La estrella de los gitanos
Capítulo 6
6
Capítulo
Durante los siguientes días se dejaron ver todos los demás. Mis queridos amigos, aquellos que habían sido mi apoyo y mis colaboradores en los tiempos de mi reinado. Uno a uno llegaron en las astronaves que acudían a Xamur desde todas partes de la galaxia. Mi gabinete, el círculo interno de mi corte en los días en que tenía una corte. Y además otros dos, dos huéspedes inesperados.
Jacinto y Ammagante llegaron juntos, de Galgala. Viajaban siempre juntos, aunque difícilmente hubieran podido ser más distintos: Jacinto pequeño y arrugado, como una nuez oscura y vieja que era imposible partir, y Ammagante alta, de grandes huesos, con el abierto rostro de un niño de alma generosa. En mi reinado, Jacinto había sido el hombre del dinero, el estudioso de las tendencias y el manipulador de las fuerzas, el que controlaba nuestras inversiones, tejiendo pacientemente la red de las propiedades roms que se extienden de mundo en mundo y en mundo.
Ammagante era su maga de las comunicaciones, y de sus largos brazos fluían los impulsos instantáneos que proporcionaban a Jacinto la información que necesitaba. Había un extraño poder en aquella mujer.
Hablaba muchos idiomas. En su infinita sabiduría mi hijo Shandor los había echado a los dos, y —eso me hizo saber Polarca—, Jacinto y Ammagante seguían trabajando de forma independiente, ganando unos cerces aquí y otros allá, asegurándose su subsistencia. Podía imaginar qué tipo de subsistencia, conociéndoles como les conocía.
La misma nave que los trajo de Galgala trajo también a aquella taimada vieja, Bibi Savina. Nuestra phuri dai, la madre de la tribu. Que seguramente
hubiera sido reina entre nosotros, si las cosas hubieran sido de otro modo.
(No podemos nombrar reinas a las mujeres —no se ha hecho nunca, no se hará nunca—, pero a su manera la phuri dai es tan importante como el rey.
Y algunas veces incluso más. Malhadado el rey que ignore su consejo o le deniegue su alta posición. Ha habido algunos que lo han intentado, y todos lo han lamentado.)
Pienso en Bibi Savina como en una mujer increíblemente vieja, más allá de toda medida. Eso se debe a las visitas que me hizo cuando yo era un niño que aún me meaba en los calzones y ella un espectro, hace años y años. Pero de hecho es unos treinta años o así más joven que yo, aunque elige parecer una vieja arpía. La saludé con profundo respeto, incluso con cierto temor reverente: ¡yo, temor! Pero se lo merece. Es una fuente de poder y sagacidad. Por supuesto, el cambio de gobierno en Galgala no ha afectado su autoridad: la phuri dai es elegida no por el rey sino por la voluntad de la propia tribu, y una vez ocupa su cargo ningún rey puede apartarla de su lado. Incluso el impulsivo Shandor tenía el suficiente sentido común como para no meterse con Bibi Savina. Pero el hecho de que ella hubiera acudido a Xamur a mi llamada me indicaba dónde estaban lealtades.
Biznaga llegó después: mi enviado a la corte imperial, mi enlace con el gobierno galáctico. Era elegante y obsequioso, con la gracia y la apostura de un diplomático, y el elegante guardarropa de un diplomático también: nunca he conocido a nadie que vistiera tan espléndidamente como Biznaga.
Vino de la Capital, donde había estado viviendo su retiro. Shandor también lo había jubilado. No debía confiar en nadie de mi gente. Me pregunto por qué.
De Marajo, donde había ido a cuidar de sus propios intereses tras su viaje a mi nevado mundo del exilio, acudió mi primo Damiano. Con él, para mi sorpresa, estaba el joven Chorian..., el primero de mis dos huéspedes no invitados.
A Polarca no le gustó aquello en absoluto. Nos llevó a Damiano y a mí a un aparte y dijo:
—¿Qué está haciendo él aquí, en nombre de Mahoma?
