La estrella de los gitanos
Capítulo 7
7
Capítulo
Tuvimos tres días de fiestas y regocijo antes de dedicarnos a nada serio.
No quería apresurar las cosas. Había estado allá fuera en la nieve durante demasiado tiempo, y era bueno tenerlos ahora a mi alrededor, a todos aquellos viejos y queridos amigos, Valerian y Polarca y Thivt, Biznaga y Jacinto y Ammagante, Damiano y Syluise. No espectros esta vez —excepto Valerian—, sino suave y cálida carne.
Así que tuvimos un gran patshiv al antiguo estilo tradicional, con toda la comida y bebida que cualquiera pudiera desear y luego un poco más, y bailes y cantos y palmas. Incluso los robots se nos unieron, taconeando al ritmo hasta que captaron la cadencia y finalmente lanzándose en medio de la pista para saltar y cabriolear con el resto de nosotros. Por supuesto, nos encantó. En el patshiv todo el mundo debe ser feliz, todo el mundo debe sentirse como el más honrado de los huéspedes, incluso los robots. ¡Dios, fueron unos momentos estupendos! ¡Los grandes trozos de ternera asada, los lechones, los barriles de espumeante cerveza y denso vino tinto! Cada noche nos sentábamos en torno a un llameante fuego de finas maderas aromáticas, contándonos antiguas historias de viajes y grandes aventuras, de los caminos que habíamos tomado y las alegrías y desgracias por las que habíamos pasado. Por un momento fuera del tiempo fuimos roms de los viejos días, los vagabundos, la gente de las caravanas, los hojalateros y los decidores de la buenaventura, la gente más seria del mundo y al mismo tiempo la más alegre, disfrutando de la manera que siempre habíamos disfrutado. Y en la oscuridad de después, bajo el pálido resplandor luminoso de los pájaros nocturnos que aletean por la noche de Xamur, estaba Syluise, suave y cálida a mi tacto. Por un momento fui capaz de
echar a un lado todo pensamiento de lo que aún quedaba por hacer; por ahora sólo existía Syluise, y los resplandecientes pájaros en la oscuridad, y el silencio de la noche.
Cuando estuve preparado para ocuparme de los asuntos importantes los conduje a todos fuera de la casa en un largo viaje hasta el extremo más alejado de mi propiedad, donde el cráter Idradin late y pulsa y bulle con una feroz y apasionada energía.
El Idradin es la única imperfección en el perfecto rostro de Xamur. Una horrible pústula, una rabiosa inflamación. Hay quienes lamentan el hecho de que una cosa tan horrible como el Idradin pueda existir en el hermoso Xamur, pero yo pienso de otro modo. Sin el cráter, Xamur parecería un mundo intolerablemente perfecto, irreal, chocante, casi fraudulento. Xamur es en cierto sentido un poco como Syluise, enmascarado por una belleza que es demasiado perfecta para nuestro imperfecto universo: necesita algún fallo para hacer que parezca genuino, lo mismo que ella. Estoy contento de que el Idradin esté ahí, y contento también de que se halle en mis tierras.
Me sirve siempre como recordatorio de que el sueño de perfección es una estúpida fantasía, de que siempre hay algún horrible cancro en el más suave de los brotes.
El cráter es un gran agujero redondo que se hunde directamente hasta el hirviente magma que yace en el núcleo de Xamur. En torno a su dentado borde se extienden amplios anillos concéntricos de vieja y erosionada lava negra, docenas de ellos, arrojados a la superficie hace mucho tiempo por la feroz energía de las antiguas erupciones. Forman una especie de anfiteatro natural, hosco y tétrico y carente de vida. Puedes avanzar hasta el más inferior de los anillos —si te atreves—, y contemplar las rojas lanzas de las llamas taladrar las humeantes nubes grises, y oír las monstruosas fuerzas que eructan y retumban en las profundidades. Emanaciones de miasmas sulfúricas ascienden constantemente por el pozo, tiñendo el cielo y toda la zona colindante de un brillante amarillo parecido a un vómito. Un lugar odiosamente feo, sí.
