigo mío está muerto en la caja. Le han puesto traje, y el pelo, que era largo y rubio y rebelde en vida, ahora muerto se lo han cortado y repeinado y apartado de la cara. Alguien, algún empleado de la funeraria, lo ha maquillado y tiene los ojos cerrados y las manos juntas sobre la cintura, el reloj de plata que siempre lucía todavía reluce en su muñeca. En mi mente lo oigo reírse, lo imagino contemplando esta escena y diciendo qué cojones es esto. Murió hace tres días. Ataque al corazón. Tenía cuarenta y dos años.

Nos conocimos de niños en un campamento de verano, mi amigo y yo. Era un campamento tradicional para niños en los bosques de Wisconsin, adonde los padres mandaban a sus hijos rebeldes para que disfrutaran de una saludable diversión al aire libre del Medio Oeste. Yo tenía un par de años más que él, y era el listillo oficial del campamento. Cuando llegó se convirtió en mi socio listillo júnior. Gastábamos bromas a los supervisores y a los otros niños, nos reíamos de la gente, decíamos chorradas de sabelotodo. Un par de gamberretes arrogantes que no daban para más. Tras nuestro primer verano juntos, lloró cuando nos subimos en los autocares para volver a casa, dijo que me echaría de menos, que yo era el único niño mayor que había conocido que era tan capullo como él y no quería pegarle. Le di un puñetazo en el brazo y le dije que como siguiera así le pegaría y nos reímos y nos marchamos a casa. Disfrutamos de otros dos veranos de diversión y saludos secretos y de rellenar zapatos con espuma de afeitar y de esconder la ropa interior de los otros y de jurar entre dientes contra nuestros mayores, hasta que decidí que yo ya era demasiado guay para el campamento y empecé a pasar los veranos afanando cigarrillos y robando licor y sonriendo a las chicas desde el sillín de mi bici BMX. Nunca volví a pensar en mi amigo. O si lo hice, fue para preguntarme fugazmente qué habría sido de él. Cabroncete sabelotodo. Con el pelo rubio en la cara. Siempre riendo y buscando follón.

Descubrí lo que había sido de él cuando tenía yo ya tenía treinta años. Yo estaba viviendo en Nueva York, en el SoHo, antes de que banqueros e inversores arrasaran con el barrio, antes de que se convirtiera en el centro comercial más caro de América. Había vendido un par de guiones cinematográficos, uno de los cuales se transformó en una patética comedia romántica protagonizada por una repelente estrella de sitcom, y tenía algo de dinero en el bolsillo. Llevaba sobrio varios años. Estaba soltero, vivía solo, pasaba la mayor parte del tiempo leyendo y escribiendo y caminando. Justo estaba empezando a escribir, después de muchos intentos infructuosos y cientos de páginas de basura ilegible, el primer libro que publicaría. Me sentía centrado, la hostia de ambicioso, todavía creía que podría incendiar el mundo con palabras, me dormía pensando en ello, me despertaba pensando en ello, pasaba los días tratando de hacerlo realidad. Era una existencia simple. Nadie sabía quién era y a nadie le importaba un carajo, lo cual me parecía bien. Tenía trabajo que hacer. Y creía en él. Y a mí me importaba. Tenía fe en lo que estaba haciendo y en mí y en mi vida. Tras casi diez años de intentarlo, todavía creía. Aunque pasaba la mayor parte del tiempo, aparte de cuando salía a caminar, solo en mi piso, cenaba todas las noches en el mismo sitio, un restaurante de la calle Prince que ya no existe, reemplazado por una boutique que vende bolsos y zapatos y gafas de sol carísimos diseñados por una estrella de reality televisivo. A veces mis vecinos, todos artistas o escritores o tipos raros que vivían en la misma planta de mi edificio, se me sumaban, pero la mayoría de las noches cenaba a solas con un libro. Sentarse leer comer pensar. Beber refrescos light terminar con un helado y una taza de café. Estaba sentado, leyendo, con una hamburguesa con queso delante de mí cuando oí su voz, todavía con la cantinela de listillo, dijo

JayBoy, hijoputa, aquí estás. Sabía que algún día me toparía contigo, joder, sí, ¡lo sabía!

