La estrella de los gitanos

Robert Silverberg · Capítulo 17 de 94

Páginas del PDF

La estrella de los gitanos

Capítulo 4

4

Capítulo

Puede que piensen ustedes que después de todas estas visitas tuve la ocasión de gozar de una cierta intimidad. Pero no pasó mucho tiempo antes de que volviera a tener compañía.

Esta siguiente visita fue más bien desconcertante, porque se trató del Duc de Gramont. O de su doble. No estaba seguro de cuál, y de ahí el desconcierto. Y la inquietud.

Julien de Gramont es un viejo amigo qué ha conseguido trazar una línea muy clara entre las esferas sobrepuestas de autoridad del Reino Rom y del Imperio. Eso es una medida de la habilidad de Julien. Como profesión, Julien ha afirmado siempre ser el pretendiente del trono de la antigua Francia, uno de los más importantes países de la Tierra allá por el año 1600. Francia se libró de sus reyes hace ya mucho tiempo, pero eso no importa; no puedo ver que pueda causar ningún daño el reclamar un trono obsoleto. Lo que no acabo de comprender exactamente, aunque Julien ha intentado explicármelo siete u ocho veces, es el extremo de reclamar el trono de un país en un planeta que ya no existe. Tiene algo que ver con la grandeza, dice él. Y la gloria. Esa segunda palabra la pronuncia gluar, o algo así. El francés es una lengua muy extraña.

(Sólo de pasada quiero señalar, puesto que no es probable que se les ocurra por ustedes mismos la idea, que la amada Francia del Duc de Gramont era un lugar no mayor de lo que sería una plantación de tamaño medio en un mundo de tamaño medio como Galgala o Xamur. De todos modos, Francia había tenido sus propios reyes, y su propio idioma, y leyes, y literatura, e historia, y todo lo demás. Y de hecho fue un lugar muy

importante, en su tiempo. Lo sé porque estuve allí una vez, de hecho, exactamente en la época en que se libraron de sus reyes. Un aspecto extraño y en cierto modo curioso de los gaje de la Tierra es que consideraron necesario dividir su pequeño planeta en un centenar de pequeños países independientes. Por supuesto, esa disposición nos complicó sobremanera las cosas mientras vivimos entre ellos. Pero todo terminó hace ya mucho tiempo)

El primer par de años que viví en Mulano tuve a un doble del Duc de Gramont viviendo allí conmigo. Julien lo hizo crear para mí como un regalo de despedida cuando supo de mi abdicación, porque sabe que me encanta la cocina francesa, un campo en el que él es un experto; así que pensó que tal vez me gustaría tener mi propio chef francés mientras vivía en mi autoimpuesto exilio.

Pero generalmente los dobles sólo duran uno o dos años, o quizá un poco más en un clima frío como Mulano. Luego se desvanecen. Y no vuelven a la vida. Mi doble de Julien se desvaneció, de la forma habitual y en el momento habitual, hacía ya varios años. Cuando ahora vi lo que tomé por el doble del Duc de Gramont abrirse camino hacia mí por entre los agitantes brazos de mi bosque —deteniéndose una o dos veces para arrancar una hoja y metérsela en la boca, como para probarla y ver si valía la pena para utilizarla en alguna salsa—, no pude hallarle sentido a nada de aquello.

— Alors, mon vieux! —exclamó—. Mes hommages! Comment ça va?

¡Sacrebleu, hace frío aquí!

Le lancé una mirada inexpresiva y retrocedí un poco. Comprendo a los espectros, comprendo a los dobles, pero, ¿el espectro de un doble?... No.

Dije con voz deshilachada:

—¿De dónde vienes?

—Ah, ¿ése es el mejor saludo de bienvenida que puedes ofrecerme, mon ami? —Hablándome en un tono frío, seco, profundamente ultrajado—. Me paso media horrible eternidad encerrado en la cápsula del relé para llegar a este deprimente lugar, y no muestras la menor alegría al verme, ni expresas el menor regocijo, simplemente me haces una pregunta, bruscamente, sin el menor asomo de cortesía. ¿Que de dónde vengo? ¡Quel type! ¿Dónde está el abrazo? ¿Dónde están los besos en las mejillas? —Alzó las manos y se lanzó a una loca retahíla de palabras en francés, como un robot traductor

que se hubiera vuelto loco—. Joyeax Noél! Bonae Année! A quelle heure part le prochain bateau? J'ai le mal de mer! Faites venir le garçon! Par ici! ¡Le voici! ¡Il faut payer! —Y se puso a dar saltos de un lado para otro como un loco.

