La estrella de los gitanos
Capítulo 15
15
Capítulo
Hay mucha bruma aquí. Debe ser lejos. Muy lejos en el tiempo. Pero a través de la densa bruma blanca veo un gran sol que resplandece sobre mi cabeza. El aire es húmedo y caliente. Es un mercado. En su centro crece un árbol gigantesco con un millar de troncos y una asombrosa maraña de raíces y lianas que descienden de su miríada de miembros. A todo su alrededor fluye la pulsante vida del mercado, buhoneros, hombres santos, ladrones, carretas tiradas por mulas, niños, escribas, magos.
La gente es esbelta y tienen pieles oscuras y rostros de afilados huesos.
Sus ojos son muy brillantes. Hablan un lenguaje que no conozco, aunque oigo una o dos palabras que suenan casi como romaní. Al principio todos me parecen roms. Pero luego veo que la mayoría no lo son. Veo a los auténticos toros entre ellos. Se parecen mucho a los otros, pero la diferencia, aunque vagamente perceptible, es real. Poseen el resplandor toro.
Observo a los roms moverse por el mercado. Un malabarista aquí, un grupo de acróbatas allí. Cinco que han montado un pequeño escenario y están representando una obra. Uno que toca la flauta. Uno que sonríe y agita una caja de dados, e invita a los transeúntes a jugar con él. Y uno que ha adiestrado a un elefante para que baile: veo al gran animal yendo torpemente de un lado para otro como un payaso.
Alguna especie de príncipe con un turbante avanza solemnemente por el mercado. Le preceden sirvientes con picas doradas, apartando a la multitud.
Uno de los roms corre hacia él, la piel del color de la nuez, ágil como un mono. Todo lo que lleva es un taparrabos blanco enrollado a la cintura. Da
volteretas; grita y ríe; hace intrincados signos adivinatorios. Tiende la palma de la mano. Uno de los sirvientes deposita en ella una moneda.
Luego empuja bruscamente al gitano, apartándole con la parte plana de su pica. Se ha acercado demasiado al príncipe. Aquí somos desheredados.
Practicamos las comercios prohibidos. Sería un deshonor para los otros actuar en público u ofrecerse a decir la buenaventura. Hacemos lo que la gente decente no hará nunca, y lo hacemos con mucha habilidad.
¿Dónde estoy? La bruma es tan densa. Tiene que ser hace mucho tiempo.
El denso aire huele fuertemente a especias. Debe ser el inicio de la historia.
Somos recién llegados de nuestra perdida y arruinada tierra de Atlantis, unos refugiados aquí. Quizás este lugar sea Babilonia. Tal vez sea uno de los reinos-islas del mar Mediterráneo. Creo que es la tierra a la que llaman India, sin embargo. Donde vivimos tanto tiempo después de abandonar Atlantis. Ese elefante, el calor, las lianas colgando del árbol de muchos troncos. De todos modos, para nosotros, tanto da la India que cualquier otro lugar. Somos malabaristas y acróbatas, hojalateros y decidores de la buenaventura, vayamos donde vayamos. Extranjeros. Desheredados.
Me hago visible. Soy con mucho el hombre más alto del mercado, y mis ropas son extrañas, y mi piel de un color demasiado claro. Sin embargo, sólo una persona parece reparar en mi presencia. Es el ágil rom que ha estado dando volteretas para el príncipe. Nuestros ojos se cruzan casi a través de toda la anchura del mercado, y me sonríe. Esa cálida sonrisa brilla como un faro en la bruma.
¿Me toma por algún príncipe gaje de alguna lejana tierra, recién llegado y lo bastante estúpido coma para pagarle una fortuna en oro a cambio de una rápida danza y un poco de profecía?
No. No. Sonríe de nuevo, y me guiña un ojo. Es un guiño de reconocimiento. Somos parientes. Ve al rom en mí.
Le devuelvo el guiño y le sonrío. Mis labios modulan una palabra para él: Sarishan.
Y, a través de la bruma, me llega su respuesta: Sarishan, primo.
¿Ha dicho realmente eso? ¿Primo? Se echa a reír y asiente. Y se vuelve, ese antiguo y desconocido primo mío, y desaparece entre la multitud. Y me quedo solo, separado de él por cinco mil años de bruma blanca.
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