La estrella de los gitanos

Robert Silverberg · Capítulo 10 de 94

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La estrella de los gitanos

Capítulo 9

9

Capítulo

Puesto que Mulano no es un mundo del Imperio, no hay un servicio regular de astronaves. La única forma de llegar o salir de él es por el relé de tránsito, que es un poco como intentar viajar arrojándote el mar con un gancho en el cuello y esperar que algún pájaro gigante te agarre y te transporte allá donde deseas ir. Chorian, una vez entregado el mensaje de Damiano y obtenida mi respuesta, estaba preparado para irse, pero necesitó la mayor parte de una semana antes de poder agarrar su tránsito y partir.

Así que fue mi huésped durante todo ese tiempo. No es que me queje.

Había llegado a gozar con mi soledad, y deseaba que volviera tan pronto como fuera posible; pero un huésped es un huésped. Quizá los gaje echen sin contemplaciones a alguien que se presente a su puerta; un rom, nunca.

En realidad no era tan malo tenerlo por los alrededores. Aparte el hecho de pasarse un poco más de lo necesario con su adoración —y realmente no podía impedirlo; yo era cinco veces más viejo que él, y además un rey, o al menos un antiguo rey, y legendario en cincuenta o sesenta mundos—, era una compañía bastante agradable. No era ni con mucho tan ingenuo como parecía a primera vista; lo que había tomado por ingenuidad era en su mayor parte su estilo de inocencia de ojos muy abiertos, que probablemente no era más que una pose debida a su juventud. Y no era justo culparle por el hecho de ser joven. No era culpa suya, y pronto debería prescindir de ello. Había felicidad en él, y fuerza, y un buen corazón rom. Además, conocía todos los chismorreos de la corte. Me sorprendió descubrir lo ansioso que me sentía de ser puesto al corriente de todas las intrigas triviales e insignificantes de los círculos internos de la Capital; y él parecía saberlo todo, los nombres de las actuales amantes del emperador, la

situación exacta en esos momentos de Lord Sunteil, Lord Naria y Lord Periandros en el favor del emperador, la última escapada no eclesiástica del archimandrita Germanos, y todo lo demás.

Le pregunté cómo había llegado a emplearse en el Imperio.

—Fui vendido a él —dijo—. Nuestra kumpania se dispersó durante la gran sequía en Fénix, y fui puesto a la venta como esclavo. Tenía siete años. El falangarca Dilvimon me vio y me compró por cincuenta cerces.

Fui esclavo de Sunteil hasta que cumplí los diecisiete, y cuando me concedió mi libertad me pidió que me quedara a su servicio, cosa que hice.

Confía en mí y me trata bien. Y creo que es bueno para nuestro pueblo tener a un rom como la mano derecha de Lord Sunteil.

Sonaba completamente casual acerca del hecho de haber sido esclavo.

Era posible; ser vendido como esclavo no era una gran desgracia y, como mi reverenciado mentor Loiza la Vakako dijo cuando yo mismo iba a ser vendido por segunda vez, puede ser una experiencia altamente educativa para un joven rom. Después de todo, es en el agua donde aprendes a nadar.

Pero sé que hay algunos que no tienen en tan alta estima como yo la institución.

Dije:

—¿Así que eres Imperio por fuera, pero sigues siendo rom por dentro?

Chorian sonrió ampliamente.

—¿Y qué otra cosa puedo ser? Auténtico rom, en carne y hueso —dijo

—. Lo único que Lord Sunteil puede comprar de mí es mi tiempo. Mi alma nunca ha estado en venta. —Habíamos estado hablando en imperial, pero para esto último cambió a romaní, por supuesto. Cuando es necesario decir la verdad absoluta, un rom habla en el lenguaje de su propio pueblo.

Tenía que ser un auténtico rom, hasta el punto de conocer la Gran Lengua. Pero Chorian había crecido ente los gaje, y había tristes lagunas en su educación. Nadie le había enseñado las antiguas canciones y las antiguas danzas; no sabía nada de conjuros y sortilegios; no tenía ni idea de cómo espectrar. Pero aún no había tenido ninguna oportunidad, desde que era niño, de sumergirse en el Swatura, las crónicas de nuestra raza, y el curso de nuestra historia empezaba a embrollarse en su mente.

