Livia Lone

Barry Eisler · Capítulo 1 de 66

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Livia Lone

Livia Lone

Barry Eisler

Livia Lone - 1

ePub r1.0

Titivillus 08.08.2020

Título original: Livia Lone

Barry Eisler, 2016

Traducción: David León Gómez

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

A los perros pastores

LIVIA LONE

CAPÍTULO 1

 

AHORA

A Billy Barnett le gustaba la belleza asiática que tenía sentada a su lado.

Era delgada y menuda, pero la blusa de yoga de manga larga que llevaba ajustada al cuerpo exhibía unas tetitas muy apetecibles. Le había preguntado si acababa de salir de una sesión de gimnasia de última hora al acercarse a ella en la barra del local de Ray, estirando el cuello para que pudiese oírlo por encima de la música. Ella le había dicho que sí, que con tanto ejercicio se había ganado al menos una copa. Él había soltado una carcajada antes de preguntarle si podía invitarla y ella le había contestado que por supuesto, que no pensaba decir que no a un poco de vino. Aquello lo había sorprendido, pues el cabello teñido de rubio y la cantidad generosa de sombra de ojos de color púrpura que llevaba ella tras unas gafas de pasta de tamaño desproporcionado hacían pensar más bien en una chica atrevida de las que prefieren tragos de tequila, por ejemplo, o un Martini con vodka y una espiral de limón si pretendía dárselas de exclusiva. Al fin y al cabo, ¿qué más daba?

A continuación, había querido saber su nombre, que resultó ser Sue (¡qué más daba!), antes de pedir su vino y un bourbon Bulleit para él y, hablando de esto y lo de más allá, ella le había dicho que acababa de mudarse a Marysville porque era allí donde vivía su exmarido y ambos compartían la custodia del niño. Tenía que ponerse a buscar trabajo y a soportar entrevistas para encontrar algo mucho peor que lo que había dejado en Los Ángeles, donde tenía un puesto de ayudante personal de un productor de cine del que Billy no había oído hablar en la vida. Pero ¡qué diablos! Para lo que le importaba la vida de ella… Lo único que contaba era que se había dejado ver por el local de Ray maquillada pese a haber estado haciendo gimnasia, con la ropa de calle guardada aún en una mochila de grandes dimensiones para presumir de aquel cuerpo bien formado enfundado en su conjunto de yoga y chancletas en los pies, como si no viera la hora de quedarse descalza para meterse entre las sábanas. Todo dejaba claro que buscaba acción, ¿no? De hecho, parecía estar pidiéndola a gritos.

Ray cerraba a las dos y ya había pasado la una. Billy sabía que no debía ni pensar en eso. Visitaba aquel lugar cuatro o cinco noches a la semana. Se había convertido en su local de referencia desde su liberación de la penitenciaría de Twin Rivers de Monroe, de aquello ya hacía un mes. ¡Por Dios bendito! Si Ray, que atendía la barra en persona aquella noche y también había estado entre rejas, lo conocía y hasta lo llamaba por su apodo: Barn. En caso de que pasara algo y aquella monada asiática fuese con el cuento a la poli, el bar sería el primer lugar al que irían a mirar. Su descripción bastaría para delatarlo. ¿Un fulano grande y fornido con el pelo largo y oscuro y acento de Beaumont que frecuenta el bar de Ray? Tiene que ser Barn. Vamos por él y lo llevamos a comisaría para interrogarlo. Vamos a devolverlo de una patada a Monroe, de donde nunca debimos dejarlo salir.

Sin embargo, ¡qué diablos!, el bourbon lo estaba envolviendo todo en una atmósfera…, en aquella sensación grandiosa e invulnerable de euforia que lo llevaba a creerse capaz de hacer cuanto gustase, tomar lo que le viniera en gana y escapar con cuanto deseara con solo proponérselo. Se llevó el vaso a los labios y lo apuró, cerrando los ojos por un instante para saborear mejor el olor dulce que invadía su nariz, su ardor en la garganta y el impacto desatado que provocaba en su cabeza, y oyó el chocar de las bolas de la mesa de billar y el ritmo firme y contundente de Bruce Springsteen y su Spirit in the Night. Acto seguido, abrió los ojos y miró a la muchacha asiática, que le estaba sonriendo. Claro que quería. ¡Por supuesto que quería!

Además, ¿no era verdad que las asiáticas aguantaban toda la mierda que uno quisiera echarles con tal de no tener que soportar la humillación pública?

