La estrella de los gitanos

Robert Silverberg · Capítulo 14 de 94

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La estrella de los gitanos

Capítulo 1

1

Capítulo

Uno o dos días después de la partida de Chorian, decidí sacudirme un poco las telarañas y trasladarme a alguna otra parte del territorio. No era que estuviera intentando ocultarme de más visitantes, ahora que sabía que podían hallarme. Nunca estaría perdido para aquellos que sabían cómo buscar. Pero había vivido ya bastante tiempo en aquel lugar. Hay algo en el alma rom que no nos permite vivir durante mucho tiempo en el mismo lugar.

En los viejos días, cuando existía la Tierra, la mayoría de nosotros éramos nómadas. Vagabundos. Vivíamos en caravanas y vagábamos por donde nos placía. Por la noche dormíamos bajo las estrellas a menos que el tiempo fuera malo. En invierno juntábamos los carromatos y nos asentábamos temporalmente para pasar la estación; pero, tan pronto como llegaba la primavera, salíamos de nuevo. En al menos una docena de idiomas de la Tierra la palabra «gitano» terminó significando «vagabundo»

Los poetas decían cosas como: «Al mar debo volver, para llevar la vida errante de los gitanos» Lo cual, debo señalar, es una tontería, por supuesto, con el debido respeto a los literatos. Un auténtico gitano antes matará a su caballo para hacer salchichas con su carne que ir al mar. El mar, el mar, el hediondo mar con su olor a pescado, nunca ha sido un lugar donde puedas encontrar a un gitano. Vivir junto a la orilla, sí, esto está bien. Buena brisa, espléndidas comidas. ¿Pero dejarse acunar por las olas? No, nunca. Mejor los más amplios mares del espacio, tranquilos y..., bien, pueden captar una idea general de lo que esos viejos, desencaminados pero bienintencionados poetas estaban intentando decir. Al menos pensaban en nosotros.

Por alguna razón, nuestro nomadismo era tremendamente irritante para los gaje. Todo lo que no pueden controlar hace que les hormiguee el cráneo por dentro. A veces intentaban dictar leyes que exigían que nos aposentáramos en algún lugar. ¡Ja! ¿Qué bien podía hacernos eso?

Acostumbrábamos a decir que hacer vivir a un gitano en un lugar fijo era como uncir un león a un arado. Verte atado toda tu vida a las mismas cuatro paredes y techo, la misma pequeña extensión de terreno, la misma calle polvorienta..., bien, eso era una tortura, eso era esclavitud. Nosotros estábamos hechos para vagabundear.

Bien, las cosas cambian, más o menos; pero cuanto más cambian las cosas, más siguen siendo lo mismo. (No puedo atribuirme el mérito de esta frase. Es sabiduría gaje, pronunciada por uno de sus sabios hace mil años.

No se sorprendan tanto. Incluso los gaje tienen sus momentos de sabiduría) Ya no hay leones, y tampoco hay arados, y los gitanos dejaron de vivir en caravanas hace ya mucho tiempo. Pero seguimos teniendo problemas con la idea de vernos atados. Podemos vivir en casas durante un tiempo, pero sólo durante un tiempo. Más pronto o más tarde nos vamos a otra parte. Y

cuando nos vamos a otra parte no es de un pequeño país a otro, en el mismo continente del mismo pequeño planeta. Es para dar grandes saltos a través de miles de años luz.

(Hoy no habría un Imperio de no ser por nosotros. Los gaje no pueden negarlo. Puede que ellos construyeran las astronaves, pero fuimos nosotros quienes las pilotamos hasta los más recónditos rincones del espacio. Y todo porque somos un pueblo inquieto; y todo porque no podemos llamar hogar a ningún lugar, excepto nuestro auténtico hogar que nos fue tan cruelmente arrebatado hace diez mil años. Otros lugares no son el hogar. Sólo un refugio. Un sitio donde aguardar)

Bien. Era el día del traslado. Unas nubes verdeazuladas recorrían el cielo limón. El aire era claro y triplemente frío. Ni siquiera había espectros merodeando por los alrededores. Un buen día para emprender el camino, Yakoub Roto. Adelante, antes de que el viejo Demonio cuelgue su peso en su corazón y te empuje hacia abajo. El viejo Demonio, el taimado, o Beng, sí. Puede que también sea mi primo, pero no voy a invitarle a cenar.

