La cuarta cripta
El Buzón, Cercanías del Área 51.
–Si yo quiero hablar con… -repitió el mayor con torpeza-. No, señora.
–Entonces le sugiero que me consiga un helicóptero inmediatamente para llevarme donde yo quiera ir.
El mayor miró de nuevo la tarjeta de identificación que yacía en el mostrador y luego se giró hacia el sargento:
–Consígame el PR de guardia.
–¿El PR? – preguntó Duncan.
–Pararrescate -le explicó el mayor-. Siempre tenemos una tripulación para casos de emergencia.
–¿Tienen helicóptero?
–Sí, señora, tienen un helicóptero. – El mayor miró al sargento que estaba al teléfono-. Y saben cómo conducirlo.
EL BUZÓN, CERCANÍAS DEL ÁREA
51.
–Aquí es -dijo Von Seeckt -. El Buzón.
Había unos seis vehículos aparcados en la cuneta de la carretera de piedras y un grupo de gente esparcido. Algunos de ellos, bien pertrechados, estaban sentados en tumbonas, mientras que otros permanecían de pie, examinando el horizonte con una gran variedad de binoculares y aparatos de visión
nocturna.
–Apague las luces -indicó Von Seeckt.
Kelly pulsó el botón y, con las luces de aparcamiento, se dirigió a la cuneta de la carretera. Puso el freno de mano y luego bajó. Von Seeckt se reunió con ella, mientras que Nabinger permaneció en la parte trasera de la camioneta.
Kelly se encaminó hacia una pareja que estaba cómodamente sentada frente a un par de telescopios con una nevera entre sus sillas.
–Disculpen -empezó a decir Kelly.
–¿Sí, cariño? – contestó la anciana.
–¿ Conocen a un hombre conocido como el Capitán?
La mujer hizo un chasquido.
–Aquí todos le conocen. – Señaló a una camioneta aparcada a unos seis metros-. Está ahí.
Kelly se dirigió hacia allí con Von Seeckt. La furgoneta estaba aparcada de tal modo que el extremo posterior señalaba a las montañas que marcaban los confines del Área 51. Las puertas traseras estaban abiertas de par en par y de ellas sobresalía un telescopio muy grande. Tras él, un hombre sentado en una silla de ruedas oprimía su cara contra el visor. Se retiró en cuanto Kelly entró. Era un hombre negro, con las extremidades inferiores cubiertas con una manta sobre su regazo. Tenía el pelo cano y aparentaba tener unos sesenta años.
–Soy Kelly Reynolds.
El hombre se limitó a mirarlos.