La estrella de los gitanos
Capítulo 11
11
Capítulo
Tuve que apartar la mirada para que Sunteil no captara mi estupefacción.
¿La Estrella Romaní? ¿Cómo conocía él ese nombre? ¿Cómo era posible que un lord del Imperio estuviera hablando de la Estrella Romaní?
Sentí un momento de terrible vértigo. Mi rostro ardió y mis rodillas vacilaron, y un repentino e inquietante terror apuñaló mi corazón. Por un desfalleciente instante creí que iba a caerme. Fue un mal momento, como si se hubiera abierto una trampilla en el suelo bajo mis pies. Luego conseguí controlar mis flujos glandulares y transformé mi miedo en ira, lo cual no era más útil pero sí menos debilitante. En el nombre de Dios, ¿qué había dicho Sunteil acerca de la Estrella Romaní? ¿Quién había revelado nuestro más precioso secreto a aquel escurridizo gaje? Estrangularía al traidor con mis propias manos. ¿Quién podía haber sido? Miré con ojos llameantes por toda la habitación. ¡Chorian! ¡Chorian! Por supuesto. El pequeño rom personal de Sunteil, su ayuda de campo gitano..., consiguiendo el favor del lord gaje a través de la revelación de los más profundos misterios de nuestro pueblo...
Lancé a Chorian una mirada que deseé que agostara su alma. Se puso escarlata. Y en sus ojos apareció una lamentable expresión de... ¿qué?
¿Angustia? ¿Desconcierto? ¿Un anhelo de perdón que sabía que nunca iba a llegar?
Cuando me hube calmado lo suficiente me volví de nuevo a Sunteil y dije con voz tensa:
—¿Qué sabes de la Estrella Romaní?
—Eso no tiene importancia. Lo que tiene importancia es que te garantizo que será vuestra, Yakoub, cuando yo ocupe el trono.
—Eso ya lo has dicho. ¿Pero de qué crees que estás hablando? ¿Qué quieres dar a entender cuando dices «la Estrella Romaní»?
Sunteil pareció muy inquieto.
—Una estrella roja, eso es. Con un solo planeta a su alrededor, que también es conocido como la Estrella Romaní.
—Adelante.
—Un lugar que por alguna razón es sagrado para el pueblo rom.
—¿Por alguna razón, Sunteil? ¿Qué razón?
—No lo sé.
—¿De veras?
—¿Cómo podría? Es una cosa privada rom. Todo lo que sé es que deseáis terriblemente esa Estrella Romaní, pero no os atrevéis a ir allí y reclamarla, ya sea porque pertenece a algún otro o porque pensáis que la querremos para nosotros si descubrimos que vais tras ella, No lo sé, ni me importa. Ni siquiera sé dónde está. Lo que te estoy diciendo, Yakoub, es que esa Estrella Romaní será vuestra si me ayudas a ser emperador. ¿No es suficiente para ti? Mi solemne promesa.
La promesa de un gaje, pensé amargamente. La promesa de un fenixi.
—¿No tienes idea de dónde está ni de qué es exactamente, pero me dejarás tenerla?
Respondió, con cierta exasperación:
—Tienes mi palabra de ello. Tú dime: «Este lugar es la Estrella Romaní, Sunteil», y yo diré: «De acuerdo, es vuestra» Sea lo que sea. No importa quien la reclame en aquellos momentos. Todo lo que sé es que significa mucho para vosotros, la posesión de esa Estrella Romaní. De acuerdo. Para mí significa mucho ser emperador. Tú puedes proporcionármelo. Y yo puedo proporcionarte la Estrella Romaní. ¿Qué dices a esto, Yakoub?
Lo estudié atentamente. Empezaba a darme cuenta de que realmente no sabía de la Estrella Romaní más de lo que me había dicho. Pero debía tener en cuenta que me hallaba ante Sunteil, que era un hombre de Fénix, un planeta famoso por sus engaños y subterfugios. De todos modos, había sonado sorprendentemente turbado e irritado cuando respondió a mis preguntas sobre la Estrella Romaní. Mis instintos me decían que esta vez, al menos, estaba siendo sincero cuando decía que aquello era realmente
todo lo que sabía. Lo cual era de todos modos demasiado para un gaje; pero, de hecho, no era mucho.
—Necesito tiempo para pensarlo —dije.
—¿Cuánto tiempo?
—Tengo consejeros a los que debo consultar. Opciones que sopesar.
—¿Estás en contacto con Naria?
—No veo por qué tengo necesidad de decirte esto. Pero, de hecho, no he oído ni una palabra de Naria desde que empezó todo esto. Sólo Periandros.