Por supuesto, estaba familiarizado con los acontecimientos de los últimos mil años, de cómo el Reino había surgido a la existencia y de la forma en que había dispuesto sus extrañas relaciones con el Imperio. Si no

otra cosa, las responsabilidades de Chorian en la corte imperial podían haber exigido de él que fuera consciente de aquella parte de la historia.

Pero el resto de ella lo conocía solamente en sus brumosas líneas generales, trozos y fragmentos aquí y allá: algo de nuestros primeros días en la Estrella Romaní, nuestra salida a la Gran Oscuridad, nuestro errar por el espacio y nuestra llegada a la Tierra. Tenía algún conocimiento de la grandeza de la Atlantis romaní, y de la catástrofe que la había destruido.

Sabía algo acerca de los terribles años de nuestra vida como desheredados entre los gaje de la Tierra. Pero nada de aquello tenía un significado sólido para él. Todo era nebuloso, vago, abstracto, mera historia, una lodosa maraña de antiguas migraciones y persecuciones prácticamente sin sentido, hacía mucho tiempo y muy lejos. De hecho, parecía la historia de otra gente. No tenía la sensación de que nada de aquello le hubiera ocurrido a él. Pero así era; por supuesto, así era. Todo lo que le había ocurrido a cualquier rom les había ocurrido a todos los roms. Si no eres uno con la historia no tienes historia; y si no tienes historia no eres nada en absoluto.

En los pocos días que estuvo conmigo intenté ayudarle. Justo antes del momento en que terminaba el Doble Día, lo llevaba fuera a los resplandecientes campos de hielo y le mostraba dónde localizar la Estrella Romaní.

—Ahí —decía, señalando—. La gran roja. O Tchalai, la Estrella de Maravilla. O Netchaphoro, la Corona Luminosa, la Mensajera de Luz, el Halo de Dios. ¿La ves ahí arriba? ¿La ves, Chorian?

—¿Cómo podría no verla, Yakoub?

Y se arrodilló ante ella en el hielo.

—Hay dieciséis haces de luz que brotan de ella —le expliqué—. Uno para cada una de las dieciséis tribus originales. Puedes ver eso en el estandarte del Reino, la estrella de dieciséis puntas. Esa estrella tiene un planeta, Chorian, y es el mundo más maravilloso en todos los mil millones de galaxias.

—¿Habéis estado allí alguna vez, Yakoub?

—En mis sueños, sí.

—¿Pero nunca la habéis visto con vuestros propios ojos?

—¿Y cómo podría? Es tierra santa. Está absolutamente prohibido para cualquiera de nosotros ir allí, es el peor tipo de sacrilegio. Ningún rom ha puesto su pie en ese mundo en diez mil años.

Tuvo problemas para comprender eso: ¿por qué simplemente no subíamos a nuestras naves y partíamos a reclamar nuestro antiguo mundo natal? Sería muy fácil. ¿Qué nos lo impedía? Podíamos ir a cualquier sitio que quisiéramos, ¿no? Los jóvenes son tan impetuosos. Y no comprenden realmente la naturaleza del mundo invisible, de los lazos que no podemos ver pero que nos atan y nos constriñen. Le expliqué que se trataba de cumplir con nuestro destino a largo plazo, de un plan que estaba más allá de nuestra habilidad de captarlo. Le dije que no podíamos regresar a la Estrella Romaní hasta que hubiéramos recibido una señal, una llamada, de que había llegado el momento.

Y entonces dije:

—Pero tengo intención de ir allá antes de morir, muchacho. ¿Por qué crees que he vivido tanto? Hice un juramento. Nada de muerte para mí, muchacho, hasta que haya tocado con mis dos talones el suelo de la Estrella Romaní.

Me lanzó una mirada peculiar.

—¿Aunque eso sea sacrilegio?

Me volví furioso hacia él.

—¿Qué estás diciendo? No puedo ir hasta que llegue la llamada,

¿entiendes? Pero la llamada llegará pronto. Lo sé, Chorian. Tengo la certeza absoluta de ello. Y cuando ocurra..., cuando llegue el momento...

—Vos seréis el primero ahí arriba.

—El primero, sí. Mostrando el camino para el resto de nosotros.

¿Entiendes ahora?

