Katerina

James Frey · Capítulo 14 de 37

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Katerina

París, 1992

 

Es la tercera semana de agosto. París está vacío. O, mejor dicho, París está vacío de franceses. Salvo por los que trabajan en restaurantes, bares, cafés y comercios, todos los demás se han marchado. No sé adónde se han ido, tal vez al sur, quizá a España o Italia, puede que a América, pero aquí no están. Nadie te mira con desdén en el metro. Ni rezuman juicios desde las cafeterías. No me miran mal cuando oyen mi acento. Ni se ríen cuando cometo errores gramaticales o uso el tiempo verbal equivocado. El viejo matrimonio francés ha cerrado la panadería y se ha marchado a alguna parte, y ya no pueden ser groseros conmigo ni ignorarme. El ambiente general de superioridad que flota en París ha desaparecido. Confío en que adondequiera que se haya ido, y adondequiera que se hayan marchado todos los franceses y la pareja de panaderos, alguien esté fulminándolos con la mirada y haciéndolos sentir idiotas. Todos ellos se lo merecen, joder.

Sí, París está vacío, salvo por los turistas. Llevo aquí suficiente tiempo, hablo un francés lo bastante correcto y conozco bastante bien la ciudad, por lo que ya no me considero un turista. No soy francés, y podría vivir aquí cincuenta años y jamás sería uno de ellos. Tampoco me llamaría un expatriado, un término que cada vez que lo escucho me hace pensar en un grano en el culo, y que me hace pensar que la persona que lo utiliza es como un grano en el culo. No soy residente y he superado el periodo legal como visitante, probablemente podrían expulsarme del país si me pillan por algo, pero ya no soy un turista. Solo soy un cabrón en París. Un donnadie en París. Un joven perdido que vaga por París. Un soñador en París. Y como ya no soy uno de ellos, odio a los putos turistas. Odio sus puñeteras guías. Odio que pidan la carta en inglés. Odio cuando se paran en mitad de la acera porque se han perdido. Odio cuando se plantan delante de un cuadro como idiotas que se pasan todo el tiempo frente a un televisor, mirando fijamente pero sin tener la menor idea de lo que están mirando ni de lo que ven. Odio sus cámaras y los posados constantes en todas partes, a la mierda las putas cámaras ojalá pudiera arrojarlas todas al Sena. Son ingleses, canadienses, australianos, hordas de japoneses, ejércitos de escandinavos que no logro distinguir entre ellos, y masas, infinitas masas invasoras de estadounidenses. Odio sobre todo a los americanos. Maldita sea, si es que son los peores. Y aunque todavía soy americano y adoro las drogas y el alcohol americanos, los coches americanos y la comida americana, el tabaco americano y la música americana, las chicas americanas y las palabrotas americanas, los turistas americanos son simplemente espantosos. Visten ropa fea y chillona. La mayoría están gordos. Llevan gorras de béisbol del revés. Son ruidosos. Se comportan como si fueran ingenuos, pero no lo son, en realidad están intentando despertar simpatía, algo que en Francia no van a recibir. Se molestan porque todo el mundo los odia y no entienden por qué, pero sí que lo entienden, y es porque se comportan como idiotas. Y el parloteo de siempre, que no cesa. Sí, los franceses son groseros. Sí, París es bonito. Sí, la comida es fabulosa. Y sí, ganamos aquella guerra y les pateamos el culo a los nazis y salvamos la civilización, pero eso fue hace cincuenta años, joder, parad de recordarlo de una puta vez. Dejad ya de sacar el tema. Y, por favor, por favor por favor por favor, quedaos en vuestra puta casa en agosto. Quedaos en casa y salid a pescar. O id a una carrera de Monster Truck. O disparad vuestras armas contra los árboles. O subid a vuestro RV y conducid a algún lugar repleto de americanos, donde podáis montar una barbacoa gigante y beber cerveza caliente y vomitar en la nevera y no os acerquéis por París, joder.