Me reí, levanté la vista, y allí estaba, ya adulto, con pantalones amarillos y una americana azul chillón con estampado de patos y una corbata rosa, una puta corbata rosa, me reí. Estaba la hostia de bronceado, el pelo todavía rubio, todavía largo, todavía tapándole la cara, aunque ahora resultaba elegante en lugar de estúpido. Me levanté y le abracé y se sentó a cenar conmigo. Era un triunfador, de los grandes. Y todo lo que yo me había torcido, todo lo lejos que había vagado y lo mucho que me había perdido y el daño que me había hecho, él había tomado el camino contrario. A los catorce años sus padres lo habían enviado a un internado pensando que sería bueno para él, pese a que en realidad no podían permitírselo. Allí descubrió Park Avenue, Greenwich y Brookline, los veranos en East Hampton y Nantucket y Newport, descubrió Palm Beach y Aspen y Santa Bárbara, viajes a Europa, Jaguars y Aston Martins y Porsches, trajes a medida y sábanas italianas. Decidió que quería ser rico. Lo bastante rico para ir a cualquier parte y hacer cualquier cosa, conducir el coche que se le antojara, vestir la ropa que quisiera, comer lo que le apeteciera, beber cualquier vino que le gustara. Era lo bastante listo para saber que no era un genio, que nunca sería banquero o corredor, no era un hacha de la informática, nunca ganaría un premio Nobel. Sabía que su mejor don era su encanto, su ingenio, su naturaleza de listillo. De modo que lo cultivó, aprendió todo sobre todo lo relacionado con el dinero y la sociedad, cómo hablar y comportarse, qué cubierto utilizar, cómo preparar cualquier bebida conocida por el hombre, cómo bailar, leyó los libros, aprendió qué ropa ponerse y cuándo y cómo y dónde comprarla, trabó amistad con todas las personas que conoció, se aprendió sus nombres, lo memorizó todo de ellas. Cuando fue a la universidad, eligió una facultad fiestera, una de las facultades donde los niños ricos listos que no habían conseguido entrar en las de la Ivy League iban a beber y esnifar y follar durante cuatro años. Se unió a una fraternidad y salió con chicas de fraternidades, asistió a bailes y conoció a padres, se convirtió en el mejor amigo de todo el mundo. Al terminar, entró a trabajar para el padre de una de sus novias, donde aprendió el gran secreto de los negocios, que en sus propias palabras era:

Encuentra a gente lista que lo haga todo por ti. Asegúrate de agradecérselo y recompensarlos. Quédate la mayor parte de la pasta para ti.

Y eso es lo que hizo. Tuvo la idea de vender agua coloreada con una pizquita de azúcar y convencer a la gente de que los hacía más listos, más delgados y más sanos. Se le ocurrió un nombre fácil de recordar y un logotipo alegre y redactó un plan de negocios, convenció a los padres de sus amigos para que invirtieran en él. Emprendió el negocio enviando muestras gratis del agua coloreada a sus amigos en todos los lugares elegantes donde alternaban y animándolos a mezclarla con vodka y servirla en las fiestas. Externalizó la producción, contrató una empresa de marketing, cerró un acuerdo de distribución. Lo único que controlaba él eran las ventas y, tras años de preparación, era un maestro en ello. Se presentaba con su pelo y su sonrisa, ataviado con algún conjunto colorido, luminoso y extravagante y un par de Hush Puppies azulones, rosas o morados, provisto de varias muestras, y para cuando había acabado quienquiera que estuviera trabajándose creía firmemente que era más listo, más delgado y estaba más sano gracias a su ridícula agua embotellada y le había comprado varios cargamentos. La empresa creció sin parar, él reinvirtió todos los beneficios y, al cabo de seis años, cuando tenía veintiocho, la vendió por un fortunón. Era rico. Y libre. Y dedicó el resto de su vida a pasar, como él decía, ratos maravillosos. Se compró una casa en Aspen, otra en Palm Beach, un apartamento en Nueva York. Jugaba al golf y esquiaba y salía a pescar y a navegar. Compraba vinos raros y obras de arte aún más raras, conducía coches veloces, comía manjares deliciosos. Se hacía socio de clubes. Volaba en avión privado. Se acostaba al amanecer, dormía hasta media tarde. Y a diferencia de algunos ricachones, no era un cretino ni un fanfarrón. Compartía cuanto tenía. Quería que la gente que conocía y apreciaba disfrutara con él. No vivía como vivía para impresionar a nadie, para alardear de riqueza o porque se sintiera inseguro y tuviera algo que demostrar, lo hacía porque le aportaba un deleite sincero y una alegría auténtica y esparcía ese deleite y esa alegría dondequiera que fuera.