Vacié la burbuja de hielo donde había vivido durante el último año o así y reuní todas mis cosas y las empaqueté en mi pequeño y elegante sobrebolsillo de cien metros cúbicos, y cuando tiré del cordón de cierre envié noventa y nueve coma noventa y nueve de esos metros cúbicos del

contenido del sobrebolsillo a una cómoda dimensión de almacenaje en el continuo adyacente. Lo que quedó tenía una masa insignificante y ningún peso en absoluto. Lo até a mi manga con un cordón y lo dejé colgar balanceándose libremente a mi lado mientras emprendía el camino hacia mi nueva casa.

Estaba al otro lado del glaciar Gombo y aproximadamente a un centenar de kilómetros al norte. Un agradable paseo. Me puse a cantar para mí mismo, en romaní, durante todo el camino, sin preocuparme demasiado de que lo que decía tuviera sentido, porque, ¿quién estaba escuchando? Y

cuando los dedos de los pies me empezaron a gruñir me detuve y eché la cabeza hacia atrás y grité mi nombre al viento y me agarré los testículos y agité los brazos y alcé las rodillas hasta mi barbilla y volví a bajar las piernas dando una fuerte patada y giré sobre mí mismo como un maníaco, bailando una de las antiguas danzas. ¡Hoy! ¡Hootchka pootchka hoya zim!

Y luego seguí andando, riendo, con el sudor resbalando por la enmarañada jungla negra de mi pelo y vientre. ¡Hoy! ¡Yakoub de los roms está de nuevo en camino!

Empezó a nevar una hora después de mi partida. El cielo se volvió blanco y el horizonte desapareció, y ya no hubo más puntos de referencia para orientarme. A partir de entonces la nieve azotó mi rostro durante todo el camino. La bebí y la escupí. Incluso en la blancura y la uniformidad mantuve mi rumbo. Hacía mucho tiempo, en un planeta llamado Trinigalee Chase, del que aparte esto no me gustaría volver a hablar, me enseñaron un truco para mantener el rumbo sin ningún instrumento excepto el que tenemos entre las orejas, y que ahora me hizo un buen servicio. Esto es lo único que recuerdo de Trinigalee Chase que me alegro de no haber olvidado.

Vayas donde vayas en Mulano, el paisaje es siempre el mismo: hielo, nieve, hielo, nieve. El planeta no posee inclinación con respecto al plano de la eclíptica, así que no existe un auténtico cambio de estaciones, y aunque tiene dos caprichosos soles que le proporcionan grandes cantidades de vívida luz, está demasiado lejos de ellos para recibir un auténtico calor. Así que ambos hemisferios de Mulano están sumidos todo el tiempo en el invierno. No había tenido ningún día sin nieve desde mi llegada.

Pero eso no me preocupaba. Había pasado buena parte de mi vida en mundos tropicales. Generalmente hablando, los planetas donde había decidido asentarse la humanidad eran planetas en los que el clima era

benigno; quizá un poco fríos en torno a los polos en algunos, pero normalmente agradables en todo el resto durante todo el año. Suaves y translúcidas olas, playas de arena fina, verdes frondas agitándose en la suave brisa: ése era el mundo básico gaje. Si habían colonizado algunos menos hospitalarios —Megalo Kastro, digamos, o Alta Hanualanna— era debido a que poseían materias primas que eran demasiado valiosas para pasarlas por alto. Aparte esto, considerando los muchos millones de planetas que existen sólo en nuestra galaxia, los gaje no ven demasiadas razones para instalarse en los menos acogedores. No puedo decir que les culpe por ello.

La única excepción a eso es el mundo de donde salieron todos, la Tierra.

Por supuesto, ellos no colonizaron la Tierra, simplemente evolucionaron en ella. Y se marcharon de ella tan rápido como pudieron. Como hubiera hecho cualquier ser con una cierta sensibilidad. ¡Ah, el clima de la Tierra!

