Katerina
Londres, 1993
Mi vida aquí es simple. Vivo con dos mujeres ambas grandes amigas comparten un dormitorio yo duermo en el sofá. Es un sofá grande blando y cómodo cuando me acuesto se hunde y me devora. Tengo un edredón cálido y una almohada gigante. El piso está en una callecita llamada Tamworth cerca de un cementerio y una estación de metro, en la tienda de la esquina venden cerveza y tabaco y chocolatinas. Mantenemos la casa bastante limpia una cocina pequeña, una mesa y cuatro sillas, mi sofá, un televisor. Mis amigas Anna y Amy vinieron para escapar de la máquina en América, las dos tienen permiso de trabajo, las dos tienen empleos sencillos de oficina. Ambas estaban estudiando aquí el primer curso de universidad y querían regresar, tampoco se quedarán para siempre, de momento están felices yendo a trabajar después del trabajo salen se divierten juntas, se ríen y sonríen y brindan, lo único que les interesa es pasarlo bien. Yo trabajo de asistente personal en una productora. Me enchufó un amigo de Estados Unidos trabajo en negro cobro en metálico al final de la semana, no es mucho pero me basta. Paso los días llevando cafés a productores y directores, sirviéndoles la comida, haciéndoles recados. Es simple y fácil y no hay que pensar voy a donde me mandan, hago lo que me mandan, por el momento me está bien. Escribo por la noche, normalmente dos o tres horas antes de empezar a beber. Algunas noches bebo en casa un par de botellas de vino barato o unas cuantas cervezas, otras noches quedo con Anna y Amy en un pub me río y sonrío y brindo con ellas, y otras salgo solo encontré un bar donde venden MD 20/20, conocida como Mad Dog en América y que yo llamo Billete Lila al Infierno, algunas noches valido el billete y me reencuentro con mis viejos amigos la Señora Oscuridad y el Señor Olvido. Londres es una buena ciudad para ser alcohólico. Hay pubs por todas partes y todos cierran a las once. Puedes vagar toda la noche y todo está cerrado, salvo las grandes discotecas del centro, que no me interesan. Me emborracho y a las once y media estoy en cama, puedo levantarme al día siguiente y llegar a mi tontería de trabajo.
Pienso en París constantemente. Pienso en los sitios que me gustan, la gente que me gusta, las calles que me gustan, el aire que respiraba en París el aire que me daba la vida, el aire me daba la vida. Pienso en Louis aullando al cielo, pienso en Omer burlándose de los borrachos del Polly, pienso en Philippe recogiendo basura y cenando con Laura y escapándose de vez en cuando para irse de farra. Pienso en el Bar Dix y el Stolly’s y la Shakespeare and Company los libros hermosos y la hermosa gente perdida que cruza esas puertas. Pienso en La puerta y Olympia la película de Picasso pintando y los gilipollas imbéciles sacando fotos de La Mona Lisa falsa, pienso en el café del Flore y los bocadillos de la Maison de Gyros y los filetes de Lipp. Pienso en los puentes y los parques y los monumentos y las plazas y las iglesias y catedrales, pienso en el Sena, lento y pesado y eterno, silencioso e imponente, completa y absolutamente dominante, aparentemente quieto pero no, repleto de 2.300 años de esperanzas y oraciones, de amor y vida y muerte y, desgraciadamente, de varios cientos de páginas escritas por mí. Cuando pienso en París, pienso en Katerina. Me pregunto dónde está, qué está haciendo, si es feliz, si está sonriendo y riendo y espero que sí.
Me la imagino leyendo en la cama.
Preparando café.
Paseando por Le Marais.
Corriendo a una reunión o un casting, volviendo tranquilamente a casa.
Me la imagino contemplando un cuadro, con alguna opinión rara, inesperada y asombrosa en la punta de la lengua. Me la imagino hojeando revistas en los quioscos, libros en el Quay, pinturas en los tenderetes. Me la imagino bebiendo champán y charlando con Petra, me la imagino sentada en una cafetería soltando comentarios ingeniosos, me imagino su melena pelirroja al viento, me la imagino sentada en el metro tarareando una canción. Me imagino su sonrisa, la sonrisa que vi la cosa más bella que he visto en la ciudad más bella y más civilizada del mundo, espero que ahora esté sonriendo y espero que sea una sonrisa grande y feliz y sincera.
Y por mucho que desee que algún día encuentre la felicidad y la alegría y la paz que busca, ahora no quiero pensar en ella. Quiero olvidarla. Quiero desprenderme de los recuerdos todavía la saboreo y la huelo y a veces me despierto buscándola a mi lado. Cada vez que pienso en ella me duele. Cada vez que me acuerdo de ella me duele. Cada vez que la imagino me duele. Y por muchos pensamientos buenos y puros y hermosos y dulces que tenga, se contrarrestan con el que llevo y siempre llevaré grabado a fuego en mi puta mente, ese en el que su cabeza sube y baja y él levanta la vista y me sonríe. Me asalta al despertarme, me asalta cuando me duermo, va y viene a lo largo del día me asalta estando sobrio y me asalta estando borracho, fuerte y contundente y demoledor me asalta una y otra vez, una y otra vez me asalta.
Mi vida aquí es simple.
Trabajo y escribo y me emborracho.
Londres es grande y bonito y vibrante y rebosa arte y libros y música y vida, pero no es para mí.
Quizá en otra vida o en otro momento, pero no en esta vida ni en este momento.
Tengo el corazón roto.
No para siempre pero ahora está roto.
Probablemente haya llegado la hora de marcharme.
No estoy seguro de adónde en casa no me espera nada.
Pero es.
Mi casa.
De modo que volveré, ya pensaré algo, lanzaré los putos dados, allí puedo hacer lo mismo que estoy haciendo aquí y estaré más lejos, y aunque digan que no importa a donde vayas yo digo que eso es mentira, cuanto más lejos esté mejor para mí, al otro lado del océano, a miles y miles de kilómetros, será mejor para mí.
Hora de marcharse.
Lanzar los putos dados.