Katerina

James Frey · Capítulo 18 de 37

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Katerina

París, 1992

 

Mientras me dirijo a la Gare de Lyon, me imagino alguna escena sacada de una peli romántica cursi en la que estoy esperando de pie en el andén, y el tren está a punto de partir, y Katerina todavía no ha aparecido, y tengo un ramo de rosas en la mano, y escudriño la estación buscándola, y suena el silbato, y mi corazón empieza a hacerse añicos porque ella no se ha presentado, y mientras busco entre el gentío una última vez la veo y de pronto siento el corazón lleno y de una pieza y rebosante de emoción y alegría y literalmente dando brincos y la saludo con la mano y me sonríe y nuestras miradas se entrelazan y señalo al tren y le meto prisa y echa a correr y cuando llega al andén el tren arranca y seguimos sonriendo sin dejar de mirarnos y le meto prisa y mientras se acerca empiezo a avanzar por el andén para que cuando me alcance podamos correr juntos y cuando llega a mi altura sonrío y le digo hola y ella sonríe y me dice hola y le digo me alegro de que hayas venido y ella dice no me lo perdería por nada del mundo y corremos por el andén cogidos de la mano tratando de alcanzar la última puerta abierta del tren y corremos y sonreímos y reímos y agarramos la puerta y ella salta dentro justo cuando comienza a cerrarse y yo salto detrás justo antes de que se cierre y lo conseguimos y nos besamos y digo va a ser un fin de semana estupendo y ella sonríe y dice sí, el mejor, el mejor fin de semana de la historia, el mejor.

Pero no pasa. Entro en la gare, una gare preciosa como lo son todas las gares francesas, y busco el número de vía del tren de las 12.45 de París a Beaune, que es un pueblito de Borgoña. Encuentro el número y me dirijo hacia la vía, y allí de pie, juntos, charlando como amigos de toda la vida, están Philippe, su novia Laura y Katerina. Philippe me ve, se ríe.

¿Qué coño te ha pasado en la cara?

Me he peleado.

¿Con quién te has peleado?

Con cuatro tíos. En el Polly. A Omer le preocupaba que se pelearan entre ellos y le destrozaran el local.

El local ya está destrozado.

Supongo que le gusta como está. Me ofreció dos noches de bebida gratis si los sacaba a la calle. Así que lo hice.

¿Conseguiste atizarles?

A uno le di una patada en la espinilla.

¿Y ya está?

Sí.

Se ríen, Philippe mira a Katerina.

¿No te importa que te vean con él en semejante estado?

Tengo un tajo encima del ojo izquierdo, a la virulé. Un moratón en el costado derecho de la mandíbula. Los brazos, el pecho, la parte de atrás de las piernas y el culo están cubiertos de magulladuras, aunque no se me ven. Katerina me abraza.

Me gusta un poquito magullado. Está más tierno.

Se ríen, Laura me da un abrazo cariñoso y un besito en la mejilla, caminamos por el andén y subimos al tren, sin prisas, sin carreras, sin ningún momento triunfal al salvar el vacío. Recorremos el pasillo, Philippe ha comprado los billetes y tenemos cuatro asientos juntos separados por una mesita. Por el camino he comprado cuatro botellas de vino barato, una baguette. Laura ha preparado algo de comer, sándwiches poulet, un poco de delicioso queso apestoso, paté. Lo disponemos todo sobre la mesa.

¿Sin vasos?

He prestado mis copas de cristal al Louvre para una exposición, me ha sido imposible traerlas.

Venden vasos de papel, sabes, y también de plástico.

Cojo una botella.

Es más divertido a morro.

Laura me pasa el sacacorchos, sonrío, alzo la botella.

Es de rosca.

Gruñen, se ríen. Desenrosco el tapón, sostengo la botella en alto.

¿Quién va primero?

Katerina me señala.

Tú, para ver si te mata.

Sonrío, bebo un trago largo, es fuerte, vino peleón. Un poco amargo y quema al bajar, pero contiene alcohol, así que por mí bien. Sonrío.