Al cabo de un momento se calmó, como si sus engranajes estuvieran acabando la cuerda, y se detuvo allí tristemente, contemplando congelarse su propio aliento frente a su nariz.

—¿Así que no te alegras en lo más mínimo de verme? —dijo con mucha suavidad.

Lo estudié. A veces los dobles parecen un poco transparentes en los bordes. Éste no. Éste no parecía un doble en absoluto. Tenía los rápidos y penetrantes ojos de Julien, los elegantes movimientos de Julien. Su pequeño bigotito oscuro y su pequeña barba puntiaguda estaban cuidadosamente recortados al milímetro, sin ningún pelo torcido, exactamente igual a como los llevaba siempre Julien. Los dobles pierden rápidamente estos detalles. La degradación entrópica se instala en ellos, y su definición empieza a fallar.

—Entonces, ¿eres realmente tú?

— Oui —dijo—. Soy realmente yo.

—¿El auténtico Julien?

— ¡Sacrebleu! ¡Nom d'un chien! ¡Auténtico, auténtico, auténtico! ¿Qué pasa contigo, cher ami? ¿Dónde ha ido a parar tu cerebro? ¿Acaso este terrible frío..

—El doble que me diste —indiqué—. Me resultaba imposible imaginar cómo un doble podía volver después de todo este tiempo.

—¡Ah, el doble! El doble, mon vieux.

—Se desvaneció hace mucho, ¿sabes? Así que cuando lo vi de nuevo..., cuando creí verlo...

— Oui. Bien sûr.

—¿Cómo podía saberlo? ¿Un doble regresando después de haberse desvanecido? Se supone que eso es imposible. ¿Alguna especie de truco?

¿Alguna forma de deslizar un asesino más allá de mi guardia? ¡Por los cuernos del diablo, hombre! ¿Qué se suponía que debía pensar?

—¿Y qué piensas ahora?

Le lancé otra larga y escrutadora mirada de cerca.

Se puso de nuevo nervioso cuando no dije nada. Agitó las manos, sacudió la cabeza de aquella manera elegante tan propia suya.

— Cordieu, cher ami! Mon petit romanichel. Gitan bien-aimé. Querido Mirlifiche, estimado Cascarrot. ¡Sólo soy yo! ¡El auténtico Julien! De veras, no soy un doble. Ni un asesino. Soy simplemente tu querido Julien de Gramont. N'est-ce pas? ¿No puedes creerlo? ¿Qué dices, Rey de los Gitanos?

Sí. Por supuesto. ¿Cómo podía dudarlo? Era el genuino Julien. Ningún doble podría llegar a generar tanto calor, tanto frenesí, tanta exasperada pasión.

Me sentí embarazado.

Me sentí contrito.

Me sentí como un maldito estúpido.

Confundir a un hombre con su propio doble puede que no sea una ofensa que requiera un duelo, pero evidentemente no es ningún cumplido. Y

hacérselo al pobre Julien de Gramont, con sus pretensiones reales y su excitable temperamento galo...

Bien, me disculpé de la forma más profusa, y él insistió que se trataba de un error inofensivo, y le invité a mi burbuja, y preparé una buena cafetera para él, el antiguo café rom, negro como el pecado, caliente como el infierno, dulce como el amor, y al cabo de cinco minutos todo aquello era asunto olvidado, nadie había resultado ofendido, nada había pasado. Julien había traído regalos para mí, dos sobrebolsillos llenos de ellos, y ahora procedió a extraerlos de la dimensión de almacenamiento y a apilarlos en mi suelo. ¡Querido y dulce Julien, siempre preocupado por mi confort gastronómico!

— Homard en civet de vieux Bourgogne —anunció, sacando uno de esos útiles frascos que te preparan y calientan la comida con sólo apretar con el dedo el botón de puesta en marcha—. Carré d'agneau rôti au poivre vert.

Fricassée de paulet au vinaigre de vin. Pommes purée. Les filets mignons de vean no citron. Todo está etiquetado, mon ami. Todo es auténticamente francés, nada de los platos grotescos de los pastores de Galgala, nada de asquerosas gachas de Kalimalea, nada de temblequeantes monstruosidades de los pantanos de Megalo Kastro. Aquí está. Aquí. ¿Te gustan los riñones?