Por eso había tantos acosadores en los trenes japoneses: los vagones iban demasiado llenos para poder apartarse y ellas preferían soportar en silencio casi de todo antes que llamar la atención. Por lo menos, eso era lo que tenía entendido, porque él nunca había estado en Asia. Eso sí: siempre había querido ir. «¿Quién sabe si esta noche no acabas dándote una vueltecita por allí?»

Y si acudía a la policía, había allí media docena de testigos, incluido el mismísimo Ray, que declararían que se había presentado allí con aquella ropa deportiva ajustada y maquillada de forma llamativa; que se había desprendido de la sudadera como una bailarina exótica y que había pasado horas coqueteando con Billy, riéndole las gracias, tocándole el brazo y dejando que la invitara a una copa tras otra. ¿Cómo iba a explicar ella un comportamiento así?

El verdadero problema, claro, no eran tanto las fuerzas del orden como los Hammerhead. No es que sus colegas tuviesen escrúpulos morales sobre el hecho de que una guarrilla pudiera recibir lo que andaba buscando, pero que uno de los suyos atraiga la atención con una causa tras otra por abusos sexuales no era nada beneficioso para el negocio y él ya tenía un pie metido en la mierda por ese motivo. Había recibido órdenes de pasar lo más inadvertido posible tras su liberación: mantenerse lejos de la banda y de cualquier clase de líos y regresar a Seattle, donde debía hacer la sesión semanal con el terapeuta que le había asignado el estado y donde ya no lo observaba nadie con tanto celo.

¡Qué diablos! Si lo hacía a su manera, ¿quién se iba a enterar? Casi nunca necesitaba amenazar a nadie y hasta entonces solo había tenido que recurrir dos veces al machete de caza que llevaba sujeto al cinturón en una funda de cuero. No, él sabía bien lo que tenía que hacer: quedarse a solas con la muchacha en cuestión, ponerse valentón con ella y, cuando ella intentase detenerlo, acusarla de haberlo provocado. Por supuesto, aquel bomboncito asiático no dudaría en dejarse llevar. Hasta podría convencerla de que la decisión había sido de ella. O mejor: la culpa. Ella iba a tener muy claro que nadie la creería si decía lo contrario.

Señalando la copa casi vacía de la joven, preguntó:

—¿Otra?

Ella negó con un movimiento de cabeza.

—Nunca paso de tres, y menos aún después de hacer gimnasia. — Acompañó la explicación con la sonrisa tímida de quien acaba de hacer una confesión vergonzosa—. Se me sube a la cabeza con demasiada facilidad y hoy creo que ya he tenido bastante, pero tú puedes beber más si te apetece.

Claro que le apetecía. De hecho, no dudó en pedir otra. Llamó con un gesto a Ray y apuntó a su vaso vacío. El dueño del local tomó la botella de Bulleit y se acercó a ellos.

—¿Todo bien, chicos? —dijo mientras rellenaba el vaso con tres dedos de alcohol.

Aquella era una de las ventajas de ser cliente habitual: Ray no escatimaba.

—Para mí, nada más. Gracias —aseguró la muchacha asiática.

Él asintió con la cabeza.

—De aquí a quince minutos cierro la barra. Estáis avisados.

Billy lo observó alejarse y, a continuación, alzó su bebida mientras la miraba a ella para decir:

—Por los pequeños placeres de la vida.

Se echó el contenido al coleto de golpe, levantando bien la barbilla para facilitar el paso del whisky y, tras volver a dejar el vaso en la barra, cerró los ojos para saborear el momento. ¡Demonios! ¡Cómo le gustaba el buen bourbon! Era una de las cosas que había echado de menos estando a la sombra. Una de tantas.

Cuando abrió los ojos, la asiática estaba estirando los brazos detrás de la espalda y, ¡Dios!, sus tetitas no le parecieron entonces tan pequeñas, ¿verdad?

—En fin —dijo ella mientras recogía su mochila de los pies del taburete —, me tengo que ir. Mañana por la mañana tengo una entrevista.

Billy la miró de arriba abajo sin importarle lo que pudiera pensar ella.

Diablos. ¡Sí que estaba buena aquella guarrilla! No era solo el bourbon: la había deseado desde el instante mismo en que la había visto entrar. Y en ese momento estaba bebida. Iban a salir juntos del establecimiento y, si llevaba mochila, sobre todo una tan voluminosa como aquella, lo más seguro era que hubiese ido a pie. De lo contrario, habría dejado todo el equipo en su automóvil. Todo estaba saliendo tan a pedir de boca que parecía demasiado perfecto para ser cierto.

