Katerina
Zúrich, 2017
Aterrizo Katerina me envió la dirección durante el trayecto. El vuelo ha sido largo he leído un rato he dormido la mayor parte del tiempo. El aeropuerto está limpio es moderno eficiente todo lo bonito que puede ser un aeropuerto, aduanas es un trámite rápido simple y sencillo. Subo a un taxi me dirijo a la ciudad.
Zúrich es bonito. Claro limpio cielo azul luminoso un anillo de montañas en la lejanía. Edificios salidos de un cuento de hadas mezclados con monumentos de cristal y acero al dinero y la discreción. Hace frío y el aire es cortante voy sentado en el taxi mirando por la ventanilla. Estoy nervioso y emocionado hace mucho tiempo casi veinticinco años mucho tiempo. Me pregunto qué es lo que quiere qué aspecto tendrá si es la misma persona que recuerdo si es la persona que imagino si es la persona que tengo en mi mente la persona que llevo en mi corazón la persona que entró a formar parte de mi alma y ahí sigue. Me pregunto si seguirá teniendo el pelo largo si ha envejecido aunque lo dudo, me pregunto si sus ojos seguirán brillando cómo me sentiré cuando miren a los míos. Dejamos atrás restaurantes cafeterías bancos casas bloques de pisos tiendas hoteles iglesias no hay mucho tráfico el trayecto dura treinta minutos. El taxi se detiene ante una casita rodeada de más casas y tiendas, con una cafetería en la esquina. Pago al taxista le doy las gracias me apeo camino un corto trecho hasta la puerta principal llamo al timbre espero.
Contesta un hombre. Es más o menos de mi edad con el pelo corto pantalones bien planchados una camisa de vestir metida por dentro lleva un estetoscopio colgando del cuello sonríe.
Hola.
Hola.
¿En qué puedo ayudarle?
Estoy buscando a una amiga.
¿Cómo se llama su amiga?
Katerina.
¿Es usted Jay?
Sí.
Entre, le está esperando.
Abre la puerta entro. La casa es sencilla humilde nada recargada hay un pasillo central un salón un comedor pequeño una escalera. El hombre me conduce por el pasillo hacia el fondo de la casa pasando por delante de varios cuartos con las puertas cerradas se para frente a la última la señala me acerco y llamo. Oigo su voz
¿Quién es?
Sigue siendo la misma sonrío, sigue siendo la misma oigo su voz y sonrío respondo.
Jay.
Pasa.
El corazón a cien sonriendo algo desconcertado por la casa y el hombre, cojo el pomo lo giro entro en la habitación. Es amplia y luminosa, con dos butacones, una cama pequeña una mesilla de noche al lado con un vaso de agua y dos vasitos de plástico, un gran ventanal con vistas al lago Zúrich impresionante y sereno y calmo y hermoso. Katerina está sentada en una de las butacas. Se la ve demacrada, flaca como un palillo, se le marcan los pómulos y la mandíbula. La melena ha desaparecido lleva un pañuelo Hermès de seda en la cabeza, lo cual me hace sonreír. Sus brazos también han desaparecido tan flacos tan frágiles una manta le cubre el regazo. Sus ojos sin embargo, sus ojos están vivos y brillan y centellean, castaño claro como el cacao, y luce una sonrisa grande y amplia y sincera. Obviamente está enferma, increíble y terminalmente enferma. Mi corazón se rompe y da un vuelco al mismo tiempo han pasado casi veinticinco años sus ojos centellean su sonrisa grande y amplia y sincera, pero se está muriendo. Mi corazón se rompe y da un vuelco al mismo tiempo no es para nada lo que me esperaba, en ningún momento, sigue siendo hermosa pero está tan enferma que mi corazón da un vuelco y se rompe habla.
Cuánto tiempo, Escritor.
Me río, me muerdo el labio, reprimo el llanto, me tiemblan las manos.
Hola, Modelo.
Me señala la butaca de enfrente.
Siéntate un rato conmigo.
Asiento, me muerdo el labio, reprimo el llanto, me tiemblan las manos me siento. Sonríe y nuestras miradas se encuentran castaño claro y verde pálido. Permanecemos sentados en silencio mirándonos, mirando dentro del otro, dentro de nuestros corazones y almas y espíritus, dentro de nuestra historia y nuestro pasado, dentro de este instante, dentro de nuestro amor, todavía la quiero y todavía siento su amor y ella lo ve en mis ojos y yo lo veo en los suyos. Sentados y mirándonos. Un minuto dos tres cuatro cinco no sé cuánto tiempo pero parece una eternidad, y una eternidad que aceptaría feliz y contento, una eternidad que perdí no sé cómo y ahora he encontrado, para siempre. No me muevo ni aparto la mirada, no me hace falta, veo sus ojos y sé que ella ve los míos, y en este momento es todo cuanto quiero y necesito, sus ojos. Cinco minutos seis no lo sé sonríe y respira hondo y busca mi mano, la suya es tan frágil, tan delgada, toda piel y huesos, habla.