Pero yo había vivido en sus proximidades durante tantos años que ya no podía sentir ningún odio hacia él. Ya no veía su fealdad. Llámenlo perversidad si quieren, pero la visión del Idradin se había convertido en algo que consideraba alentador e inspirador. Extraía de él una sensación de la energía de las fuerzas brutas que contenía. Que son las propias fuerzas de
la creación. Vivimos en la superficie de nuestros planetas. Dentro de ellos hay soles.
Nos reunimos en el noveno círculo del cráter, lo suficientemente lejos para que los hediondos gases no nos asfixiaran, lo bastante cerca para sentir el calor y el profundo retumbar. Algunos —Biznaga, Jacinto, Damiano—
parecieron repelidos y presas de náuseas ante el lugar. Chorian pareció casi aterrado. Polarca estaba tenso, y no dejaba de mirar hacia atrás por encima del hombro. Como si esperara una erupción en cualquier momento. Incluso Valerian parecía un poco preocupado, pese a que él no estaba realmente allí. Pero no había más que serenidad en los rostros de Bibi Savina y Thivt; Ammagante parecía indiferente; y Syluise, ante mi sorpresa, casi extática.
Permaneció de pie con los brazos muy abiertos y la cabeza echada hacia atrás. Brillaba con una suprema radiación contra el sombrío telón de fondo de las oscuras humaredas del cráter. Me sentí loco de amor por ella, al verla así. Como un escolar. A mi edad. Sabía que era una locura. El cráter tiene ese efecto sobre mí algunas veces. Syluise también.
Dije, escrutando sus rostros uno a uno:
—De acuerdo, vayamos al grano. Mi hijo Shandor parece haberse instalado en Galgala como rey. Esto es absolutamente no legítimo, y hay que hacer algo al respecto. ¿Alguno de vosotros puede decirme cómo ha sido posible que ocurriera una cosa tan miserable como ésta?
Silencio desde todos lados. Y alguna inquieta agitación.
—Según tú, Damiano, Shandor convocó a los grandes reyes y obligó a la krisatora a elegirle. ¿Es eso realmente lo que ocurrió?
Asentimientos. Alzamientos de hombros. Una mirada llana e inexpresiva por parte de Bibi Savina.
—Jesu Cretchuno, Adán y Eva, ¿no puede hablar ninguno de vosotros?
Explicadme cómo la krisatora puede verse obligada a tomar una acción así.
La krisatora, cuando se halla en sesión, tiene poder sobre todos los roms, incluso el rey. No al revés. ¿Quiénes formaban esa krisatora? ¿Nueve cachorros de perro? ¿Nueve robots? ¿Les amenazó? ¿Con qué? ¿Cómo puede ser considerada válida ni siquiera por un minuto una elección efectuada bajo coacción?
Biznaga dijo:
—No hay registro de lo que ocurrió en el kris, Yakoub. Excepto que Shandor convocó a la krisatora, y cuando salieron de la sala del juicio él
era el rey.
Miré a Damiano.
—Me dijiste que fueron obligados.
—Eso es lo que supongo.
—¿Quiénes formaban la krisatora? —pregunté.
—Los conoces a todos —dijo Damiano—. Los mismos que estaban en el cargo cuando fuiste nombrado rey. Bidshika, Djordi, Stevo le Yankosko, Milosh...
Lo interrumpí a media lista.
—Hubieran debido pensárselo mejor. El hijo de un rey nunca ha sido rey antes. Y con el antiguo rey aún vivo, además. ¡Oh, el bastardo, el maldito bastardo! Entró ahí dentro y les dijo lo que tenían que hacer, y ellos lo hicieron, y nadie se atrevió a murmurar una palabra contra ello. Ni siquiera vosotros. Os limitasteis a sonreír y a asentir y a dejar que ocurriera.
