Katerina

James Frey · Capítulo 6 de 37

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Katerina

Mis lugares favoritos de París tras dos meses en la ciudad

Mis lugares favoritos de París tras dos meses en la

 

ciudad

 

Le Polly Maggoo, rue du Petit Pont. Un bar cutre lleno de borrachuzos y absenta detrás de la barra. Hay tableros de ajedrez en algunas mesas y baños turcos, es decir, un simple agujero grande en el suelo. Nunca he visto una servilleta, ni papel higiénico, y las copas son fuertes y baratas y no les importa si gritas o te caes. Piden que las peleas se diriman en la acera, y el bar siempre se vacía en cuanto empieza una y todo el mundo sale a la calle y mira y anima, y a menudo los combatientes se abrazan y beben juntos al terminar. La mayoría de los clientes son turcos y argelinos aficionados a emborracharse que no pueden hacerlo en su barrio, y americanos viejos que llegaron por alguna razón pero ahora no la recuerdan y matan el tiempo emborrachándose. Las chicas no son demasiado bonitas, pero no van buscando marido y, a la décima copa, en realidad no importa qué aspecto tienen.

 

La sala de proyecciones del Museo Picasso, rue de Thorigny. Me siento en un banco y veo películas de Picasso pintando. Soy lo bastante joven e inocente para creerme que seré grande en algo. Soy lo bastante viejo y sabio para saber que nunca seré tan grande en nada como Picasso creando arte.

 

La tumba de Alexandre Dumas. Panthéon. El hijoputa escribió El conde de Montecristo. Sumo respeto.

 

Cactus Charly, rue de Ponthieu. Afirman servir las mejores hamburguesas con queso de Europa. Me he comido tres. A cada cual peor y, tras una vida comiendo hamburguesas con queso, jamás había probado nada tan malo como la Cactus Charly Burger, una masa de carne y queso y chili y beicon y salsa barbacoa que debiera denominarse Abominación Burger. Pero sirven bebidas enormes por casi nada y chupitos de Southern Comfort a cinco francos durante la Happy Hour y a menudo pululan inglesas y americanas borrachas dispuestas a follar en los lavabos.

 

Musée de l’Orangerie, Jardin des Tuileries. Siempre pensé que Monet y los Nenúfares eran la hostia de aburridos. Y la mayoría lo son. Los he visto en museos de Estados Unidos y siempre me recuerdan a pedos apestosos. Pero un día estaba deambulando por allí y acabé en las dos grandes salas ovales que contienen los ocho lienzos enormes que Monet pintó justo antes de morir. Decía que pretendía hacer algo que consiguiera que la gente se olvidara de que existía el mundo de fuera. Y lo consiguió. Son magníficos, joder. Impresionantes. Serenos. Una visión del mundo real que de algún modo resulta más bello, más sobrecogedor. Pero lo que jode es el resto de la gente en las salas. Por alguna razón siempre quieren hablar, quieren asegurarse de que en cien metros a la redonda todo el mundo se entera de que les encantan los Nenúfares. A ver si aprenden a callarse la puta boca y mirar y sentir y desaparecer. Callarse. La. Puta. Boca. Y desaparecer.

 

Texas Star, place Edmond Michelet. Una tontada de bar americano con la bandera texana ondeando a la entrada. Se diría que hasta el último ser humano de Texas que está en París está aquí. Lo descubrí al salir del Centro Pompidou. Sirven cerveza Lone Star y preparan tacos comestibles, que no se encuentran en ningún otro lugar de Francia, al menos que yo sepa. Una noche conocí, bebí con ella y le vomité encima a una sobrina de un expresidente estadounidense. Tomamos chupitos de tequila, yo bebía dos por cada uno de ella. La tía bebía como una esponja, yo me puse malo, vomité encima de la mesa, en las bebidas, en su regazo. Al cabo de un par de horas nos enrollamos y a la mañana siguiente me desperté en su suelo sin pantalones. Ella no estaba y no he vuelto a verla, pero cuando me apetece escuchar hablar de armas y petróleo y fútbol americano y de lo mucho que creen que mola llevar botas vaqueras, opinión que desde luego no comparto, voy al Texas Star.