Una cosa infernal y caprichosa, ese clima. Lo sé por mis estudios y mis ocasionales y pequeños viajes espectrales. Aparte unos cuantos lugares realmente agradables, no muy aptos para grandes bloques de población, toda ella era o demasiado cálida o demasiado fría, o demasiado húmeda o demasiado seca, o demasiado desértica o demasiado lujuriante. Allá donde el clima era decente te encontrabas normalmente con terremotos o erupciones volcánicas o huracanes como parte del paquete.

(A los gaje les gusta argumentar que la diversidad natural de este tipo es lo que hace grande una raza, y quizá sea así. Pero tengo que señalar que según el relato del Swatura el clima de la Estrella Romaní era absolutamente perfecto, y sin embargo nosotros conseguimos crear una civilización más bien impresionante allí, gracias) (Por otra parte, la Estrella Romaní fue golpeada por dos erupciones solares letales en un lapso de seis mil años. Supongo que siempre ganas algo y pierdes algo)

De todos modos, un clima ligeramente helado nunca me ha molestado en demasía. Y Mulano, por el hecho de hallarse fuera del control del Imperio y no ser totalmente inhabitable incluso en sus peores condiciones, era exactamente el tipo de planeta donde podía tomarme un tranquilo descanso sabático de mis tareas de gobierno. No era probable que fuera molestado por turistas o comerciantes de esclavos o buhoneros de sinapsis o tratantes de cadáveres o traficantes de agonías o agentes del censo o corredores de bolsa o vendedores de enciclopedias o prospectores o recaudadores de

impuestos o cualquier otra del millón de frívolas distracciones de la vida del siglo XXXII. La nieve alcanzaba hasta tan profundo que incluso los arqueólogos permanecían alejados de allí. Quizá se dejaban ver algunos espectros ocasionales, pero eran de mi propia gente, así que no había ningún problema. Y yo sabía que podía vivir confortablemente en una burbuja de hielo, porque en una ocasión había pasado un par de años en Zimbalou, que es uno de los mundos nómadas roms. Las burbujas de hielo son allí un estándar de alojamiento para todo el mundo que viva al nivel de la superficie. En sus vagabundeos de un lado para otro de la galaxia, Zimbalou no se halla nunca lo bastante cerca de ningún sol como para que se fundan los hielos, y eso es bueno, porque sus principales ciudades se hallan enterradas en profundos túneles debajo del hielo, y cualquier cosa que trajera algo de calor a su superficie significaría un desastre total. Es un lugar oscuro y decepcionante, pero a su gente le encanta. Yo casi llegué a quererlo. En cualquier caso, allí aprendí el arte de construir burbujas de hielo.

Así que subí la ladera del glaciar y coroné la cima y bajé por el otro lado, y me encaminé al norte hasta que llegué al lugar escogido. Era un lugar especial en un planeta que no tiene muchos lugares especiales. Lo había encontrado y lo había señalado unos días antes de que apareciera Chorian.

Aunque básicamente Mulano no es más que un enorme, vacío, blanco y resplandeciente campo de hielo, esta parte era diferente. Tenía un rasgo sorprendente, algo realmente peculiar. ¡Dios, cómo me gusta una buena peculiaridad! Y ésta era una peculiaridad tan peculiar que incluso a diez kilómetros de distancia podía sentirla emanar hacia mí, y su fuerza era como el rugir de un tremendo órgano de tubos cuya música llenara la mitad de los cielos.

Ascendías una baja y roma colina cubierta de blanco y, bruscamente, el verdor aparecía delante de tus ojos, extendiéndose hasta tan lejos como podías ver a través de cegadores valles de nieve y colinas y ascendiendo por la ladera de un distante glaciar. Y ese verdor no era más que miles y miles de carnosos tentáculos verde mar, tan gruesos como tu brazo en la parte superior y como tu muslo en la inferior, brotando de la nieve cada pocos metros hasta una altura de cinco o diez o veinte metros y agitándose constantemente en lentas ondulaciones como gruesos cables. Había como una música voluptuosa en sus sinuosos y deslizantes movimientos. Imaginé aquellas cosas retorcientes y agitantes como si me estuvieran susurrando,

diciéndome: Ven aquí, baro rom, ven aquí, ven aquí, deja que acariciemos tu hermosa barba negra. Déjanos proporcionarte alegría, baro rom.