Que todavía sigue suplicándome que me alíe con él.
—Periandros está muerto.
—Alguien que parece Periandros y suena como si fuera Periandros me llamó hace apenas un momento. Un doble, quizá.
—Un doble, seguro —dijo Sunteil—. Periandros está muerto. Puedo asegurártelo de una forma definitiva.
—Supuse que podías —dije.
—Sabrás de Naria más pronto o más tarde. Lo más seguro pronto. Pero no creo que pueda ofrecerte nada que supere lo que te estoy ofreciendo yo.
¿Cuánto tiempo transcurrirá hasta que tenga noticias tuyas?
—No mucho —dije—. Sólo dame algo de tiempo para pensar. Ha sido un honor hablar contigo, Lord Sunteil.
—El honor ha sido mío, Yakoub.
Sunteil hizo una inclinación de cabeza hacia Chorian, como si esperara que el muchacho lo escoltara a la salida. Yo agité negativamente la cabeza e indiqué con un movimiento de un solo dedo que deseaba que Chorian se quedara; y Sunteil, asintiendo, salió con paso incierto de la habitación.
Apenas se hubo ido miré a Chorian con una furia terrible. El muchacho estaba pálido bajo su piel color medianoche.
—¿Cómo es que tu amo sabe de la Estrella Romaní? —le pregunté con voz muy contenida.
—No es mi amo, Yakoub.
—Estás en su nómina. Sabe acerca de la Estrella Romaní. No es mucho, parece, pero sabe. ¿Cómo es que sabe, muchacho?
—Os lo suplico, Yakoub, creedme... —Su voz se quebró—. Creedme, Yakoub...
—Di lo que sepas.
—Si conoce algo..., y no es mucho, es muy poco, estoy seguro de ello..., si conoce algo, Yakoub, no lo ha oído—de mis labios.
—¿No?
—Os lo juro. —Lo dijo en romaní.
—¿Lo juras, realmente?
—Por Martiya el ángel de la muerte, por o pouro Del el dios de nuestros padres, por Damo y Yehwah, por todos los espíritus demonios...
—Ya basta, Chorian.
—Lo juraré por otras cosas. Por cualquier cosa que me pidáis.
Dije fríamente:
—Has aprendido bien tu antiguo folklore gitano, ¿eh? ¿Estudiaste el Swature como un buen chico? ¿Y se lo vendiste todo a Sunteil? ¿Todos esos pequeños y deslavazados fragmentos de mito y tradición, eh, muchacho? ¿Al menos conseguiste un buen precio por ello?
Las lágrimas brillaron en sus ojos.
—¡Yakoub! ¡Lo he jurado!
—Alguien que venda la Estrella Romaní a los gaje puede jurar sobre el muli de su madre muerta, ¿y qué significa eso?
—No fui yo, Yakoub. Cuando Sunteil empezó a hablar con vos de la Estrella Romaní deseé esconderme, morir, porque sabía que él no debería saber nada de la Estrella Romaní, y sabía que vos pensaríais inmediatamente que había sido yo quien se lo había dicho. Pera no fui yo.
¿Qué puedo deciros para hacer que me creáis?
Se acercó hasta mí y me miró fijamente. Estaba temblando. Lloraba.
¿Era tan bueno como para ser capaz de fingir lágrimas? Era fenixi, sí, y los fenixis pueden engañar casi a cualquiera; y además era rom; pero no creía que pudiera fingir emociones como aquélla. Hay fingimiento y hay auténtico sentimiento, y si a mi edad soy incapaz de ver la diferencia entre una y otra cosa, entonces no me sirve de nada el haber vivido tanto.
Con una voz que apenas era lo suficientemente alta como para que yo le oyera, murmuró:
—Yakoub, en Mulano me contasteis la historia de la Estrella Romaní, y muchas otras cosas además. Y luego, mientras aguardaba a que el relé de tránsito me recogiera, os dije que finalmente había descubierto, mientras pasaba aquellos días con vos, lo que era tener un auténtico padre. ¿Lo recordáis? La historia de la Estrella Romaní fue el regalo que me disteis.
Vos fuisteis ese regalo. ¿Creéis que iba a vender esos regalos a Sunteil?
¿Lo creéis? ¿De veras lo creéis?
Y tuve que decir, aunque sólo para mí mismo: No, Chorian, no creo que lo hicieras.
A él le dije.
—Preferiría pensar que eres inocente, si pudiera.