Cuando concluyo que ya no aguanto más, que ya no puedo soportar a otro gordo en camiseta de camuflaje comentando que en Francia las Big Mac saben distinto, decido marcharme de París. Irme de vacaciones. Ser como los franceses, salvo los que están atrapados trabajando y sirviendo al flagelo de turistas. Voy a echar a correr lo más lejos y rápido que pueda hasta que el calendario marque septiembre. Quedo con Philippe para tomar una copa. Le pregunto adónde debería ir y me dice que al infierno. Me río y le digo que ese viaje me lo reservo para más adelante. Me aconseja que evite el sur, que en verano está horrible y abarrotado, y que evite la costa, que en verano está fría y horrible y abarrotada, y me recomienda que vaya a algún sitio adonde nadie quiera ir. Mis abuelos eran franceses que emigraron a América. Los dos dejaron Alsacia tras la Primera Guerra Mundial. Uno era de Estrasburgo, el otro de Nancy. Uno murió cuando yo tenía dos años y el otro pasó la mayor parte de mi infancia en la cárcel porque lo pillaron malversando fondos de sus clientes (antes de que lo encarcelaran era abogado). No puedo decir que me una ningún vínculo con ellos, pero creo que no estaría mal ver de dónde vinieron, de dónde vengo. Le pregunto a Philippe sobre lo de ir a Alsacia, viajando en trenes y haciendo autoestop, le cuento que me gusta la idea de regresar a la madre patria, al lugar de donde vienen los míos. Me mira con el ceño fruncido y me pregunta si soy tonto. Le digo que sí, que es muy posible que sea tonto, aunque no tengo muy claro por qué ha necesitado mi propuesta de viajar a Alsacia para darse cuenta. Me pregunta qué nivel de tonto me considero, le digo que probablemente soy un 6 en una Escala de Tontos del 1 al 10. Me dice que mucho más, que probablemente soy un 8, tal vez un 9, le digo que estoy dispuesto a admitir un 7, pero no más. Dice que como mínimo soy un 8,5, pero probablemente un 9. Le pregunto qué ha motivado este repentino análisis sobre lo tonto que soy, me responde que cualquiera que quiera pasar las vacaciones estivales en Alsacia es de un tonto que asusta y quiere que lo reconozca. Me río, le pregunto por qué es tan tonto ir a Alsacia, me dice que todos los franceses se marchan de Alsacia en verano y se van al sur, que en este momento en Alsacia solo hay alemanes, que son aún peor que los americanos. Le digo que quiero ver el lugar de origen de mis abuelos, se ríe.

¿Crees que te vas a encontrar un puto cartel en la puerta, Jay?

Niego con la cabeza.

No.

En el cuchitril de mierda donde vivieran, ¿crees que habrá un puto cartel?

Me río.

No.

¿Que te organizarán un desfile?

No es probable.

Se largaron a América por algo.

Sí, aunque en realidad no conozco el motivo.

El motivo es que Alsacia es un asco. Fría, lluviosa y deprimente. Y aburrida. Y en verano está llena de alemanes, que beben litros de cerveza y cantan canciones sobre el aire fresco y la guerra y el fútbol y los festivales navideños, y que son la única gente del planeta peor incluso que los americanos.

Me dan igual los alemanes. Y me encantan los americanos, siempre y cuando estén en América. En cuanto pisan Francia no hay quien los aguante.

Tengo una idea mucho mejor que una tontería de peregrinación a Alsacia, que solo acabaría contigo vomitándote encima tras emborracharte de cerveza con una panda de alemanes.

¿Qué idea, Philippe?

Me tomaré un par de días libres.

¿No decías que los basureros no tenían días libres?

Si me echo un poco de basura por la cabeza me darán la baja unos días.

Un plan genial.

¿A que sí?

¿Qué tipo de basura vas a echarte por encima?

Algo asqueroso. Comida podrida. Probablemente marisco. Puedes ponerte enfermo con marisco podrido. Sobre todo si te vacías un buen cubo por encima.

Genial.

Conozco el sitio perfecto.

Hazlo.

Lo haré. Esta noche.

¿Y qué hacemos con tus días libres?

¿Ámsterdam?

No me gusta mucho la hierba, y acabo de pasar un par de noches en la rue Saint-Denis.

¿Divertidas?

La verdad, no lo sé.

Pues muy divertidas.

Ya.

¿Berlín?

Acabas de decir que odias a los alemanes.

En Berlín no son alemanes. Son berlineses.

Demasiado lejos.

Podríamos ver el muro, echar un meo.

Demasiado lejos.

Es una pena que no tengas novia.

¿Por qué?

Se lo diría a Laura y podríamos ir los cuatro a alguna parte.

¿Adónde?

Mis padres tienen varios hoteles. Solo tenemos que elegir uno y vamos.

¿Y salir de vacaciones románticas en parejitas?

O tú y yo podríamos emborracharnos y hacer el tonto y que las mujeres vayan dando sorbitos de vino caro y quejándose de lo burros que somos.

Suena divertido.

La hostia de divertido.

Siento decepcionarte.

¿No conoces a nadie?

