La cuarta cripta
Tempiute, Nevada.
Von Seeckt se dirigió con Kelly hacia la camioneta.
–¿Qué le parece? – preguntó ella.
–Picó en cuanto le mencioné Paperclip -dijo Von Seeckt.
–¿Cree que avisará a Gullick? – preguntó Kelly en cuanto se sentó en el asiento de conductor. Von Seeckt se sentó a su derecha. Nabinger estaba detrás, mirando la tabla rongorongo.
–No -dijo Von Seeckt-. Ella no es uno de ellos. El asesor presidencial generalmente se considera un elemento externo. Al fin y al cabo aquel asiento es un compromiso político que puede cambiar cada cuatro años.
Estoy seguro de que ella no fue informada por completo.
–Bueno, pronto lo sabremos -dijo Kelly poniendo en marcha la camioneta y disponiéndose a abandonar el aparcamiento.
ÁREA 51.
Turcotte hizo un agujero para la cabeza en el centro de la fina manta plateada de supervivencia y la dejó caer sobre sus hombros. Envolvió su cuerpo con la manta y la ajustó con una cuerda. Le colgaba hasta las rodillas de modo que parecía un poncho. Aunque estaba diseñada para mantener el calor durante una acción de emergencia, Turcotte confiaba en que le impidiera ser identificado por los sensores térmicos que formaban parte del perímetro externo de seguridad en el Área 51. Sin duda aparecería
en ellos, especialmente el calor que se desprendía de su cabeza, pero confiaba en que la señal sería mucho más pequeña que la de un hombre y que los controladores creerían que era un conejo u otro animal pequeño y no le prestarían atención.
A lo que ya no podía dejar de prestar atención era al dolor en la rodilla. Se inclinó y sintió la hinchazón. Aquello no iba bien. Pero también sabía que no tenía otra opción. Comprobó la hora. Iba adelantado con respecto a lo programado, así que podía ir más despacio. No lo beneficiaría atravesar pronto la montaña con o sin manta térmica. Continuó ascendiendo por la montaña, a un ritmo que mantenía el dolor al mínimo.
BASE DE LAS FUERZAS AÉREAS DE NELLIS, NEVADA.
–Quiero ver al oficial de guardia -dijo Lisa Duncan al sargento sentado tras el mostrador en el centro de operaciones de vuelo de la torre de la base de las fuerzas aéreas Nellis.
–¿Usted es? – preguntó el sargento sin mucho interés.
La doctora Duncan sacó su cartera y dejó ver la identificación especial que le habían entregado para su misión.
–Soy la asesora científica del Presidente.
–¿El presidente de…? – empezó a decir el sargento pero luego se detuvo al comprobar el sello de la tarjeta-. Discúlpeme, señora. Voy a buscar al mayor inmediatamente.
El mayor estaba impresionado tanto por la tarjeta de identificación como por lo que ella quería.
–Lo siento, señora, pero el área Groom Lake está totalmente fuera de los límites de todos los vuelos. Aunque si yo pudiera llevarla en helicóptero a
esta hora de la noche, ellos no me autorizarían a volar dentro de ese espacio aéreo.
–Mayor -dijo la doctora Duncan-, es imprescindible que yo vaya esta noche a Groom Lake.
–Podría llamar -propuso el oficial de guardia mientras se dirigía hacia el teléfono- y ver si autorizan un vuelo y luego…
–No -interrumpió la doctora Duncan-. No quiero que sepan que voy a ir.
–Entonces, lo siento -El mayor negó con la cabeza-. No puedo hacer nada.
–¿Para quién trabaja usted? – preguntó la doctora Duncan con voz fría.
–Mmm…, bueno, trabajo en la sección de operaciones del coronel Thomas.
La doctora Duncan negó con la cabeza.
–Más arriba.
–El comandante de la base es…
–Más arriba.
El oficial de guardia miró con nerviosismo al sargento que había hablado primero con la doctora Duncan.
–Esta base está bajo la comandancia de…
–¿Quién es su comandante en jefe? – preguntó la doctora Duncan.
–El Presidente, señora.
–¿Quiere hablar con él? – preguntó Duncan inclinándose sobre el mostrador y tomando un teléfono.