Puro veneno, pero tendríais que beberos varios litros para morir.

Se ríen, abrimos las otras botellas, comenzamos a comer, aunque Katerina no toca la comida. Laura y ella hablan de ropa, de diseñadores, Katerina conoce toda clase de cotilleos, ha desfilado para muchos diseñadores que le gustan a Laura y ya está contratada para los desfiles de otoño, que se organizan a finales de septiembre. Hace uno o dos al día y las semanas previas apenas come nada para estar delgada, se pone esa ropa espectacular, la peinan y la maquillan, desfila, ella lo llama pavonearse, y recoge los cheques. Dice que con la pasarela no se gana mucho, pero ayuda a conseguir trabajo en publicaciones, que pagan muy bien, y en campañas con diseñadores casi de primera fila, que pagan extremadamente bien. Cuenta que tiene un par de amigas modelos, pero que en general es un oficio despiadado y competitivo y que las otras modelos pueden ser despiadadas y competitivas, y que ella se comporta bien con todo el mundo, pero en general evita complicaciones. Quiere trabajar, ganar dinero, ahorrar, llevar ropa bonita, joyas bonitas, costearse viajes espontáneos y carísimos, beber champán, esnifar cocaína, bailar, follar, hacer todo lo que no debería hacer, pasar momentos magníficos, insuperables, momentos que recordará cuando sea vieja y ya no pueda andar y sus nietos estén hartos de oírla rememorar todos esos momentos maravillosos, quiere ser libre, sin cargas, liberada, independiente, vivir y sentir y trabajar a placer, todo lo libre que debería ser y puede ser una chica de veintiún años que vive en París y se gana bien la vida, quiere disfrutar todo lo que pueda durante todo el tiempo que pueda, ver adónde la lleva la vida, quizá a casa, quizá a otra parte, quizá se quede en París, quién sabe. Philippe, que ha estado leyendo un plan de negocios, olvidando temporalmente su curro de basurero y retomando su papel de heredero del negocio familiar, levanta la vista.

¿No quieres casarte con Jay?

Katerina se ríe.

No quiero casarme con nadie.

Laura quiere casarse conmigo.

Katerina mira a Laura.

¿De verdad?

Laura sonríe.

No será siempre basurero.

Philippe levanta el plan de negocios.

Once meses más.

Katerina sonríe.

¿Boda, niños, el paquete completo?

Philippe asiente.

Si ella está de acuerdo…

Katerina mira a Laura, que sigue sonriendo.

Todo a su debido tiempo.

Philippe deja el plan.

Pero antes de eso necesito correrme unas cuantas juergas.

Katerina se ríe.

Con Jay.

Philippe asiente.

Sí, con Jay. Es un puto profesional de la juerga.

Me río.

No soy un puto profesional de nada. Nunca lo he sido y nunca lo seré.

Katerina me da un puñetazo en el brazo.

A que es mono. El rebelde sin causa.

Me río.

Tengo una causa.

Philippe y Katerina dicen a la vez

Incendiar el mundo.

Me río.

Escribir libros que incendien el mundo.

Laura habla.

¿A qué te refieres con eso de incendiar el mundo?

A escribir libros que cambien a la gente. Lo que piensan, sienten y viven. Cómo ven el mundo, cómo se ven a sí mismos. Libros que se les encaren. Libros que les asusten. Que hagan que odien el libro o lo adoren. Libros que obliguen a la gente a posicionarse, que den ganas de quemarlos y prohibirlos, o de amarlos y defenderlos. Libros que dividan. Libros que hagan que el mundo sea irrevocablemente distinto a como era antes de ser escritos. Libros que hagan historia porque han cambiado el mundo.

Philippe se ríe.

Nunca te había escuchado decir tantas frases de un tirón.

Katerina se ríe.

Ojalá lo hiciera más a menudo.

Laura me mira.

¿De verdad piensas que puedes conseguirlo?

En cada generación alguien lo consigue. ¿Por qué no yo?