—Sí, yo también debería retirarme. —Se levantó y dejó caer sobre la barra un par de billetes de veinte antes de recuperar del taburete la sudadera de ella—. Dame que lleve yo esto.

—No hace falta…

—No importa —respondió él con una sonrisa—. En absoluto.

Billy se dirigió a la puerta delante de ella para sostenérsela y dejó descender su mirada hasta más abajo de la mochila que se había colgado ella de un hombro para admirarle el trasero mientras ella atravesaba el umbral.

Con un gesto de la mano se despidió de Ray, que respondió inclinando la cabeza con aire impasible, barruntando tal vez lo que se proponía Billy, pero consciente también de que no era asunto suyo.

 

Un instante después se encontraban en la acera y la puerta se cerraba tras ellos con un lento quejido de moribundo que apagó de pronto el sonido de la música del interior. La calidez de aquella tarde primaveral había dejado en su lugar un aire nocturno frío y un tanto húmedo. La media luna pendía baja del cielo, con los bordes difuminados por la niebla. En un extremo de la calle había una casa de empeños cuyo oscuro interior protegían los barrotes de los escaparates. Frente a él, lo que quedaba de un estacionamiento, cercado y conquistado por las malas hierbas. El silencio que dominaba los alrededores solo se veía alterado por el sonido distante de los camiones articulados de tamaño colosal que recorrían la carretera interestatal y el canto de algún que otro grillo. Billy cabeceó complacido frente a la atmósfera de soledad que los envolvía, ya que, al fin, se habían quedado solos.

—¿Dónde has dejado tu auto? —preguntó.

La muchacha miró a su sudadera, como si quisiese pedir que se la devolviera pero no se atreviese a hacerlo. A Billy le gustaba aquella situación.

—He venido andando desde el gimnasio.

Tal como había imaginado él. Perfecto.

—¿Y también vuelves andando a casa?

—Ese era el plan, pero…

—Te acompaño. El barrio no es muy seguro a estas horas de la noche.

—No hace falta, de veras.

—Insisto —repuso él en un tono que delataba cierta crispación a fin de dar a entender que se ofendería si ella rechazaba el ofrecimiento—. ¿Dónde vives?

La muchacha asiática dudó un instante. Su actitud hacía patente que no sabía bien cómo hacer frente a la situación.

—En un cuchitril del otro lado del parque. Acabo de mudarme y lo tengo todo hecho un desastre.

—¡Mujer! —exclamó él con una risotada amable con la que pretendía hacer que se sintiera cómoda—. Tampoco pretendía que me invitases. Solo voy a acompañarte hasta la puerta y darte las buenas noches.

Nada que objetar a eso, ¿verdad? Así que, por supuesto, tras un instante, la joven asintió con la cabeza mientras decía:

—Está bien. Gracias. Eso sí: te advierto que en el parque no se ve nada a estas horas.

«Pero nada de nada, guapa.» Echaron a andar por la acera sin cruzarse con nadie: solo con escaparates cerrados y solares vacíos. La muchacha asiática le hacía preguntas, naderías que la ayudaban a dominar su nerviosismo, y Billy le respondía como un autómata sin apenas prestar atención a sus propias palabras y sintiendo zumbar el bourbon en su cerebro mientras pensaba una sola cosa: el parque estaría muy oscuro. Y muy desierto.

Allí estaba: delante mismo de ellos, tan tranquilo, tan perfecto… En cuanto entraron, de pronto, todo cayó en silencio. Hasta el crujir de sus pisadas sobre el pavimento se apagó, sustituido por el sonido suave y furtivo de sus pies aplastando la hierba. No había una sola luz: solo se veían la endeble claridad de la luna y las sombras que proyectaba bajo los árboles. La muchacha asiática había dejado de hablar. Billy la observaba con el rabillo del ojo mientras le recorría el torso una oleada cálida y serpenteante de adrenalina ante la idea de que se encontraban en un lugar solitario, ella estaba indefensa y él podía hacer cuanto le viniese en gana.

—Hace más frío —dijo ella, tal vez solo por escuchar su propia voz.

Estaban casi a mitad de camino. En el centro mismo. Desde allí costaba oír incluso los camiones de la interestatal. Delante de ellos había una humilde arboleda. El lugar ideal. Billy se puso tieso solo de pensarlo.

—No sé: yo estoy bien.

—Tienes que tener la sangre más caliente que yo. ¿Me devuelves la sudadera?

—Claro. ¿Por qué no? —Sin embargo, siguió caminando.

