La estrella de los gitanos
Capítulo 7
7
Capítulo
De nuevo la cristalina escalinata. La plataforma del trono, muy por encima de mí. ¿Cuántas veces, a lo largo de las muchas décadas de mi vida, me había detenido en la gran losa de ónice que formaba la base de aquel encumbrado trono, mirando hacia arriba al gobernante de todos los mundos gaje?
Nunca había visto al Decimotercero, no en carne y hueso. Entonces yo me hallaba demasiado lejos del centro del poder. Fue el emperador de mi infancia, y también de mi primera juventud, que parecía que iba a vivir eternamente. Había visto su imagen en las pantallas de una docena de mundos, sin embargo: un hombre pequeño, de aspecto débil y rostro cerúleo, perchado allá arriba sobre su plataforma de ónice. ¿Quién podía imaginar que iba a vivir tanto tiempo? El Decimocuarto fue una historia distinta; joven y vigoroso, había ascendido al trono con el propósito declarado de limpiar todas las telarañas que se habían ido formando durante el interminable reinado de su predecesor. Era un hombre de piel morena y cuerpo delgado, de aspecto casi rom, penetrantes ojos dorados y sonrisa fácil, y la fuerza de un auténtico emperador detrás de aquella sonrisa. Procedía de Copperfield, como cinco de los emperadores antes que él. Sería una mentira decir que lo había llegado a conocer bien, pero lo había visto, incluso había hablado con él dos o tres veces. Y luego, repentinamente, había muerto. Corrieron rumores de que había sido eliminado por haber instituido demasiadas reformas demasiado rápido. Y
así llegó el Decimoquinto, el pastor de Ensalada Verde, en años posteriores mi amigo y compañero de trabajo, listo y bueno. Bien, él también había desaparecido, pero yo seguía allí, aguardando junto a la escalinata de cristal
al que se hacía llamar el Decimosexto, aquel miserable Periandros, el cuarto emperador de mi vida. Si era realmente un emperador, y no sólo un vano pretendiente.
Escuché las trompetas. Sí, ahí estaban. Pero no la vieja gloria ensordecedora. Más bien un patético balido. ¿Otra de las miserables economías de Periandros? ¿O era simplemente el aroma de los tiempos, que hacía que todo pareciera una pálida y triste sombra de su anterior yo?
Y la voz del millón de altavoces:
—¡Yakoub Nirano Rom, Rom Baro, Rex Romaniorum!
El nombre y los títulos eran correctos, sí. Pero no había convicción en ellos, ninguna fuerza. Recuerdo en una ocasión, cuando estaba espectrando por los antiguos días del imperio romano en la Tierra —y este imperio gaje pretende tener un vínculo de relación con aquél, al menos en algunas de sus ceremonias y terminología que ha tomado prestadas—, y era en sus últimos días, justo antes de que los bárbaros llegaran golpeando a sus puertas.
Normalmente, uno no sabe que vive en los últimos días de un gran imperio; tan sólo es consciente de que las cosas no son tan buenas como se suponía que debían ser. El conocimiento de la finalidad únicamente llega después del hecho, cuando los historiadores han empezado a proporcionar una perspectiva. Pero esos romanís de los últimos días sabían que no se trataba sólo de una mala época sino del final de su época, y podías verlo en sus ojos, en la gris expresión de sus rostros, en la curva de sus hombros. Todo alrededor de ellos gritaba que el apocalipsis estaba a la vuelta de la esquina.
Ahora era un poco como aquello. El declive y la caída estaban en el aire de la Capital. El viejo orden terminaba, y sólo Dios sabía qué iba a venir a continuación; e incluso las trompetas y los altavoces eran débiles y parecían apagados por las dudas.
—El Decimosexto Emperador del Gran Imperio convoca al Rex Romaniorum ante el trono —llamó el mayordomo. Y eché a andar escalinata arriba. De nuevo. Lentamente. Con un paso no tan vivo como antes. La melancolía y el abatimiento eran contagiosos. Decidí alejarme de aquel lugar tan aprisa como pudiera, una vez completados mis asuntos con Periandros.