¿Y si no lo consigues?

Lo conseguiré.

Pero y si no.

Tengo fe en mí. No sé por qué, pero es así. Y voy a conseguirlo, no me cabe duda.

Pero y si no.

Entonces moriré intentándolo, y no lo lamentaré.

Laura sonríe.

Me gusta.

Gracias.

Hasta puede que lo consigas.

Sonrío.

Voy a conseguirlo.

Katerina alza su botella.

Por incendiar el puto mundo.

Todos alzamos nuestras botellas, decimos

Por incendiar el puto mundo.

Y bebemos

Bebemos

Bebemos.

Por incendiar el puto mundo.

El trayecto dura poco más de tres horas. Laura y Katerina siguen charlando, Philippe vuelve a su plan de negocios, yo leo Les Miserables, una obra de Broadway mala y sensiblera, pero un libro sorprendente y colosal. Llegamos a una linda población francesa con una boulangerie, una boucherie, una pâtisserie, una bodega, una librería, un par de restaurantes. Cogemos un taxi hasta un pueblo más pequeño que tiene más o menos las mismas cosas. Paramos frente a un grupo de edificios de piedra caliza, una especie de complejo de mini-châteaux, en las afueras del pueblo. Parecen tener unos doscientos años, se ven un poco maltrechos, como si alguna vez hubieran sido bonitos y pudieran volver a serlo. Cuando nos apeamos, Philippe blande en alto el plan de negocios.

Mi familia está pensando en comprar este lugar. Se supone que estamos aquí de incógnito. Venimos a comprobar si el hotel está bien, si el restaurante es bueno, si el vino se deja beber. No me llaméis por el apellido mientras estemos aquí.

Me río.

En plan espías.

Asiente.

En plan espías de superhotel.

Katerina habla.

¿Puedo matar a alguien? Como los espías de verdad.

Philippe me señala.

A ese. Si descubre mi tapadera. Te lo cargas.

Nos reímos, cruzamos la entrada del hotel, nos registramos. Philippe da un apellido falso y me entran ganas de reír, pero me reprimo. El interior del hotel es igual que el exterior, probablemente fue bonito, podría volver a serlo, un tanto deteriorado y necesitado de cuidados. Subimos a las habitaciones, quedamos para cenar en el restaurante dentro de unas horas. En cuanto cerramos la puerta de la habitación, Katerina y yo nos abalanzamos el uno sobre el otro, labios lenguas manos cuerpos ropa fuera follamos contra la pared, en la mesa, en el suelo, en la cama, después de corrernos me quedo empalmado dentro de ella besándola acariciándola despacio con los ojos abiertos al cabo de unos minutos volvemos a follar otra vez en la cama, despacio y hondo me adentro en ella todo lo que puedo me quedo ahí lentamente empujo mis caderas contra ella nos corremos de nuevo, me quedo empalmado dentro de ella, me quedo empalmado dentro de ella.

Echamos cuatro polvos antes de cenar.

Nos duchamos juntos.

Caminamos hacia el restaurante cogidos de la mano.

La cena es divertida. La comida es mediocre. El vino está delicioso. Bebo demasiado. También Katerina. También Philippe. Laura es la única de nosotros que no se vuelve loca. Casi se pasa bebiendo, pero sabe que tendrá que ayudar a Philippe a regresar a la habitación, de modo que frena mucho antes que el resto. Tomamos postre. Crème brûlée. Me encanta la crème brûlée, aunque esta no es mejor que la que te sirven en Estados Unidos. Y está demasiado requemada por encima, la crème no es lo bastante cremosa. De todos modos me zampo tres. Estoy cansado y hambriento después del viaje y el folleteo del día, todavía me duele el cuerpo de la paliza, Philippe paga la cuenta y volvemos a las habitaciones. Mientras estoy frente al lavamanos cepillándome los dientes Katerina se me acerca por detrás, me abraza.

¿Listo para follar un poco más?

Estoy cansado.

Es la primera vez.

¿Qué?

Que un hombre no quiere follarme.

