La estrella de los gitanos

Robert Silverberg · Capítulo 51 de 94

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La estrella de los gitanos

Capítulo 9

9

Capítulo

La mazmorra donde me metió Shandor era exactamente lo que había esperado de él. No había olvidado que estaba allí, y no me sorprendí en absoluto de que fuera aquélla la elegida para retenerme. Era el tipo de mazmorra conocido como oubliette, un nombre que procede de la perdida y querida Francia de Julien de Gramont y que deriva del verbo oublier, que quiere decir «olvidar». En consecuencia, una oubliette es un agujero al que arrojas un prisionero del que no quieres saber nada más.

Aquella oubliette en particular estaba a seis o siete niveles por debajo del suelo, en las profundas entrañas del palacio real. No es una de las curiosidades más célebres del edificio. No es algo que te muestren cuando acudes a efectuar una visita turística. Yo llevaba ya diez o veinte años como rey cuando la descubrí un día mientras vagabundeaba por los niveles inferiores intentando descubrir una de las cámaras de los archivos. Pero se supone que, por su misma naturaleza, una oubliette no tiene que ser muy llamativa.

Puesto que el concepto mismo de mazmorras y oubliettes suena malditamente medieval, puede que se pregunten ustedes cómo los roms modernos, con su alta tecnología y sus viajes a las estrellas, podían incluir una cosa así en su palacio real. La respuesta es que no lo sé; y la respuesta secundaria es que no somos tan modernos y con una tecnología tan alta como algunos de nosotros pretendemos ser. De hecho, en realidad somos tipos medievales, si nos examinamos fríamente a nosotros mismos.

Vivimos bajo todo tipo de tradiciones que tienen miles de años de antigüedad. Somos tribales. Tenemos reyes. Pronunciamos conjuros.

Decimos antiguas plegarias en antiguas lenguas. Cantamos con voz fuerte cuando algo nos emociona, y no nos avergonzamos de bailar encima de las mesas a la antigua, exquisita y desinhibida manera de nuestras viejas celebraciones tribales. Creemos en cosas como el deber y la familia y la santidad de los juramentos. Somos gente de intensas lealtades y fuertes pasiones. En pocas palabras, somos absolutamente medievales, triunfalmente medievales. Incluso yo. Incluso ustedes, con todas sus pretensiones modernistas. ¿Por qué no tener una o dos mazmorras? Nunca puedes decir cuándo puede ser útil una mazmorra, incluso en esta época moderna. Especialmente en esta época moderna.

Me instalé en la mía como si fuera la más espléndida suite de hotel de cualquiera de los mundos reales. Casi tenía la impresión de volver a un nido antiguo y familiar. La primera vez que la había visto, hacía décadas, eso era lo que me había parecido. Había sabido de inmediato, entonces, que aquella mazmorra iba a convertirse algún día en mi hogar. Un presentimiento. Un pequeño salto, no raro entre nosotros, a través de los límites del tiempo. Así que cuando me hallé al final tomando posesión del lugar, fue con la sensación de estar cerrando una transacción que llevaba mucho tiempo pendiente en los libros.

No es que mi mazmorra fuera un gran lugar donde vivir. Las mazmorras raras veces lo son. Ésta debía estar a unos seis o siete centímetros por encima de la tabla de agua, por lo que era apropiadamente húmeda y rezumarte. Una corriente subterránea corre por debajo del palacio real de Galgala. La oubliette se asentaba directamente encima. Un delgado hilillo de agua corría por el suelo de piedra en el extremo inferior. Incluso en la semioscuridad el agua lanzaba encantadores reflejos. Arrastraba con ella oro en disolución, como todo en Galgala. Las propias paredes de mi pequeña prisión estaban llenas de oro. Supongo que, si esto fuera la Tierra medieval en vez del fantástico y futurista Galgala, hubiera podido sobornar mi escapatoria de la mazmorra tras pasar treinta años o así extrayendo el oro de las paredes a la luz de mi vela, o algo parecido. Pero esto, al fin y al cabo, era el fantástico y futurista Galgala, donde el oro se halla en todas partes, y mis guardias no estaban más dispuestos a dejarse comprar por el mezquino metal amarillo de lo que lo estarían por un puñado de aire.