Parecía tenso, contraído, demacrado, dentro de sus finos ropajes. El Periandros que recordaba era un hombre más bien grueso, fofo, con la expresión de un amante de los placeres, en sazón, quizá incluso algo pasado. Algo completamente engañoso, puesto que no amaba más los
placeres de lo que podría hacerlo una piedra. Probablemente algunas piedras de naturaleza ígnea eran incluso superiores en este aspecto. Dentro de ese blando y consentido cuerpo había un alma mezquina y dura, como un cangrejo acechando dentro de un pulposo melón. Dios sabe que todos son así en Sidri Akrak: todo un planeta de gente siniestra e inquietante que sufre estreñimiento de corazón. Ahora la sazón había desaparecido del cuerpo de Periandros, y en él sólo quedaba el áspero y arrugado núcleo akraki. A su lado, en los asientos que ocupaban los grandes lores del emperador, se sentaban ahora otros tres akrakikanos. Tuve que admirar la totalidad de la toma del poder, y su total estupidez. Normalmente el emperador tenía el suficiente buen sentido como para otorgar el puesto de grandes lores a ciudadanos de distintos planetas importantes, a fin de conseguir algo de apoyo político para sí. Pero no éste, más necesitado del apoyo de otros mundos que cualquier emperador que hubiera gobernado nunca. Oh, no, no éste: se había rodeado por completo de gente de su propia clase. Tres de sus hermanos, por todo lo que sabía. Si es que tenían hermanos en Sidri Akrak. Parecía más apropiado para gente como él haber nacido en probetas, como los androides. Era una visión descorazonadora, ver aquellos rostros hoscos y desapasionados devolverte la mirada desde la cima de la plataforma del trono.
—Éste es un día alegre, Yakoub Rom —dijo Periandros con una voz carente de la más minúscula molécula de alegría. Llana, monótona, un zumbido inhumano—. Eres bienvenido ante nos.
Nos, nada más que eso. ¡Había reinventado el nos real!
Tenía el vino preparado para mí. Tomé la copa. También aquello había perdido su sabor: insípido y ácido, un mal año. Sentí deseos de decirle que se suponía que el vino de bienvenida tenía que ser dulce.
En vez de ello hice el gesto formal que el baro rom hace cuando se halla delante del emperador. Quizá Periandros pensara que era un honor, pero todo lo que yo estaba haciendo era reforzar el mío. Afirmar mi status de rey, antes que afirmar el suyo de emperador. Él no tenía por qué saber aquello.
Consiguió esbozar una pálida y aleteante sonrisa. Una auténtica emoción, estilo Periandros. El equivalente de Periandros de un enorme y rugiente abrazo.
—Ha habido mucha confusión, ¿verdad? —dijo—. ¡Cómo detesto la confusión! —(¿Olvidando ya el nos?)—. Pero el tiempo del caos ya está
terminando. La corona imperial ha descendido sobre nos. —(No, sólo un uso inconsistente)—. Y haremos todo lo posible por restablecer el orden en el Imperio. —Una mueca de satisfacción—. Ya hemos hecho mucho, en realidad. Por ejemplo, hemos ayudado a vuestros hermanos romanís en sus tiempos de dificultad.
Metiéndose en nuestros asuntos internos, matando a mi hijo. Sí, una ayuda maravillosa.
—¿Crees realmente que ha desaparecido la confusión, Periandros? —
dije.
Siseos y jadeos de sorpresa entre los grandes lores, Una feroz mirada de negro odio de Periandros. Demasiado tarde me di cuenta de mi error.
Tutearle y llamarle por su nombre, y sin siquiera el Lord delante. El antiguo Lord Periandros había desaparecido dentro de la grandeza real, lo que Julien llamaba la gloire, del Decimosexto emperador.
No había pretendido insultarle. Simplemente se me había escapado.
Recuerdo, al fin y al cabo, el día en que Periandros se había sentado por primera vez entre los grandes lores. No hacía tanto tiempo de ello. La mirada de disculpa del Decimoquinto, como si dijera: es una criaturilla peculiar, lo sé, pero me resulta útil. Me resultaba difícil tomar a aquella criaturilla peculiar en serio. Sentada en el trono de mi viejo amigo. Pero ahora él era el emperador. Al menos, yo había decidido considerarle como el emperador. En bien de la conveniencia. Cubrí mi error con una rápida disculpa. Los viejos hábitos tardan en morir, etcétera, etcétera. Periandros pareció suavizarse algo.
—Ni nos hemos conseguido acostumbrarnos aún por completo a nuestra nueva y encumbrada posición —confesó.
Admiré la elegancia gramatical de aquella confesión. Hubiera podido decir ni nos mismos, lo cual hubiera sido una estúpida redundancia. Pero, por supuesto, yo no había pensado tanto en las sutilezas del nos real como indudablemente lo había hecho Periandros.
Dije piadosamente:
—Debe ser una gran carga, Majestad.
—Nos hemos preparado para ella durante toda nuestra vida. Hay una larga tradición de servicio imperial, ¿sabéis?, en mi mundo de Sidri Akrak.