Conozco a una chica, tal vez.

Llámala.

No tengo su teléfono.

Ve a su casa.

No sé dónde vive.

Parece serio.

Me río.

¿Quién es?

La chica del bar.

¿La modelo?

Sí.

Es enrollada, guapa y divertida.

Es todas esas cosas, sí.

Si yo fuera ella no saldría contigo.

No te lo discuto.

Seguramente se llevaría bien con Laura.

Yo también lo creo.

Pero no tienes ni su teléfono ni su dirección.

No.

Pues buena suerte.

Me pasaré por el bar donde me la encontré y le preguntaré a su amiga.

No tienes muchos números, Jay.

Es lo único que tengo.

Philippe apura la copa. Me pide que lo llame por la mañana y le informe de mi plan, me dice que al margen de lo que yo haga, él va a tirarse marisco por la cabeza y a tomarse unos días de baja para irse con su chica. Se marcha, pido otra copa, otra, otra, reúno valor, otra. Termino echo a andar por Saint-Germain cruzando el Pont des Arts por detrás del Louvre por delante de las tiendas de mascotas del Quai de la Mégisserie hasta el 4ème más allá de Les Halles repleto de breakdancers norteafricanos vendiendo mierdas del norte de África músicos callejeros cantando baladas en francés e inglés vendedores de flores. Me detengo y compro una rosa a un viejo con un cubo lleno de rosas. Una sencilla rosa roja. Solo una. Por si la veo. Acepte o no. Una sencilla y bella rosa rojo oscuro. Por si la veo.

Entro en La Comédie. Medio aforo. Ningún americano, solo yo. Veo a Petra detrás de la barra me acerco me siento en un taburete tienen unos buenos taburetes altos gastados de asiento mullido pero no demasiado. Petra me ve sonríe se acerca dice

Hola.

Hola.

¿Una copa?

Jack doble con cola.

Se ríe.

Qué americano.

Comienza a preparar la bebida.

¿Estás buscando a Katerina?

Puede.

Se ríe.

No eres un cliente habitual y este bar no tiene demasiado atractivo.

No está mal.

Está bien. Práctico. Un lugar donde tomar algo antes de ir a alguna parte o donde tomar la última de camino a casa.

Me sirve la copa. Está cargada, buena. El whisky quema, el azúcar lo suaviza. Me observa saborearla, sonríe.

Es más que un doble.

Sonrío.

Tal como a mí me gusta.

Bebo otro sorbo. Petra levanta un dedo, promete volver, se va al final de la barra a atender a otro cliente. Dejo la rosa sobre la barra, me la quedo mirando, me pregunto dónde estará, Katerina, Katerina, Katerina, miro la rosa es sencilla y de un precioso rojo oscuro para Katerina me pregunto dónde estará me pregunto. Petra regresa.

Qué mona.

Me río.

Gracias.

Está acostumbrada a tíos que le regalan cincuenta de esas, o que la llevan de compras al Triangle d’Or, o de escapada de fin de semana a Mónaco o Capri o Ibiza.

Solo podía permitirme una.

Quizá por eso le gustas.

Sonrío.

¿Te lo ha dicho?

Sonríe.

Está un poco loca, pero no suele tirarse a cualquiera en el lavabo.

Vuelvo a sonreír.

Es bueno saberlo.

Bebo otro sorbo, quema, suaviza.

¿Sabes por dónde anda?

No.

¿Crees que se pasará por aquí?

Ni idea.

Me acabo la copa.

Si viene…

¿Qué le digo?

¿Conoces el Polly Maggoo?

Se ríe.

Ese sitio es un estercolero.

Así es.

No tiene ni lavabos.

Los agujeros en el suelo tienen su encanto.

¿Vas mucho por allí?

Sí.

No es Ibiza.

Quizá por eso le gusto.

Se ríe, dejo dinero en la barra, suficiente para que sobre una buena propina, cojo la rosa, me levanto.

Gracias por la copa. Las preparas bien.

De nada.

Nos vemos.

Bien.

Me marcho vuelvo caminando por el borde de Le Marais cruzo el Pont au Change, Île de la Cité, Pont Saint-Michel. Se pone el sol oscurece las farolas resplandecen en las aceras rebosantes de turistas por todas partes los bares y los restaurantes están llenos oigo música voces risas el zumbido de los motores de las motocicletas algún que otro claxon en todas partes huele a comida aromática densa magnífica me he comido un trocito de baguette por la mañana que casi vomito y desde entonces nada más y me muero de hambre por todas partes huele a comida flotando a través de la oscuridad de los destellos de los ruidos el olor a comida flotando hambriento.