—Pensé que podía ser útil —dijo Damiano—. Ve las cosas con ojos claros y posee el auténtico fuego rom. Y me ha servido bien en más de una ocasión.
Polarca no se sintió impresionado por aquello.
—Es el hombre de Sunteil, ¿no? ¿Quieres que todo lo que se diga aquí le sea retransmitido inmediatamente a Sunteil?
—El mismo sol se alzará dos veces en un mismo día antes de que eso ocurra —respondió Damiano, lanzándole a Polarca aquella tensa mirada suya—. Quizá reciba su paga de Sunteil, pero su corazón está con nosotros.
Que todos mis hijos mueran en este mismo momento si te he dicho algo que no sea la verdad.
Damiano te enterrará debajo de su dignidad rom y su retórica rom, cuando desea ganar en una discusión. Polarca alzó las manos desesperado.
Pero esta vez yo estaba con Damiano. Di unos ligeros golpes a Polarca en el hombro. Desde una cierta distancia, Chorian me miraba con aquella adoración de cachorro que tanto detestaba y tan bien comprendía. Creo que Polarca se sentía celoso de ello. También es humano, hasta el punto que cualquiera de nosotros puede llamarse humano; no deseaba que hubiera allí nadie que me adorase más intensamente que él. Pero, por supuesto, Polarca exhibe su adoración de una forma muy especial.
—No veo ningún riesgo en que Chorian esté aquí —le dije suavemente
—. Ese muchacho es uno de nosotros. Llegué a conocerle muy bien cuando estuvo en Mulano conmigo.
—Pero es el rom particular de Sunteil...
—No es de Sunteil. Sólo deja que Sunteil lo crea así.
—Quizá sólo deje que tú y Damiano penséis que no lo es.
—Polarca —dije, sonriendo suavemente, masajeando su brazo—. Ah, Polarca. Esto no es más que una mierda paranoide, y tú lo sabes.
—Yakoub, te digo que...
—Polarca —dije, un poco menos suavemente.
Pese a todo, hubo otra ronda o dos de gruñidos al respecto. Pero al final sabía que tendría que ceder, y eso hizo. Chorian se sintió rebosante de alivio y gratitud: sabía que la discusión había estado centrada en él y en decidir si podía quedarse. Y prácticamente espumaba de alegría ante el hecho de verme de nuevo. Sin embargo, pese a todo su ímpetu juvenil, parecía ahora menos ingenuo, de alguna forma más maduro, que cuando había estado en Mulano. Estaba empezando a sentir confianza en sí mismo.
De todos modos, parte de aquella ingenuidad no había sido probablemente más que camuflaje: pero no cabía ninguna duda de que estaba ganando
rápidamente confianza en estos días, y debía sentir menos necesidad de ocultarse detrás de su juventud. Iba a resultar útil. Damiano había hecho bien trayéndole. De tanto en tanto, durante las conferencias de los días siguientes, vi a Polarca meditando aún, como si todavía estuviera absolutamente seguro de que habíamos invitado a un espía del Imperio entre nosotros; pero incluso él dejó de preocuparse por Chorian al cabo de un tiempo.
A su debido momento apareció Valerian. O más bien el espectro de Valerian, debería decir: Valerian no se atrevía a poner el pie en ningún mundo del Imperio, no con la recompensa de diez mil cerces puesta por su cabeza. Incluso un toro se hubiera sentido tentado por aquello. Valerian tenía muchos enemigos entre nosotros, después de todo; los gaje no son las únicas víctimas de su piratería. Pero Valerian o espectro de Valerian, eso no tenía mucha importancia, porque el espectro de Valerian tenía tanto vigor que no resultaba fácil distinguirlo del auténtico Valerian. Excepto que el espectro, como la mayoría de los espectros, tenía una forma de derivar un poco por encima del suelo, y emitir una cierta crepitación eléctrica de tanto en tanto.