Esa noche terminamos de cenar y nos dimos un fuerte abrazo, intercambiamos nuestros datos y prometimos mantenernos en contacto. Nunca fue mi mejor amigo, ni siquiera uno de los más cercanos, y solo nos veíamos un par de veces al año cuando coincidíamos en el mismo lugar, pero le quería. Era amable y generoso y divertido y legal. Era alguien a quien conocía prácticamente de toda la vida, aunque no formara parte de ella. Daba igual si habían pasado cuatro meses o seis o un año, cuando volvíamos a vernos parecía que nos hubiéramos despedido la víspera. Nos reíamos, contábamos anécdotas sobre las burradas que hacíamos de críos, otras nuevas sobre lo que nos hubiera deparado la vida. Él se burlaba de los pantalones chinos y las camisetas blancas con los que siempre me visto, y que llevo desde la adolescencia, y se ofrecía a sacarme de compras, yo me reía de los zapatos lujosos y las camisas y los pañuelos en la pechera y los relojes que siempre lucía, me ofrecía a llevarlo al contenedor más cercano para que se deshiciera de todo. Conoció a mi mujer y a mis hijos, les trajo regalos, los encandiló. Cuando mis libros comenzaron a publicarse siempre era el primero en comprarlos, leerlos, mandarme una nota, cuando los problemas seguían a los libros siempre era el primero en llamarme y ofrecerme su apoyo. Cuando surgieron las redes sociales, nos seguimos el uno al otro, nos mantuvimos en contacto gracias a ellas, estaba al tanto de sus aventuras y siempre me arrancaban una sonrisa. El hijoputa lo había conseguido. A lo grande. Era la persona más feliz que conocía, y me alegraba por él, y me enorgullecía de él, y me sentía afortunado por conocerle.

Estaba en el despacho cuando recibí la llamada. Un amigo íntimo de ambos. Contesté al teléfono y dije hola, me dijo Matty ha muerto, de repente, mientras hacía senderismo en Aspen, de un ataque al corazón. El mundo, o al menos mi mundo, dejó de girar. Yo dejé de respirar, notaba el corazón denso y pesado como si se me fuera a caer del pecho, el estómago vacío, el alma hueca. Me mordí el labio sacudí la cabeza. Mi amigo preguntó si seguía ahí dije sí. Los dos nos quedamos callados, yo miraba la pared blanca vacía de enfrente, tratando de asimilar, de comprender, intentando creer lo que acababan de contarme. No quería asimilar comprender ni creer, ojalá no hubiera contestado al teléfono, ojalá pudiera rebobinar de algún modo los dos últimos minutos y no apretar el play. Le pregunté qué había pasado, cómo cojones había ocurrido, me dijo que había salido solo a dar una caminata, que había quedado para almorzar con un amigo y no se había presentado, no contestaba a los mensajes ni a las llamadas, al amigo le dio mala espina y salió a buscarlo y subió por la ruta que sabía que le gustaba tomar, se lo encontró muerto en el camino. Con el móvil tirado al lado, con veintidós llamadas perdidas. La botella de agua a poco más de un palmo de la mano extendida. Miré fijamente la pared, quise rebobinar el tiempo, no contestar al teléfono. No quería seguir hablando, de modo que le di las gracias a nuestro amigo, le pedí que me mandara la información del entierro, colgué.

Ahora estoy en esta sala, sentado, mirando a mi amigo Matty en una caja a escasos metros de mí, con el pelo repeinado y apartado de los ojos, con la cara maquillada, las manos recogidas sobre la cintura, el reloj centelleando. Pienso en esos últimos momentos. Sus últimos momentos. Lo que sintió, lo rápido que fue, si supo lo que estaba ocurriendo, si se asustó, si tuvo tiempo de asustarse, si dijo algo antes de morir. Si su vida pasó en una sucesión de flashes por delante de sus ojos y, si lo hizo, ¿le gustó lo que vio?

¿Le gustó lo que vio?

¿Le gustó?