—¿Y tú no aceptas ninguna responsabilidad sobre ello? —dijo Valerian.
—¿Yo?
—Tú, Yakoub. De no ser por ti nada de esto hubiera ocurrido. Tú pusiste en marcha todo el proceso, ¿no crees? ¿Quién te dijo que abdicaras?
—Tenía mis razones.
—Apuesto a que sí.
—¿Crees que mi abdicación fue un capricho? ¿Piensas que sólo fue un impulso retorcido que me pasó por la cabeza? ¿Lo crees así? ¿No se te ha ocurrido pensar que tenía un plan, que estaba actuando de acuerdo con mi estrategia a largo plazo, cuando me fui de Galgala?
Se miraron entre sí. De pronto me di cuenta de lo que debían estar pensando. El viejo se ha vuelto loco, eso era lo que estaban pensando.
Ahora vi que debían llevar pensándolo mucho tiempo. Mis ojos llamearon.
—Así que me habéis estado siguiendo la corriente, ¿eh, jodidos bastardos?
—¿Seguirte la corriente? —preguntó Polarca.
—Pensáis que estoy loco, ¿no?
—¿He dicho yo alguna vez algo así, Yakoub?
—No lo has dicho, no —admití—. Pero lo has estado pensando. ¿No es así, Polarca?
—Absolutamente no.
—¿Valerian?
—¿Loco? ¿Tú?
—¿Damiano? ¿Biznaga? ¡Vamos, cerdos, levantad vuestras manos!
¡Quien piense que Yakoub está deslizándose plácidamente hacia la senilidad, que alce su maldita mano en el aire!
Ninguna mano se alzó. Sus rostros no reflejaron la menor emoción.
¿Estaban intimidados? ¿O estaban decididos a seguir ocultando lo que pensaban de mí, no importaba lo que fuera?
El cráter rugió y gorgoteó. Hubo un sonido de colosales masas de roca agitándose en alguna parte en su interior. Una voluta de amarillento humo brotó como un eructo a la superficie y esparció por todas partes su hedor a podredumbre, como una gigantesca ventosidad. Nadie reaccionó. Nadie se movió. Me estaban mirando como un puñado de robots, y no había forma de que yo pudiera leer lo que se ocultaba tras sus ojos.
Al cabo de un tiempo dije con voz más tranquila, bajo el más férreo control que pude conseguir:
—Quiero aseguraros que todavía estoy completamente cuerdo. Sólo por si se os haya ocurrido dudarlo. Mi abdicación puede que fuera un error táctico, aunque todavía no estoy convencido de ello, pero no fue la acción arbitraria y caprichosa de un viejo loco.
Y me lancé a una explicación completa: de cómo había empezado a sentir que estábamos deslizándonos fuera de nuestra naturaleza interior, que estábamos integrándonos más y más profundamente en el Imperio gaje cuando de hecho lo que necesitábamos era empezar a prepararnos para el regreso a la Estrella Romaní que había sido nuestra meta durante tantos miles de años, y que ahora estaba quizá sólo a un par de cientos de años de distancia. Les hablé de cómo había sentido la necesidad de hacer algo espectacular a fin de sacudir un poco a la gente. De que había decidido alejarme por unos cuantos años y dejarles a todos sin líder, a fin de que pudieran meditar en el error de sus actitudes. Y de cómo había planeado regresar y reasumir el trono, más fuerte que nunca, una vez se hubiera dejado sentir todo el impacto de mi ausencia.
Me escucharon sobriamente, casi hoscamente. Ammagante parecía sumida en algunos complicados cálculos internos. Damiano fruncía el ceño, Chorian parecía desconcertado, Biznaga casi a punto de echarse a llorar. Los otros se mostraban asombrados o preocupados o desanimados,
todos menos Syluise, que había oído todo aquello antes y simplemente parecía aburrida. Y Bibi Savina, cuya invencible serenidad permanecía inquebrantada. Se me ocurrió que tal vez la vieja arpía ni siquiera me estuviera escuchando, que posiblemente ni estuviera allí, que estaba espectrando por alguna parte en las lejanas extensiones del tiempo.