Llevo la rosa conmigo. La protejo. Me aseguro de que nadie la aplaste, la golpee. Es su rosa. Roja y solitaria. Para ella. Solo ella. A veces me la acerco al pecho, al corazón, a veces la dejo colgando a mi costado. Hace una semana que nos vimos. Que se despidió con un beso y se perdió en la noche. Me dejó en el lavabo con los pantalones por los tobillos y el corazón acelerado, las manos temblorosas, mareado y feliz y embobado, cerró la puerta tras ella y se marchó. He ido a La puerta del infierno, no la he visto, al Museé d’Orsay no la he visto, a Montmartre y Le Marais no la he visto, a Saint-Germain no la he visto, he recorrido la avenida Montaigne y los Campos Elíseos no la he visto, he intentado entrar en Les Bains Douches no me han dejado no la he visto. Mientras camino ahora con una rosa en la mano medio borracho y hambriento la busco en todos los cafés en todos los callejones en todas las sombras en los círculos de luz de todas las farolas en todas las mesas en todas las puertas en todas las sillas llevo la rosa, la protejo, la guardo, roja y solitaria, para ella, ella, ella, camino y veo y huelo y la busco a ella, a ella.

Giro por la rue de la Huchette no hay tráfico solo peatones y restaurantes griegos olor a cordero asado paso frente a la Maison de Gyros en pleno apogeo el olor me vuelve loco la idea de un enorme montón grasiento de falso cordero y patatas fritas y salsa caliente me hace babear. Tengo dinero para comer o para beber no me cuesta decidir. Cruzo la rue du Petit Pont las grandes puertas del Polly Maggoo están abiertas suena Led Zeppelin han sacado sillas del lúgubre interior a la acera hay un par ocupadas un par volcadas un par vacías. Entro al bar pido una absenta solo se la sirven a los habituales miro alrededor. Un puñado de argelinos viejos borrachos, una pareja de franceses viejos muy borrachos, un par de matones corpulentos de origen incierto pegados a la pared, una mujer sola, aparenta sesenta y pico años pero probablemente es mucho más joven, sentada a la barra borracha y mascullando. Ni un turista. Con toda la cantidad de bares y cafés franceses elegantes y encantadores nadie quiere venir al Polly y soportar las miradas de un puñado de locos, a menudo hostiles, borrachos imbéciles, yo incluido. Cojo la bebida salgo a la calle me siento en una de las sillas a ver pasar el mundo, parejas de la mano grupos de chicas riendo grupos de jóvenes gritando una pareja mayor silenciosa y contenta, familias que miran alrededor entre perdidas y alucinadas, es verano en París caluroso y oscuro y vivo, caluroso oscuro vivo. Al tercer vaso de absenta, los bordes de las luces comienzan a emborronarse mis pensamientos comienzan a emborronarse mi cuerpo comienza a emborronarse resuena un eco bum bum siento el mundo girar literalmente lo siento veo oigo girar bum bum caluroso y oscuro y vivo bum. La rosa descansa en mi regazo a salvo e intacta, roja de pétalos más oscuros, densos, dulces, la miro fijamente y deseo caer, nadar, perderme, ahogarme en ella en el rojo oscuro denso dulce ahógame. Estoy en ese momento de la noche en que puedo irme a casa o hacia lo desconocido, al olvido. Cada copa que bebo me acerca más al apagón, a la pérdida, al infierno de la inconsciencia andante, a su bendición. Cada copa emborronará más los bordes hasta que todo se difumine, hará girar el mundo más y más y más, hará explotar todos los sonidos, cada copa que tome acelerará la oscuridad, la pérdida de memoria y de control, la pérdida de humanidad, cada copa me reducirá aún más a un demente gritón y gruñón, cada copa que tome acelerará acelerará acelerará la pérdida. Llego a este punto todas las noches, me enfrento a esta elección todas las noches, soy consciente de que tomo esta decisión todas las noches, soy consciente y lo sé y voy cada puta noche. Olvido desolación pérdida rabia violencia idiotez lo desconocido oscuridad, la oscuridad del negro más oscuro. Lo sé y soy consciente y elijo y voy. Olvido y desolación y oscuridad, allá voy.