 

Maison de Gyros, rue de la Huchette. Una calle jalonada de restaurantes griegos. Algunos elegantes, otros menos, algunos antros de comida rápida. Todos exponen en el escaparate esos pinchos giratorios con trozos amazacotados de carne de cordero. Maison D está a la vuelta de la esquina de Le Polly Maggoo, donde acostumbro a ponerme ciego. Abre hasta tarde. Es la hostia de barato. Lo descubrí una noche que iba dando tumbos, borracho hasta las trancas, y pedí la especialidad, un tercio de baguette relleno de lechuga y tomate, un cacho enorme de carne de gyro increíblemente aromática, salsas roja y blanca y patatas fritas encima. Es una comida enorme, deliciosa y absolutamente nociva para la salud. Como un Maison D (llamo así tanto al restaurante como al bocadillo) bastante a menudo, aunque rara vez lo recuerdo. También me he despertado con bocadillos Maison D enteros o a medias en los bolsillos, en la cama, por el suelo de mi casa y en pisos y bancos de parques diversos.

 

Pigalle. Sexo. Sexo sexo sexo sexo. Me gusta el sexo. De hecho, adoro el sexo. Ya sea dulce y tierno, o duro, rápido y guarro, o ambas cosas o algo intermedio, me flipa. Lo deseo todos los minutos de todos los días. Estaría bien que viniera acompañado de amor, de ese amor loco loco, pero rara vez ocurre. Así que lo acepto tal como llega. En Pigalle hay sexo. Sex shops, bares de estriptis, espectáculos para adultos (peña follando), números de burlesque, putas, chaperos, intercambio de parejas, gente que se pasea con ganas de echar un polvo. Algunos piden dinero a cambio, algunos tienen dinero y están dispuestos a pagar por sexo, algunos lo quieren sin más. El boulevard de Clichy está repleto de tiendas y antros y locales y teatros y espectáculos eróticos y puertas discretas que conducen a alguna perversión magnífica. Vago por Pigalle borracho, sereno, achispado, de día, de noche, por la mañana, cada vez que quiero correrme y sentirme un poco avergonzado después. No me escondo de la vergüenza. Viene con mi vida. A veces la anhelo, la busco, la necesito, tengo que sentirla, joder. La alegría intensamente cegadora de un orgasmo explosivo, el no poder mirarme después al puto espejo porque soy un cerdo asqueroso. Que así sea. Sé adónde ir para conseguirla. Y allá que voy.

 

Le Jardin du Luxembourg, múltiples entradas, 6ème arrondissement. Un enorme y elegante palacio rodeado de unos jardines mastodónticos y elegantes. Las extensiones de césped más exuberantes del mundo mundial. Salpicadas de viejas esculturas de mármol de reyes y reinas y príncipes y princesas muertos. Un par de parques infantiles (que evito), algunas fuentes, un puñado de bancos, algunas zonas de sombra tranquilas donde los abueletes leen libros y se sumergen en sus recuerdos y lamentos. Suelo ir al parque a dormir cuando tengo resaca, a leer cuando no, a tumbarme en el césped y beber vino y fantasear sobre algún futuro estúpido plagado de locura, fama y controversias. Montones de parejas y familias montan pícnics en el Jardin. Los observo. Me imagino en qué estarán pensando, si son tan felices y están tan contentos como aparentan. Los respeto. Sus elecciones difieren de las mías. Pero en cierto modo todos vivimos nuestro sueño.

 

Le Bar Dix, rue de l’Odéon. Un viejo bar de mierda en el sótano de un viejo edificio de mierda. Es pequeño, tendrá unos seis metros de ancho por doce de largo. Las paredes son de piedra y el techo, también de piedra, es abovedado, algunos viejos cuadros de mierda cuelgan alrededor. Está oscuro, la música suena alta y solo ponen temas franceses, de modo que no sé de lo que cantan, aunque sí que no hablan de ser un ciudadano respetable ni de pagar los impuestos. Alrededor de la sala hay bancos tapizados, con mesas y sillas enfrente. Todo está pegajoso. No estoy seguro de con qué pringue y no quiero saberlo. Pero las mesas y las sillas y los bancos y las paredes y las copas y las botellas y las jarras están pegajosos. La única bebida que tomo en el Bar Dix es sangría en jarra. Es fuerte y barata y sabe bien, pero también duele un poco. Más o menos como un Mad Dog francés o un Thunderbird francés. Me siento a solas con mi diario y escribo y bebo y miro a las chicas, que a menudo también están solas, normalmente vestidas de negro, con ojos tristes, y también escriben diarios y beben a solas. No es el paraíso.

