La estrella de los gitanos
Capítulo 6
6
Capítulo
Termina el invierno. Los cálidos vientos soplan del sur. Los roms emprenderán pronto de nuevo su camino. Verdes pastos, campos de avena y cebada allí delante. Frescos y claros arroyos de montaña. Los cascos de los caballos resonando contra los caminos aún húmedos de la nieve fundida, las ruedas del carromato chirriando, la embriagadora alegría del movimiento, el aire fresco, el renacer de la vida.
Llegamos al campamento de nuestros primos, camino abajo. No los conocemos, pero son nuestros primos. Sesenta fogatas arden aquella noche.
El aroma de la carne asándose flota por todas partes. Es un glorioso patshiv, una fiesta de fiestas, dos kumpanias que se encuentran en el gran camino del mundo. Nuestros hombres están cantando junto al fuego, brindando por nuestros primos, nuestros anfitriones. Antiguas canciones, canciones de los abuelos de nuestros abuelos, que hablan de viajes hechos hace mucho tiempo.
Una muchacha avanza, muy morena, muy joven. Tiene los ojos cerrados; parece en trance. Canta, y un muchacho apenas un año mayor que ella avanza también y se detiene delante de ella: ha entrado en su trance.
Cuando ella termina él empieza a bailar a su alrededor, los pies golpeando casi furiosamente el suelo, pero no hay rabia en él, sólo deleite y exuberancia. Su cuerpo salta, pero sus brazos y torso permanecen casi inmóviles. Le canta a ella. Ella ríe. Su canción termina y se detiene, mirándola, pero no dice nada. Intercambian tímidas sonrisas y nada más. Y
luego se retiran, ella a su kumpania, él a la suya; pero quizás él la encuentre de nuevo antes de que termine la noche.
Ternera asada, pollo, lechón. Un viejo abuelo es quien baila ahora, palmeándose las rodillas, golpeando sus tacones entre sí. Más aprisa, más aprisa, las manos palmeando, los brazos girando. Y ahora los muchachos; y ahora los hombres; y ahora todo el mundo, primero en círculo, luego formando un amplio óvalo, luego sin ningún esquema, porque hay demasiados para mantener cualquier esquema.
¡Ah, esto es la vida! ¡La vida del camino!
De pronto ladran los perros. Repentinas exclamaciones de alarma desde la oscuridad al borde del campamento. Gritos, el sonido de un disparo, otro disparo.
—¡Shangle! —grita alguien—. ¡Policía! ¡Policía! —Montados en caballos, venidos para echarnos. ¿Qué hemos hecho? Sólo acampar aquí, y dar una fiesta para nuestros primos, y cantar, y bailar. Quizá cantar y bailar esté prohibido en este lugar—. ¡Shangle! ¡Shangle! —Caballos. Perros policía. Tiros al aire. Hombres gritando furiosos. Maldiciendo, escupiendo.
¿Qué hemos hecho? ¿Qué hemos hecho? Debe haber sido el cantar. Debe haber sido el bailar. Cabalgan entre nosotros, y no nos atrevemos a alzar una mano contra ellos. Porque son la policía gaje; y nosotros, nosotros sólo somos los sucios gitanos sin hogar, que debemos movernos con cuidado en su mundo. Así que nos dispersamos, y se acaba la fiesta.
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