La primera vez que vi aquella escena creí que podían ser los miembros expuestos de alguna enorme horda de extraños animales atrapados y enterrados por algún tremendo alud de nieve. Aquel día el espectro de Valerian estaba conmigo, y le dije eso, y él respondió:

—Es una excelente suposición, Yakoub. —Lo cual era su forma habitual de decirme que acababa de decir una tontería.

(Valerian nunca ha tenido tacto. Es la oveja negra de los roms, un viejo pirata del espacio. Hubo un tiempo en que fue comandante de la marina Imperial, hasta que descubrió que prefería la piratería, y ahora su cabeza está puesta a precio, aunque me sorprendería enormemente que alguien consiguiera obtenerla alguna vez. Como nación, nosotros los roms deploramos la piratería, al menos públicamente, así que deploramos a nuestro primo Valerian, pero él practica ese negocio como si fuera poesía, y hay que admirarle por ello)

—¿Has visto alguna vez antes algo parecido a esto? —le pregunté. Pero se había ido. Apreté un puño y lo agité en el lugar donde había estado unos momentos antes, resplandeciendo en el aire—. ¡Hey, Valerian! ¡Hey, éste es mi lugar, este sitio exactamente! ¡Ven a mirar!

Eso fue hace una o dos semanas. Ahora estaba de vuelta, con la intención de quedarme. Los tentáculos seguían oscilando como antes, serpenteantes como gusanos, verdes como el pesar. Los más próximos estaban lo suficientemente cerca como para que pudiera adelantar una mano y hacerles cosquillas. O hacérmelas ellos a mí. Tenían huecos y depresiones circulares, e hileras de pequeñas protuberancias de un color verde más oscuro a todo lo largo.

Descargué mi proyector Riemann, tan práctico para rechazar la materia tangible no deseada en lugares intangibles, y me preparé para excavar una nueva burbuja de hielo. Pero primero tenía que asegurarme que no me estaba construyendo el nido en el flanco de alguna montaña enterrada o algún otro accidente sepultado de la geografía local igualmente poco prometedor. Y también deseaba saber más sobre aquellos tentáculos. Así que conecté el proyector para efectuar un atento barrido, que alineó las moléculas de la geografía local de una forma conveniente y convirtió la sub-superficie en algo más o menos transparente en un radio de quinientos metros a mi alrededor. Así fue como descubrí que aquellas cosas

retorcientes que parecían de caucho y brotaban de la nieve eran en realidad ramas de árboles. Las pequeñas protuberancias verdes eran sus hojas.

Estaba de pie directamente encima de un enorme bosque prácticamente enterrado en la nieve hasta las copas de sus árboles.

Árboles, sí. Extraños, esbeltos, seductoramente curvados, ondulando como encantadoras bailarinas de muchos brazos misteriosamente enraizadas a sus lugares en el escenario. Quizás incluso fueran inteligentes.

Supongo que no les importaba estar enterrados de aquella manera, puesto que la nieve es un espléndido aislante y la temperatura del aire era desagradablemente baja en aquella época del año. Quizás emergían de su nevada tumba sólo una vez cada cincuenta o mil años, pensé..., durante lo que tal vez pudiera considerarse verano en Mulano, si había alguna vez algo parecido a esa estación allí. O —lo más probable— vivían perpetuamente de aquella manera bajo la nieve, de la misma forma que los peces especia vivían tan felizmente en el hielo de los glaciares. Si viajas lo suficiente terminas viéndolo todo, e incluso más.

Bien, parecía que no tenía nada que temer de ellos, y rompían la monotonía. Así que gradué mi proyector al nivel de compactación y practiqué un agujero en el hielo para mí, largo y profundo, ligeramente inclinado hacia abajo justo hasta el lugar donde empezaba el bosque.

Construí esta burbuja un poco más grande que la anterior, con paredes brillantes y un encantador suelo luminiscente y una amplia ventana que ocupaba casi todo un lado. Pasé medio día modelando una elegante puerta a partir de un bloque de hielo montado sobre un grueso marco de la misma útil sustancia. En su superficie interior colgué la pequeña y brillante esfera Vogon que mantendría luz y energía y un perpetuo globo de cálido y suave aire entre yo y el riguroso mundo exterior.