Me levanto vuelvo a entrar en el bar a pedir un doble voy camino de la puta desolación negra oscura es hora de despedirse del puto mundo un rato de irme a tomar por culo. El Polly ahora está más concurrido, hay más turistas, alemanes americanos canadienses unos pocos ingleses unos pocos irlandeses la mayoría atraídos por el rumor de que sirven absenta aunque algunos atraídos por un lugar que no refulge como refulge todo lo demás en Saint-Michel. Los asiduos ocupan sus sitios en los rincones en las sombras en los bordes, aislados y ceñudos, perdidos en sus borracheras, soñando a través de la bruma de embriaguez que pronto llegará septiembre, que todos esos hijos de puta se volverán a su casa. Avanzo despacio entre el gentío, cada paso exige un esfuerzo a mis piernas pesadas mis pies pesados mi cuerpo pesado, pierdo el equilibrio y me tambaleo a cada paso, cada paso. Oigo gritos, me giro hacia dos irlandeses grandullones y dos alemanes grandullones encarados, alguien ha derramado una copa y alguien se ha negado a disculparse y alguien ha dicho alguna tontería, han empezado los empujones pronto llegarán los puñetazos. El Polly es pequeño, va a reventar y será magnífico. Sillas mesas vasos botellas puños y pies sangre y daño, el paquete completo, promete ser magnífico.

Me encantan las peleas. Me encanta ver cómo se desarrollan, ver cómo ocurren, ver cuánta gente se apunta, si salen corriendo o lanzan puñetazos, me encanta ver destrozos, ver cómo se comporta la gente en la victoria y en la derrota. La mayoría de las peleas son tontas y decepcionantes. Hombres gritándose, lanzándose un par de ganchos sin acertar, agarrándose y rodando por el suelo antes de quedarse sin aliento y de que los separen y se griten un poco más. De vez en cuando, sin embargo, pillas una buena. Tíos lo bastante sobrios o lo bastante valientes o lo bastante hábiles o listos o astutos para acertar un puñetazo, para infligir algún daño, para entretener un poco. Y por mucho que disfrute viendo una pelea, me gusta más participar. No porque se me dé muy bien pelear, que no es el caso, y no porque gane, porque casi nunca gano, sino que me gustan por la mera emoción, por la excitación, por el peligro, por lo desconocido. Una pelea te pone el puto corazón a cien, late, late, late más rápido. Ese momento, ya sea largo o breve, cuando sabes que va a pasar, pero no sabes cómo ni exactamente cuándo ni cómo va a terminar. Es la humanidad en su estadio más básico, es el hombre de hace cinco mil años, cuando peleábamos por comida, por agua, por cobijo, por la supervivencia, idiotas gruñéndonos y arrojándonos uno contra otro hasta que uno de nosotros era sometido, hasta que uno de nosotros vencía.

Llego a la barra. El camarero, un cincuentón turco llamado Omer que siempre viste camisetas negras de conciertos heavy metal y fuma cigarrillos que apestan a mierda de perro, señala a los cuatro que están a punto de pelearse, habla.

¿Me haces un favor?

¿Qué?

Sácalos a la calle.

Aquí dentro siempre hay peleas.

Normalmente entre gente demasiado borracha para causar daños. Esos idiotas van a destrozar el local.

¿Quieres que me enfrente a los cuatro?

Basta con que los saques de aquí.

Voy demasiado pedo.

Así no te dolerá.

En eso tienes razón.

Ayúdame a sacarlos.

¿Y qué gano yo?

Una noche de priva gratis.

¿Solo para mí o también para mis amigos?

Solo para ti.

¿Absenta incluida?

No.

Dos noches, absenta incluida.

No.

Gritan más fuerte, se dan empujones, cuatro turistas tarugos y grandullones. Uno de ellos tropieza con una mesa, vuelca los vasos, se rompen. Omer me empuja hacia ellos.

Vale. Dos noches, con absenta, venga.

Sonrío, le entrego la rosa.

Toma, protégela.

Tú protégeme el bar y no le pasará nada.

Me río, me giro hacia los cuatro, doy unos pasos hacia ellos, grito

Eh, cabrones.

Siguen empujándose.

EH. VOSOTROS. IMBÉCILES HIJOS DE PUTA.

Dejan de empujarse, me miran.

Aquí no nos gusta que vengan mierdas como vosotros a montar follones. ¿Entendido?

Peso unos veinte kilos menos que el menor de ellos. No tengo la más mínima oportunidad y lo sé. Pero sigo excitado, con el pulso acelerado, a punto. Sonrío.

¿Me habéis entendido, turistas gordos feos de mierda?

El más corpulento se adelanta. Es un alemán en camiseta de tirantes, pelo rubio y corto a lo nazi.

¿Hablas conmigo?

Sí.

¿En serio?