Me río.

Sí que quiero, pero estoy cansado y borracho y me duele todo el cuerpo.

Me besa en el cuello.

Tengo el remedio.

¿Sí?

Sí.

Se aparta, me coge de la mano, me lleva fuera del lavabo, sobre la mesilla de cristal a los pies de la cama esperan dos largas rayas de cocaína. Sonrío y de inmediato se me acelera el corazón, si fuera un perro empezaría a babear.

¿De dónde la has sacado?

Soy modelo en París.

¿Es buena?

Magnífica.

¿No la porquería de la estación de Saint-Denis?

Soy modelo en París, Jay. ¿Crees que me meto basura?

No.

No, no lo hago.

¿Nos colocamos y follamos toda la noche?

Esa es la idea.

Busco los pantalones, saco un fajo de francos, aparto uno y lo enrollo en forma de tubo. Me arrodillo frente a la mesilla, Katerina se arrodilla a mi lado, le ofrezco el billete.

¿Las damas primero?

Quiero ver cómo te la metes.

Con mucho gusto.

Me introduzco el billete en un agujero de la nariz me aprieto el otro para cerrarlo me inclino coloco el billete al principio de la raya inhalo. El polvo avanza rápido y sin problemas por el tubo y hasta mi nariz, pica quema muy ligeramente químico muy ligeramente amargo. Mi corazón empieza a acelerarse. Cierro los ojos respiro hondo. El corazón desbocado. Desaparece de mi interior hasta el último ápice de inseguridad, hasta el último ápice de duda. El corazón desbocado. Abro los ojos todo es más brillante, más claro, más nítido. El corazón desbocado. Miro a Katerina que de algún modo está aún más guapa, sin maquillar y con la melena caoba por todas partes ojos castaños claros y pecas y labios de algún modo más guapa. El corazón desbocado. Sonríe.

¿Buena?

Sí.

¿Como te había anunciado?

Mejor.

Me alegro.

Y yo.

Sonríe acepta el billete se mete media raya y follamos en el suelo follamos más en la cama follamos más en la ducha follamos más tomamos un baño y jugueteamos el uno con el otro follamos más y salimos a dar un paseo por los terrenos del hotel hasta un viñedo y encontramos un risco y nos sentamos y contemplamos la salida del sol regresamos al hotel y volvemos a follar en la cama follamos otra vez.

Nos quedamos dormidos abrazados, el sol está alto y los pájaros cantan, nos quedamos dormidos abrazados y el sol está alto y los pájaros cantan.

 

Al cabo de dos días Philippe y Laura se marchan de Puligny-Montrachet. Laura tiene trabajo y Philippe tiene basura que recoger. Y ha completado su misión, ha visto el hotel, puede informar a su familia, opina que deberían comprarlo y reformarlo y dejarlo bonito.

Katerina y yo nos quedamos una semana.

Trasnochamos.

Tomamos café en la cafetería local cada tarde.

Leemos.

Paseamos por el pueblo entre los viñedos por los caminos sencillos paseos por el campo a veces cogidos de la mano hace calor es simple y relajante y está bien, a veces entrechocamos las caderas o los hombros es jugar y tontear y es bonito y está bien, a veces hablamos mantenemos largas conversaciones sobre libros y arte o sobre cómo vivir y por qué vivir son intensas y apasionadas y provocadoras y están bien cada minuto cada hora cada día que pasamos juntos están bien, bien, bien.

A veces comemos en el restaurante del hotel, a veces vamos a uno de los del pueblo, a veces no comemos, nos quedamos en la habitación y nos colocamos y follamos, una y otra vez, una y otra vez, nos quedamos en la habitación y nos colocamos y follamos una y otra vez.

Intento escribir, pero no puedo. Siempre que Katerina está cerca quiero hablar con ella, escucharla, tocarla, besarla, abrazarla, dejar que me abrace, mirarla a los ojos, verla sonreír y escuchar su risa, penetrarla, sentir el latido de su corazón y sentir el latido del mío, siempre que está cerca de mí no puedo pensar ni sentir ni experimentar nada salvo ella quizá sea por la novedad quizá se me acabe pasando pero ahora es real y es maravilloso y es abrumador y está bien.

