Livia Lone
Capítulo 20
ENTONCES
El día que precedió al del comienzo de la escuela estuvo con Nanu por última vez. Los demás profesores habían dejado de ir la semana anterior a fin de preparar sus clases y, al fin, había llegado el momento de que Nanu regresara a Washington. Livia consideraba su partida con tristeza y también con miedo, porque consideraba a su maestra la única conexión que la unía a un mundo que empezaba a parecerse a un sueño extraño y fragmentado.
Además, había aún muchas cosas que no comprendía, no solo del idioma, sino de las gentes, de aquel lugar, de las costumbres… Por singular e incómodo que fuera todo, se había habituado al comedor, a sus profesores, a estudiar de noche hasta caer rendida… y hasta a la iglesia. Todo eso iba a cambiar al día siguiente.
Llegado el mediodía, Nanu se puso en pie y ambas comenzaron a caminar hacia la puerta principal. Aquel día no habría almuerzo, porque se habían acabado las clases de la tarde. Livia no tenía muy claro lo que iba a hacer, ya que nunca había tenido una tarde entera para ella sola. Decidió que estudiaría.
—Espera. —Acababa de advertir que Nanu había olvidado algo—. Tus libros.
Ella miró los manuales que había dejado sobre la mesa y después a Livia.
—Son tuyos ya.
Por supuesto. Tenía mucho sentido; pero también hacía la partida más real. Y más definitiva. Al llegar a la puerta, Nanu se detuvo y se dio la vuelta.
—¿Estás nerviosa por lo de mañana? —preguntó.
Livia asintió con la cabeza. Aunque no lo habría reconocido ante nadie más, no le importaba reconocérselo a ella. Nanu sonrió.
—Te va a ir muy bien; ya verás. Estás más que preparada. No me puedo creer cómo has avanzado en poco más de dos meses.
Había pasado la mañana esperando que Nanu se ofreciera a mantenerse en contacto con ella y le diese su dirección, un número de teléfono o algo así.
Sin embargo, no lo había hecho. Livia la miró sin atreverse a pedirlo.
—¿Qué pasa? —preguntó ella alzando las cejas.
La niña titubeó antes de espetarle en lahu:
—¿Puedo escribirte? ¿O llamarte? Solo… solo para contarte cómo me va en la escuela.
Nanu bajó la mirada por un momento antes de decirle en inglés:
—El señor Lone cree que no es bueno que hables en lahu. Lo sabes.
En consecuencia, volvió a la lengua que estaba aprendiendo.
—Pero podemos hablar o escribirnos en inglés. Me vendrá bien para practicar…
—También cree que no deberías hablar conmigo.
—¿Qué? ¿Por qué?
Nanu soltó un suspiro.
—Cree que tus progresos serán mayores si no estamos en contacto, que tu inglés mejorará más rápido.
—Pero ¡si ya está mejorando contigo!
—Sí, pero ahora vas a ir a la escuela todos los días y vas a usarlo a diario con otros alumnos. Vas a tener amigos estadounidenses y ellos querrán que seas estadounidense como ellos, no lahu.
—Pero yo soy lahu.
Nanu meneó la cabeza.
—Tienes que intentarlo.
—No quiero.
—Pues yo sí quiero que lo intentes.
Livia volvió a recurrir a su lengua madre:
—Entonces llámame. Escríbeme.
Nanu volvió a cabecear y miró a su alrededor, casi como si temiera que la estuviese escuchando alguien.
—No, Livia —respondió en inglés—. No es buena idea. Nos daría problemas a las dos.
Por más que lo intentó, la niña no conseguía entenderlo. Nanu parecía casi… asustada. Pero ¿de qué?
—¿Problemas? ¿Por qué?
La otra arrugó el ceño.
—Tendría que darte demasiadas explicaciones. Solo te diré que debo tener cuidado. ¿De acuerdo? Hay personas que dependen de mí. Lo siento, Livia. Estoy muy orgullosa de ti, pero tengo que irme. Y no voy a ponerme en contacto contigo. Lo siento.
Dicho esto se dio la vuelta y Livia habría jurado que en el momento de dejarla adoptó una expresión casi avergonzada. Ella permaneció en el umbral con el cuerpo rígido y los labios apretados. Ya no tenía miedo, sino rabia.
Observó a Nanu entrar en su vehículo y tomar la calzada sin mirar siquiera atrás. Segundos más tarde había desaparecido.
«Al menos no ha intentado venderte», pensó, si bien tampoco estaba segura de que fuera cierto.