La estrella de los gitanos
Una Vela Es Toda Llama de Extremo a Extremo
UNA VELA ES TODA LLAMA
DE EXTREMO A EXTREMO
Siéntate a la orilla de un río y aguarda. Más pronto o más tarde aparecerá flotando el cadáver de tu enemigo.
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1
Capítulo
Deben comprender que la vida en una mazmorra no se reduce a pasarse simplemente todo el tiempo espectrando. Puedes espectrar todo lo que quieras, es cierto, pero pronto terminas cansándote de ello. Arriba y fuera, lejos y más lejos, mucho y demasiado: la vida ectoplásmica tiene sus alegrías, pero finalmente termina aburriéndote.
Por supuesto, la vida en una mazmorra también te aburre, y mucho más rápidamente. Pero es menos cansada. Espectrar exige mucho de ti, a cualquier edad. (Creo que me exigía más cuando tenía veinte años que ahora, ciento cincuenta años más tarde.) Así que el truco consiste en mantener un equilibrio entre el aburrimiento de no espectrar y el agotamiento de hacerlo demasiado. Ése es el truco en todos los aspectos de la vida. Cometes este exceso, y luego cometes ese otro exceso, y todo confluye en medio, si tienes suerte. Si sobrevives el tiempo suficiente, puedes decir que has llevado una hermosa y moderada vida. La teoría de neutralizar los excesos. A largo plazo todas las fuerzas entran en equilibrio, y los extremos se anulan. Esto se conoce como el proceso de regresión al término medio. A la larga hace que tu vida sea muy feliz. Por supuesto, a la corta puede volverte completamente loco.
Nada tan drástico como esto me ocurrió en la oubliette de Shandor.
Espectré aquí, espectré allí, y en los intervalos entre espectrar y espectrar conté las losas de piedra del suelo, conté las piedras que formaban las paredes, calculé la cantidad de oro que debía haber esparcido, átomo a átomo, entre el suelo y las paredes, jugué con mis serpientes, le conté historias a mi moho volátil, intenté atrapar mis protozoos por su agitante
cola, y cuando vinieron a bailar las ratas les dediqué arengas en distintas lenguas y dialectos.
En conjunto, aquello era como emprender un viaje muy largo por el relé de tránsito, pero algo más interesante, porque en un viaje por el relé de tránsito no dispones de serpientes ni de moho volátil ni de protozoos ni de ratas para distraerte, nada salvo el colosal aburrimiento del viaje. Por otra parte, estás viajando, de modo que sabes que finalmente llegarás a alguna parte. Una cosa que estaba empezando a ocurrírseme mientras las horas se transformaban en días y los días se unían uno tras otro en madejas de indeterminable longitud era que allí abajo lo más probable era que no fuese nunca a ninguna parte. Después de todo, aquello era una oubliette. ¿Y cuál es el uso tradicional de una oubliette? Bien, meter y olvidar en ella a todo prisionero incómodo. Para siempre, si era necesario.
Mi intuición me había dicho que sería un movimiento útil, políticamente hablando, permitir que Shandor me encarcelara. Pero tal vez la gente ordinaria no pensara así. Diría que es una locura entregarte en manos de un artero y monstruoso villano como Shandor. Bien, lo es, por supuesto.
Cualquier simplón puede verlo. Pero yo no soy ni un simplón ni una persona ordinaria, y capto la vida como una partida de ajedrez. El buen jugador aprende a prever cinco o seis movimientos. Y eso era lo que yo había hecho. Y, como consecuencia de ello, había ido a parar a aquella deplorable oubliette, exactamente como había esperado. Ahora estaba empezando a pensar que tal vez me había pasado de listo.
Afortunadamente, no tengo la costumbre de abandonarme con frecuencia a largas meditaciones de desánimo y desesperación. En vez de ello, me abandoné a largas sesiones de contar las piedras del suelo y a lanzar discursos a las ratas. Y a espectrar de tanto en tanto a un cierto número de planetas en todas las eras accesibles. Así pasó el tiempo.
Y, un día, Shandor acudió a visitarme.
Hubo el habitual crujir y resonar fuera de la celda que me dijo que uno de los robots carceleros me traía mi bandeja nocturna de gachas y té ligero.
