La cuarta cripta

Robert Doherty · Capítulo 7 de 51

Páginas del PDF

La cuarta cripta

Capítulo 8

mierda.

Jarvis se puso en pie.

–Ya es la hora. Encantado. – Se dio la vuelta y fue hacia la barra.

–Fantástico -se dijo Kelly para sí misma. Necesitaba un modo de entrar en el Área 51 y ciertamente Jarvis no lo era. Acababa de gastarse quinientos dólares y no había llegado a ningún sitio. Su esperanza era que Johnny hubiera contactado con Jarvis.

Miró las notas que había tomado durante la entrevista. ¿Qué habría hecho su padre en esa situación? El siempre decía que el mejor modo de superar un obstáculo era acercarse a él del modo menos esperado. También decía que si uno se encontraba en un lugar protegido, no había que acercarse a él por el lugar más débil, sino por el más fuerte, porque era el modo menos esperado.

¿Qué era lo más destacable del Área 51 de lo que Jarvis y la investigación decían? «La seguridad», se dijo contemplando todavía las notas. Tenía que haber personas empleadas en seguridad. Sise fuera con el coche a Groom Lake contactaría sin duda con el personal de seguridad, pero eso era lo que había hecho Johnny y ahora había desaparecido.

Hizo un círculo alrededor del 737 que había anotado en su libreta. Eso era.

Por la mañana iría al aeropuerto para ver si alguien descendía del avión. Si así era, lo seguiría y entonces decidiría qué hacer. Y si eso no funcionaba por la mañana, entonces, siempre quedaba la noche.

8.

EL NIDO DEL DIABLO, NEBRASKA. 229 horas.

–Luz verde -anunció Prague a los hombres que lo rodeaban en la oscuridad-. Nos comunican que el objetivo está despejado. Quiero los tres pájaros en el aire en dos minutos. En marcha. – Prague se encaminó hacia uno de los pequeños helicópteros AH6 e hizo un gesto hacia Turcotte-. Tú, conmigo, carnaza. En el asiento de atrás.

Turcotte hizo una mueca de disgusto. La expresión carnaza le estaba hartando, pero aquél no era el momento de intimidar con la mirada. Siguió a Prague y se reunió con él en el helicóptero. Prague ocupó el asiento delantero, junto al piloto, mientras Turcotte disponía para sí de todo el asiento trasero. Las puertas estaban abiertas y el aire frío de la noche se colaba en el interior. Turcotte se arrepintió de no haberse puesto ropa interior larga. Deberían haberle informado mejor de lo que iba a pasar. Se subió la cremallera de su chaqueta negra de GoreTex por encima del mono, tomó los auriculares que estaban colgados del techo y se los colocó encima del pequeño audífono, que ya tenía en un oído para captar la frecuencia FM

del equipo.

Como iba en el mismo pájaro que Prague, el jefe de la misión, en cuanto se elevaron en su ruta hacia el suroeste, por encima de los campos de Nebraska, Turcotte recibió conexión inmediata con la línea segura de comunicaciones por vía satélite de la misión.

–Nightscape Seis, aquí Cubo Seis. Situación. Cambio. – La voz al otro extremo le sonó familiar a Turcotte, pero no acertaba a reconocer con exactitud quién era Cubo Seis.

–Aquí Nightscape Seis -respondió Prague desde el asiento delantero-. En ruta hacia Papa Romeo Osear. Nos detendremos allí. Cambio.

Turcotte entendía la terminología militar. PRO significaba punto de reunión para el objetivo, el último lugar en que las fuerzas amigas se detienen antes de atacar un objetivo. Lo extraño en aquel caso era que Turcotte todavía no tenía ni idea de cuál era el objetivo, ni estaba impresionado por la

amistosidad de las fuerzas que lo rodeaban, si es que Prague podía considerarse un ejemplo de ellas.

La otra voz, muy grave, continuó.