Luego entré y cerré la puerta, y pronuncié la palabra que activaba la esfera Vogon. Todo se volvió luminoso y alegre. ¡Hey! ¡Yakoub tiene de nuevo un techo sobre su cabeza!

Entonces me dediqué a recuperar mis posesiones de las distintas dimensiones adyacentes donde las había almacenado.

Mis tesoros. Las cosas que me arraigaban a mí mismo y me recordaban lo que había sido y lo que todavía me faltaba ser. La mullida alfombra de pelo largo, de dos Yakoubs de largo por tres de ancho, tejida en un maravilloso rojo y verde y azul y negro en la propia perdida Tierra por los cincuenta esclavos castrados de un sultán. Las tres lámparas de bronce,

chatas y de grueso vientre, con los nombres de mis padres inscritos en sus costados. El collar de monedas bizantinas de oro que había pertenecido a aquella maravillosa prostituta Mona Elena, y que tenía intención de devolverle cuando la viera de nuevo. El lustroso pergamino de mi cargo, redactado por nueve amanuenses de Duud Shabeel que se habían quedado ciegos con la labor, y que hubiera debido entregar tras mi abdicación pero no lo había hecho porque no podía soportar la idea de depararme de algo tan ingenioso: bastaba con mirarlo el tiempo suficiente para tener la completa seguridad de que no ibas a morir nunca. La piedra astral, extraída de la sangrante garganta de un dragón de arena en Nabomba Zom, en cuyas profundidades la roja luz de la Estrella Romaní brilla con una maravillosa calidez. La rueda de las maravillas. La vara de los misterios. El cetro rom, bareshti rovli rupui, la vara de plata del jefe, con su pomo de ocho lados con borlas rojas grabado con los cinco grandes símbolos, nijako, chjam, shion, netchaphoro, thushul: hacha, sol, luna, estrella, cruz. La estatua de la Virgen Negra Sara, nuestra santa patrona. El velo que había pertenecido a La Chunga, la bailarina gitana. El juego de herramientas de hojalatero, torcidas y desgastadas. La piel de oso raída y medio pelada, la única de su clase en el universo. Los candelabros de oro. Las cartas del Tarot. La guadaña que fue sumergida en el agua de mi baño cuando nací, para alejar a los demonios. El amuleto de los fósiles de erizos de mar. El pequeño y apreciado niglo espinoso, el puerco espín que nos trajimos con nosotros desde la Tierra a la mitad de los mundos de la galaxia, tallado en el llameante jade amarillo de Alta Hannalanna. Y más, mucho más, los tesoros de una larga vida, las acumulaciones de toda mi gran odisea.

Arreglé todas aquellas cosas en la burbuja de hielo de la forma en que me gustaba dejarlas arregladas. Luego salí y saludé a los agitantes brazos verdes que se alzaban de la nieve justo delante de mí, y grité mi nombre tres veces, y grité las palabras de poder, y agité mi miembro en el helado aire y oriné delante de mi puerta, hendiendo un cálido reguero amarillento en la nieve para señalar mi territorio. Y me eché a reír y bailé otra danza rápida, agitando brazos y piernas, ¡Hootchka pootchka hoya zim! ¡Yakoub!

¡Yakoub! ¡Yakoub!

Era casi como estar de nuevo en mi residencia real, en mi palacio en Calgala, donde viví mientras era Rey de los Roms y modelaba los destinos de los mundos. Encendí las lámparas y cogí el cetro y me erguí en medio de la alfombra, y de nuevo acudieron a mí, uno a uno, los jefes de los roms,

diciendo: «Yo soy Frinkelo», «Yo soy Fero», «Yo soy Yakali», «Yo soy Miya», presentándome sus disputas y sus preocupaciones y sus sueños.

Esté donde esté, ese lugar es mi residencia real, mi palacio. Ése es uno de los grandes secretos roms, la razón por la que podemos ser vagabundos. No se trata de que no tengamos raíces, sino de que todos los lugares son uno para nosotros y nos arraigamos allá donde estemos, porque cada lugar al que podamos llegar en nuestro errante camino es el mismo lugar: es el lugar conocido como No Estrella Romaní. Y, en consecuencia, cualquier lugar puede ser nuestro hogar, puesto que ninguno de ellos es nuestro hogar.