Bonita camiseta, mamón.

Se la mira, es verde chillón con algo escrito en alemán, es ridícula.

¿Qué le pasa a mi camiseta?

¿Crees que la gente quiere ver tus brazos gordos y tu espalda peluda? No, no quieren, gilipollas. Pareces retrasado.

Vete a la mierda.

Dímelo en la calle, Camiseta.

¿Quieres pelear conmigo?

Ya os pateamos el culo en Francia en el 44 y el 45, y ahora mismo voy a pateártelo otra vez aquí en Francia, comesalchichas de mierda con aliento a cerveza.

Me giro y salgo del bar a la acera. Todo el Polly nos mira, riendo. Algunos habituales se han levantado a ver qué pasa. Camiseta y su amigo y los irlandeses salen detrás de mí. Sé que estoy perdido, que van a machacarme, que no tengo la más mínima oportunidad. Lo único que quiero, aparte de dos noches de copas gratis, es atizar un golpe, conseguir que a uno de ellos le duela tanto como va a dolerme a mí. Mi única posibilidad es ser astuto y taimado y rápido y atacar primero. Respiro hondo. Los cuatro salen a la calle. Levanto las manos como un boxeador, sé que Camiseta me vigilará las manos. Calzo botas militares con puntera de acero. Sonrío, muevo las manos, intento distraerlo.

¿Preparado, Camiseta?

Cállate.

Finjo dar un puñetazo, lo esquiva.

¿Listo, Salchicha?

Cierra la puta boca.

Cuando haya terminado contigo, me plantaré en tu festival navideño y me cagaré en el strudel de manzana de tu mamá.

Carga contra mí, me lanza un puñetazo, mientras lo hace yo le doy una patada en la espinilla con la puntera de acero de la bota. Los dos acertamos. Una patada en la espinilla constituye una técnica de combate brutalmente efectiva y por completo inesperada, y la agitación de manos y el no cerrar el pico buscaban distraerlo de su llegada inminente. Se echa a gritar, cae al suelo. Un puñetazo en el ojo, en este caso en particular mi ojo, también constituye una técnica de combate efectiva, y me tambaleo hacia atrás, sin equilibrio, prácticamente sin la poca conciencia que me quedaba. Su amigo y los dos irlandeses se me echan encima en el acto, a puñetazos, a patadas. Hago lo único que puedo hacer, que es tirarme al suelo y hacerme una pelota y rezar para que acabe pronto. Me dan puñetazos, patadas, me pegan un poco más, me patean un poco más. Cabeza cara costillas brazos hombros estómago muslos parte posterior de los muslos, uno me patea en un costado del culo y duele de la hostia. No sé cuánto dura, tal vez quince o veinte segundos, pero me parece una década o dos. Oigo gritos, la palabra basta en inglés y francés, oigo a Camiseta quejándose a gritos de la pierna, a Omer diciéndoles que o se largan o llamará a la policía, a ellos diciéndole a Omer que se vaya a la mierda. Sigo tirado en el suelo, ovillado, dolorido, me duele todo, me pitan los oídos, noto la sangre corriendo por un lado de la cara. Percibo una presencia por encima de mí, oigo a Omer preguntándome si estoy bien, siento su mano en la espalda, preguntándome de nuevo si estoy bien. Y pese a que me duele todo el cuerpo una cosa mala, sobre todo el lado del culo, igual que si me hubieran metido un pincho oxidado, y pese a que estoy sangrando y noto cómo se me hincha el ojo, estoy bien. El dolor físico pasa. Con suficiente alcohol y suficientes drogas, no sentiré nada. Y el dolor físico no es nada comparado con el dolor que me inflijo a mí mismo. Pégame patéame golpéame me da igual. No puedes hacerme más daño del que ya me he hecho yo.

Me desenrosco, me siento. Parpadeo unas cincuenta veces, todo está borroso. Miro alrededor veo la calle las farolas los coches gente pasando gente mirando veo a Omer sonriéndome, veo gente de pie ante las grandes puertas acristaladas que llevan al bar. Me duele todo de la hostia, me paso la mano por el borde del ojo y se mancha de rojo y noto cómo se me hincha el ojo. Me río. Menuda pelea. Me han dado para el pelo, pero ha sido divertido. Y la cara de Camiseta cuando le he dicho que me iba a cagar en el strudel de su mamá, la boca abierta y los ojos como platos por la sorpresa, y luego el cabreo, solo por eso ha valido la pena. Y no hay daños serios, nada que siga siendo visible dentro de una semana.