—(Hasta ahora se estaba comportando bien con el nos)—. El Séptimo emperador, y de nuevo el Undécimo..., y ahora, una vez más, nuestro
mundo se ha visto honrado en las cúspides del Imperio. —Se inclinó hacia delante, mirándome fijamente, como si intentara leer mi pensamiento. Que Dios me ayudara si podía: hubiera visto el desprecio hasta su miserable alma resplandecer en todas mis circunvoluciones cerebrales, y cinco minutos más tarde yo estaría deseando hallarme de vuelta sano y salvo en la acogedora oubliette de Shandor. Se humedeció los labios—. Este asunto de vuestra abdicación..., ¿cómo se supone que debo interpretarlo?
—Simplemente como un asunto interno rom, Majestad. Una maniobra política, quizá no juiciosamente concebida.
—Ah.
—Ha sido invalidada. Anulada. En lo que a mí y mi pueblo se refiere, no ha habido ninguna interrupción en mi reinado.
—¿Y las pretensiones de vuestro hijo Shandor?
—Una aberración, Vuestra Majestad. Una desesperada insurgencia que en la actualidad se halla ya bajo control. Y, con la muerte de Shandor, todo el asunto queda fuera de órbita. No hay otros pretendientes al trono rom.
Periandros pareció genuinamente sorprendido.
—¿Ha muerto Shandor?
—Durante la invasión de Galgala por parte de las tropas imperiales —
dije, quizá demasiado secamente.
Consultó con sus grandes lores. Hubo rápidos murmullos en el opaco dialecto akraki del imperial. Por lo poco que pude captar, vi que Julien me había dicho la verdad cuando señaló que la muerte de Shandor no era obra de Periandros, sino que había sido una contribución espontánea de un general con un exceso de celo. Lo cual al menos me permitiría sentirme un poco mejor en mis tratos con Periandros. Cuando se volvió de nuevo hacia mí, había una mirada casi de compasión en sus ojos. O trastornos intestinales, aunque yo lo interpreté como compasión. Concedámosle algo de crédito. Las emociones humanas iban en contra de su naturaleza, pero se esforzaba. Expresó sus condolencias, y yo le di las gracias. Le dije que Shandor había sido una gran prueba para mí, pero que pese a todo era sangre de mi sangre, etcétera, etcétera. El Decimosexto asintió solemnemente. Con toda probabilidad se sentía muy fascinado por nuestra extravagante y antigua costumbre rom de preocuparnos tanto por los miembros de nuestras familias.
Al cabo de un rato, con evidente alivio por su parte y de hecho también por la mía, dejamos a un lado el tema de Shandor y volvimos al tema del poder, que era mucho más cómodo para ambos.
A su manera personal, frunciendo mucho la boca, reconoció que les dos nos hallábamos en una situación altamente precaria. Pensé que mi situación era considerablemente menos precaria que la suya, pero decidí compartir su opinión. Era lo suficientemente listo como para saber que no se necesitaba un monstruo como Shandor para derribar un rey. Alguien tan leal y dedicado como Damiano podía hacerlo, si empezaba a creer que yo me estaba volviendo demasiado viejo e impredecible como para que pudiera confiarse en mi trabajo. Quizá incluso en connivencia con Polares. Había montones de precedentes en la historia humana de reyes siendo derribados por sus hombres de mayor confianza en aras del bienestar general. Sí, cuanto más pensaba en ello, más arriesgada veía mi posición.
—Sí, nos necesitamos el uno al otro, vos y yo —le dije a Periandros.
La política, dijo el viejo filósofo gaje —Shakespeare, Sócrates, uno de esos— crea extraños compañeros de cama. Nunca imaginé verme a mí mismo inclinándome hacia Periandros. Pero tampoco había imaginado hallar a Periandros sentado en el trono imperial.
Llegamos muy rápidamente a un entendimiento. Habría una espectacular ceremonia pública, con toda la fanfarria, pirotecnia y todo lo demás, a fin de reconfirmarme como Rey de los Roms. El cetro del reconocimiento, toda la parafernalia. Sería invitada toda la nobleza, tanto gaje como rom, de todos los mundos. De hecho, el mayor espectáculo en siglos.
—¿Con lanzas de luz para todos? —señalé.
—Por supuesto, con lanzas de luz —dijo Periandros, irritado—. ¿Cómo podríamos pasarnos de las lanzas de luz, con toda la nobleza reunida aquí?
—Sólo me lo preguntaba —dije.
Pero no, él estaba planeando hacerlo a lo grande, y al diablo los costes.
Podía ver lo serio que era al respecto, con sólo tener en cuenta lo que iba a gastar en ello. Aunque se me ocurrió la idea de que tal vez nos pidiera que nosotros contribuyéramos también. Lo cual seria lógico. La ceremonia de reconsagración constituiría un enorme beneficio simbólico para ambos.