Así que viví en el silencio y la soledad de aquel nuevo lugar al lado del extraño bosque, y fui feliz en compañía de mí mismo. El espectro de Polarca acudió a mí, y el de Valerian, y los de varios de los otros, brumosas figuras que derivaban a través del tiempo para demostrarme que aún seguían amándome. La vieja y sagaz Bibi Savina vino una o dos veces; esa lista y astuta mujer que me ha dado tantos buenos consejos durante todos estos largos años, no sólo mientras era rey sino incluso antes: porque fue ella la que se me apareció espectrando en mi infancia para decirme que sería y debería ser rey.

—Éste es el lugar —dijo ahora, y me guiñó un ojo—. Quédate aquí hasta que deje de serlo. —Era bueno ver una mujer de nuevo, aunque fuera tan vieja como Bibi Savina. Estaba encorvada y llena de arrugas, aquella Bibi Savina, y parecía tener al menos dos veces mi edad, pese a que yo era lo bastante viejo como para ser su padre. Nunca se había hecho una remodelación. Era difícil imaginar a Bibi Savina remodelada, yendo por ahí como una llamativa muchacha. ¿La hubiera deseado, si se hubiera hecho cambiar a joven y hermosa? Por supuesto, nunca he sentido nada parecido hacia Bibi Savina: ¿cómo podría ser de otro modo? Aparte todo lo demás, hubiera sido un fantástico escándalo, considerado su alto papel en el gobierno, si hubiera puesto un dedo sobre ella. No es que no me alegrara de ver a Bibi Savina, me sentía más que alegre, pero me hubiera gustado ser visitado mientras estaba en Mulano por alguien hacia quien sintiera también un poco más de pasión. Cuando vives en un iglú en medio de un campo de nieve, un par de hermosos pechos y unos muslos tersos proporcionan una maravillosa cantidad de calor y luz. (¿Consideran impropio que un hombre de mi edad hable así? Entonces simplemente aguarden. Aunque supongo que no tendrán tanta suerte como yo; si llegan a

mi edad, los jugos no correrán por su cuerpo de la misma forma que corren por el mío)

Por supuesto, resulta imposible hacer el amor con un espectro, pero, como siempre digo, hay un cierto deleite en tener a una mujer hermosa por los alrededores, aunque sea intangible. Me hubiera encantado una visita de la elegante y esbelta y perpetuamente hermosa Syluise, por ejemplo, esa extraordinaria mujer que me ha obsesionado durante tantos años; pero Syluise no me visitó. Me hubiera sorprendido mucho que lo hiciera.

Hubiera sido algo demasiado cariñoso por parte de ella. De todos modos, tenía mis esperanzas, como todo el mundo. Raras veces abandonaba mis pensamientos. No dejaba de recordarla de mil formas distintas. Cómo acostumbraba a meterse en una bañera llena de esos protozoos luminiscentes azules de —¿dónde era? ¿Iriarte? ¿Estrilidis?— y salir de ella como una Venus, reluciente, deslumbrante. Y yo lamía todo su cuerpo para eliminar los protozoos que habían quedado adheridos a su piel. Su sabor aún está conmigo. Oh. La muy zorra. Cómo la quería. La sigo queriendo. Cada hombre está predestinado a tener una Syluise en su vida, creo. Incluso un rey.

Los espectros llegaron; los espectros se fueron. Y a veces, cuando estaba solo, cerraba los ojos y me hallaba en Galgala, en mi corte, con nubes de oro a todo mi alrededor, o flotaba en el placentero mar de Xamur, o estaba en la capital subiendo al son de un centenar de trompetas la amplia y cristalina escalinata de la plataforma del trono del Decimoquinto emperador, que se ponía en pie para darme la bienvenida y me ofrecía una copa de vino dulce con sus propias manos. Yo, Yakoub, nacido esclavo y vendido tres veces, ¡y ahí estaba el emperador, y Sunteil a su lado, y los lores Naria y Periandros no muy lejos, dándome la bienvenida! Dulces sueños, auténticos sueños, felices sueños de una vida sin nada que lamentar. Y me dije a mí mismo que podía seguir con aquello un centenar de años más, mil años, viviendo al brillante resplandor de mis recuerdos y completamente satisfecho.

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