 

La tumba de Victor Hugo. Panthéon. El hijoputa escribió El jorobado de Notre Dame y Los miserables, ambos musicales abominables, pero magníficos libros. Sumo respeto.

 

Berthillon, rue Saint-Louis en l’Île. En Francia llaman a las heladerías glaciers. Una palabra bonita. Glacier. Destila elegancia, como tantas otras palabras francesas. Glacier. Me gusta el helado y me gustan los glaciers. Este glacier prepara los mejores helados de Europa o eso dicen. Y está en una islita preciosa escondida detrás de Notre Dame de París. El helado sabe bien y sienta bien a la garganta, deja una sensación agradable, fría y dulce. Y me recuerda a cuando era niño, cuando la vida era simple y todo era grande e importante e increíble, cuando me asombraba y me maravillaba. De modo que tomo helado a menudo, porque sienta bien y me recuerda días más sencillos y felices. Glacier.

 

Shakespeare and Company, rue de la Bûcherie. Ha habido dos. La primera, que frecuentaban Hemingway y Fitzgerald y Gertrude Stein y James Joyce, la cerraron los nazis en 1941. A los nazis les encantaba matar judíos, pero no les gustaban las librerías molonas. La segunda, la que yo frecuento, la abrió en 1951 un soldado estadounidense llamado George Whitman, que pateó unos cuantos culos de nazis antilibros durante la Segunda Guerra Mundial. Han pasado por ella Allen Ginsberg, William Burroughs, Anaïs Nin y James Baldwin y Sartre y Lawrence Durrell. El local en sí es una cajita encantadora. Justo en la orilla opuesta enfrente de Notre Dame. Con una placita de piedra delante. Un exterior verde brillante con un letrero desvencijado. Dentro está lleno de libros, hermosos libros en inglés que puedo leer. Estanterías rebosantes de libros, mesas cubiertas por montones de libros, un laberinto de palabras con pequeños rincones y recovecos escondidos repletos también de libros. Hay muy poca basura, nada de thrillers horteras o novelas rosas calenturientas. Solo grandes libros, clásicos o cosas más nuevas con una seria reputación. Es una tienda de literatura más que una librería. Aquí todos están interesados en la lectura, en las palabras, en su historia, su futuro. Arriba hay alojamientos y la mayoría de los empleados viven aquí. Acogen a vagabundos, inadaptados, les dejan dormir un par de noches o uno o dos meses. Siempre hay chicas guapas en la tienda o en la placita de delante. Me gasto más dinero aquí que en ningún otro sitio de París. Es la mejor librería pequeña rara loca preciosa del mundo.

 

Stolly’s, rue Cloche Percé. Antro minúsculo. En Le Marais. Mesas y sillas en la acera. Sirven cerveza inglesa, cerveza francesa, todo tipo de licores. Clientela variopinta, a diferencia de la mayoría de los bares parisinos, que tienden a ser enteramente franceses o enteramente americanos o enteramente otra cosa. Casi siempre me siento fuera, sin importar el tiempo que haga, contemplo pasar a la gente, leo, escribo, pienso y sueño. Los otros clientes suelen ser gente interesante, escritores o artistas, académicos. Un antro donde se emborrachan los listos.

