Katerina

James Frey · Capítulo 29 de 37

Páginas del PDF

Katerina

Los Ángeles, 2017

 

¿Cómo te imaginas que será lo que te queda de vida?

No lo sé.

Si pudieras escribirla, ¿qué escribirías?

No lo sé.

Sí lo sabes.

Sí, probablemente.

Cuéntame.

Solo quiero paz. Querer a mi mujer y a mis hijos, hacer algo que me haga feliz, ser capaz de levantarme cada mañana y mirarme al espejo sin odiar lo que veo. Me importa un carajo el dinero o la fama o todo lo demás. Ya lo he tenido y me ha dejado vacío. Todavía me gusta escribir, el proceso en sí, sentarme a solas frente a una pantalla en blanco y pasarme el día o la noche o ambos juntando palabras en la pantalla, así que quizá intentaría escribir un par de libros más.

¿Sobre qué?

No lo sé.

¿Ninguna idea?

La verdad es que no.

¿Y eso?

No lo sé.

Sí lo sabes.

Siempre me preguntan cómo escribo los libros. Y siempre contesto que en realidad no lo sé. Que tengo libros dentro de mí, que crecen en mi interior y llega un punto en que me siento lleno de ellos y mi trabajo consiste en traducirlos. Que el proceso de escribir consiste simplemente en sacar lo que llevo dentro, en mi mente y en mi corazón, en mi alma, y hacerlo con la máxima fidelidad y precisión posibles. No preparo esquemas, nunca leo ninguno de los libros que he escrito y, excepto con el primero, nunca he permitido que los corrijan. En realidad no sé cómo pasa. Pienso y siento y pongo lo que pienso y siento y lo que llevo dentro en palabras sobre la pantalla y al final sale un libro. Y puede que se me ocurran ideas pero las ideas no sirven. Tengo que esperar a que el libro esté en mí. En su totalidad. Antes de empezar. Y ahora mismo no tengo ninguno.

Sí, lo tienes.

No.

Simplemente estás asustado .

¿Por qué lo dices?

Te conozco .

Tal vez.

Quieres paz y escribir te reporta paz, pero todo lo que has hecho y haces genera caos y dolor.

Desgraciadamente.

Deberías haberlo previsto .

¿El qué?

Que si incendias el mundo es muy probable que te quemes.

Siempre has sido más lista que yo.

¿Te dolió?

Mucho.

¿Todavía te duele?

Todos los días.

En realidad nunca hemos hablado de ello.

Si quieres preguntar, adelante.

¿Qué pasó?

Una pregunta complicada.

Dime la verdad, lo más simple que puedas.

Escribí un libro, se publicó, mentí.

¿Así de simple?

No.

Cuéntame la versión real.

Escribí el libro. Obviamente estaba basado en mi vida. Me tomé todo tipo de libertades. Cambié cosas, me inventé otras. Mi único objetivo era escribir el mejor libro que pudiera, romper el corazón de la gente, destrozarlos, conmoverlos profundamente como nunca se hubieran conmovido, hacerles comprender el dolor y el horror y la rabia y la pena y el odio hacia mí mismo que sentía siendo alcohólico y drogadicto. Conseguir que lo comprendieran. Llevarlos al infierno. Hacer que comprendieran el infierno. Mostrarles una salida. Cambiarlos de algún modo, de la misma manera en que los libros me cambiaron a mí. Quería que la gente lo amara o lo odiara. Escribirlo de tal manera que los confrontara, los ofendiera, los deleitara, los asustara, los obligara a posicionarse sobre lo que escribí y cómo lo escribí. Trabajé muy duro, invertí muchos sueños en él. Tenía un cartel en la pared enfrente de donde escribía en el que ponía Desnuda Tu Alma, y lo hice, joder si lo hice. Y creí en él, con todo mi ser. Pasaba de los treinta y mis amigos y mi familia pensaban que estaba loco. Era hora de rendirse. Pensaban que era un perdedor, un vagabundo. Que era hora de acabar con el numerito ese de Voy a ser un escritor famoso. Pero no lo hice. Desde el momento en que empecé a escribir aquel libro, lo supe.

¿El qué?

Que aquello estaba bien. Que lo había encontrado. Que iba a conseguirlo. De modo que perseveré. Escribí el puto libro. Recuerdo cuando lo acabé. En mitad de la noche. Llevaba un año trabajando en él. Estaba solo y cansado y estaba oscuro, serían las cuatro de la madrugada. Escribí la última palabra y me quedé mirándola y rompí a llorar. A sollozar. Hundí la cara en las manos y, probablemente durante una hora, me quedé allí sentado sollozando. Era el único al que le importaba, el único que creía, y después de tantos años lo había conseguido, había escrito un libro que no pensaba quemar ni arrojar al río. Después busqué un agente y lo presentamos a una editorial de postín como una novela, entonces alguien pensó que podía vender más ejemplares como unas memorias, me preguntaron si me parecía bien sacarlo así. Les dije que me daba lo mismo cómo lo publicaran, solo quería que lo sacaran. Cuando lo publicaron pregunté qué debía hacer respecto al hecho de que no todo lo que ponía en él fuera verdad, me respondieron que dijera que sí lo era. Así que lo hice. Era arrogante y orgulloso y creía en el libro, de modo que les seguí la corriente, mentí, me dejé llevar y mentí, joder, y el libro obtuvo un éxito fabuloso y seguí mintiendo. Odiaba hacerlo, y me odiaba cada vez que lo hacía, pero no sabía cómo parar.