Asintió. Contempló el negro cuenco del cielo. El aire de Mulano es frío y claro y no hay las luces de ninguna ciudad que empañen la visión del cielo. Nunca he conocido ningún otro mundo desde el cual pueda verse tan fácilmente la Estrella Romaní.

—Si es tan maravilloso allí, Yakoub, ¿por qué nos fuimos?

—Tuvimos que hacerlo —respondí—. Una madre prudente echa a sus hijos para que se abran su propio camino en el universo; y la Estrella Romaní fue una madre prudente para nosotros.

¿Era así? De pronto, allí, por un momento, me lo pregunté. Arrojarnos de nuestro hogar con una espada llameante y forzarnos a miles de años de desanimante errar, ¿es eso prudencia? ¿Es sabiduría? ¿Es algo propio de una madre?

Escuché lo que estaba diciendo, esa frase insincera acerca de la madre prudente que nos había arrojado de su seno, y por un extraño instante todo mi sentido de la arquitectura de nuestro destino se estremeció y se tambaleó y pareció a punto de venirse abajo. A veces todo ese vocear de proverbios no es más que una forma de barrer la angustia y el dolor e incluso el resentimiento y meterlo todo debajo de la alfombra. Pero lo que tú barres debajo de la alfombra tiene una forma especial de arrastrarse de nuevo fuera y morderte, y eso no es sólo un proverbio. Es una observación.

Arrojados por nuestra prudente madre. Bien, sí. O nuestro padre. La Estrella Romaní era nuestra madre y Dios era nuestro padre, y Dios había reparado en nosotros, felices y complacidos en la Estrella Romaní, y se había dicho a Sí mismo: Esos gordos y perezosos roms se están volviendo complacientes. Se están volviendo arrogantes. Están empezando a olvidar que este universo es en realidad un valle de lágrimas, un lugar de riesgo y azar donde sólo gracias a la mayor buena suerte puedes completar todo un día sin que ocurra ninguna monstruosa catástrofe. Esos roms se lo han pasado bien aquí durante demasiado tiempo. De acuerdo. Les arrojaré de este lugar de una patada en el culo. Que aprendan lo que es realmente la vida. Y así lo hizo. Y hemos estado sufriendo a causa de nuestra antigua buena suerte desde entonces.

Hubo un tiempo en la Tierra un pueblo gaje llamado los judíos, que creían que eran el pueblo especial de Dios. Él los arrojó también de una patada en el culo, simplemente para enseñarles que Él no tiene preferidos, o que, aunque los tenga, puede someterlos a penalidades más duras que aquellas a las que somete a sus enemigos. Es una historia muy similar, en ciertos aspectos: sufrimientos, persecución, pobreza, exilio. Pero no fue tan duro con ellos como lo fue con nosotros. A ellos los hizo abogados, doctores, profesores. A nosotros nos hizo afiladores y adivinos. ¿Qué tipo de lección quería enseñarnos? Al menos se apaciguó un poco con el correr del tiempo, y nos ofreció algunas ocupaciones con un poco más de clase.

Todavía hay algunos judíos por ahí, pero no creo que muchos de ellos sean pilotos de astronaves. Y estoy casi completamente seguro de que ninguno de ellos es rey.

Bien, quizá todo eso haya valido la pena, me dije. El arrojarnos al exilio, el vagar, los sufrimientos. Así que respondí a mi propia pregunta con un sonoro: Sí. Por supuesto que había valido la pena. ¿Quién era yo para quejarme? Ahí estaba Chorian, contemplándome con adoración, a mí, el

hombre sabio, el viejo rey, la encarnación de nuestra raza, y me estaba diciendo con los ojos: Cuéntame, cuéntame, cuéntame, Yakoub. Háblame de nuestra gran y maravillosa historia. De cómo ocurrió todo, de cómo empezó. Me sentí avergonzado de haber dudado aunque sólo fuera por un instante, de que hubiera empezado a sentirme resentido, a hacerme preguntas.

Y mientras permanecíamos allá en la oscuridad y el frío, le conté la antigua leyenda, la más antigua de todas nuestras leyendas, la Leyenda del Sol Dilatado, del mismo modo que me la había contado a mí mi padre mientras estábamos de pie juntos en aquella empinada ladera del monte Salvat una noche en Vietoris hacía mucho tiempo, y del mismo modo que yo se la había contado a mis muchos hijos, a lo largo de muchos años, en muchos mundos distintos.

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