La Basilique du Sacré-Coeur de Montmartre. Una iglesia. En la cima de Montmartre, el punto más alto de París. No acostumbro a ser muy fan de las iglesias, menos de esta. Ataco. Las escaleras son infinitas, ni que estuviera escalando el Everest. Me detengo al menos tres veces para fumarme un cigarrillo. Una vez arriba, la vista es espectacular. Hay zonas de césped donde puedes sentarte a mirar o fumar o beber. Justo enfrente hay una plaza de piedra con un mirador. Hay turistas con cámaras, parejas jóvenes, fieles auténticos que acuden a rezar, a veces hay africanos vendiendo souvenirs, a veces la policía los echa. Normalmente subo con una botella de tinto barato y una cajetilla de tabaco, paseo hasta el borde, contemplo la ciudad, la ciudad más bella, más civilizada de la Tierra. La vista es magnífica. Me calma, me silencia, me cuenta historias, expulsa pensamientos de mi mente o centra los que se quedan. Me siento y miro y escribo en mis libretas, a veces leo, bebo, fumo. A menudo veo a un viejo allí. Tendrá ochenta años, bien vestido, normalmente con un traje negro, camisa y corbata, el pelo blanco perfectamente peinado, la cara surcada de arrugas. Siempre está en el mismo lugar, al borde de la plaza, justo en el centro, contemplando la ciudad. Parece triste, solo, suspira profundamente, a veces baja la vista y se queda mirando las piedras. Me pregunto qué le pasa por la cabeza, por el corazón, por la memoria. Me pregunto qué perdió y cuándo y cuánto le arrebató, cuánto dolor le infligió en el alma. Me pregunto qué tipo de dolor siente, qué tipo de alegría sintió en otro tiempo, si su vida ha sido lo que quería que fuera, si ha valido la pena. A quién ha amado y qué corazones ha roto, y quién y qué le ha roto el corazón. Me pregunto si cambiaría su vida de poder dar marcha atrás, me pregunto qué errores ha cometido y si todavía importan. Nunca hablo con él, ni reconozco su presencia, ni le molesto. Está llegando a su fin. Espero que se vaya en paz. Espero que cuando llegue mi hora, yo también.

 

Le Refuge des Fondus, rue des Trois Frères. La fondue mola. Te ponen un barreño de queso fundido donde mojas cosas. O un barreño de aceite hirviendo y un plato de carne cruda y la fríes a tu gusto. En este sitio solo sirven fondue. Simple, agradable y delicioso. Fondue y vino, que sirven en botellines pequeños, de modo que te sientes un poco bobo y un poco de maravilla cuando te lo bebes. Es un local minúsculo. La música está alta. La clientela es escandalosa. Una vez fui solo. Comí de los dos tipos de fondue y pillé un pedal de campeonato. Pensé en mi exnovia, que está en algún lugar de América. Fuimos juntos al colegio. Siempre creí que el amor a primera vista era una chorrada hasta que la vi. Y me enamoré. Profunda y perdida e inmediatamente. No hablé con ella durante todo un año. Solo me la quedaba mirando cuando la veía. Y apartaba la vista cuando me miraba. Me dolía mirarla. Se me aceleraba el corazón, me sentía a punto de explotar. Me temblaban las manos. Si ella hubiera intentado hablar conmigo no habría sido capaz de contestarle. No me parecía real. Y yo tampoco me sentía real cuando la veía. Cuando coincidíamos, entre un grupo de gente en un bar, la ignoraba. No por alguna mierda de estrategia, sino porque me intimidaba. Fuimos viéndonos más y más hasta que al final conseguí hablar con ella, contarle tonterías, hacerla reír, hacerla sonrojarse, y se enamoró de mí y durante un tiempo la vida no me pareció real. Pero siempre vuelve. La fría y brutal realidad de la existencia. Así que comí fondue solo. Y pensé en ella. Y observé a las otras parejas que se habían citado en Le Refuge. Y confié en que no acabaran como nosotros. En que no se les borrara la sonrisa de la cara. Y me emborraché hasta las trancas. Y me marché y compré tres botellas más de vino en la primera tienda que encontré. Y me desperté en una acera a la mañana siguiente.

 

