Katerina

James Frey · Capítulo 28 de 37

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Katerina

París, 1993

 

En el año 1400 Carlos VI, rey de Francia, conocido como Carlos el Bien Amado y como Carlos el Loco, promulgó un edicto llamado Acto de la Corte del Amor, que declaraba oficialmente el 14 de febrero día para la celebración anual del amor. Organizó una fiesta gigantesca a la que asistieron los cortesanos reales y que incluyó un banquete fastuoso, justas, poesía, baile y competiciones de canto, además de un mediador real para zanjar todo tipo de disputas y desacuerdos amorosos. Se cree que eligió esa fecha porque es el día en que san Valentín de Roma, un cura cristiano que casaba a los soldados romanos y sus novias a pesar de que la autoridad imperial prohibía tales uniones, recibió sepultura en el año 273. Por tanto, aunque casi todo el mundo culpa a Estados Unidos por la orgía de flores y postales y bombones y citas para cenar y regalos y expectativas y decepciones en que se ha convertido el día de San Valentín, la culpa en realidad debería recaer en los franceses y en su gobernante loco. Dicho lo cual, me encanta San Valentín. Si estás soltero, no existe literalmente ningún otro día del año en que tengas una oportunidad mejor de encontrar un nuevo amor, ya dure diez minutos o toda una vida, y si no estás soltero es la ocasión para ser todo lo cursi y empalagoso y ñoño que quieras, para pasarte de amoroso y afectuoso tanto como quieras, sin la posibilidad de ser objeto de mofa, o incluso con mofa, pero también acompañado normalmente de una sonrisa y un poco de cariño a cambio. Quiero un San Valentín por todo lo alto. Me importa una mierda si Katerina me regala algo, o si no me regala nada aparte de una sonrisa sincera, un beso tierno y el privilegio de quedarme dormido a su lado, y si consigo una o dos o todas esas cosas, tendré un día maravilloso. Su horario se va apretando conforme se aproxima la Semana de la Moda de París para las colecciones de otoño, lo que significa que, junto con el resto de las modelos, lucirá la ropa creada por los diseñadores que saldrá a la venta en otoño, dentro de varios meses. Tiene múltiples castings diarios, pruebas de vestuario, reuniones con empresas que podrían estar interesadas en contratarla, con fotógrafos y representantes. Me ofrezco a volver a mi apartamento y dejarla hacer lo que tenga que hacer y regresar cuando haya terminado, pero me dice que no, que la mejor parte de su día es cuando puede olvidarse de todo y estar conmigo, aunque yo sea, en sus cariñosas palabras, un follador gruñón y en el paro, lo que más o menos es verdad. Decido hacer una declaración atrevida. Intentar demostrarle lo que significa para mí, lo mucho que me importa, entregarle no solo amor sino algo más, una expresión externa de mi amor. Todavía no nos lo hemos dicho y no nos hace falta porque ambos lo sabemos, lo sé yo y lo sabe ella, está en nuestras miradas, nuestras caricias, nuestros besos, en la forma en que nos late el corazón cuando nos reencontramos después