Los árboles se encontraban ya a menos de diez metros.

—Mi sudadera —insistió ella—. Tengo frío.

Billy no respondió. Seis metros para llegar a los árboles. Tres.

—¡Eh! —dijo la muchacha asiática—. ¿Me has oído?

Él se detuvo y se volvió hacia ella. Allí todo eran sombras y los árboles amortiguarían el ruido, si es que ella hacía alguno.

—Perdona —respondió sonriendo—. Pensaba en mis cosas.

Ella se detuvo y lo miró.

—Decía que tengo frío.

Dios. Qué apetecible resultaba aquella guarrilla envuelta en la penumbra. Tan vulnerable. El corazón le latía con fuerza. Lo notaba en el pecho y en la garganta.

Dio un paso hacia ella.

—Diablos, cielo: de eso me ocupo yo ahora mismo. Ahora mismo te caliento…

Ella se encogió y sacudió la cabeza.

—¿Qué? No: lo único que quiero es que me devuelvas la sudadera.

—Claro. Vamos a tenderla sobre el césped. Verás qué bien.

Lanzó la prenda al suelo, al lado de ella, con la intención de seguirla cuando se agachara a recogerla, pero ella no se movió: se quedó de pie, con la mirada clavada en él. En fin: daba lo mismo.

—Vamos, mujer —dijo, acercándose a ella—. Te va a sentar bien. Ya verás.

Ella dio un paso atrás.

—Escucha —balbuceó—, quiero irme a casa. Nada más. ¿De acuerdo?

¡Dios! ¡Cómo le gustaba el miedo que delataba su voz! Le encantaba.

—¿No te he dicho que te iba a llevar a casa? ¿Ahora vas a dudar de mí?

—¿Qué? No. Es que…

—No me lo pongas difícil. Me he portado bien contigo esta noche. Te he invitado a lo que has querido, ¿no?

—Sí, has sido muy amable, pero…

—Entonces, ¿no crees que deberías ser buena tú también conmigo?

—No se trata de eso: es solo que no quiero…

Él dio un paso adelante de pronto y la tomó por los hombros. La estrujó con brío para que tomara conciencia de que era fuerte, dominaba la situación y podía hacerle mucho daño si le daba motivos.

—Para —le dijo agitándola de forma enérgica—. Para ya: deja de hablar y escúchame.

Sintió tensarse el cuerpo de ella. Notó su terror creciente. ¡Dios! Se estaba excitando mucho…

—Me he portado bien contigo —repitió sin ceder—. Toda la noche. Y lo único que quiero es que me correspondas. ¿Me estás diciendo que no piensas hacerlo? ¿Eso me estás diciendo?

—Déjalo, por favor —pidió ella con voz aguda como de niña—. Me estás haciendo daño. Para.

Su forma de hablar lo estaba poniendo tan cachondo… Dejó de oprimir los hombros de ella y le quitó la mochila para dejarla caer al suelo. Pesaba más de lo que había imaginado. Debía de llevar pesas o algo parecido. Le acarició el cuello un momento antes de dejar que las manos se deslizaran hasta los codos de ella y rozaran con los pulgares el contorno de sus senos de camino. Presionó los brazos de la muchacha a uno y otro lado de su cuerpo y la atrajo hacia así.

—Vamos, mujer. Un beso solo. ¿Es mucho pedir, después de cómo me he portado?

—No —respondió ella elevando de nuevo el tono—, no quiero.

—¡Y una mierda no quieres! —dijo él.

Todo era perfecto: el miedo que tenía ella, cómo se resistía… Tenía cuanto había deseado siempre, tal como había soñado que sería. Y se lo iba a hacer en aquel instante; allí mismo, en el parque, sobre la hierba fría. Iba a darle todo lo que tenía para ella. Ella no se lo iba a decir nunca a nadie, ni tampoco lo iba a olvidar. Dios. No sabía qué podía haber hecho para merecer que ella hubiese entrado aquella noche en el bar de Ray. Era todo, sin duda, demasiado bueno para ser cierto.

Hizo que una de sus manos reptara por debajo del cuello de ella y comenzó a atraerla para besarla, pero ella colocó las palmas de las manos contra el pecho de él y lo apartó con un empujón que lo sorprendió: era más fuerte de lo que parecía. Sería el gimnasio. Lo estaba amortizando, supuso.

Hasta cierto punto.

La volvió a tomar por los hombros y los giró con fuerza para tumbarla de espaldas sobre el césped y, a continuación, se colocó encima de ella y se sentó a horcajadas sobre sus caderas.