Luego oí un crujir y resonar no habitual, y la sección frontal de la pared empezó a deslizarse hacia atrás. Shandor estaba allí de pie, mirándome con ojos llameantes. Llevaba una ridícula capa roja y un pañuelo amarillo, y el sello de su cargo resplandecía en su pecho, recorriendo toda la gama del espectro.
—Llegas pronto para la cena —dije—. Pero siéntate de todos modos y considérate como en tu casa. ¿Te apetece un poco de champaña?
No sonrió. Parecía tenso y vil, incluso más que de costumbre.
Irguiéndose en lo que debía esperar que fuera una arrogancia real, se puso a caminar por la celda como un conquistador.
El sello de su cargo era cegadoramente brillante en la semioscuridad.
—¿Te importaría apagar esa cosa? —pedí—. Estás asustando a las serpientes. Además, sabes que no tienes derecho a llevarla.
—No empieces de nuevo conmigo, Yakoub.
—¿Quién empezó con quién? Yo estaba sentado aquí ocupándome de mis propios asuntos cuando has entrado sin que nadie te llamara.
Esparciendo a tu alrededor toda esa maldita luz. Tengo derecho a paz y tranquilidad en mi propia celda.
—Estás realmente loco —dijo hoscamente.
—No lo creo.
—¿Por qué me causas tantos problemas?
—¿Yo? ¿Problemas?
—Y a toda la nación rom.
Me erguí en mi asiento, todo atención.
—¿Qué es eso? ¡Extrañas palabras brotan de la boca de Shandor!
¿Expresas preocupación por el bienestar de la nación rom, hijo mío? ¿Tú?
—Estás decidido a ponerme furioso, ¿verdad?
—¿Quién, yo?
—Esta vez no lo conseguirás. He venido a ofrecerte un trato, padre.
— Padre. ¿Cuándo oí por última vez esa palabra de tus labios? No dejaré que me espolees. —Se sentó en el banco de piedra frente a mí, lo bastante cerca como para que pudiera agarrarlo y abofetearlo una y otra vez si me apetecía. Abofetearlo lo había vuelto loco la otra vez. Ahora parecía estarme desafiando. Me miró durante largo rato como si intentara leer mi mente. Finalmente dijo:
—Abandonaste el Reino. Todo el mundo está de acuerdo en eso.
Anunciaste tu abdicación y desapareciste, dejándonos a todos plantados.
Durante cinco años no hubo rey. Toda la nación rom gritaba pidiendo un rey. Incluso el Imperio pedía uno. Hubieras debido oír a Sunteil gimiendo y rezongando. El emperador es un zombie, decía, y los roms tampoco tienen rey. Toda la estructura gubernamental va a desaparecer en un vacío de
poder, ¿Qué ocurre con vosotros?, preguntaba Sunteil. ¿Por qué no elegís un nuevo rey? Así que finalmente lo hicimos.
—La elección fue inválida —dije suavemente.
Sus ojos llamearon fuego, pero se mantuvo bajo un tenso control.
—¿Por qué?
—Porque la krisatora nunca ratificó mi abdicación. Un rey rom no puede abdicar. No existe una tradición de abdicación.
—Te aseguro que la ratificaron. Yo estaba allí cuando lo hicieron.
—¿El día que te eligieron a ti?
—Sí —dijo.
—Eres el fijo de un rey. El hijo de un rey no puede ser rey.
—Sólo porque nunca haya ocurrido antes no quiere decir que no pueda ocurrir nunca.
—Un criminal convicto tampoco ha sido elegido nunca rey.
Un músculo se crispó en la mejilla de Shandor. Pero siguió inmóvil.
Estaba haciéndolo bien, era Shandor.
—¿Un criminal, padre?
—El asunto de Djebel Abdullah.
—El primer juicio fue una farsa. Hubo prejuicio de arriba abajo. Más tarde pude demostrar que hice todo lo posible por salvar a mis pasajeros, y un segundo juicio me exoneró por completo.
—Ninguno de tus pasajeros testificó en ninguno de los dos juicios.
—Eso no es cierto.
—Ninguno de los que fueron servidos en la cena, muchacho.
—¡No me llames muchacho! ¡Soy tu rey!