de estar sin el otro, en la forma en que nos late el corazón cuando nos acostamos abrazados. E incluso a pesar de no haberlo dicho, quiero demostrarlo, de alguna manera distinta a las expresiones cotidianas, de una manera que le recuerde mi amor cuando estemos separados. De modo que voy a casa y agarro el fajo de cheques de viaje y me lo meto en el bolsillo. Enfilo por la rue du Bac hacia Pont Royal por las Tuileries sé que el fajo encogerá considerablemente cuando consiga lo que voy a buscar a la place Vendôme. Y estoy feliz de hacerlo. Casi voy brincando todo el camino el dinero no importa gran cosa comparado con el amor, y preferiría estar sin un chavo que sin ella, coged todo lo que tengo quedáoslo todo, pero dejadme estar con ella dejadme. Me dirijo a la esquina más alejada de la plaza incluso los adoquines son elegantes y perfectos la mayoría del resto de los clientes son hombres de traje y abrigo yo voy con unos pantalones chinos una camiseta interior larga una camiseta blanca además de mis botas militares y un gorro de lana negra de marinero. Me planto frente a la puerta. Es alta y ancha de roble viejo, con molduras en la parte de arriba y rematada por un semicírculo con el nombre en elegantes letras antiguas. Hay un portero de uniforme rojo que abre y cierra la puerta entro y saludo con la cabeza él sonríe y se ríe entre dientes. Avanzo y nada más pasar la puerta hay un vigilante de seguridad saludo con la cabeza y sonrío él se me queda mirando como si quisiera dispararme. Me paseo por la tienda sé lo que he venido a comprar cada sala está repleta de vitrinas con joyas en bandejas de terciopelo no tengo ni idea de cuánto valdrán todas pero más dinero del que ha visto cualquier generación de mi familia y del que verán las que vendrán. Las salas están organizadas por precios, está la sala cara, la sala carísima, la sala increíblemente cara, la sala increíblemente cara de la hostia, y una majestuosa escalera que conduce a la segunda planta donde te exigen tener los huesos de platino solo para empezar a subir. Me dirijo a la sala cara donde casi todo cuesta más de lo que me he gastado en algo en toda mi vida. Busco la cadenita con el colgante de diamante en forma de corazón la encuentro. Me planto delante hay luces empotradas en el techo que arrancan brillos y destellos de cada curva de oro, de cada curva de platino, de todos y cada uno de los diamantes de cada uno de los anillos, collares, pendientes, pulseras. Se me acerca una mujer con un bonito traje a medida y una plaquita que pone Cécile, tendrá unos cuarenta años y es de una elegancia y sofisticación incuestionables, me pregunta si puede ayudarme en algo y sonrío y digo sí, gracias. Señalo la cadenita con el colgante de diamante en forma de corazón, pregunto si podría verlo, ella sonríe y responde que por supuesto y lo saca de la vitrina. De la cadena cuelga una pequeña etiqueta con el precio que me da miedo mirar. Cécile deposita el estuche de terciopelo negro en el mostrador lo miro fijamente Cécile me observa no me muevo habla.