Gracias por venir.
Me alegro de haber venido.
¿Sí?
Estoy algo confuso, pero contento, sí. Y de pronto, también increíble y jodidamente triste.
Te busqué cuando me puse enferma.
¿Qué tienes?
Cáncer.
¿De qué tipo?
Del malo, del terminal.
Me río, sonríe.
Sigo siendo divertida.
Sí.
Siento no habértelo dicho.
Estás en tu derecho.
Cuando te escribí no sabía si me responderías, o si me mandarías a paseo, o si seguirías enfadado conmigo, y cuando empezamos a hablar no quise enturbiar nuestras conversaciones. Quería que fueran puras, sinceras, quería que pensaras en mí tal como me recordabas, quería que pensaras y sonrieras y recordaras.
Lo hice, lo he hecho, lo hago.
¿Y?
¿Y qué?
¿Bien o mal?
Sonrío.
Casi todo maravilloso, realmente, realmente maravilloso, muy poco de lo demás.
Salvo.
Olvídalo, son tonterías.
Todos cometemos errores.
Desde luego.
Otra de las razones por las que quería verte.
¿Cuántas eran?
¿Las razones?
Sí.
Quería mirarte a los ojos y ver si detrás de ellos seguías siendo el mismo.
Tú sin duda lo eres.
Tú también.
Tus ojos siempre han sido mi parte favorita de ti.
Se ríe.
No me lo creo.
Es verdad.
Pues no era la parte a la que prestabas más atención.
Me río.
Era joven, retozón.
¿No supiste hacerlo mejor?
Sí, y tanto que supe.
Se ríe.
¿Podemos ceñirnos a mis razones?
Claro.
Quería despedirme.
Yo no quiero.
Vas a tener que hacerlo.
No.
Sí.
Quería que vieras esto, y que supieras que lo he llevado casi toda mi vida.
Se mete una mano por dentro de la camisa saca el colgante, todavía reluciente, todavía brillante. Sonrío, una sonrisa grande y sincera.
Míralo.
Sí.
Todavía reluciente.
Se ríe.
Es la cosa más bonita que ha hecho nunca nadie por mí.
No me lo creo.
No tenías dinero, no podías permitírtelo, ya estábamos juntos así que no lo hiciste porque quisieras conseguir nada con él, fue algo puro, y lo hiciste por la única razón de que me querías.
Todo eso es verdad.
Se lo quita.
Quiero devolvértelo.
Me lo tiende.
No.
Tómalo.
Fue un regalo, puro, porque te quería, no pienso aceptarlo.
Me coge la mano, deposita el corazón centelleante en la palma, cierra mi mano en torno a él.
Quiero que forme parte de nuestra historia familiar.
El corazón me da un vuelco y se rompe al mismo tiempo.
¿Qué quieres decir?
Da un vuelco y se rompe, no estaba mintiendo.
Creo que ya lo sabes.
¿Tuviste un hijo?
Sí.
¿Un hijo nuestro?
Sí.
Petra…
Cuando te fuiste la primera vez se me ocurrió la idea. Te encontraría y te diría que estaba embarazada para que volvieras. Se lo conté a Petra y pensó que nunca me había oído decir nada tan descabellado, y eso que yo solía decir cosas muy locas. Cuando resultó que sí que estaba embarazada no me creyó. Y cuando me pediste que me hiciera la prueba me cabreé tanto contigo por no creerme, y con ella por contártelo, y conmigo por todo lo que había pasado, que lo único que quería era largarme. Dejé París y volví a casa. Y tuve un bebé. Nuestro bebé. Un bebé precioso. Mi madre me ayudó y en muchos sentidos aquello la salvó, al menos durante un tiempo. Me casé y tuve otro hijo. Se han criado juntos, aunque saben que el primero es de otro padre, de alguien de mi pasado de quien preferiría no hablar.
Da un vuelco y se rompe
Lo siento mucho.
Da un vuelco y se rompe
No lo sientas.
Da un vuelco y se rompe
Siempre me pregunté qué habría sido de ti, y traté de encontrarte.
Lo sé, pero me escondí bien.
Lo siento mucho.
Éramos jóvenes y la cagamos, los dos.
Aun así lo siento. Lo siento muchísimo.