— Soy inocente, Yakoub. —Sus lágrimas habían desaparecido, ya no estaba temblando. Quizá la convicción de su propia inocencia le estaba fortaleciendo ahora—. Creedme. No puedo decir más.
—Creo que dices la verdad —murmuré.
—Os doy las gracias por ello, Yakoub.
—Pero entonces, ¿cómo supo tu amo lo de la Estrella Romaní?
—Os lo digo de nuevo, no es mi amo. Y no tengo la menor idea de cómo lo averiguó. Pero si lo deseáis, intentaré descubrirlo.
—Sí —dije—. Eso sería...
Justo en aquel momento la pantalla se iluminó, y allí estaba Julien, llamando de nuevo para preguntar si podía hablar con Periandros ahora, aunque todavía era primera hora de la mañana y yo había prometido sostener nuestra próxima conversación al mediodía. Periandros no deseaba aguardar hasta el mediodía.
Miré largamente a Julien.
Tenía la respuesta al misterio del conocimiento de Sunteil de la Estrella Romaní.
¡Julien! ¡Por supuesto! Él sabía de la Estrella Romaní. Recordé ahora lo que había dicho en Galgala, cuando yo había hablado de Francia como de un lugar irreal, y él me había respondido que Francia era para él lo que la Estrella Romaní era para nosotros, el gran lugar perdido, la única madre auténtica. Eso me había sorprendido. Nosotros no hablamos de la Estrella Romaní con los gaje. Pero Julien había sabido de ella, sólo Dios sabe cómo. Quizá no le resultara demasiado difícil, a lo largo de toda una vida pasada principalmente con los roms. Unas cuantas botellas de sus espléndidos vinos tintos, una larga velada de seleccionada comida francesa, algún capitán estelar conocido suyo de un humor más expansivo que de costumbre, y allí estaría todo, el Relato del Sol Dilatado, la pérdida de nuestro hogar y la dispersión por la Gran Oscuridad, y todo lo demás. Sí.
Sí. Y Julien lo había registrado todo, nuestra leyenda, nuestras escrituras; y
lo había reservado para el momento preciso, y se lo había vendido al hombre preciso.
No a Periandros, cuyos cerces había estado recibiendo todos aquellos años. Sino a Sunteil. Periandros estaba muerto, y Julien lo sabía, no importaba cuántos dobles del difunto lord estuvieran almacenados en las cámaras ocultas. Periandros el doble todavía podía vencer en aquella lucha a tres bandas, pero era poco probable, de modo que ahora Julien estaba colocando juiciosamente sus apuestas en Sunteil. Haciendo un pequeño trato marginal mientras aún había una posibilidad. Tuve que admirarle por ello. Pero de todos modos no hubiera debido vender la Estrella Romaní a Sunteil.
Hacía mucho que había caído en la fácil tentación de pensar en Julien como en un rom, o en un casi toro; pero no era rom. En absoluto. Y esto lo demostraba.
—El emperador desea saber —dijo Julien— si el baro rom ha tenido tiempo suficiente de considerar su anterior conversación.
Deseé tender las manos hacia la pantalla y estrangularle. Mi viejo amigo, mi rescatador. Lo que estrangulé en cambio fue el impulso de hacer eso. Si Julien nos había traicionado, bien, que así fuera. Un gaje es un gaje, incluso Julien. Tenías que esperar eso de ellos. Y en cualquier caso el daño ya estaba hecho. Tenía otros problemas de los que ocuparme. No deseaba en absoluto hablar con Julien. O con el doble de su amo.
Le dije que había sido una noche muy ajetreada para mí, que no había tenido ninguna posibilidad de llegar a una decisión respecto a la oferta de Periandros. Esperando que Julien lo aceptara y desconectara antes de que pudiera ponerme realmente furioso con él. No lo hizo.
—Mil perdones, mon ami, pero el emperador me pide que haga hincapié en el hecho de que el tiempo es esencial.
—Entiendo eso, Julien.
—Y que si estás dispuesto a negociar los puntos ya discutidos, entonces no hay mejor momento que ahora para...
—¿Julien?
— Oui, mon vieux?
—¿De qué sirve todo este estúpido juego? Los dos sabemos que Periandros está muerto, y que estás actuando en beneficio de un doble. Así que, ¿por qué te molestas en incordiarme con toda esta mierda? ¿De qué
sirve pretender que un doble puede actuar realmente como emperador? En especial teniendo en cuenta que estás preparándote para saltar de bando y colocarte del lado de Sunteil.
—¿Del lado de Sunteil? ¡No comprendo, Yakoub! ¡Lo que me dices es incomprensible para mí!