La puerta del infierno, Museo Rodin, rue de Varenne. Rodin fue uno de los mejores escultores del mundo. El único de la historia al nivel de Miguel Ángel. El museo está en su antigua casa, donde trabajó, donde bebió, se enfureció y folló, y donde esculpió los objetos más bellos de la Tierra. Es una gran mansión francesa, en una finca enorme y con unos jardines inmensos. La casa está llena de dibujos y esculturas, igual que los terrenos circundantes: El beso, Balzac, El pensador, Las tres sombras, Los burgueses de Calais, El secreto, y la obra más magnífica de todas ellas, La puerta del infierno. El piso donde vivimos Louis y yo queda a unos diez minutos. Vengo aquí casi todos los días. En algún momento me atrae y vengo. Cruzo el jardín delantero hasta un sendero que conduce a La puerta. Mientras avanzas entre los setos verdes, La puerta se alza frente a ti, seis metros de altura por cuatro y medio de ancho, ciento ochenta figuras arremolinándose alrededor y sobre dos puertas enormes, puertas que conducen al fuego de la condena eterna. Está esculpida en bronce, desgastado tras ochenta años a la intemperie, y colocada sobre un pedestal escalonado contra una gigantesca pared de piedra. Conceptualmente se inspira en el arranque del Infierno de Dante y es la visión de Rodin de la belleza, el amor, el terror, la eternidad, hombres y mujeres gritando, retorciéndose, besando, suplicando, llorando, agonizando, siendo torturados, torturados por el amor y el dolor, la pena y el arrepentimiento, la perspectiva de arder para siempre en el infierno. Cada vez que la veo, me conmueve, me asusta, me emociona, me humilla, hace que me sienta pequeño, me inspira. No consigo imaginar la mente que la ideó, la mano que la esculpió, el maravilloso y terrible estado de locura en que se hallaba Rodin mientras la hacía, el trabajo que supuso, la intensidad de concentración, el virtuosismo con que realizó cada figura y cada elemento. Enfrente hay dos sencillos bancos de madera. Cada uno del tamaño para dos personas, para tres si no te importa apretujarte. Normalmente están los dos vacíos. La gente se queda mirando La puerta, pero no mucho rato. Es perturbadora, inquietante, amenazadora, y en el Museo Rodin hay otras muchas esculturas más amables con el visitante, más placenteras tanto a la vista como al espíritu. Adoro La puerta. Por lo que sea, me calma, me serena, me tranquiliza. Siempre me siento en uno de los bancos. Leo, escribo en el cuaderno, contemplo el cielo, dormito, hablo solo, hablo con Dios, incluso a pesar de que no creo en Dios. Sin embargo, en La puerta del infierno sí que creo. En las contadas ocasiones en que alguien se sienta a mi lado, en el banco que yo no ocupo, no le saludo ni le hablo. Continúo leyendo o escribiendo o lo que sea que esté haciendo. Estoy en mi sitio. La puerta del infierno. Uno de los pocos lugares en la vida en los que encuentro la paz. No sé lo que significa que La puerta del infierno me dé paz, y me da igual. Aceptaré lo que pueda, venga de donde venga.

 

La Closerie des Lilas, boulevard du Montparnasse. Restaurante elegante. O al menos para mí. En una esquina. Cubierto de enredaderas que impiden ver el interior. Dicen que Hemingway escribió la mayor parte de Fiesta en un taburete de la barra. Picasso, F. Scott Fitzgerald, Modigliani, Breton, Sartre, André Gide, Oscar Wilde, Samuel Beckett, Man Ray, Ezra Pound y Henry Miller, mi querido Henry Miller, todos pasaron por aquí. La entrada tiene un arco de emparrado verde, con la carta al lado detrás de un cristal. Nunca he entrado. Nunca he cruzado bajo el arco, me he sentado en la barra, me he tomado una copa. No merezco entrar. Quizá algún día, pero ahora no. De momento permaneceré fuera e imaginaré un futuro en el que pueda sentarme entre los ecos de mis héroes, donde me habré ganado un puesto merecido. Por el momento leeré la carta y atisbaré por el arco y soñaré.

La Mona Lisa, Museo del Louvre En realidad no mola nada. Hay cientos de cuadros más interesantes en la misma sala. Pero fui y saqué la foto y me planté allí con el resto de tontos y fingí que me parecía impresionante. Y creo en la conspiración que afirma que el cuadro que cuelga de la pared ni siquiera es el auténtico. Solo una buena copia, el auténtico está en una caja fuerte en algún lado cubierto por una lona, lejos de las luces, de los flashes, de todos los idiotas, yo incluido, que lo miran boquiabiertos, lejos del mundo, protegido. Pero el Louvre en sí impresiona. Es el edificio más magnífico que existe. La idea de que fuera la casa de alguien me resulta absurda. Como si me dijeran que el Empire State Building o la torre Sears eran la casa de alguien. Consigue que entiendas la Revolución. Si tuviera que comer ratas y barro a diario y viera a otros viviendo en un edificio tan inmenso y hermoso como el Louvre, yo también querría cortarles la puta cabeza.

 

La tumba de Charles Baudelaire. Cementerio de Montparnasse. Alcohólico, adicto al opio, putero, maníaco. Escribió Las flores del mal. Escribió El spleen de París, que me destroza cada vez que lo leo. Escribió El pintor de la vida moderna. Máximo respeto.