Valerian es un hombre extremadamente teatral. Hay un aura de gran drama a su alrededor, que le precede un centenar de metros allá donde vaya. Alardea, ruge, gesticula, hace llamear sus ojos y adopta poses. Posee un tremendo estilo y prestancia, pero es un estilo y una prestancia directamente salidos de las grandes óperas de hace mil quinientos años.
Valerian se ve a sí mismo como el heredero ideológico directo de Barbanegra y Sir Francis Drake y el capitán Kidd y Robin Hood y cualquier otro bucanero que alguna vez haya robado un penique a alguien, y como la mayoría de ellos exhibe las mismas vehementes justificaciones para razonar sus depredaciones. Por supuesto, sólo es un criminal. Si buceamos una capa por debajo de su idealismo encontraremos que lo que ama realmente es el peligro y la emoción de vivir fuera de la ley. Si buceamos un poco más descubriremos que se ve secretamente a sí mismo como un hombre de negocios, un empresario de los caminos estelares preocupado principalmente por la relación riesgo-recompensa. Si buceamos un poco más abajo de eso, creo que encontraríamos un puro caos en el fondo de su alma.
Es un hombre completamente sin escrúpulos. Pero nunca tuve razón alguna para dudar de su lealtad hacia mí. Yo salvé su culo, o al menos su
cuello, cuando fue traído bajo graves acusaciones ante el gran kris de Galgala, y siempre se ha sentido agradecido hacia mí por eso.
Después de él llegó Thivt, que es la gran anomalía de mi vida y posiblemente la gran anomalía de la galaxia. Considero a Thivt mi primo y a veces, como Polarca, mi hermano de sangre. Está profundamente versado en las costumbres roms y las tradiciones roms, y lo acepto sin vacilar como un toro. Pero no es rom, no realmente. No quiero decir que sea gaje tampoco. Ni siquiera estoy seguro de que sea humano.
En realidad fue tomado por los roms cuando era un niño y se educó junto a ellos, como el folklore gaje nos ha hecho creer que era nuestra costumbre durante los tiempos medievales. Un grupo explorador lo encontró vagando solo en un planeta del sistema de Thanda Banadareen. Parecía tener cinco o seis años. La única palabra que sabía decir era la que se supone que era su nombre. No se halló a sus padres por ninguna parte, ni ninguna nave espacial que se hubiera estrellado, ni la menor huella de la utilización de un relé de tránsito, ni nada. De alguna forma, se aceptó la idea de que era el único superviviente de una expedición autónoma no registrada. Cuando los exploradores abandonaron Thanda Banadareen se lo llevaron consigo de vuelta a Iriarte, que es donde lo encontré un centenar de años o así más tarde. Por aquel entonces había ascendido enormemente en los consejos roms y hablaba el romaní como un auténtico phral de la sangre. Incluso había aprendido cómo espectrar: por todo lo que sé, es el único no rom que lo haya conseguido nunca. Thivt había logrado el hecho, único en la historia, de convertirse en un toro por adopción. Hay muchos que piensan que tiene que ser realmente toro por nacimiento, debido a que puede espectrar. No sé nada al respecto. Thivt parece rom y suena rom y vive rom, y los toros confían en él como en uno de ellos; pero capto un aura a su alrededor, una vibración, que es algo completamente distinto, algo muy extraño. No soy el único que lo siente, además.
¿Es posible que haya seres alienígenas ocultos en los lugares aún no cartografiados de Thanda Banadareen, y que nos hubieran enviado a Thivt camuflado de humano como una especie de observador, o incluso emisario? Nadie, por todo lo que sé, ha regresado nunca al mundo donde fue hallado Thivt para echar una nueva mirada. No parece que sea un mundo particularmente invitador o útil. La galaxia es muy amplia y nosotros somos muy pocos; el rumbo de las exploraciones se ha trasladado
a otras partes, a lugares que son considerados más prometedores. A veces me pregunto acerca de aquel mundo. Me pregunto acerca de Thivt.