–Roger, aquí Cubo Seis. Corto. Agitador número tres. ¿Situación? Cambio.

Una nueva voz salió al aire.

–Aquí, Agitador número tres. En el aire y en ruta. Cambio.

–Roger. Aguarden mis órdenes. Cubo Seis, corto.

El piloto del AH6 examinaba los campos de maíz mientras el Blackhawk UH60 lo seguía a mayor altura. El otro AH6 volaba en la cola. Los maizales se convertían enseguida en pastos, sobre los que se desperdigaba el ganado en todas las direcciones, mientras los helicópteros lo sobrevolaban; luego, el terreno volvió a cubrirse con maizales. Turcotte nunca había visto tantos campos, ni siquiera en Alemania. Parecía como si todo Nebraska se hubiera convertido en un gran tablero de damas hecho de cultivos y haciendas. Con los prismáticos de visión nocturna distinguía de vez en cuando grupos de árboles alejados; a veces se colaba una luz entre ellos, eso indicaba que allí vivían agricultores y ganaderos. Turcotte se preguntaba qué estarían buscando por ahí.

El piloto tiró hacia atrás el mando y redujo la velocidad. Turcotte vio que Prague comprobaba su situación con un GPR, un aparato que servía para la localización en tierra. Prague hizo una señal al piloto.

–Cubo Seis. Aquí Nightscape Seis. En Papa Romeo Osear. Solicito autorización final. Cambio.

–Aquí Cubo Seis. Zona despejada en un radio de doce kilómetros. Se cierra la comunicación. Proceda. Repito. Proceda. Corto.

–Roger. Corto. – Prague señaló hacia adelante y de nuevo se desplazaron por el oscuro cielo-. Fase uno iniciada. Inicie la guardia.

EL CUBO, ÁREA 51 118 horas, 30 minutos

–Señor, tenemos una sombra sobre el agitador número tres.

–Una ¿qué? – Gullick se giró sobre su butaca de control-. ¿Qué quiere decir con una sombra?

El mayor Quinn señaló la pantalla.

–Tenemos un duende detrás del número tres. No hemos podido captarlo porque es muy pequeño, pero algo que está siguiendo al agitador número tres. He comprobado las grabaciones y seguramente ha estado aquí desde que el número tres abandonó el hangar. Tiene que haber estado cerca cuando el número tres despegó.

–¿ Qué es? – preguntó Gullick.

–No lo sé, señor. Sólo podemos captarlo con el satélite de rastreo y el sistema de infrarrojos.

El Cubo estaba conectado con el centro de aviso de misiles de la comandancia espacial estadounidense, que se encontraba dentro de la montaña Cheyenne, fuera de los saltos del Colorado. La comandancia espacial se encargaba del sistema de satélites del programa de soporte a la defensa. Esos satélites rastreaban toda la superficie de la tierra, desde una altura de aproximadamente treinta mil kilómetros, en órbitas geosincrónicas. Originariamente, el sistema había sido diseñado para lanzamientos de misiles balísticos intercontinentales durante la guerra fría.

En la guerra del Golfo había captado todos los lanzamientos de los SCUD y había resultado ser tan efectivo que el ejército perfeccionó el sistema a fin de que fuera suficientemente efectivo para avisar en tiempo real a los comandantes locales del nivel táctico, un sistema valioso que los del Cubo podían emplear. A través de los miembros de Majic12, Gullick tenía acceso

a sistemas como aquél y muchos otros.

Cada tres segundos el sistema de satélites enviaba un mapa infrarrojo de la superficie de la tierra y del espacio aéreo circundante. La mayoría de los datos simplemente se guardaban en cintas en el centro de aviso, excepto que el ordenador detectase un lanzamiento de misil o, como en este caso, una agencia autorizada solicitase una línea directa y codificara un área de destino específica para poder obtenerla en tiempo real.