Cuando hube terminado, Jacinto dijo, suavemente, fríamente:
—¿E imaginaste que íbamos a poder mantener eternamente un gobierno provisional para ti, Yakoub? ¿Que podrían transcurrir cinco años, o quizá diez, con el trono vacante, y que no habría presiones para elegir un nuevo rey?
—Pensé que se harían intentos de pedirme que volviera, antes de que eso ocurriese.
—Se hicieron —señaló Damiano—. ¿Sabes cuántos hombres envié en tu busca, empezando al año siguiente de tu desaparición?
—Dejé tras de mí pistas por todas partes.
—Sí, lo hiciste. Finalmente descubrimos tus señales. Pero pese a todo Chorian aún necesitó tres años para encontrarte. Y estuvimos constantemente en ello durante todo el tiempo.
—Como lo estuvieron varios lores del Imperio —dije yo—. Julien de Gramont fue enviado tras de mí por Periandros. Y por supuesto, Chorian trabajaba no sólo para ti sino también para Sunteil. Bien, esperaba ser hallado un poco antes de lo que lo fui. Y nunca soñé que Shandor, entre todos, pudiera apoderarse del trono.
—Pero lo hizo —dijo Damiano.
—Y tú se lo serviste en bandeja —añadió Valerian. Nunca ha sido muy condescendiente conmigo—. Creaste un vacío, y ese hijo de puta se apresuró a ocuparlo. ¿Nos lleva más cerca de la Estrella Romaní el tener a Shandor como nuestro rey?
—Shandor no es el rey —dijo bruscamente Bibi Savina, con una voz que parecía llegar desde otro sistema solar.
Todos nos volvimos hacia la phuri dai.
—La elección no fue una elección. La abdicación no fue una abdicación.
Yakoub sigue siendo el rey.
—¡Por supuesto que lo es! —exclamó Chorian, y al instante pareció avergonzado de haberse atrevido a hablar.
—¿Y el otro rey en el trono de Galgala? —dijo Biznaga—. ¿Qué es, una invención?
—¡Una invención! —tronó Valerian—. Vio el momento, alargó la mano y lo cogió. Y ahora no podemos librarnos de él. A menos que desees desencadenar una guerra civil, rocas contra rocas. Mientras los gaje se reclinan en sus sillones y se ríen de nosotros.
—Eso no debe ocurrir —dijo Thivt.
—Entonces, ¿se supone que debemos aceptar a Shandor como rey? —
preguntó Damiano.
Todos se pusieron a hablar a la vez. Luego, la seca y aguda voz de Polarca interrumpió la cacofonía.
—Bibi Savina tiene razón —dijo—. Simplemente podemos ignorar a Shandor. La abdicación de Yakoub no significa nada. En primer lugar, nunca hubo entre nosotros nada parecido a una abdicación. Un rey es rey hasta que muere, o hasta que la krisatora lo depone. Nunca he oído hablar de un acto de deposición. Y aunque lo hubiera habido, podemos afirmar que fue realizado bajo imposición, y que en consecuencia no es válido.
Yakoub es nuestro rey.
Biznaga agitó violentamente la cabeza.
—Pero Shandor ocupa la sede del gobierno. Shandor es reconocido por el Imperio como la cabeza visible del pueblo rom. ¿Qué medios legales tenemos para desplazarle ahora?
Empezaron a hablar de nuevo todos a la vez. Esta vez fui yo quien alzó la mano reclamando silencio.
—Tengo un plan —dije—. Yo os traje todo este lío cuando decidí abandonar el trono. Y ahora tengo intención de arreglarlo. Por mis propios medios.
—¿Cómo? —quiso saber Valerian.