Hace poco le conté a nuestro bebé, nuestro precioso bebé, que ya tiene veinticuatro años, quién eres. Le di la opción de conocerte, de que os vierais, de que formes parte de su vida.
Da un vuelco y se rompe.
¿Es chico o chica?
Si quieres averiguarlo lo sabrás.
Sí quiero.
Sonríe.
Es lo que yo pensaba.
Sí quiero.
¿Sabes qué es este lugar?
Creo que sí.
Lo sabes.
Sí.
Aquí es legal, y ya me ha llegado la hora, no hay esperanza y la cosa solo puede empeorar.
No.
Ya me he despedido de todos. Tú eres el último. Vas a darme un abrazo, y si quieres un beso, y vas a dejarme mirarte a los ojos una última vez y después te irás.
No.
Voy a meterme en esa cama y a tomarme las pastillas de esos dos vasitos y a marcharme a donde sea que vayamos después.
No.
Y si quieres conocer a nuestro hijo, tendrás que salir de aquí e ir a la cafetería de la esquina, donde está nuestro hijo, nuestro precioso hijo, esperando para conocerte.
Me echo a llorar.
Sí quiero.
Te quiero, Jay. Creo de todo corazón que volveremos a vernos, adondequiera que vayamos después, y que seremos amigos y nos reiremos de los viejos tiempos y me pondrás al día de la vida de nuestro hijo.
Lloro.
¿Estás listo?
No.
Yo sí.
No.
Ven.
Se levanta y la manta cae al suelo y veo lo débil que está, lo enferma, lo cerca que está del final. Me levanto y me acerco y la rodeo con los brazos, la atraigo con delicadeza, la abrazo con suavidad, siento el latido de su corazón contra mi pecho, espero que ella sienta el mío. La escucho respirar apoya la cabeza en mi hombro, la cabeza en mi hombro como hacía cuando éramos jóvenes, cuando estábamos enamorados, cuando creíamos, cuando albergábamos esperanzas y sueños, cuando teníamos toda la vida por delante, toda nuestra vida todavía por delante. Retrocede despacio posa sus manos en mis mejillas y me mira a los ojos castaño claro como el cacao en verde pálido, nos miramos, nuestras miradas se encadenan una última vez, una última vez, una última vez. Sonríe, se inclina hacia delante y susurra
Te quiero, Escritor.
Y yo sonrío y susurro
Te quiero, Modelo.
Y me besa suave, delicada, dulcemente en los labios, suavemente delicadamente dulcemente. Se aparta y vuelve a sonreír y señala hacia la puerta.
Vete.
Empiezo a llorar.
Hay alguien que está esperando para conocerte.
Las lágrimas resbalan por mis mejillas.
Nuestro precioso hijo está esperándote.
Me muerdo el labio, asiento, dejo correr las lágrimas, sostengo en mi mano el centelleante corazón de diamantes todavía en mi mano.
Ve.
Camino hacia la puerta ella va hacia la cama. Abro la puerta veo cómo se mete en la cama se desliza bajo las mantas. Me quedo en el umbral y la miro, levanta la vista y sonríe.
Te quiero, desde el primer momento, todo este tiempo te he querido y todavía te quiero.
Lloro.
Y yo a ti, mucho, muchísimo.
Sonríe y señala.
Y ahora vete, Jay, o salgo de la cama y te echo a patadas.
Sonrío, me muerdo el labio, asiento, dejo correr las lágrimas. Doy un paso atrás, la veo coger las pastillas, no quiero ver cómo se las toma, cierro la puerta, me quedo mirándola, sin creerme lo que acaba de pasar, lo que está pasando, lo que está haciendo, lo que voy a hacer, conocer a nuestro hijo mientras ella se muere, conocer a nuestro hijo mientras Katerina se muere. Me quedo mirando fijamente la puerta quiero volver a entrar y decir algo más, disculparme más, que me escuche y comprenda cuánto lo lamento, pero sé que quiere irse a su manera. Siempre ha sido así. Le gusta hacerlo todo a su manera. De modo que me alejo despacio, enfilo el pasillo sin dejar de mirar fijamente la puerta hasta que llego al final, respiro hondo, me muerdo el labio, asiento, dejo correr las lágrimas, miro fijamente la puerta, y doy media vuelta y salgo de la casa. El cielo está despejado y claro y azul brillante. Veo la cafetería de la esquina. Katerina se va a su manera. Algún día yo me iré a la mía. Y creo de todo corazón que volveremos a vernos, adondequiera que vayamos después, y que seremos amigos y nos reiremos de los viejos tiempos y la pondré al día de la vida de nuestro hijo.
La vida de nuestro hijo.
Te hablaré, Katerina, de la vida de nuestro hijo.
Terminaste Katerina
James Frey
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