La cuarta cripta

Robert Doherty · Capítulo 29 de 51

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La cuarta cripta

El Cubo.

y partía dejando atrás el chirriar de los neumáticos.

EL CUBO.

–Señor, el jefe del equipo de Arizona informa que han perdido a los sujetos.

– Por precaución, Quinn mantuvo los ojos bajos, clavados en la pantalla del ordenador.

Parecía que al general Gullick le bastaban tres horas de sueño para funcionar. Lucía un uniforme recién planchado; el final almidonado de la camisa de color azul que llevaba debajo de su americana color marino se le clavó contra el cuello al apartar su atención de los informes de la nave nodriza.

–¿ Perdido?

–Cuando el profesor Nabinger apareció, el equipo de Nightscape se dispuso a atrapar a todos los sujetos. – Quinn recitaba los hechos de forma monótona-. Parece que Turcotte estaba preparado. Empleó una granada de explosión y destello para desorientar al equipo de entrada. Luego, con las armas paralizantes del equipo de entrada él y los demás doblegaron al equipo de la camioneta y luego se marcharon con ella.

–¿Tienen la furgoneta? – El general Gullick se reclinó en su butaca-.

¿Podemos seguir su pista?

Quinn cerró un momento los ojos. Aquel día había empezado muy mal y no parecía que fuera a mejorar dada la información que mostraba la pantalla.

–No, señor.

–¿ Me está usted diciendo que no disponemos de un detector en nuestros propios vehículos?

–No, señor.

–¿Por qué no? – Gullick levantó la mano-. Olvídelo. Ya trataremos más tarde sobre esto. Envíe una orden para que se notifique su avistamiento a las autoridades locales. Deles una descripción de la camioneta y de la gente. –

Levantó la vista hacia la pantalla grande situada en la parte frontal de la sala. En aquel momento se veía un mapa de los Estados Unidos-. Quiero saber hacia dónde van. Tenemos que impedir que acudan a la prensa. Avise al señor Kennedy para que tenga preparada a su gente en la zona para controlar las líneas telefónicas. Si tenemos el menor indicio de que Von Seeckt ha recurrido a alguien, quiero que Nightscape esté ahí. – Los ojos de Gullick resiguieron ávidamente el mapa-. Diga a todos los de Phoenix que permanezcan ahí. Quiero ver cubiertos también Tucson y Albuquerque. Se mantendrán alejados de los aeropuertos, así que los tendremos en tierra.

Cuanto más tiempo estén por ahí fuera, mayor será el círculo.

Quinn se decidió.

–Señor, hay algo más.

¿Sí?

–La fuerza operativa del Abraham Lincoln informa que es negativa la presencia del caza Fu. Han explorado con el escáner el fondo del océano en un área de veinte kilómetros a la redonda de donde cayó el primer caza y no han encontrado nada. El minisubmarino del USS Pigeon ha peinado el fondo y…

–Que permanezcan allí y que continúen buscando -ordenó Gullick.

–Sí, señor. – Quinn cerró la tapa de su ordenador portátil y luego volvió a abrirla con nerviosismo.

–Señor, mmm. – Se humedeció los labios.

–¿Qué? – gruñó Gullick.

–Señor, es mi deber, mm, bueno… -Quinn se restregó las manos y sintió la protuberancia de su anillo West Point en la mano derecha. Aquellas preguntas llevaban demasiado tiempo-. Señor, esta misión va en una dirección que yo no acierto a comprender. Nuestro cometido consiste en trabajar en el equipo alienígena. No sé cómo Nightscape y…

–¡ Mayor Quinn! – gritó el general Gullick, golpeando con el puño sobre la mesa.

–¿Sí, señor? – Quinn tragó saliva.

Gullick se puso en pie.

–Voy a tomar algo para desayunar y luego tengo que asistir a una reunión.

Quiero que envíe un mensaje a todo nuestro personal de campo y también a todos los que trabajan con nosotros.

Gullick se inclinó sobre la mesa y acercó el rostro a treinta centímetros del de Quinn.

–Tenemos tres malditos días antes de hacer volar la nave nodriza. Estoy harto de oír hablar de errores, fallos y otras jodidas. Quiero respuestas y resultados. He dedicado mi vida y mi carrera a este proyecto. No voy a consentir que quede empañada o destruida por la incompetencia de otros.

No quiero que se me cuestione. Nadie me debe cuestionar. ¿Ha quedado claro?

–Sí, señor.