La estrella de los gitanos
Capítulo 2
2
Capítulo
Más adelante, Syluise vino a verme después de todo. O su espectro, mejor dicho. No puedo decir que llegó justo cuando ya había perdido las esperanzas, porque nunca había tenido ninguna esperanza de verla, sólo calenturientas fantasías que sabía de antemano que eran infundadas. Y de pronto, ahí estaba, Syluise la dorada, Syluise la gloriosa, flotando en el aire justo delante de mí.
—No me has echado en falta, ¿verdad? —dijo. Querida Syluise. Siempre abriendo con una estocada.
—No he pensado en nadie más que en ti durante todo este tiempo —
respondí. Con voz a la vez romántica y sarcástica. ¿Cuál era la verdad?
¿Cómo podía saberlo?
Torbellineantes ondas de esplendor electromagnético la rodeaban como una aurora, arrojando un halo esmeralda, escarlata, violeta, dorado. Su aspecto era impresionante en su interior. Nunca la he visto con un aspecto que no fuera impresionante, no importaba la estación, la hora del día, el clima geofísico o emocional. Esa es su especialidad: una belleza tan intensa que es irreal. Es como su propia estatua.
—Ha pasado mucho tiempo, ¿no crees, Syluise?
—He estado viajando.
—Polarca me dijo que te vio en Atlantis.
—¿De veras? Tiene buena vista. Te busqué allí, pero no estabas.
—No espectro mucho estos días —dije.
—No. Te entierras en la nieve y contienes la respiración hasta que tu rostro se pone azul. ¿No es eso lo que estás haciendo, Yakoub?
Apenas podía soportar el contemplarla, tan hermosa era. Una belleza extraña, en absoluto rom, cascadas de brillante pelo dorado, ojos azul intenso, largas y esbeltas piernas. Es rom, lo sé, pero hace mucho tiempo que se hizo cambiar a aquella forma gaje. Que nunca altera: hace ochenta años que la conozco, y no ha envejecido ni un solo día. Es su propia estatua, sí.
Pero hay más en ella que su resplandeciente belleza. Se comporta como una auténtica mujer ante los hombres, como una gran cortesana; y Dios sabe que interpreta de forma magnífica su papel. Pero todo es un juego para ella, esas tempestuosas pasiones. Algo más arde dentro de ella, algo indescifrable, intocable, alguna ambición más profunda que hacer que los hombres se arrodillen ante su belleza. La belleza es sintética, después de todo. Puede que fuera baja y tosca y fea, con ojos vacuos y cintura gruesa y tez cenicienta, antes de hacerse remodelar como una diosa. Por todo lo que sabía, igual pudo ser un hombre, antes de la remodelación.
—He renunciado al reino —dije.
—Sí, lo sé. Abdicaste. Pero, ¿por qué pasar tu retiro en un lugar como éste?
—Porque había cosas sobre las que necesitaba pensar. Éste es un buen lugar para pensar.
—¿Lo es?
—Mi mente trabaja bien en clima frío. Y un ambiente austero como éste me permite limitarme a lo esencial.
Lo esencial. Deseaba avanzar hacia ella y abrazarla fuertemente contra mí. Esos pechos, esos labios. Eso era lo esencial. Su perfume llenando el aire. Los espectros de Mulano se habían arracimado a su alrededor, desconcertados por la energía que emanaba de ella. Mi garganta estaba seca y me dolían los testículos. Quizás hubiera sido mejor que ella no hubiera aparecido nunca por allí. No puedes hacer el amor con un espectro, pero por supuesto puedes desearlo.
—¿A qué cosas esenciales te refieres, Yakoub?
He sobrevivido a todas mis esposas. Syluise no me tendrá. No quiero más. Hay en ella algo duro y contradictorio que me hipnotiza.
Pero quizá ya he tenido bastantes esposas para una sola vida.
Probablemente no me casaría con Syluise ni aunque ella me aceptara
alguna vez. Pero de todos modos se lo pido, de tanto en tanto. Y ella me rechaza siempre.
Dije:
—El futuro del reino es lo único esencial, Syluise.
—Pero eso ya no es una preocupación para ti ahora.
—Sigo siendo el rey.
—¿Lo eres? Piénsalo. Dices que has abdicado. No puedes ser rey y no ser rey al mismo tiempo.
—Me estoy tomando unas vacaciones, eso es todo.
—Oh, entonces, ¿de eso se trata? ¿De unas vacaciones?
—De tomarme un tiempo para reevaluar las cosas. Para pensar un poco en todo. Un movimiento táctico. Podría tener el trono de vuelta en un minuto, si lo pidiera. —Sonrió: un leve agitar de sus perfectos labios; un débil brillo de sus maravillosos ojos—. ¿Lo dudas? —pregunté.
—No dudo que tú lo crees.
—Pero tú no.
—Tú crees que puedes ser rey y no ser rey al mismo tiempo. Debería haberme dado cuenta de eso desde un principio. Si alguien sabe cómo funciona tu mente, ése soy yo.
—¿Qué estás intentando decir, Syluise?
—Te conocí en tiempos de Cesaro o Nano, antes de que fueras rey.