—No mío, Shandor.
—El segundo veredicto...
—Fue tan legítimo como la sesión del gran kris que te eligió Rey de los Roms.
— Soy el rey, padre. Te guste o no. La krisatora me eligió y la gran kumpania de roms en todos los mundos me ha aceptado. Y he estado en la Capital, y el propio emperador ha posado sobre mis hombros el cetro del reconocimiento.
—¿Lo ha hecho, de veras?
—Con sus propias manos. Y con Sunteil, Naria y Periandros a su lado. Y
esto, viviendo en el palacio del rey, y mis decretos son obedecidos en todos los mundos. Enfréntate a la realidad, viejo. Tu abdicación es vinculante. Y
no puedes revocarla.
—Dijiste que habías venido aquí para ofrecerme un trato —le recordé.
—Sí.
—Adelante. ¿Cuál es el quid y cuál el pro quo?
—Quiero que me des tu bendición. Quiero que hagas un reconocimiento público de mi persona como Rey de los Roms y renuncies a toda pretensión al trono. Además, me han dicho que te llevaste el cetro contigo cuando te fuiste de aquí. Ese cetro me pertenece.
—Ah. Eso es lo que deseas, ¿verdad? Mi bendición y mi cetro.
—A cambio —dijo—, te dejaré salir de aquí. Te permitiré que vuelvas a Xamur, a tu propiedad de allá, a Kamaviben, y vivas el resto de tus días en la riqueza y el lujo.
—Mi libertad es propiedad exclusiva mía, otorgada por Dios, que ningún hombre puede arrebatarme. ¿Me propones darme algo que ni siquiera es tuyo, si acepto apoyar tu pretensión a algo que tampoco es tuyo? ¿Qué clase de trato es ése?
—Es un trato que te sacará de esta mazmorra, padre.
—Me gusta esta mazmorra.
—Podría hacerla a prueba de espectrar. ¿Te gustaría tanto, entonces?
—¿Es eso una amenaza? ¿Quieres mi bendición bajo coacciones?
—Te pido tu bendición. No te la exijo. El que estés prisionero aquí es una molestia para mí.
—Sí. Lo sé. Por eso precisamente estoy aquí.
—Mientras continúes reclamando el trono pones en peligro toda nuestra nación.
—Yo podría decirte lo mismo, Shandor.
—Había un hueco en el gobierno. Ya no lo hay. Con tu obstinación fomentas la disensión, arrojas dudas sobre la legitimidad del gobierno rom, minas la estabilidad de todo...
—Por supuesto que lo hago. No necesitas decírmelo.
—Eres un viejo malicioso.
—No. Tú lo eres. —Me eché a reír—. Vete, Shandor. Déjame tener un poco de paz.
—¡Si me voy, te pudrirás aquí hasta el final de los tiempos!
—¿Le harías eso a tu propio padre?
—¿ Eres mi padre?
—Y mancillas la memoria de tu madre también, por lo que veo. Eres realmente un excremento sin el menor valor, ¿lo sabías? Maldigo el pequeño instante de placer que te trajo al universo. Maldigo la alegría que sentí entre los muslos de Esmeralda. —Dije esto calmadamente, incluso dulcemente—. No voy a hacerte rey, Shandor, no importa lo que bufes y gruñas. Tampoco me asustas amenazándome con retenerme en este hermoso hotel tuyo. E, incidentalmente, no hay forma alguna en que puedas convertir esta celda en un lugar a prueba de espectrar. ¿No te das cuenta? Si puedo respirar, puedo espectrar. Allá donde esté. En cualquier momento. —Cerré los ojos y espectré, entonces y allí, delante de él. De regreso a Xamur, algo así como un siglo antes. Para ver a mi joven y querida esposa, para ver a mi encantador primogénito recién nacido.
Shandor estaba echando humo cuando regresé, una fracción de segundo más tarde—. Tu madre fue una mujer espléndida, Shandor. Acabo de hacerle una visita. Para decirle lo mucho que la quise. Y para que sepa la maravillosa persona que ha resultado ser su hijo mayor. ¿Por qué no vas a visitarla también? Sé que le encantará verte.
—¡Vas a pudrirte aquí para siempre, viejo! —gritó venenosamente Shandor.
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