Agosto se convierte en septiembre nada me espera en París, ni en ninguna otra parte, pero a Katerina sí. Le digo que no deberíamos volver nunca deberíamos buscar una cabaña por los alrededores una cabañita para los dos y se ríe y dice que tiene que irse nada me espera en París pero a ella sí.

La última noche salimos a cenar bebemos champán brindamos sonreímos flirteamos jugueteamos con los pies nos cogemos de la mano y entrechocamos las caderas al andar cuando llegamos al hotel nos metemos las dos últimas rayas compartimos la última botella de champán y follamos toda la noche nuestros labios y nuestras lenguas y nuestras manos y nuestros ojos todo duro y mojado y hondo una y otra vez y otra vez. Me duermo dentro de ella no quiero irme nunca me duermo abrazado a ella no quiero irme nunca me duermo con el corazón acelerado no quiero irme nunca. Dijo que no podíamos decir te quiero y no lo diré pero lo sé.

Lo sé.

Lo sé.

Te quiero.

 

Nos despertamos y dejamos el hotel. Katerina quiere pagar la cuenta, la pago yo aunque no puedo permitírmelo. El hotel nos pone un coche hasta la estación y los dos nos dormimos en cuanto arranca el tren. Me despierto justo antes de llegar a París, tengo un café esperándome, Katerina sonríe, habla.

Hola.

Hola.

Casi estamos en casa.

¿Cuánto falta?

Poco.

¿Poco como una hora o poco como ya?

Unos quince minutos.

Mierda.

Se ríe.

¿Ya no te gusta París?

No tiene nada que ver con París.

¿No quieres separarte de mí?

No, no quiero.

Sonríe.

Qué mono, Jay.

Soy una monada, Katerina.

Un monstruo mono.

No te digo que no.

Parece que hayamos estado fuera una eternidad.

Hemos estado fuera una eternidad.

Más parecido a seis años que a seis días.

Ha sido un viaje alucinante, tierno, divertido.

Sí.

Sí.

Sonríe, sonrío.

Gracias por invitarme.

Gracias por aceptar.

Me alegro de haber venido.

Deberíamos repetirlo.

Quizá.

¿Quizá?

Quizá.

Seguro.

De momento nos despedimos.

¿Qué quieres decir?

Exactamente lo que he dicho. De momento toca despedirse.

Puedes despedirte por una hora, un día, un mes o para siempre.

Probablemente no será para siempre, aunque en el fondo nunca se sabe. Pero será por un tiempo.

¿Qué quieres decir?

Se ríe.

Exactamente lo que he dicho.

Creía que lo habíamos pasado bien.

Y así ha sido.

¿Entonces?

Lo bueno siempre acaba.

No lo entiendo.

Te dije antes de salir que había normas, y te dije que no te enamorases.

Me dijiste que no te dijera nunca te quiero.

Una cosa lleva a la otra.

No lo he dicho.

No pienso dejarme llevar a eso.

Demasiado tarde.

Tal vez para ti, pero no para mí.

Demasiado tarde.

No, para nada.

Sí.

Tú tienes libros que escribir y un mundo que incendiar, yo tengo ropa que ponerme y pasarelas por las que desfilar y fotos para las que sonreír y dinero que ganar.

No voy a impedirte hacer nada de eso, ni nada que quieras hacer.

No, claro que no.

¿Qué quieres decir?

Ya sabes lo que quiero decir.

Es demasiado tarde, Katerina.

Tal vez para ti, Jay.

Te he mirado a los ojos, y he notado cómo latía tu corazón, y he visto cómo te temblaban las manos, no finjas que solo me pasa a mí, joder.

¿De dónde soy, Jay?

De Noruega.

¿De dónde?

De Oslo.

¿De dónde?

No lo sé.

¿A qué se dedican mis padres?