–¿Es un Far Walker? – preguntó Gullick empleando el nombre en clave de fuentes de infrarrojos válidas no identificadas, que de vez en cuando el sistema detectaba y que no tenían una explicación lógica.

–Sin duda es un duende, señor. No concuerda con nada de los archivos. Es demasiado pequeño incluso para ser un avión.

¿Qué era aquella pequeña nave dotada de suficiente velocidad para seguir al agitador número tres, que se desplazaba a más de cinco mil kilómetros por hora en dirección hacia Nebraska?

–Póngalo en pantalla -ordenó Gullick, haciendo girar su butaca hacia la pantalla principal. Se pasó la mano por el lado derecho de la cabeza, luego se la contempló. Temblaba levemente. Gullick se asió a su asiento para calmarla.

Quinn transfirió la información a la gran pantalla de la parte frontal de la sala. Había un pequeño punto brillante, justo detrás del punto de mayor tamaño que indicaba el agitador número tres.

–¿A qué distancia se encuentra del agitador número tres?

–Es difícil de decir, señor. Probablemente esté a unos dieciséis kilómetros.

–¿Han informado a número tres?

–Sí, señor.

Gullick habló por el micrófono inalámbrico que llevaba ante los labios y pulsó el botón de comunicación que llevaba incorporado a su cinturón.

–Agitador número tres, aquí Cubo Seis. ¿Algún contacto visual del duende?

Cambio.

–Aquí Tres. Negativo. No vemos nada. Sea lo que fuere, está demasiado lejos. Cambio.

–Aquí Seis. Hagan alguna maniobra evasiva. Cambio.

–Procedo -respondió el piloto de Tres-. Un momento. Cambio.

En la pantalla, el punto que representaba el agitador número tres se lanzó de repente hacia la derecha, al norte de Salt Lake City. El punto más pequeño lo siguió a igual velocidad. Las series rápidas de zigzags no consiguieron despistar al duende.

–¿Ordeno cancelar la operación, señor? – preguntó Quinn.

–No -repuso Gullick-. Continuaremos. Ponga al Aurora en alerta. Quiero estar encima de este duende. – Tecleó en la radio-. Tres, aquí Seis. Olvídelo.

Continúen la misión. A partir de ahora me encargaré de la situación. Corto.

–¿Informo a Nightscape Seis, señor? – La preocupación de Quinn era evidente.

–Negativo, mayor. – replicó Gullick irritado-. Que esa gente haga su trabajo y deje que yo me ocupe de este duende. Y permítame pensar e informar.

¿Lo ha comprendido? – Gullick escrutó al joven oficial.

–Sí, señor.

CERCANÍAS DE BLOOMFIELD, NEBRASKA. 118 horas, 15 minutos.

–Captamos muchas señales térmicas a la izquierda -anunció el piloto del AH6 mientras se dirigía de inmediato en esa dirección.

–¡Cázalas, cowboy \ -exclamó Prague por el intercomunicador mientras se colocaba los prismáticos. Buscó en el asiento trasero, cerca de las rodillas de Turcotte, y sacó un rifle. En cuanto tuvo el brazo bien asido, Prague sacó su cuerpo fuera del helicóptero de forma que el arnés de seguridad que llevaba le impedía caer. Turcotte se inclinó hacia fuera y miró la misma escena que Prague estaba siguiendo: ganado desperdigándose por todas las direcciones a causa del ruido de los helicópteros.

Prague se puso el rifle al hombro y miró a través del visor nocturo que llevaba montado en el arma. Disparó dos veces y dos de las vacas cayeron inmediatamente

–Sustancia nerviosa -dijo mirando a Turcotte sobre su hombro-. Las mata y no deja huellas. Luego recuperamos el dardo.

El AH6 se elevó y adoptó una posición estática a cien metros de los dos animales. El Blackhawk UH60 quedó prácticamente suspendido sobre los dos cuerpos, y Turcotte vio cómo caían unas sogas del Blackhawk y cuatro hombres con mochilas descendieron rápidamente.