Omer me tiende la mano y la cojo y me ayuda a incorporarme y joder cómo duele todo. Sonríe, habla.

Eres un buen chaval.

Necesito una jodida copa.

Se ríe.

Lo que quieras.

Un Jack triple con cola.

Te pondré dos.

Nos encaminamos hacia el bar.

¿Cómo tengo la cara?

Con algún corte, y un ojo se te pondrá negro.

¿Adónde se han ido?

Señala hacia la place Saint-Michel.

Por ahí.

Otro paso, dos.

¿Tienes mi rosa?

Sí.

¿Me la traes con las copas?

Se ríe.

Por supuesto.

Me siento en la primera silla vacía que encuentro. Saco el tabaco. Omer me da unas palmaditas en la espalda, que duelen, dice que ahora vuelve. Enciendo un pitillo, doy una profunda calada, me recuesto en la silla, cojo una servilleta, me la aplico en el corte del rabillo del ojo. El corazón sigue acelerado, tardará un rato en serenarse, un par de habituales se acercan a estrecharme la mano y reírse y ver si estoy bien, me felicitan por la patada en la espinilla, en cuanto regresa Omer con la bebida me bebo la mitad de un trago el whisky quema y el azúcar lo suaviza y me recupero un poco. Me quedo sentado un rato con los habituales, seguimos riéndonos, preguntándonos dónde andará Camiseta, al final se vuelven a sus mesas sus sombras su soledad y su pena, se vuelven a su alcoholismo y sus miserias. Me termino la copa pido otra, todo duele menos, no me levanto de la silla salvo para mear, fumo y veo pasar a la gente y poco a poco avanzo hacia el olvido, hacia la oscuridad más negra.

No sé qué hora es pero hay menos gente. Es noche profunda, cuando los únicos que quedan en la calle van en busca de algo. Buscan una copa, buscan drogas, buscan sexo o amor, buscan un amigo, buscan pelea, buscan problemas o aventuras, buscan iluminación o condena, buscan el pecado, buscan encontrar algo todo cualquier cosa, buscan. Amo la noche, amo la oscuridad, la simplicidad, la amenaza, la posibilidad, el vacío, la densidad, la tranquilidad, el silencio, los ecos, las calles sin coches y los parques sin gente, los edificios sin luces y los trenes que circulan vacíos, tengo la mente clara el corazón puro lo siento todo mucho más auténtico en las horas más profundas de la noche más oscura que amo.

Bajo la vista a la acera rota agrietada marcada me río de mi tonta pelea cojo el vaso está frío y empañado casi vacío me lo acerco a los labios y levanto la vista y la veo.

Larga melena roja espesa y ondeante.

Ojos castaños claros como el cacao.

Labios mullidos como una tarta de cerezas.

Sonriendo.

Caminando hacia mí.

Sonriendo.

Un vestidito blanco de diseño.

Sonriendo.

Deportivas Adidas.

Sonriendo.

Sonrío y alzo una mano sonrío más me alegro de verla me alegro mucho de haber conservado la rosa intacta sonrío más y me levanto me duele todo sonrío y me levanto ella habla.

Escritor.

Sonrío.

Modelo.

¿Qué coño te ha pasado?

Me río.

Me he peleado.

Ambos sonreímos a tres metros de distancia.

Supongo que has perdido.

Vuelvo a reír.

Sí.

A metro y medio.

¿Y cómo ha quedado el otro?

Eran cuatro.

Se ríe.

Serás burro.

Se pega a mí, me besa, suave sin lengua sus labios rozan el borde de los míos delicadamente noto su aliento y huelo el tenue perfume, busco su mano y la cojo me besa suave susurra.

Me han dicho que me buscabas.

Sí.

¿Qué necesitas?

Esto.

Entonces ¿ya puedo irme?

No.

¿Por favor?

No.

¿Por favor, por favor?

Como quieras.

Sonríe tan cerca que noto su aliento en mis labios y la mejilla el olor del perfume tenue su mano en la mía nuestros ojos verdes pálidos y castaños claros como el cacao se miran. Tiendo la rosa hacia su mano, la coge.

Te he comprado una rosa.

La he visto y me preguntaba para quién sería.

Ahora ya lo sabes.

¿Y por qué este regalo tan dulce y maravilloso?

Porque haces que mi corazón lata más deprisa.

Apoya la mano libre en mi pecho, sobre el corazón.

Lo noto.

Bien.

Me coge la mano, se la apoya en el pecho.

¿Notas el mío?

Sí.

También late más deprisa.

Sí.

