La cuarta cripta

Robert Doherty · Capítulo 39 de 51

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La cuarta cripta

Capítulo 29

siquiera la posibilidad de contar nuestra historia antes de ser arrestados y, en cuanto eso ocurra, estaremos bajo el control del gobierno.

–Entonces tenemos que hacerlo por nuestra cuenta -proclamó Von Seeckt-.

Es lo que dije que tenía que ocurrir.

–No va a ser tan fácil como en Dulce -advirtió Turcotte-. No sólo tienen un mejor sistema de seguridad en el Área 51, sino que además van a estar preparados. Podemos estar seguros de que cuanto más cerca esté la prueba, más estrictas serán las medidas de seguridad del general Gullick.

–Usted conoce la zona y la instalación, – dijo Nabinger volviéndose hacia Von Seeckt-. ¿Qué le parece?

–Creo que el capitán Turcotte tiene razón. Será casi imposible, pero creo que debemos intentarlo.

–Empecemos a hacer planes -dijo Turcotte.

29.

CARRETERA 375, NEVADA. 33 horas tras la modificación.

–Tengo que hacer una llamada por teléfono -dijo Turcotte. El ambiente había sido tranquilo durante la última hora a medida que se acercaban al Área 51. Nabinger y Von Seeckt estaban detrás, dormitando.

–¿A quién? – preguntó Kelly.

El asfalto negro transcurría por debajo de las ruedas con un ruido sordo

tranquilizador y rítmico. Turcotte había estado pensando durante las últimas dos horas y había tomado una decisión. Le explicó rápidamente a Kelly lo de la doctora Duncan y los motivos por los que había sido enviado al Área 51. Le explicó que había intentado contactar dos veces y que la línea estaba desactivada y también le habló de la llamada al coronel Mickell de Fort Bragg.

–¿ Intentarás de nuevo con el teléfono de ella o llamarás al coronel Mickell?

– preguntó Kelly cuando él terminó de hablar.

–A Mickell. Si está legitimada necesitaremos a la doctora Duncan.

–¿ Por qué «si está legitimada»? – preguntó Kelly.

–Es posible que haya cosas que se escapen a su control y conocimiento -

explicó Turcotte. Vio una gasolinera que estaba abierta toda la noche y se detuvo. Se apeó, dejó el motor en marcha mientras y fue hacia una cabina de teléfono. Cuando terminó, volvió al asiento del conductor y le dio a Kelly una hoja de papel.

–El número de teléfono de la doctora Duncan en Las Vegas -dijo-. Mickell dice que, por lo que ha averiguado, ella está legitimada.

–¿Confías en Mickell? – preguntó Kelly.

–No estoy seguro de confiar en nadie -respondió Turcotte.

Después de haber recorrido varios kilómetros, Kelly habló con suavidad:

–Esta es la carretera en la que, según se informó, Franklin murió en un accidente.

La carretera se extendía como un largo lazo negro delante de ellos y las luces de los faros reflejaban puntos de brillo.

–Esto puede ayudarte. ¿Te acuerdas de aquel tipo, Prague? ¿El que te tendió