Lo siento.

No lo sientas. Fue culpa mía. La cagué.

Aun así .

Aun así nada. Fue culpa mía. La cagué.

¿Y la tertulia televisiva?

Un regalo cojonudo y una puta pesadilla.

Ya me imagino.

Recuerdo cuando me enteré. Los productores telefonearon a mi editor, le dijeron que querían que apareciera en un programa sobre adicciones y me negué. Me consideraba escritor, no un especialista en adicciones. Quería que vieran el libro como una obra de arte, no como un libro de autoayuda. Así que me propusieron una charla por teléfono y no vi por qué no. Hacía tiempo que habían eliminado el club de lectura. No pensé siquiera que pudiera ser una posibilidad. A los dos minutos de conversación se puso la presentadora del programa y me dijo que quería reabrir el club, que estaba esperando dar con un libro lo bastante bueno para hacerlo, me preguntó si quería reinaugurarlo con ella. Me reí y acepté. Pensé que se vendería un millón de ejemplares más. Mi mujer y yo acabábamos de tener a nuestro primer hijo y ella había dejado el trabajo y la pasta extra nos vendría de perlas. Fui al programa. Mentí como un cabrón. El libro se disparó. Vendió cinco millones de ejemplares en Estados Unidos en tres meses, cinco millones más en el extranjero. No podía salir a la calle sin que me pidieran un autógrafo o una foto, recibía miles y miles de cartas y correos electrónicos, me convertí en el chico del póster de los centros de rehabilitación, una puta mierda. El libro no era un libro. Era una especie de evangelio. La gente creía que yo tenía respuestas que en realidad no tenía. Solo soy un escritor. Y escribí un libro. Así de simple.

Hasta.

Hasta.

Hasta que.

La cosa reventó. En cierto modo supuso un alivio, en cierto modo fue una pesadilla, en cierto modo un sueño hecho realidad. Ya no tenía que mentir más, lo cual fue un alivio. Los medios de comunicación me odiaban y me acosaban, la presentadora me gritó, recibí quinientas amenazas de muerte y presentaron diecinueve demandas contra mí, lo cual fue una pesadilla. Me convertí en el escritor más controvertido del mundo, el que creaba más divisiones y polarizaciones, lo cual fue el sueño hecho realidad. Y el libro seguía vendiendo. Millones de ejemplares, a la gente parecía importarle un carajo que fuera verdad o no. Todo era surrealista y extraño y aterrador y emocionante. Y redujo el libro a lo que pretendía ser desde el principio. Un puto libro. Léelo como tal. Ámalo u ódialo. Adóralo o tíralo a la puta basura. Júzgalo como una obra de arte concebida para romper normas y convenciones y tradiciones, júzgalo como te venga en gana. Y me proporcionó la libertad para hacer y escribir lo que se me antojara. Y eso hice, y todos los libros vendieron la hostia de ejemplares y recibieron la hostia de atención y todos resultaron controvertidos y dividieron y polarizaron. Pero la libertad para escribirlos se cobró su precio. Resultó doloroso, vergonzante y estúpido. Y nunca comprendí cuánto dolía que la gente te odiara y odiara lo que hacías, cuánto dolía que te insultaran y te llamaran mierda. Nunca comprendí que el sueño tenía un reverso, que era la pesadilla. Nunca imaginé la factura que me pasaría. Y el destrozo que provocaría. Con el editor, con la gente que iba a convertirlo en una película, con la gente que había creído en el libro y en mí, con la presentadora del programa. Y todo podía haberse evitado. No necesitaba mentir. No debería haber mentido. Me equivoqué al mentir. Fue un error garrafal, un error del carajo. Que lamento profundamente. Que cambiaría si pudiera. Que me atormenta todos los días.

¿Volviste a ver a la presentadora?

Nos hemos encontrado varias veces a lo largo de los años. Me sonríe y es muy educada, pero noto que me odia, noto que se arrepiente de haberme conocido, y la verdad, no la culpo.

Todos cometemos errores, Jay .

Y todos deseamos poder volver atrás y corregirlos.

Quizá surja la ocasión .

Muy considerado por tu parte, pero no pasará. Y eso es lo que jode de envejecer. Los errores se amontonan, los arrepentimientos se amontonan, los destrozos se amontonan. Y mis montones son bastante altos. Y no puedo hacer una mierda con ninguno.

Nunca se sabe.

Yo sí, yo lo sé.

No lo sabes .

Te toca.

¿Qué me toca?

Escribir el final de tu vida.

Ja.

¿Ja?

No .

¿Por qué?

Hoy no.

¿Por qué?

Estoy cansada .

Cuéntame.

Pronto, Jay. Pronto.