—Yendo a Galgala. Solo, sin ningún tipo de escolta. En persona, no un doble. Y caminando por mi propio pie hasta el palacio del rey para decirle a mi hijo Shandor que tiene que sacar su sucio culo del trono antes de cinco minutos, o de lo contrario...
—¿Ése es tu plan? —preguntó Valerian, asombrado.
—Ése es mi plan, sí.
—¿Ir a Galgala? —dijo Jacinto—. ¿Presentarte delante de Shandor, solo, y lanzarle un ultimátum?
—Sí —dije—. Absolutamente.
Les vi mirarse de nuevo unos a otros. Las bocas abiertas, los ojos abiertos. Una incredulidad general. Sus rostros diciendo que sabían ahora, más allá de toda duda, que me había vuelto loco.
—¿Y qué ocurrirá luego? —quiso saber Valerian—. ¿Sonreirá educadamente y dirá: Por supuesto, papá, inmediatamente, papá, y se levantará y se marchará? ¿Es eso lo que esperas, Yakoub?
—No será tan sencillo.
—Creo que más bien será muy sencillo —dijo Valerian—. Harás tu discurso, y cuando él se recobre de su sorpresa te agarrará y te arrojará a una mazmorra a quince kilómetros de profundidad. O hará algo aún peor.
—¿A su propio padre? —preguntó Ammagante.
—Estamos hablando de Shandor. Es un animal, una bestia salvaje.
¿Recordáis lo que hizo aquella vez en Djebel Abdullah, cuando falló el impulsor estelar de su nave y se agotó la comida? ¿Es eso un hombre civilizado? ¿Es un hijo en quien se puede confiar? ¿Autorizar la utilización de los cuerpos de sus propios pasajeros para alimentarse, por el amor de Dios?
—Valerian...
—No —dijo, furioso—. ¿Quieres que finja que nunca ocurrió? ¡Ese Shandor es nuestro rey! ¡Es el hombre a cuyo sentido de la tradición, cuya piedad, cuya benevolencia, pretendes apelar! ¿Cómo crees que fueron muertos primero esos pasajeros? ¿Y qué crees que te hará a ti, Yakoub, si te pones al alcance de su mano?
—No me hará ningún daño —dije.
—Es una locura. Una absoluta locura.
—Puede intentar encarcelarme, sí. Pero no creo que se atreva a hacerme ningún daño. Ni siquiera Shandor haría eso. Pero si me encarcela, perderá todo apoyo que pudiera tener entre nuestro pueblo. Puedo permanecer un cierto tiempo en una mazmorra. A mi edad, aprendes muy bien a jugar al juego de la espera.
—¡Pero esto es una locura, Yakoub! —dijo Valerian—. ¿Por qué no envías un doble, al menos?
—¿Crees que con eso podría engañarle? Lo primero que hará será comprobar si soy real.
—Y cuando descubra que lo eres...
—Estoy dispuesto a correr el riesgo.
—¿Y si te mata? ¿Qué haremos nosotros sin ti?
—No lo hará. Pero si lo hace, me convertiré en un mártir. Un símbolo. El instrumento de su caída.
—¿Y quién será rey, entonces?
—¿Crees que soy el único hombre que puede ser Rey de los Roms? —
exclamé—. Jesu Cretchuno, ¿acaso soy inmortal? Algún día necesitaréis otro rey. Si ese día es más pronto que más tarde, ¿qué importa? Shandor ha de ser derribado. No importa lo que cueste. Yo hice posible que se apoderara del trono, por el Diablo, hice posible que naciera, y soy quien debe quitarlo del lugar donde se ha aposentado. Lo haré yendo a Galgala.
Solo.
—Es muy imprudente —murmuró Jacinto.
—Si con ello se evita una guerra entre roms y roms... —aventuró Thivt.