¿Te gustan las mollejas? Fricassée de rognons et de ris de vean aux feuilles

d'épinards. Hé, mon frére? Coquilles Saint-Jacques? Páté de fruits de mar en croúte? ¿Bouillabaisse marseillaise? Te he traído de todo.

—Eres demasiado bueno conmigo, Julien.

—He traído lo bastante para que puedas comer como un ser humano durante dos años, quizá tres. Es lo menos que puedo hacer por ti, en esta terrible soledad salvaje. Dos años de espléndida cocina francesa. —Me lanzó una mirada de soslayo—. ¿Cuánto tiempo más piensas seguir aquí, mon cher? ¿Dos años? ¿Tres, cuatro?

—¿Es eso lo que has venido a averiguar, viejo amigo?

El color ascendió a sus mejillas.

—Tu larga ausencia de los mundos civilizados me preocupa. Yo la lamento. Tu pueblo la lamenta. Eres un hombre importante. Yakoub.

—Entre los rom —le dije—, decimos «importante» cuando queremos decir «corpulento» ¿Lo sabías? «Un hombre importante» significa para nosotros un hombre con una enorme barriga. —Contemplé los frascos diseminados por toda la burbuja, docenas de ellos, con un número indefinido de primos suyos metidos todavía en la dimensión de almacenaje.

Palmeé mí cintura, que en los últimos años se había vuelto verdaderamente regia—. Así que, ¿para qué has traído todo esto, Julien? ¿Quieres que sea más importante aún de lo que ya soy?

—Los mundos te reclaman, Yakoub. —Su fabricado acento francés desapareció de pronto; habló en el más puro imperial—. Hay un enorme caos ahí fuera, porque no hay rey. Las naves se pierden en los caminos estelares; la piratería aumenta; las disputas entre los grandes hombres quedan sin resolver. Tu pueblo tiene una gran necesidad de ti. Incluso el Imperio te necesita. ¿Te das cuenta de eso, Yakoub?

—No pretendo ofenderte, Julien. Pero desearía saber quién te dijo que vinieras aquí.

Pareció incómodo. Jugueteó con su puntiaguda barbita. Trasteó con sus frascos, jugueteó con las etiquetas. Dejé que la pregunta colgara en el aire entre los dos.

—¿Quieres decir, quién me dijo que viniera aquí? —dijo finalmente.

—No creo que sea una pregunta muy complicada, ¿verdad?

—Vine aquí porque eres echado en falta. Eres necesitado.

—No te ocultes detrás de verbos pasivos. Julien. ¿ Quién me echa en falta? ¿ Quién me necesita? ¿ Quién ha pagado para que acudas a una

estación de tránsito y vengas hasta aquí para hablar conmigo?

Al cabo de un momento dijo, hoscamente:

—Periandros.

—Ah. La gran sorpresa.

—Si lo sabías, ¿por qué lo preguntas?

—Para ver qué ibas a decir.

—¡Yakoub!

—De acuerdo. Así que te envió Periandros. ¿Significa eso que el siguiente será el hombre de Naria?

Frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Los tres lores del Imperio, eso es lo que quiero decir. El hombre de Sunteil se marchó de aquí hace poco. Ahora tú estás aquí en nombre de Periandros. Cabe suponer que el Número Tres deseará entrar también en contacto conmigo, y quizá el archimandrita también, o incluso, Dios no lo permita, el propio emperador. Si el emperador sigue aún con vida.

—El emperador sigue aún con vida —dijo Julien—. ¿Qué es eso acerca de Sunteil?

—Envió a un muchacho rom llamado Chorian.

—Conozco a Chorian. Demasiado joven, pero muy competente. Y muy astuto, como todos vosotros los roms.

—¿Lo es? ¿Lo somos?

—¿Qué es lo que preocupa a Sunteil?

—Que mi abdicación sea alguna especie de truco, y que regrese al Imperio cuando menos sea esperado, para ocasionar la mayor cantidad de problemas.

Julien irradió serenamente.