Para mí, barrería la pequeña ambigüedad que se había suscitado cuando Lord Naria, actuando como regente, había posado el cetro sobre los hombros de Shandor. Para Periandros, serviría igualmente para invalidar lo
que Naria había hecho, invalidando así retroactivamente el osado despliegue de autoridad imperial del otro lord. Todos los mundos sabrían que Yakoub Nirano era ahora y para siempre Rom Baro, Rex Romaniorum; e implícito en el reconocimiento de Periandros de mi persona como rey estaba mi reconocimiento de él como emperador.
Había otro pequeño asunto en el paquete. Pero incluso el Periandros desvergonzado estaba demasiado avergonzado para pedírmelo directamente. Lo que deseaba era que yo espiara para él: hacer que mis capitanes estelares roms me mantuvieran informado de los movimientos de Lord Naria y Lord Sunteil, y que yo le pasara esos informes a él. De la forma en que consiguió frasear la petición, sin embargo, Sunteil y Naria no estaban explícitamente mencionados, y resultaba posible que yo interpretara que simplemente me pedía detallados análisis estadísticos de los movimientos comerciales entre los mundos. Así, al menos, es como decidí interpretarlo.
—Por supuesto —dije—. No veo ningún problema en ello.
—Entonces, ¿nos comprendemos mutuamente?
—Por completo —dije.
Se levantó y sirvió el vino de la despedida para mí. Me adelanté para aceptarlo, y le eché una atenta mirada de cerca mientras lo hacía. Había estado notando algo raro en él durante los últimos minutos, y deseaba comprobarlo desde más cerca.
Me había parecido que había como una especie de temblor en sus bordes, por decirlo así. Como si perdieran un poco de definición. No estaba seguro de ello; pero, por todo lo que podía decir desde la distancia donde se me había requerido que me sentare, el Decimosexto estaba teniendo algunos problemas en mantener firmes los límites de su cuerpo. Eso, por supuesto, es una característica de los dobles: siempre son plausibles duplicados de los seres humanos de los que son generados, pero se hallan en un constante estado de degeneración desde el momento mismo en que salen del molde, y un ojo atento puede detectarlo a veces, por muy sutil que sea el efecto en sus primeros estadios.
¿Había estado hablando durante todo el rato con un doble del emperador? ¿Sentado allí bebiendo su vino y mirándole a los ojos y realizando pequeñas escaramuzas políticas con él, y durante todo el tiempo había estado tratando con un mero simulacro, mientras el auténtico
Decimosexto —mortalmente asustado ante la posibilidad de ser asesinado, incluso a manos de un impensable asesino como el propio rey rom— se ocultaba en algún lugar fuera de mi vista, monitorizando a su doble por conexión cortical, quizás incluso manejando un relé que le indicara al doble lo que tenía que decir? Jesu Cretchuno Moischel y Abraham! ¡Qué absurdo! ¡Qué insulto!
Si era cierto. Miré más de cerca. Pero fui incapaz de asegurarlo. Quizá todo fueran imaginaciones mías. Tal vez el temblor que había creído percibir estaba en mis ojos y no en los bordes del emperador. En cualquier caso, no había forma alguna de pincharle y hurgarle para comprobarlo; tenía que tomar mi pequeño sorbo de vino y bajar de la plataforma.
—¿Y bien? —quiso saber Polarca—. ¿Cómo fue?
—Más o menos como esperaba. Es una pomposa mierdecita: cree realmente que es el emperador. Lo más curioso es que yo también creo que lo es. Pero había algo malditamente extraño.
—¿De qué se trata?
Le expliqué que creía que podía haber estado celebrando todo el rato mi audiencia con un doble del emperador. Polarca dio una palmada y se echó a reír.
—¡Que me cuelguen si eso no es propio de Periandros! —exclamó—.
¿Creía acaso que llevabas una bomba en el bigote? Así que quiere vivir eternamente, ¿eh?
—Creo que desea vivir lo suficiente como para conseguir que Sunteil y Naria reconozcan que es realmente el emperador —rectifiqué.
—No creo que nadie llegue a vivir tanto —murmuró Polarca. Agitó la cabeza—. ¡Un doble! ¡Puedes apostar a que lo era!
—No estoy totalmente seguro, ¿comprendes?
—Pero es muy propio de él. Es absolutamente propio de él. ¿Qué crees, enviará también un doble a esa gran ceremonia de consagración tuya? Si alguien quiere asesinarlo, aquél será un lugar excelente para hacerlo.
—Y llevarse también a todo el que esté a diez metros a la redonda de él
—dije.
Polarca frunció el ceño.
—Quizá será mejor que tú también envíes un doble a la ceremonia, ¿eh, Yakoub?
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