—Quizá lo comprendieras mejor si pudiera decírtelo en francés. Pero no puedo. Merde es la única palabra francesa que conozco. Lo que estás intentando decirme es una merde muy grande, Julien. Ésa es una palabra francesa, ¿no? Si no la entiendes, entonces quizá debiera intentar hablarte en romaní.
—Pareces tan furioso. Mi viejo amigo, ¿qué te he hecho?
No deseaba empezar a hablar del tema. Pero estaba irritándome en unos momentos en que lo que menos necesitaba era irritación.
—¿No lo sabes? —pregunté.
Una pausa, corta pero reveladora.
—Sea lo que sea lo que haya podido hacer —dijo al cabo de un momento—, fue tanto en bien de los roms como del Imperio. Yakoub.
Nest-ce pas? Es la verdad.
—Sea lo que sea lo que puedas haber hecho —le dije, manteniendo un férreo control sobre mi rabia, Dios sabe por qué—, fue probablemente en bien de Julien de Gramont, ¿no? Con algún leve pensamiento, quizás, hacia el daño incidental que podía causar, pero eso fue puramente secundario, sospecho. —Me sorprendí de mi propia habilidad en mantener contenida mi furia. Un truco que uno aprende a veces, con el tiempo. Y a veces olvida
—. Simplemente dime esto: ¿en qué nómina te hallas en estos momentos?
¿En la de Periandros o en la de Sunteil?
Silencio. Consternación.
—¿En la de ambos? —sugerí—. Sí. Sí, eso es más propio de ti, ¿no? Y
en estos momentos llamas en nombre de Periandros, o de lo que está pasando en estos momentos por Periandros. Dentro de una hora tal vez estés maquinando para Sunteil. Y...
—Por favor, mon ami. Te lo suplico, no sigas. De veras, no he hecho ningún daño a nadie. Siento un gran amor hacia ti, Yakoub. ¿Comprendes eso? Es la verdad. La vérité véritable, Yakoub. —Tendió las manos hacia mí—. Te llamo en nombre de Periandros, sí. Quiere hablar contigo. Eso es lo que me ha pedido que te diga.
—Entonces te agradeceré que le digas que no puedo ser molestado por dobles en unos momentos como éstos. Dile que puede ir donde le plazca y ventosearse en las manos por lo que a mí respecto. Dile... —Una mirada horrorizada apareció en el rostro de Julien—. No. No. De acuerdo, dile simplemente lo que acabo de decirte hace un momento. Que estoy demasiado ocupado para decidir nada en estos momentos. Gana un poco de tiempo. Tienes la diplomacia suficiente para ello.
—¿Hasta...?
—Hasta nunca —dije—. Esta lucha es ahora un triángulo de dos lados, Julien, y ya no puede haber ninguna transacción entre Periandros y yo que signifique algo, piense él lo que piense. Los dobles desaparecen al poco tiempo. Quizás ellos no lo sepan, pero yo sí. No tengo tiempo para él. El pobre bastardo irreal. ¿De acuerdo? ¿Has entendido lo que te he dicho?
—Puede que esté muerto, Yakoub, pero sigue teniendo poder.
—Que lo conserve. Muy pronto no va a tener nada. Tengo que reservar mis energías para tratar con los emperadores que aún no están muertos.
Estoy trabajando a largo plazo, Julien. Periandros ya se está descomponiendo. Lo sepa él o no.
—Pero mientras viva...
— No vive. Es un zombi. Es un mulo andante. Y te pido que me lo saques de encima. En bien del gran amor que afirmas que sientes por mí.
—Tu voz es tan dura, Yakoub. Parece haber mucha hostilidad en ella.
—Quizá tú sepas el motivo.
— D'accord —dijo hoscamente Julien—. Le diré a Periandros que necesitas más tiempo para tomar tu decisión.
—Algo así como ochenta millones de años —dije. Y corté el contacto.
Al momento siguiente Polarca entró a grandes zancadas en la habitación, con expresión alterada, agitando un fajo de informes.
—Están luchando en el distrito de Gunduloni —anunció—. Un puñado de leales a Periandros contra un destacamento de las milicias de Naria. Y
tropas llevando las insignias de Sunteil se han apoderado de todo un bloque de calles justo al sur del distrito imperial, y están yendo de casa en casa, obligando a la gente a jurar lealtad a ellos. Y en el otro lado de la ciudad se libra una batalla y nadie es capaz de decir quién está del lado de quién.
—¿Hay alguna otra cosa? —pregunté.
—Una más —dijo Polarca—. Naria te ha convocado al palacio. Desea parlamentar contigo inmediatamente.
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