—No. Estoy con Valerian —dijo Polarca—. No podemos permitirnos perderte, Yakoub. Tiene que haber alguna forma menos arriesgada de echar a Shandor a un lado. Proclamar la abdicación nula y sin efecto, ídem para la elección de Shandor, establecer un gobierno legítimo aquí en Xamur, recordar a los roms de todas partes que su lealtad es hacia Yakoub...
—No —dije—. No tengo intención de reconocer la usurpación de Shandor hasta el punto de establecer un gobierno rival. Nuestra capital está en Galgala. Iré a Galgala.
—Dios nos ayude a todos —murmuró Valerian.
Luego empezaron a chillar todos juntos de nuevo, y en un abrir y cerrar de ojos la reunión se vio reducida a la histeria más absoluta. Intenté apaciguarles y no lo conseguí. Cuando un rey no puede conseguir la atención de sus propios consejeros, hay auténticos problemas en la mancomunidad. Les observé gritar y discutir por un tiempo, y yo también grité y discutí un poco, y nada de aquello sirvió para nada. Así que simplemente me alejé de ellos. Rodeé el cráter hasta el otro lado y trepé un par de círculos y me senté de espaldas a ellos, escuchando las voces y gritos de mis mejores y más leales amigos.
Al cabo de un rayo oí el sonido de alguien subiendo a mis espaldas. No miré. Estaba completamente seguro de quién era, porque incluso de espaldas capté aquella naturaleza ligeramente extraña en su presencia.
Thivt.
Aguardé, sin decir nada. Sintiendo su espíritu alienígena acercarse más y más a mí.
Ya saben que nunca hemos decidido de una forma satisfactoria si existen o no otras razas inteligentes en la galaxia. Ciertamente, tienen que haber existido algunas, en un momento determinado..., la antigua fortaleza de Megalo Kastro es sólo uno de cierto número de indicaciones de ello. Pero no hemos podido hallar ninguna cultura alienígena viva. Las únicas especies inteligentes que conocemos aparte nosotros son los gaje, dos razas humanas básicamente idénticas que evolucionaron en mundos distintos a miles de años luz de distancia. A medida que nuestra cada vez más amplia expansión nos lleva hacia fuera en la galaxia, nos encontramos con un elevado número de interesantes y complejas criaturas, pero ninguna poseedora de los rasgos que calificamos como inteligencia. Puede que ustedes deseen contar cosas tales como el mar viviente de Megalo Kastro como una forma de vida inteligente, pero eso no es inteligencia como nosotros la comprendemos.
(La presencia de dos razas humanas separadas pero idénticas a tantos años luz de distancia es un rompecabezas distinto pero relacionado. Un cierto número de grandes pensadores entre los romes dicen que es improbable estadísticamente y con toda seguridad biológicamente imposible que dos especies evolucionen independientemente en dos mundos distintos con virtualmente la misma forma. Sospechan que roms y gaje tienen que haber poseído un antepasado común en algún otro mundo completamente distinto, muy lejano. Que todos somos descendientes de colonos que fueron dejados atrás en tiempos prehistóricos. En cuanto a las diferencias que existen entre las dos razas —la habilidad rom de espectrar, digamos, y la habilidad relacionada con ella de propulsar astronaves en modo de salto—, pueden explicarse como mutaciones que se infiltraron en nuestra rama de la humanidad durante nuestros miles de años de existencia separada en la Estrella Romaní. Todo eso son especulaciones roms, recuerden. No existen especulaciones gaje sobre este tema. Los gaje, por supuesto, no tienen ningún indicio de nuestro origen alienígena. Si lo hubieran tenido alguna vez, probablemente nos hubieran linchado a todos hace ya mucho tiempo, allá en la Tierra, durante los años de persecución.
Ya fue bastante duro para ellos soportar nuestra forma errante de vivir y nuestro desdén por sus leyes. Saber que éramos bichos de otro planeta hubiera desatado con toda seguridad algún tipo de gigantesco pogrom, una
santa cruzada contra las abominables cosas malignas llegadas de las estrellas. Quizá aún pudieran hacerlo.)