¿Te gusta, Escritor?

Sí, Modelo.

Me besa, suavemente, la punta de su lengua en mis labios, en mi lengua, despacio, bailando, bailando despacio. Es un beso largo quince segundos, treinta, tenemos los ojos abiertos nos miramos nos agarramos de las manos las dos manos nos besamos los labios y la lengua y el aliento despacio, bailando suave, nuestros corazones se aceleran, un beso de un minuto sonríe y se aparta.

¿Puedo quedarme un rato?

Me encantaría.

¿Me traes una silla?

Quédate la mía.

Me aparto de ella, de la silla, le indico que tome asiento.

¿Quieres beber algo?

¿Champán?

Dudo que tengan, pero lo preguntaré.

Si no, lo mismo que estés tomando.

Entro en el bar, casi todos están sumidos en el olvido, le pregunto a Omer si tiene champán y me dice que tiene una botella. Le pregunto si me la cambia por una de mis noches de copas gratis ve a Katerina sentada fuera, sonríe.

¿Para ella?

Sí.

¿La conoces?

Sí.

¿Tu novia?

No.

¿Posible novia?

Quizá.

¿Y el champán ayudará?

Probablemente.

¿Te la has tirado?

Vete a la mierda, tío.

Quiero saberlo.

Que te den.

Se ríe.

Solo quería asegurarme de que te gusta de verdad.

Pues ya lo sabes.

Da media vuelta abre una nevera pequeña, saca una botella de Freixenet, que no es champán de verdad y sabe solo un poco mejor que el pis de caballo carbonatado. La deja en la barra delante de mí.

¿Sabes abrirla?

Sí.

Coloca dos copas junto a la botella.

Querré todos los detalles.

Que te den.

Cojo la botella y las copas vuelvo fuera las dejo en la mesa cojo una silla de otra mesa me siento junto a Katerina, junto a Katerina, sonríe.

Me has traído lo mejorcito.

Me río.

No tenían otra cosa.

Agarra la botella, arranca el papel, mira alrededor, habla.

Elige diana.

¿Cómo?

Soy una experta descorchadora. Puedo darle a una mosca en el culo de un caballo a cinco metros de distancia. Elige diana.

Sonrío miro alrededor. El Polly está medio vacío, no hay turistas, la calle está casi desierta. Un hombre desmayado en un rincón, algunos borrachos solitarios, un par de tipos con copas y libros, una pareja discutiendo de algo que no alcanzo a oír, dos hombres de negocios de mediana edad sentados dentro jugando al ajedrez, uno de ellos lleva sombrero y no para de cabecear hasta que se despierta con un sobresalto, y permanece despierto hasta que empieza a cabecear de nuevo. Los conozco de vista, aunque no sé cómo se llaman, vienen una vez a la semana y juegan al ajedrez y beben, solo hablan entre ellos, para cuando terminan ninguno de los dos puede andar ni hablar, no tengo ni idea de dónde van ni cómo. Katerina me ve mirándolos y sonríe.

No le dolerá.

Agarra la botella, la sopesa con gesto experto, la agita un poco. Apunta el cuello de la botella hacia el hombre que cabecea y poco a poco afloja el corcho hasta que

Pop.

El corcho sale volando por la entrada del Polly hacia el interior del bar y, justo cuando la cabeza del hombre empieza a caer, impacta en el ala del sombrero, arrancándoselo de la cabeza y cayendo sobre el tablero de ajedrez, todas las piezas se vuelcan. El hombre da un brinco, sobresaltado, golpea la mesa, mandando su copa y la de su amigo y el tablero al regazo del compañero. El otro salta, con el regazo empapado de cerveza, y empieza a gritar. El primer hombre está de rodillas buscando el sombrero. Miro a Katerina, que los observa, y sonríe y se ríe por lo bajo, y hablo.

Ha sido la hostia.

Se vuelve hacia mí, sonríe.

Ojalá tuviéramos otra botella.

Me río.

Ojalá.

Se levanta, el hombre ha vuelto a calarse el sombrero, su amigo sigue chillándole, mira alrededor tratando de adivinar lo que ha pasado, Katerina coge la botella.

Vámonos.

Esta noche ya he estado metido en una pelea.

¿Me defenderías?

Claro.

Qué encanto.

Me besa en la mejilla, me río, me coge de la mano, echamos a andar.

Hacia la noche

La oscuridad

La posibilidad

Cogidos de la mano

Sonriendo

Una botella de champán

La noche

Y la oscuridad

Calles vacías y un cielo negro despejado.

Posibilidades.