Recuerdo cómo acostumbrabas a insistir que nunca aceptarías el trono ni en un millón de años, que su misma idea te disgustaba, que se lo arrojarías al rostro si alguna vez intentaban ofrecértelo. Dijiste eso una y otra vez, y luego, cuando acudieron a ti, lo agarraste tan aprisa como pudiste y no lo soltaste en cincuenta años. ¿Crees que puedo tomarme en serio nada de lo que digas, Yakoub? Eres el único hombre que conozco que puede mantener seis ideas contradictorias a la vez y sentirse perfectamente cómodo con ellas.
—Yo no quería ser rey. Rechacé el trono. Una y otra vez, hasta que vi que tenía que ser rey, que no había otra opción. Y entonces terminé aceptando.
—¿Y la abdicación? ¿Por qué lo hiciste?
Su voz se suavizó de pronto de una forma sorprendente. Por un momento ya no estaba sólo peleando conmigo. Parecía realmente preocupada. Me
sentí derretir en el amor. Como un niño, como un Chorian. Como un papanatas.
—¿Realmente quieres saberlo? —pregunté.
Se me acercó más. La aurora a su alrededor murió, y descendió hasta situarse casi al nivel del suelo y casi a mi alcance. Sólo un beso, pensé.
Esos rosados pezones endureciéndose contra mis palmas.
—Quiero saberlo, sí. —Su voz seguía siendo suave.
—Un movimiento táctico —dije.
En mi mente ardía el recuerdo de aquellos últimos días antes de que me presentara ante el gran kris para abdicar. Aquella época de desesperación y trastorno en mi alma, cuando, mirara hacia donde mirara, sólo veía caos y descomposición. Los hombres y mujeres jóvenes emperifollándose para parecer gaje, los matrimonios mixtos, los pilotos estelares efectuando pequeños desvíos para dedicarse a sus pequeñas operaciones de contrabando, y todo lo demás: la decadencia final de una antigua y gran raza, o al menos eso me parecía a mí. Había intentado decirme a mí mismo que exageraba, que me estaba volviendo quisquilloso y conservador con la edad. Pero al final todo había estallado dentro de mí, de una forma repentina e incontrolable: una sensación de que todo estaba haciéndose pedazos y de que había que tomar alguna medida desesperada. Fue entonces cuando reuní a la krisatora y les dije que abdicaba; y aunque viva diez mil años nunca olvidaré las expresiones de absoluta sorpresa y desconcierto en sus rostros cuando les di la noticia.
Ella frunció el ceño. Como una nube cruzando el rostro del sol. —¿Un movimiento táctico? —dijo—. No comprendo.
Inspiré profundamente. Nunca había hablado explícitamente acerca de aquello antes, no con Polarca, no con nadie. Pero nunca había sido capaz de ocultarle nada a Syluise.
—Tenía la impresión de que las cosas estaban yendo mal en el Reino, que habíamos perdido nuestro rumbo, que habíamos olvidado nuestra finalidad. Necesitaba impresionar a la gente. Hacer que reaccionara. A fin de volver a situar el Reino de nuevo en su rumbo.
—¿Su rumbo?
—Me refiero a la Estrella Romaní —dije.
—¡Oh, Yakoub!
Sonó triste y cariñosa y condescendiente a la vez. Pero más condescendiente que ninguna otra cosa.
—¿Dónde están los roms de la Estrella Romaní? —pregunté—.
¿Queremos nuestro auténtico mundo de nuevo, o estamos dispuestos a vivir para siempre en el exilio? ¿Hemos pensado alguna vez en estas cosas últimamente? El único Lugar Auténtico, Syluise: ¿no significa eso nada para ti?
Su aurora llameó de nuevo. Ya no pude ver su rostro.
—Un pueblo gordo, complaciente, rico y asentado: ¿es eso lo que somos, Syluise? ¿Pilotando nuestras naves, sirviendo a los gaje, bien arropados en el imperio? No. No. Si perdemos de vista lo que realmente importa, nos perdemos de vista a nosotros mismos. Nos convertimos en algo no mejor que los gaje. ¿Es eso lo que quieres, Syluise? Quizá sí. Tu hermoso pelo gaje. Su estrecha cintura gaje. —Sentí que la rabia ascendía bruscamente dentro de mí, ascendía y ascendía—. ¿No lo comprendes? Vi a mi propio pueblo perder su rumbo. Y yo, su rey, presidiendo toda la catástrofe.
Un violento soplo de viento cruzó la llanura de hielo, alzando remolinos de nieve y arrojándolos contra nosotros. Los duros torbellinos blancos cruzaron a través de su cuerpo sin que ella pareciera darse cuenta.
—¿Y abdicar, Yakoub? —dijo suavemente—. ¿Cómo va a mejorar eso las cosas?
—Me necesitan —dije—. Ya han enviado un mensajero a pedirme que vuelva. Vendrán más. Me suplicarán. Me pedirán que imponga mis condiciones. Entonces se las diré. Y no tendrán elección. Seré rey de nuevo, Syluise. Pero esta vez ellos tendrán que seguirme allá donde les conduzca. Y donde les conduciré será a la Estrella Romaní.
—Oh, Yakoub —dijo de nuevo. Su aurora se hizo tan densa como el núcleo de un sol. Ya no podía verla, pero sí oírla. ¿Estaba llorando, dentro de aquella cegadora luminosidad de energía?
No. Aquel sonido era una risa.
¡Syluise! La maldita zorra sin corazón. La fuerza del odio que sentí en aquel momento hacia ella hubiera podido conducir una flota de astronaves desde un extremo al otro de la galaxia.
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