La cuarta cripta

Robert Doherty · Capítulo 9 de 51

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La cuarta cripta

El Cubo, Área 51.

–¡Mierda! – exclamó Prague.

Un haz de luz brillante procedente del sur se asomó en el horizonte; Turcotte jamás había visto algo moverse tan rápidamente. Avanzaba majestuosamente y en silencio, seguido de cerca por otro punto más pequeño y brillante.

–¿Qué hay detrás del agitador número tres? – preguntó a gritos Prague, perdiendo la compostura por primera vez desde que Turcotte lo conocía.

Turcotte estaba sorprendido ante las dos naves que avanzaban. Cada segundo que pasaba, el escenario era más raro.

Turcotte observó cómo el gran disco, que Prague había denominado agitador número tres, hacía un movimiento brusco hacia la derecha y, en una fracción de segundo, cambiaba de dirección a menos de 180 grados de modo que, antes de dirigirse al suroeste, cruzó la pequeña ciudad de Bloomfield.

–¡Lléveme a ese punto de calor! – ordenó Prague. El piloto del AH6

cumplió la orden apuntando el morro hacia el grupo de árboles. Luego añadió-: Los demás, regresen de nuevo al PAM.

El Blackhawk cambió de dirección y regresó al norte, al área de seguridad del Nido del Diablo, seguido por el otro AH16. Turcotte levantó el seguro de la Calicó mientras se dirigían a la línea de árboles. Fuera lo que fuese que estaba ocurriendo, Turcotte tenía claro que las cosas no marchaban según los planes de Prague.

EL CUBO, ÁREA 51.

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–Pase completo, el número Tres regresa a casa, – anunció Quinn.

Todos los ojos estaban fijos en la pantalla. El duende todavía iba detrás del número tres. Prosiguió así durante un minuto y luego, de repente, el segundo punto se separó en dirección hacia el noreste, por donde había venido.

–¡Que el Aurora persiga al duende! – ordenó Gullick.

CERCANÍAS DE BLOOMFIELD,

NEBRASKA.

–Tenemos que atrapar a esa gente -ordenó Prague mientras el helicóptero se acercaba a la camioneta, que avanzaba a gran velocidad.

–Son civiles -protestó Turcotte, sacando el cuerpo por la puerta y observando la camioneta.

–Han visto demasiado. No podemos permitir que cuenten que han visto helicópteros volando por ahí. Dispare a la parte delantera de la furgoneta -

ordenó Prague al piloto. Éste volvió el helicóptero sobre un lado de modo que el morro, y también el arma prendida al patín, apuntaron contra el vehículo.

Una ráfaga de balas cruzó por delante de los faros de la camioneta y las luces de los frenos se iluminaron.

–¡Maldita sea! – exclamó Turcotte- ¿Se ha vuelto loco?

–Situémonos sobre la carretera, frente a ellos -ordenó Prague haciendo caso omiso de Turcotte.

–¿Quiénes son, Billy? – chillaba Susie-. ¿Por qué nos disparan?

Billy no perdió el tiempo en explicaciones. Dio un golpe brusco al volante para cambiar la dirección en cuanto el helicóptero se posó delante de ellos, cegándolos con la luz de los focos y con el polvo y los escombros que levantaba.

Los neumáticos traseros de la furgoneta se deslizaron por la cuneta de drenaje de la carretera. Cuando Billy intentó poner la primera marcha, se levantó una gran polvareda, pero no consiguió mover el vehículo.

Cuando los patines del helicóptero tocaron tierra, Prague se apeó, esta vez sin el rifle, pero con la Calicó. Turcotte descendió inmediatamente después.

Su mente intentaba entender lo que había ocurrido y lo que estaba ocurriendo. – Manos arriba y fuera de la camioneta -ordenó Prague. Las puertas se abrieron y bajó un hombre, luego una mujer, que intentaba esconderse detrás de aquél.

–¿Quiénes son ustedes? – preguntó el hombre.

–Ponles las esposas -ordenó Prague a Turcotte.

–Son civiles. – Y se quedó quieto.

–Ponles las esposas -repitió Prague apuntando con el cañón de su Calicó a Turcotte.

Turcotte miró el arma y a Prague, luego sacó dos esposas de su chaqueta y ató las manos de aquella gente por detrás de la espalda.

–¡Déjeme ver su identificación! – exigió el hombre-. Ustedes no pueden hacer esto. No estábamos haciendo nada malo. Ustedes no son policías.