Los cuatro hombres se arremolinaron alrededor de los cuerpos. De vez en cuando se producía un brillo de luz mientras manipulaban las vacas.

–¿Tiempo de despiece? – preguntó Prague.

–Seis minutos, treinta segundos hasta que el agitador número tres esté en el sitio.

–De acuerdo -dijo Prague-. Vamos bien.

–¿Qué están haciendo? – preguntó Turcotte por fin.

Prague se volvió hacia atrás, con una mirada de demonio metálico y una amplia sonrisa que asomaba bajo el bulto protuberante de los prismáticos de visión nocturna.

–Allí abajo están cortando unos filetes de primera. ¿Te gustaría el corazón?

¿O los ojos? ¿Qué tal unos ovarios de vaca? Regresamos con todo tipo de buena comida. Disponen de unos rayos láser quirúrgicos ultramodernos que permiten hacer cortes limpios. También tienen equipos de succión que eliminan la sangre. Lo único que queda es un par de vacas muertas con partes específicas del cuerpo seccionadas quirúrgicamente y sin rastro de vehículos en la zona. Y sin sangre, algo inquietante. Nadie puede explicarlo, así que nadie lo investiga suficientemente, pero para nuestro propósito resulta efectivo.

«¿Qué propósito?», se preguntó Turcotte. Había oído hablar de mutilaciones del ganado. Era bastante habitual en la prensa. ¿ Por qué efectuar una operación tan complicada sólo para eso? ¿Era por eso que Duncan lo había enviado allí? ¿Para averiguar que la gente del Área 51

estaba detrás de las mutilaciones de ganado?

El Blackhawk se había apartado mientras los hombres trabajaban. Ahora regresó y dejó caer dos arneses en cabrestante, uno a cada lado. Los dos primeros hombres subieron, con su carga ensangrentada, en treinta segundos. Luego los otros dos.

–Inicien fase dos -ordenó Prague y prosiguieron la marcha hacia el suroeste.

–¿Has oído eso? – preguntó Billy Peters.

–Mmmm… -respondió Susie, con la mente en otras cuestiones. Con el brazo de Billy alrededor de sus hombros y su cabeza reposada sobre su amplio pecho, podía oír el latido del corazón de él, eso seguro.

–Parecen helicópteros o algo así -murmuró Billy. Con la mano del brazo que tenía libre, frotó el vaho del limpiaparabrisas delantero de su furgoneta

Ford 77 e intentó mirar fuera. Llevaban ahí parados mucho rato, desde justo antes de que oscureciera, pero había mucho por decir. Susie iba a irse de su casa y Billy se encontraba en una disyuntiva: no estaba muy seguro de invitarla a vivir en su caravana en Columbus, o dejar que siguiera con el plan original de ella de marcharse a casa de su hermana en Omaha.

Había elegido ese solitario lugar porque estaba seguro de que allí nadie los molestaría; sin embargo, ahora casi se alegraba de la interrupción porque sabía que esa noche no tomaría una decisión, no con ella abrazada a él tal como estaba. ¿Cómo alguien podía pensar tranquilamente en esa situación?

–Alguien viene hacia aquí -dijo Billy mirando fuera de la ventana en el suelo nocturno.

EL CUBO, ÁREA 51. 118 horas, 4 minutos.

Gullick examinaba el gran mapa. El duende todavía iba detrás del número tres. Los dos puntos estaban ahora cerca de la conjunción de las fronteras de Wyoming, Colorado y Nebraska.

–¿ Situación del Aurora? – preguntó Gullick.

–En la pista, listo para despegar.

–Dele la salida.

–Sí, señor.

–¿Tiempo de la fase dos?

–Ochenta y seis segundos -respondió Quinn.

Gullick pulsó un interruptor en la consola que tenía ante sí y miró la información de vídeo obtenida desde la torre de control en la superficie. Un