Pienso en mi vida. Cuándo acabará y cómo. Por mi propia mano, en un coche destrozado al borde de la carretera, acaso alguna de las amenazas que recibo resultará ir en serio, me fallará el corazón o se me romperá una arteria del cerebro, será cáncer o ELA o un derrame o una enfermedad del hígado o del riñón, dónde estaré, solo o con gente que me importa, cuándo y cómo, cuándo y cómo se acabará para mí. Pienso en lo que desfilará ante mis ojos y si me gustará lo que vea. Pienso en el dolor que he causado, las mentiras que he contado, los problemas que he provocado, las palabras que he empleado por rabia o tristeza o desdén, las disculpas que nunca he pedido, pienso en todo el tiempo que he desperdiciado, en todo ese puto tiempo precioso que he desperdiciado haciendo nada, enfadándome por estupideces, obsesionándome con asuntos triviales y sin sentido. Nos dicen que cada momento es precioso y valioso, pero en algún punto se nos olvida. Y cada momento se convierte simplemente en un momento más. Que hay que pasar, dar por sentado, desechar.

Desperdiciar.

Y yo he desperdiciado muchísimo. Por pereza y ego, en drogas y alcohol, persiguiendo mierdas que no importan, dinero y fama y reconocimiento y aprobación. Cuántas veces debería haber llamado a un amigo para saludarlo. Cuántas veces debería haber ayudado a alguien que sabía que lo necesitaba. Cuántas veces debería haber dicho te quiero y me he callado. Cuántas veces podría haber tomado la decisión correcta, pero consciente o inconscientemente me he equivocado. Cuántas veces he cometido actos que me avergonzaban, aunque solo yo lo supiera, cuántas veces y cuánta vergüenza, cuántas jodidas veces y cuánta jodida vergüenza. Ha habido días semanas meses años en que no podía mirarme al espejo y sentir algo que no fuera odio y asco. Y en casi todas esas ocasiones sabía el porqué y no hice nada por cambiarlo. No hice nada. Tan solo me quedaba mirándome, mirando mis ojos verdes claros hasta no poder más, hasta que me daba media vuelta. Lleno de odio y asco.

Calculo mentalmente el bien que he hecho y lo bueno que he conseguido y lo comparo con todo el daño y destrucción y desperdicio y despilfarro. Para comprobar si se compensan, para ver si uno excede al otro. Para imaginar cómo se verá mi vida en ese momento en que pase en una sucesión de flashes, para imaginar si sonreiré o si moriré odiándome. Sé la respuesta. La sé demasiado bien, sin necesidad de debatir nada. Las cuentas no cuadran. Ni de lejos. Ni de lejos, joder.

Miro a mi amigo y me imagino lo que vio y lo que sintió y lo que supo y lo que hizo mientras se apagaban las luces, mientras se despedía de la vida, mientras le fallaba el corazón y se moría. Le miro y sonrío y empiezo a llorar. Listillo cabrón. Magnate del agua azucarada. Loco bailarín con traje a cuadros azules y rosas. Te has ido demasiado joven, jodidamente joven. Pero me alegro por ti y me enorgullezco de ti, has vivido bien y con intensidad y magníficamente, con alegría y generosidad. Sé que sonreíste y sé que te reíste y sé que, aunque pasaste miedo, te fuiste satisfecho con cómo habías vivido la vida.

Te echaré de menos.

Ojalá te hubiera visto más.

Ojalá te hubiera dicho que te quería.

Ojalá hubiéramos alzado nuestras copas una vez más.

Ojalá.

Ojalá.

Miro a mi amigo y lloro. Cuando cierran la caja y todos se levantan me levanto con ellos y seguimos al coche fúnebre hasta el cementerio. Observo cómo bajan a un agujero en el suelo la caja que contiene a mi amigo y justo antes de que desaparezca alzo la mano y me despido, te echaré de menos, adiós.

Voy al aeropuerto.

Subo a un avión.

Vuelvo a casa.

Mi mujer está dormida cuando entro en casa. Le doy un beso en la mejilla y me meto en la cama junto a ella.

Cada momento.

Cada momento precioso.

Mientras me voy quedando dormido me pregunto cuánto tiempo me queda y cómo ocurrirá y qué veré y cómo me sentiré y qué diré cuando se apaguen las luces.

Cuadrarán mis cuentas.

Cuadrarán.

Cuando se apaguen las luces.