Ahora que Thivt estaba a mano, el grupo que había convocado se hallaba completo. Pero entonces, en el último minuto, apareció valseando Syluise, el segundo de los huéspedes no invitados.
Polarca entró bruscamente mientras yo me hallaba en el baño y me dijo que había llegado. En el momento mismo en que entró en la habitación supe que había ocurrido algo desacostumbrado, porque sus ojos azules y rojos parecían haber derivado espectro arriba con irritación o sorpresa, y aquellas extrañas y velludas orejas se estremecían como las de un animal.
Era el síndrome del sálvese quien pueda. Polarca considera a Syluise como algo parecido a una serpiente..., una serpiente de la clase más mortífera, cuyos colmillos son venenosos pero que igualmente puede optar por estrangularte con sus anillos por el simple placer de hacerlo.
—Adivina quién ha venido —dijo ominosamente.
—¿Shandor? —aventuré—. ¿Sunteil?
—Peor.
—¿Tenemos que jugar a las adivinanzas, Polarca?
— Ella está aquí. El gran amor de tu vida.
Polarca desea fervientemente que yo jamás me hubiera mezclado con Syluise. Incluso haciendo concesiones a su actitud a veces súper-protectora hacia mí, es posible que Polarca tenga algo de razón. Pero también tiene un pequeño problema con las mujeres de voluntad fuerte, y eso puede explicar algo de su desagrado hacia ella.
—¿De veras? ¿Syluise?
Estaba recorriendo el baño arriba y abajo.
—Intento decirme a mí mismo que estás completamente cuerdo —dijo
—. Pero invitar a una zorra fastidiosa y egocéntrica como ésa a una sesión de estrategia a alto nivel, Yakoub...
—¿Qué te hace pensar que la invité?
—¿Qué está haciendo aquí entonces, si no lo hiciste?
—¿Por qué no intentas averiguarlo?
—Cristo —murmuró—. ¿Crees que ella va a hablar conmigo? Pasa directamente a través de mí como si yo no existiera. Llega hasta aquí paseándose desde el espacio-puerto como la reina de Saba, con una docena de robots a sus espaldas, se instala en una de las suites principales, descarga
seis sobrebolsillos de ropas y perifollos y tiaras y Dios sabe qué otras cosas, empieza a dar órdenes a todo el mundo que se pone a su alcance como si ella fuera la nueva propietaria del planeta...
—De acuerdo —dije—. Alcánzame esa toalla.
Polarca había exagerado un poco, pero sólo un poco. Syluise había venido realmente con toda una cohorte de robots, y se había aposentado en su mejor estilo en un rincón privilegiado de la casa. Fui a visitarla, y ella me recibió como si se hallara en su gran propiedad y yo fuera el huésped recién llegado.
Uno de sus robots me franqueó la entrada.
—Dispongo de todos los robots necesarios para mis huéspedes —dije—.
No era preciso que trajeras los tuyos.
—No quería ser una carga.
—¿Para los robots?
—Me gustan mis propios robots, Yakoub. Saben cómo ocuparse de mis cosas de la forma que me gusta que se ocupen.
—Eres realmente una zorra, ¿sabes, Syluise?
—¿De veras lo crees así? —Hizo que pareciera como si yo le hubiera lanzado un cumplido. Lucía tan espléndida como siempre, el aspecto resplandeciente como los dorados bosques de Galgala, los ojos azules chispeando alegres, su alto y esbelto cuerpo reluciente como si estuviera envuelto por una especie de velo mágico que emitía una débil música plateada cada vez que se movía—. Me alegra tanto verte de nuevo, Yakoub.
—Me viste no hace mucho en Mulano.