No lo sé.

¿Todavía están casados?

No lo sé.

¿Cuántos hermanos tengo?

No lo sé.

Cuando era pequeña, ¿qué quería ser de mayor?

No lo sé, Katerina.

Médico, Jay. Quería ser médico.

Bien. Pues hazlo ahora. Ve a la facultad.

Soy del este de Oslo, de un sitio que se llama Grünerløkka. Mi padre trabajaba en una plataforma petrolífera en el mar del Norte y desapareció en un accidente cuando yo tenía catorce años. Mi madre nunca se ha recuperado, se pasa el tiempo mirando al océano y rezando para que vuelva mi padre. Mi hermano, que tiene dos años más que yo, quería ser abogado. Cuando tenía quince años y todavía estaba estudiando me descubrieron, me contrataron y me llevaron a París para convertirme en modelo a cambio de cincuenta de los grandes al año. Ahora gano bastante más, la mitad la mando a casa para mi madre y los estudios de mi hermano, y la otra mitad la guardo en una cuenta para no tener que casarme con algún ricachón viejo, tonto y pervertido cuando ya no pueda seguir trabajando de modelo.

Lo siento.

¿El qué?

No haber sabido nada de eso.

No te lo había contado.

Y siento mucho todo tu dolor.

Todos sufrimos.

Lo cual no quita que sienta tu dolor, y que desearía que no lo hubieras sufrido.

Gracias.

Nunca seré una carga para ti, ni te joderé los planes, ni me interpondré en tu camino.

Ya lo has hecho.

Mentira.

Y seguirás haciéndolo.

¿Cómo?

Un novio perjudica el negocio. A lo mejor si eres una supermodelo y te llueven los grandes trabajos no, pero no es mi caso, no es mi vida. Falta poco para los desfiles y es una de las dos épocas del año más ajetreadas. Debería estar reuniéndome con diseñadores, fotógrafos, directores de revistas y dueños de empresas, la mayoría de los cuales son hombres. Debería estar poniéndome las pilas y cerrando contratos, no follando contigo en un château desvencijado en mitad de la campiña.

Hace cinco minutos decías que te encantaba.

Y es verdad.

¿Entonces?

Entonces es probable que haya perdido un par de trabajos por las reuniones que he cancelado.

Lo siento.

No vuelvas a disculparte, no lo sientas por mí, joder.

Me quedo mirándola, no digo nada, solo la miro. Y el dolor, de ese que duele más que algo físico, empieza a envolverme. Proviene de dentro, de lo más hondo, quizá del corazón, quizá del alma, quizá del espíritu, quizá del cerebro, probablemente de todos ellos, un dolor pesado y aplastante y abrumador, del que empuja a la gente a la bebida, a quedarse semanas seguidas en cama, a agarrar un puto revólver y apretar el gatillo. Ella lo ve, lo nota, lo sabe, aparta la vista y mira por la ventanilla, ya estamos en París, entrando en la estación, la misma estación de la que partimos hace una semana. Aprieto la mandíbula, sacudo ligeramente la cabeza, intento no llorar. Mientras el tren aminora, Katerina vuelve a mirarme, ojos castaños claros como el cacao en los míos verde pálido, habla.

Dedica el tiempo a tus libros. Lee y ve arte. Vive tu vida loca y persigue tu sueño descabellado. Y por mucho que me gustaría formar parte de ello, eso no va a ser posible, Jay. No voy a formar parte de ello.

Entiendo.

Lo siento.

No lo sientas por mí, joder, Katerina.

Sonríe.

Esa frase es mía.

Si me la dices a mí, puedo usarla.

Se ríe, se levanta, se inclina, me besa en las mejillas, demorándose un momento en cada una, se aparta.

Incendia el mundo, Escritor.

Coge su bolsa y se aleja. La veo irse y aprieto la mandíbula y sacudo ligeramente la cabeza, intento no llorar.

Dolor.

Creciendo.

Envolviéndome.

Abrumándome.

Desde lo más hondo.

Intento no llorar.