Thivt, de todos modos..., estoy convencido de que es algo distinto. Ni rom ni gaje, creo. Pero dudo que llegue a saber alguna vez la verdad; porque Thivt es mi amigo y mi primo, y la cortesía me impide pedirle que me cuente si es o no humano.
Se detuvo a mi lado, lanzando oleadas de peculiaridad. Apoyó ligeramente su mano en mi brazo. Sentí el calor fluir de él, la ternura, la simpatía. Eso era lo más extraño en él: la forma en que podía tocar tu mente, la forma en que podía conseguir una especie de comunión contigo.
—Yakoub —dijo.
—Escúchales, Thivt. Chillando como pollos en el corral.
—Pronto se apaciguarán.
—Todos están en contra de mi plan, ¿verdad?
—¿Es eso tan importante para ti?
—Si ellos creen que me he vuelto loco, lo es. Necesito su apoyo si las cosas no me van bien en Galgala, y dudo que lo vayan. ¿Cómo puedo pedirles que vengan aquí y arriesguen sus vidas por mí, si piensan que he puesto deliberadamente mi cuello en peligro contra todos sus consejos?
—Harán todo lo que tú les pidas que hagan, Yakoub.
—No lo sé. —Estaba dudando. Frente a una oposición tan concertada, empezaba a creer que debía abandonar mi idea. Quizá sí estuviera loco. Tal vez estuviera imponiendo un riesgo innecesario no sólo a mí sino a todo el mundo.
—No son estúpidos —dije—. Si ellos creen que no debería ir, entonces quizá...
Los dedos de Thivt seguían apretando ligeramente mi brazo. Sentí el amor fluir de él a mí, la preocupación, el apoyo.
—Sigue tu propio juicio, Yakoub. Nunca te ha traicionado. Si crees que lo que hay que hacer es acudir a ver a Shandor, entonces debes ir a ver a Shandor. Tú eres el rey. Tú prevalecerás.
Me volví hacia él.
—¿Lo crees así, Thivt?
Sus oscuros y solemnes ojos estaban muy cerca de los míos. En aquel momento me pareció más misterioso que nunca. Me pregunté qué se ocultaba detrás de aquella serena frente, qué tipo de cerebro, que
circunvoluciones y canales alienígenas. Estaba enviándome aliento. Estaba enviándome fuerza. Fuera lo que fuese, perteneciera a la especie que perteneciese antes de adoptar la forma humana, era mi amigo. Era mi primo.
—Creo que sí, sí —dijo. Y lo dijo en romaní.
—De acuerdo. Que así sea, pues.
Caminé de vuelta rodeando el cráter hacia los demás. Cuando llegué a su lado, todos habían callado y me miraban.
—No vas a hacerlo, ¿verdad? —dijo Polarca.
—Ya he tomado mi decisión.
—¡Somételo al menos a la phuri dai! —exclamó Valerian—. ¡Por el amor de Dios, Yakoub, deja que ella decida!
—¡La phuri dai! —insistió Polarca—. La phuri dai.
De nuevo se volvieron hacia Bibi Savina y se apiñaron a su alrededor.
Seguían aún contra mí, todos menos Thivt. Realmente pensaban que me había vuelto loco.
—De acuerdo —dije, empezando a sentir la furia que crecía en mi interior—. Escuchemos a la phuri dai. Dinos, Bibi Savina. ¿Qué debo hacer?
Había una fantasmagórica luz en los ojos de Bibi Savina, y su arrugado y apergaminado cuerpo parecía arder con una llama interior. Por un momento parecía erguirse erecta de nuevo, y de ella emanó una especie de belleza que brilló mucho más que la de la magnífica Syluise.
—Tienes que ir a Galgala, Yakoub —dijo con una voz extraña, como la de alguien que está en trance. La voz de un oráculo—. Ve a ver a Shandor y dile que él no es el rey. Es la única forma. Eso es lo que debes hacer.
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