Shandor me había prometido serpientes y sapos sierra como compañeros ahí abajo. No trajo los sapos sierra, lo cual le agradecí. Tienen unos pequeños y desagradables dientes barbados, y son unos incómodos

compañeros de cuarto. Pero sí obtuve una familia de serpientes, como prometió. Eran esbeltas y verdes y con grandes ojos dorados —el toque Galgala—, y vivían en un nicho en la pared, y salían de tanto en tanto para pasearse por la mazmorra. No parecían peligrosas, ni siquiera poco amistosas, aunque sospecho que las ratas que vivían en los pasadizos detrás de las paredes debían opinar de otro modo. De tanto en tanto una de mis serpientes se dejaba ver con un bulto con forma de rata en la barriga. De hecho, las ratas, con las que Shandor no me había amenazado, eran un engorro considerable. Tenían seis pequeñas patas multi-articuladas como algunos tipos de crustáceos, y pequeños ojos negros como cuentas, y desagradables y luminosos dientes en forma de aguja que brillaban con un color azul violeta en la oscuridad. Ocasionalmente alguna se deslizaba por mi lado cuando estaba intentando dormir, y yo abría los ojos para ver aquella pequeña y fea luminosidad atravesar la oscuridad. Imaginé que si me mostraba lo bastante amistoso con las serpientes, éstas desanimarían a las ratas de pasearse por allí, y eso funcionó bastante bien la mayor parte del tiempo. Las acariciaba y les hacía cosquillas, les ofrecía trocitos de mi comida, les contaba historias del Swatura, les cantaba tristes baladas con mi más hermosa voz. Pese a ello, mis noches no estaban totalmente desprovistas de ratas, y hubo algunos momentos realmente desagradables.

También tenía insectos de formas y tamaños variados, y algo que creí que era una especie de lodoso moho volátil y lo que podían ser protozoos gigantes que corrían en furiosos círculos por las paredes y a veces por encima mío. Tengo una vista maravillosa pero apenas podía verlos, y a veces creía imaginarlos. A veces no. Eran transparentes, con miembros como ruedas. Me hacían estornudar. Los estornudos no eran imaginarios.

La comida llegaba más o menos dos veces al día —era difícil calcular el paso del tiempo, pues no había ninguna ventana—, traída por los robots carceleros, que nunca pronunciaban una palabra, simplemente deslizaban la bandeja a través de una ranura en la puerta. No era una comida espectacular, pero tampoco me moría de hambre. Eso es lo mejor que puedo decir de ella: no me moría de hambre. Más adelante la calidad de la comida mejoró considerablemente, como describiré luego.

No fui torturado. Nada de potro, ni empulgueras, ni visitas de inquisidores amenazantes. De hecho, ningún tipo de visita. Quizá ésa se suponía que era mi tortura. Soy un hombre sociable. Por supuesto, podía hablar con mis serpientes, e incluso con los protozoos y el moho volátil, si

me sentía realmente solo. También había la opción de espectrar, cosa que Shandor no podía impedir. Me dediqué mucho a ello. Pasaba casi tanto tiempo espectrando como en mi celda. Eso ayudaba.

Chorian, supuse, debía haberse ido de Galgala tan pronto como se dio cuenta de que yo no iba a regresar de mi entrevista con Shandor. Sabía que era muy probable que fuera detenido, y le había hecho jurar un terrible juramento para impedir que se lanzara a cualquier loco plan de rescate.

—He venido aquí para ser hecho prisionero —le dije—. No para que me maten, o para que te maten a ti. Tu misión es salir de aquí y difundir la noticia de que el vil usurpador Shandor ha encarcelado a su padre Yakoub, el querido rey rom. Quiero que todo el mundo en el Imperio sepa lo que ha hecho ese bastardo. ¿Me comprendes, Chorian?

Chorian comprendía, sí. Desgraciadamente, no consiguió salir de Galgala para difundir la noticia, porque Shandor lo había mantenido estrechamente vigilado, y Shandor tenía otras mazmorras disponibles. Esto lo descubrí mucho más tarde, y explicó por qué la reacción pública a mi encarcelamiento fue tan lenta en fraguar. Más pronto o más tarde, por supuesto, Polarca y Damiano y los demás se darían cuenta de lo que nos había ocurrido a ambos, y empezarían a hacer circular la noticia. Pero eso tomaría tiempo.

Bien, tenía tiempo. Pero incluso yo puedo terminar impacientándome.

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