¿Quiere verlo?

Me da miedo tocarlo.

Se ríe.

No muerde.

La miro.

Lo sé, pero aun así me da miedo.

Lo saca del estuche y lo sostiene en alto, una cadenita de oro blanco y el corazón hecho de diamantes destellan con los reflejos de luz, refulgen con el suave balanceo. Lo miro y se me acelera el corazón y me pongo nervioso.

¿Para su novia?

Sí.

Debe de quererla mucho.

Sonrío.

Es una tía de la hostia.

Se ríe.

Bonito cumplido.

Y sincero.

Puedo asegurarle que le gustará.

Lo sé.

¿Se lo envuelvo?

Lo miro brillar destellar balancearse no sé cuánto cuesta y me da miedo comprobarlo. Y en realidad me importa una mierda. El dinero viene y va, viene y va. Lo necesito para comida y libros y alcohol y cobijo, en realidad no me importa nada más, no me importan la ropa ni los viajes lujosos ni los coches ni los relojes ni los anillos ni los equipos de música ni nada que el dinero pueda comprar desde luego no me importan más que Katerina ni siquiera se le acercan, ni una mierda se le acercan. Miro a Cécile, sonrío, asiento, hablo.

Sí, por favor.

Sonríe.

Excelente elección.

Cécile se gira con el colgante y el estuche busca debajo del mostrador una caja comienza a preparar mi pequeño presente. El corazón empieza a latirme con fuerza estoy nervioso. Nervioso por saber cuánto voy a gastarme, nervioso por salir de aquí con el colgante, nervioso por ver a Katerina sabiendo que tengo esto para ella, nervioso pensando en dárselo nervioso imaginando su reacción estoy nervioso. Observo cómo Cécile mete el estuche en una caja roja con ribetes y letras dorados, la envuelve con un lazo rojo, mete la caja en una bolsita roja con más letras y ribetes dorados. Detrás de ella hay una caja registradora marca las teclas estoy de los putos nervios se gira y me dice el precio 4.200 dólares casi la mitad del dinero que me queda. Respiro hondo no es tanto como había imaginado, si sigo viviendo como ahora bebiendo menos comiendo poco pidiéndole libros prestados a Katerina en lugar de comprarlos, llevando una vida lo más sencilla posible en todos los sentidos, el dinero me durará más y puedo buscar algún empleo, que pague en negro, trabajar en un bar o una librería, ya me las apañaré. Y la alegría que le dé el colgante a Katerina bien vale su coste, esa alegría vale mucho más que todo lo que tengo, que todas mis pertenencias. Entrego un fajo enorme de cheques de viaje, Cécile los cuenta y me devuelve el cambio en francos, me da la bolsa, sonríe.

Le encantará.

Sonrío.

Eso espero.

Gracias por venir.

Gracias por su ayuda.

Cojo la bolsa doy media vuelta camino hacia la salida saludo con la cabeza al vigilante de seguridad que probablemente pensó que iba a tener que darme una paliza, saludo con la cabeza al portero que probablemente pensó que iba a tener que presenciar cómo el vigilante de seguridad me daba una paliza, cruzo la place Vendôme hace frío el sol empieza a ponerse tomo la rue des Petits-Champs hasta que gira hacia la rue Étienne-Marcel hasta que gira hacia la rue aux Ours llego a su apartamento llamo al timbre el corazón todavía me da un vuelco cada vez que llamo ella no está. La bolsita roja en mi mano hace que me ponga nervioso en el bolsillo tengo todo el dinero que me queda, si alguien intentara atracarme le entregaría el dinero antes que la bolsita roja tendría que noquearme o matarme para quitármela. Me dirijo a La Perle pido un café está lleno de gente de la moda se nota por la ropa, su actitud animada, todos parecen muy ocupados y muy estresados pero no parecen tener ninguna prisa por ir a ninguna parte o por hacer algo, simplemente están muy ocupados y muy estresados. Me bebo el café está caliente y fuerte un sustituto de liga inferior del chute de la cocaína debería ponerme todavía más nervioso pero ocurre lo contrario. Las drogas aceleradoras, y la cafeína es una droga aceleradora, siempre me tranquilizan, me vuelven más lúcido, es la razón principal por la que me gustan, cafeína cocaína speed me calman mis manos sostienen con pulso firme y sereno la bolsita roja para ella. Pago el café regreso a su edificio llamo al timbre. Espero diez segundos quince, oigo el sonido más maravilloso del mundo, sí es el mejor sonido del mundo el zumbido de entrada, abro la puerta entro subo por las escaleras la puerta está entornada entro. Ella está sentada a su mesita en pijama, hay una silla al otro lado con un lazo atado en lo alto del respaldo. Sonrío sonríe es una sonrisa amplia y sincera lo único que necesito en este mundo es un poco de amor y una sonrisa. Escondo la bolsita roja a mi espalda me acerco a Katerina los dos seguimos sonriendo hablo.

Hola.

Hola.

¿Qué tal el día?

Ocupado. ¿Y el tuyo?

Tranquilo.

Me inclino para besarla ella sonríe señala la silla.

Feliz día de San Valentín.

Sonrío, me siento, mantengo la bolsita detrás de la espalda.

Mi propia silla.

¿Te gusta?

Me encanta me encanta me encanta.

Práctico y simbólico.

Una mesa para dos.

No.

¿No?

No es una mesa para dos, es una mesa para nosotros.

Sonrío.

El mejor regalo que me han hecho en toda mi vida. Gracias.

Señala hacia la mesa.

Hay algo más.

Miro, veo una caja pequeña, una cajita negra para anillos.

¿Para mí?

