La cuarta cripta

Robert Doherty · Capítulo 13 de 51

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La cuarta cripta

Cercanías de Bloomfield, Nebraska

–El duende está en el espacio aéreo mexicano -informó Quinn. Dudó por un momento, pero su deber le obligaba a hablar-. ¿Autoriza que el Aurora continúe la persecución?

–Mierda -exclamó Gullick-. Los mexicanos no se enterarán de que está ahí.

Vuela demasiado alto y rápido. Y en caso de que captaran una interrupción momentánea en el radar, tampoco podrían hacer nada al respecto. Es preciso continuar con la persecución.

En menos de doce minutos atravesaron la superficie de México, el Aurora se encontraba a menos de mil seiscientos kilómetros del duende y se acercaba con rapidez.

–Intercepción en ocho minutos -anunció Quinn.

CERCANÍAS DE BLOOMFIELD,

NEBRASKA

Turcotte oyó los helicópteros mucho antes de que llegaran. El Blackhawk aterrizó en el lado opuesto de la colisión y descargó un escuadrón de hombres con extintores. Turcotte sabía que con la luz del día en aquel campo no habría nada más que algunas cañas de maíz carbonizadas. El otro AH6 aterrizó al lado de Turcotte.

–¿Dónde está el mayor Prague? – preguntó el hombre que salió corriendo del helicóptero.

–Murió en el impacto -informó Turcotte señalando el lugar del accidente.

El hombre se arrodilló junto al piloto.

–¿Cuál es su estado?

–Un brazo roto. Creo que sufre una conmoción cerebral. No le he quitado el casco para mantener la presión en caso de que se haya fracturado el cráneo.

El hombre hizo una señal para que el piloto fuera colocado a bordo del Blackhawk. Hizo un gesto hacia Turcotte.

–Tú vienes conmigo. Te quieren ver de vuelta en el Cubo.

EL CUBO.

–Señor, el Aurora ya tiene una fotografía del duende -dijo Quinn-. ¿Qué quiere que hagan cuando lo atrapen?

El Aurora era un simple avión de reconocimiento. Montar cualquier tipo de sistema de armamento, incluso misiles, hubiera destrozado su forma aerodinámica y reducido drásticamente su velocidad.

–Quiero saber de dónde procede -dijo Gullick-. Así, luego podremos enviar otros para que resuelvan el problema.

Las dos señales de la pantalla indicaban el principio oriental del océano Pacífico.

Gullick escuchó la voz del oficial de reconocimiento en su oído.

–Cubo Seis, aquí Aurora. Solicitamos que preparen combustible para nuestro vuelo de regreso. En quince minutos habremos superado el punto de no retorno. Cambio.

–Aquí Cubo Seis. Roger. Enviamos de forma urgente algunos avionescisterna hacia ustedes. Prosigan la persecución. Corto. – Gullick hizo una señal a Quinn que también estaba controlando la radio.

–Me encargaré de ello, señor -dijo Quinn.

Ya hacía rato que habían dejado atrás la línea de la costa mexicana. Gullick sabía que el océano Pacífico, en la parte alejada de la costa de América central y del Sur, al contrario que la zona del canal, era un lugar muy solitario. Continuaban en dirección sur.

–Estamos cerca -anunció el piloto-. Se encuentra a unos trescientos kilómetros delante de nosotros. Voy a reducir la marcha para ponerme encima de él con cuidado.

Gullick observaba el control telemétrico. Recordó cuando, siendo piloto de pruebas, había estado en soporte en tierra. Podía leer los mismos indicadores que el piloto pero no tenía las manos sobre los controles.

Cuando el avión llegó al Mach dos punto cinco, el oficial de reconocimiento amplió la cápsula de vigilancia y activó sus sistema de televisión de bajo nivel de luz. Inmediatamente Gullick obtuvo ante sí la imagen en pantalla emitida vía satélite. Aquélla no era una televisión normal. La cámara ampliaba tanto la luz como la imagen de forma que permitía mostrar una imagen incluso de noche y, a la vez, con un aumento superior a cien veces. El oficial de reconocimiento empezó a rastrear hacia adelante; para localizar exactamente el duende se servía de la información que le facilitaban los satélites.

–Ciento veintiocho kilómetros -anunció el piloto.

–Noventa y siete

–¡Lo tengo! – exclamó el oficial de reconocimiento.

En la pantalla pequeña de televisión Gullick vio un punto diminuto.