—Entonces estaba espectrando. Ahora soy real. No hemos estado tan cerca el uno del otro, en carne y hueso, desde hace seis o siete años, ¿te das cuenta? —La deslumbrante sonrisa, un billón de electronvoltios—. ¿Me echaste en falta?
—¿Por qué estás aquí, Syluise?
—¿No puedes ser romántico ni siquiera por un minuto?
—Más tarde. Primero dime por qué viniste.
—Estaba preocupada por ti. Parecías muy confundido cuando te visité en aquel helado planeta tuyo.
—¿Confundido?
—Hablándome de todas aquellas cosas acerca de que habías abdicado para que tu pueblo te suplicara que volvieras. Y que lo habías hecho todo
por su bien, para que pudieras conducirles a la Estrella Romaní. ¿Crees realmente que tenía sentido lo que creías que estabas haciendo?
—Sí.
—Y ahora que Shandor es rey, ¿qué vas a hacer?
—Para eso he convocado esta reunión —dije—. Pero no recuerdo haberte pedido que asistieras a ella.
—Pensé que podía ser de alguna ayuda.
Querida Syluise.
—Estoy seguro que lo pensaste —dije—. Pero sigues sin haber respondido a mi pregunta. ¿Por qué estás aquí?
—Oí que habías vuelto de ese otro lugar, Mulano. La noticia corre por todo el Imperio. Que habías aterrizado en Xamur, que habías ido a tu propiedad aquí. Así que decidí venir y ofrecerte todo lo que estuviera en mi mano. No sabía nada de lo demás. Que estabas dando un gran patshiv, que habías invitado a Polarca y a Valerian y a la phuri dai y a todos los otros.
Me resultó extraño oírla utilizar las palabras romaní. Patshiv, phuri dai.
Las palabras romaní sonaban mal procedentes de aquella perfecta imitación suya de unos labios gaje. En cierto modo, hacía años que había olvidado que en alguna parte dentro de aquel elegante envoltorio gaje que había esculpido Syluise para sí residía un alma rom. En alguna parte.
—¿Sólo una coincidencia? —dije—. ¿Que llegaras justo a tiempo para la reunión?
Asintió. Y me tendió las manos.
Bien, ¿qué podía hacer? ¿Interrogarla? ¿Era Damiano quien la había puesto al corriente, o Biznaga, o quizá, sólo Dios sabía por qué, Bibi Savina? Quizá sí; o quizá sólo fuera una coincidencia. Qué demonios: estaba allí, y supongo que me alegraba de verla.
Había sido mucho tiempo, muchísimo tiempo, tanto para Syluise como para mí. Además, nunca había sido capaz de resistirme a ella. No desde la primera vez, hacía más de cincuenta años, antes de que yo fuera rey, aquella ocasión en que Cesaro o Nano me había enviado a efectuar una visita ceremonial a los roms de Estrilidis y ella había llegado flotando surgida de la noche, joven y dorada, una visión de perfección gaje, atravesando todas mis defensas y sumergiéndome en vergonzosas obsesiones. Ven aquí, había dicho aquella noche. Te haré rey. Lo había dicho en romaní, con aquellos labios gaje suyos, y yo me había sentido
perdido. Alzándose sobre mí, convirtiéndome de rey en esclavo con una sola mirada. La cabeza echada hacia atrás, los labios entreabiertos, los pechos oscilando locamente. Había sido su esclavo desde entonces. ¿La estupidez de un viejo? No. Hacía cincuenta años yo no era viejo. Tampoco soy viejo ahora. Algo como aquello hubiera podido ocurrirme a cualquier edad. ¿Debe tener sentido todo lo que yo haga? Se supone que todo el mundo se ve golpeado alguna vez en su vida por una pasión irreprimible. O
por el rayo del amor instantáneo, si lo prefieren así.
Llámenlo como quieran. Llámenlo locura. Syluise era mi locura.
—Ven aquí —me dijo ahora.
Sí. ¡Oh, cómo brillaba, cómo resplandecía! ¡Oh, sí, sí, sí!
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