Sí.

¿Me estás pidiendo matrimonio?

Todavía no.

Me río, lo cojo.

Gracias por adelantado.

Abro la cajita sin saber muy bien lo que me espera no me imagino llevando anillo no me la imagino regalándome uno. Levanto la tapa hay una llave en el sitio donde debería estar el anillo, una pequeña llave metálica gris de pie sobre el terciopelo. La saco y me la quedo mirando, me la coloco en la palma de la mano. Está fría y no pesa y es la cosa más valiosa que he sostenido jamás, al menos para mí. Alzo la vista, sonrío. Habla.

Eres mi chico, Escritor.

Y puedo ir y venir a mi antojo.

Abre la puerta, abre el corazón.

Abre la puerta, abre el corazón.

Sí.

No se me ocurre nada que significara más para mí, ni que desease más.

Ni a mí.

Gracias.

De nada.

Y ahora.

Sí.

Saco la bolsita de detrás.

Para ti.

La dejo sobre la mesa. La mira, me mira, vuelve a mirarla, vuelve a mirarme, sonríe.

No jodas.

No jodo.

¿Qué es?

Ábrelo y lo verás.

¿Me estás pidiendo matrimonio?

Todavía no.

Estoy nerviosa.

Y yo.

¿De verdad has ido allí?

Sí.

¿Y te han dejado entrar?

Sorprendente, pero sí.

Mira la bolsa, la coge, sonríe.

Aunque esté vacía me gustará. Que lo hayas intentado.

No está vacía.

¿Qué hay?

Me río.

Ábrela.

Saca el estuche.

No es un anillo.

No lo sé.

Sí que lo sabes.

No voy a decírtelo.

Deja el estuche en la mesa, lo mira.

Como sea lo que pienso que es…

No sé lo que piensas que es.

Me mira, sonríe, castaño claro como el cacao en verde pálido.

Fui a verlo otra vez después de verlo contigo.

No sé de lo que me hablas.

Es demasiado.

No sé de lo que me hablas.

Sonríe, deshace el lazo, alza la mirada me mira, levanta la tapa del estuche despacio, descubre lo que es, sostiene el estuche en alto un momento, se lo queda mirando y sonríe y lo mueve un poco no hay luces cenitales pero no importa. Destella y brilla, su sonrisa crece y crece, lo mira y su sonrisa crece aún más.

No puedo creer que lo hayas hecho.

Lo saca del estuche, destella y brilla.

¿Cómo lo has pagado?

Tenía algo de dinero extra.

No, no tenías.

Sí, y quería regalártelo, quería ver cómo te queda.

Lo sostiene en alto destella y brilla sonríe.

Pónmelo.

Será un placer.

Me levanto me coloco detrás de ella me observa sonríe. Alargo las manos Katerina sostiene el colgante delante de su pecho, poso mis manos sobre las suyas intimar, mis dedos se entrelazan con los suyos intimar, cojo los extremos de la cadenita de oro blanco de sus dedos intimar. Lo hago descender lentamente hasta dejarlo descansar en su pecho hombros cuello sobre sus pecas, paso los extremos por detrás ella se recoge el pelo rojo y lustroso, abro el cierre engancho la delicada anillita en el clip lo cierro, lo suelto se deja caer el pelo. Deslizo mis manos alrededor de su cuello las bajo por los hombros brazos hasta sus manos entrelazadas, me inclino sobre ella miro el corazón destellante, brillante en su cuello destellante y brillante susurra

Es precioso.

Me alegro de que te guste.

Gracias.

Eres mi cariñito, Modelo.

Yo…

La beso en el cuello.

No hace falta que lo digas.

Yo…

Ya lo sé.

Sí.

Sí.

Manos entrelazadas le beso el cuello, le lamo el cuello, le beso suavemente los labios

Sí.

Sí.

Labios y lenguas suavemente

Sí.

Sí.

Destellante y brillante.

Corazón.

Feliz.

San Valentín.