—No —dijo ella entre resuellos—. No quiero. Para.

Trató de zafarse, pero Billy le aferró entonces el cuello, no con la fuerza suficiente para asfixiarla, pero sí para que supiera que no le costaría mucho hacerlo. Con la mano que le había quedado libre comenzó a desabrocharse el cinturón.

—Ahora, no seas puta —le dijo—. Más te vale ser buena.

Sin embargo, la presión que estaba ejerciendo sobre su garganta no la apaciguó como él había esperado. En lugar de tratar de soltarse, la muchacha llevó las dos manos a la rodilla izquierda de él y empujó hacia fuera. Acto seguido, giró de algún modo la rodilla derecha y la deslizó por la abertura que había quedado de ese modo bajo él hasta tocarse con ella la barbilla. Él vio que tenía el pie descalzo y supuso que debía de haberse quedado sin chancleta en el momento de caer. Entonces, sintió el pie de su víctima en la cadera y notó que le apartaba hacia atrás la pierna de una patada. Estuvo a punto de desplomarse sobre ella, pero logró echar los brazos hacia delante y sostenerse justo a tiempo, pensando: «¡Condenada zorra! Lo vas a pagar caro».

En el instante en que empezó a incorporarse, ella le estaba haciendo un barrido en la pierna derecha y levantando la rodilla izquierda tal como había hecho con la diestra, con el pie también descalzo. De pronto, pues, el agresor se encontró con la cintura envuelta por las piernas de ella y confuso, porque aquello era precisamente lo que había deseado, quedar entre sus piernas, pero no de ese modo: así era ella quien dominaba la situación. Mierda. Enseguida se dio cuenta de que se trataba de la llave de jiujitsu que tanto había visto practicar en el patio de la prisión. Lo llamaban guardia y, aunque lo conocía, le parecía fuera de contexto en aquel momento. En fin: al ser asiática, pensó que no debía sorprenderse porque supiera jiujitsu o lo que fuese aquello. No le daba miedo, aunque sí lo enfurecía que pensase que podía librarse de él con artes marciales.

En consecuencia, afirmó el pie izquierdo con fuerza en el suelo y se irguió al mismo tiempo que echaba hacia atrás el brazo de dicho lado y cerraba el puño con la intención de estamparlo contra la cara de ella sin importar que pudiera dejarle marcas. A esas alturas, no iba a preocuparse por algo así y, al fin y al cabo, era ella quien se lo había buscado. Sin embargo, la muchacha reaccionó con tanta velocidad que tuvo la impresión de que no había esperado otra cosa de él. Arrojó hacia delante el brazo derecho y lanzó al aire la pierna correspondiente para pasarla por encima de la oreja izquierda de él y estamparle la corva en la nuca. Billy vio las estrellas y sintió que lo invadía la rabia en forma de adrenalina. Trató de decir: «Perra», pero fue incapaz, porque ella había envuelto con la pierna que tenía libre el pie de la que había usado para rodearle el cuello y estaba haciéndole una tijera, un cuatro o como se llamase aquella técnica. Notó un dolor espantoso. Era incapaz de respirar. Sintió que se le salía la lengua por la presión que estaba ejerciendo ella e intentó liberar un brazo para acceder al cuchillo. Sin embargo, aquella zorra le estaba asiendo la muñeca con tal fuerza que parecía saber dónde llevaba el arma. Le fue imposible soltarse. Los oídos le pitaban mientras intentó pasarse la mano izquierda por detrás de la cintura para alcanzar con ella el cuchillo. El cuchillo. Pero la muy perra lo agarró por la manga y se lo impidió. Aterrado, él intentó ponerse en pie y ella giró y le hizo perder el equilibrio y desplomarse sobre un costado con los ojos fuera de las órbitas y agitando las piernas. Tuvo la sensación de que los pulmones le bramaban y el cerebro quería estallar dentro de su cabeza. Fue a arañar la pierna de ella, pero el material de aquellas dichosas mallas de deporte se escurría y no había manera de aferrarlas con las uñas. La luz de la luna y las sombras que proyectaba sobre la hierba empezaron a diluirse en un tono gris y el pitido de los oídos también se atenuó hasta convertirse en un zumbido cada vez más débil y mudo. Sintió que se le soltaba la vejiga y se le oscurecía la vista. El mundo se encogió entonces hasta quedar del tamaño de la cabeza de un alfiler. Lo último que pensó antes de que todo se volviera negro fue lo siguiente: «Era demasiado perfecto como para ser verdad».

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