—Por supuesto que tu abdicación es alguna especie de truco. La pregunta que debe rondar por la mente de Sunteil es por qué lo has perpetrado, y qué puede hacerse para persuadirte que abandones el juego al que estás jugando. —No respondí a eso, pero él no parecía esperar tampoco ninguna respuesta. Me miró por unos instantes y luego, con sólo el más pequeño y exquisito gesto de su ceja, se volvió y empezó a dar vueltas por mi burbuja, tomando esto y aquello, manoseando mis más queridas posesiones con la delicadeza que sólo da la práctica del más experto tratante en antigüedades, que es una de las profesiones que ha practicado en

su vida. Le dejé hacer. No iba a causar ningún daño. Acarició un brillante dilko de seda amarilla, un pañuelo rom que había pertenecido a alguno de la perdida y fabulosa tierra de Bulgaria, hacía quince siglos. Acarició el velo de La Chunga. Tabaleó un rápido ritmo en mi antigua pandereta, y luego posó reverentemente las manos sobre mi lavuta, mi violín gitano, que había pasado de rom a rom como todo el resto de aquellas cosas desde la época en que la Tierra aún existía.

—¿Puedo? —dijo.

—Como si estuvieras en tu casa.

Lo colocó en posición debajo de su barbilla, golpeó suavemente la caja de resonancia con las yemas de los dedos, cogió el arco. E hizo que aquel viejo violín riera, y luego que llorara, y luego lo hizo cantar. Todo ello en ocho o nueve compases. Me miró con ojos brillantes, triunfante.

—Tocas como un rom —le dije.

Se encogió modestamente de hombros.

—Halagas como un rom —respondió.

—¿Dónde aprendiste a tocar?

Hizo sonar uno o dos compases más.

—Hace años, en Sidri Akrak, había un viejo rom que se hacía llamar el Zigeuner Bicazului. Tocaba en la plaza del mercado fuera del Palacio del Trierarca, y Periandros envió a uno de sus falangarcas para invitarle a entrar; y durante año y medio aquel Bicazului fue el músico de la corte. Le pedí que me enseñara algunas de las viejas melodías.

—Hay veces en que tengo que recordarme a mí mismo que no eres rom, Julien.

—Hay veces en que yo tengo que hacer lo mismo —respondió.

—¿Qué le ocurrió a ese Bicazului tuyo? ¿Sabes dónde está ahora?

—Eso fue hace mucho tiempo —dijo Julien, haciendo un gesto vago—.

Era muy viejo. —Volvió a dejar el violín y se dirigió a la ventana. Durante largo rato miró fuera. El sol amarillo estaba bajo en el cielo y las nubes se estaban agrupando; se preparaba una tormenta. Los tentáculos de los árboles se agitaban más lentamente de lo habitual. Al cabo de un rato dijo

—: ¿Te gusta este lugar, Yakoub?

—Me parece muy hermoso, Julien. Me siento en paz aquí.

—¿De veras?

—Sí. De veras. Me siento realmente en paz aquí.

—Es un extraño lugar para ti en el otoño de tu vida, Yakoub. Esos campos de hielo, esta tempestuosa nieve...

—La paz. No olvides la paz. ¿Qué importa un poco de nieve, si tienes paz?

—¿Y esas repelentes cosas verdes? ¿Qué son? —Había desagrado en su voz—. Ces horribles tentacules. ¿Des poulpes terrestres? —Se estremeció, un movimiento preciso y elegante.

—Son árboles —dije.

— ¿Árboles?

—Árboles, sí.

—Entiendo. ¿Y esos árboles también te parecen hermosos?

—Este lugar es mi hogar ahora, Julien.

—Ah. Oui. Oui. Discúlpame, mon ami.

Permanecimos uno al lado del otro junto a la ventana. El sonido de los compases que había ejecutado al violín resonaba aún en mis oídos. Y

también oía las últimas palabras que yo acababa de pronunciar, creando ecos y ecos y ecos. Este lugar es mi hogar, este lugar es mi hogar.

Por un momento pensé en pedirle que saliera fuera conmigo para que así pudiera mostrarle el lugar donde, en una noche clara, el fuego rojo de la Estrella Romaní brillaba en el cielo. Julien, le diría, no te he dicho la verdad. Ése es mi hogar, Julien, le diría. Y luego pensé: No. No. Le quiero mucho pero nunca lo entenderá, y en cualquier caso no debo decirle nada, porque es gaje. Cierto, es gaje. Pensé de nuevo en la música que le había arrancado a mi violín; y me dije: Hay veces en que tengo que recordarme a mí mismo que no eres rom, Julien.

OceanofPDF.com