Livia Lone
Capítulo 21
ENTONCES
Aquella noche se duchó en ausencia de los dueños. Le gustaba tener toda la casa para ella, y se sentía más segura cuando no estaba allí el señor Lone.
Se estaba enjuagando el jabón del cabello cuando oyó que intentaban abrir la puerta del baño. Retiró la cortina y se asomó con el corazón desbocado.
—¿Hola? —preguntó.
—¿Livia? ¿Qué te he dicho de lo de cerrar con pestillo?
Era él, que debía de haber vuelto antes que su esposa. Las manos comenzaron a temblarle. Salió de la ducha y se envolvió en una toalla. Clavó la mirada en la horquilla que había embutido bajo la puerta.
—No está cerrada. Yo no la cie… No la he cerrado.
Vio el pomo girar a un lado y a otro y, a continuación, nada más.
Esperó. ¿Se habría marchado?
La puerta se abrió entonces con gran violencia y un estruendo brutal.
Rebotó en la pared y volvió de nuevo hacia el quicio. El señor Lone entró dando una zancada, interceptó la hoja que trataba de cerrarse otra vez y la apartó de su camino de un empellón.
—¿Qué te había dicho? —gritó—. ¿Eh?
Livia retrocedió aterrada. Trató de decir algo, pero tenía el cerebro como paralizado. A ella llegó el olor a alcohol que desprendía él y que tan odioso le resultaba.
—Si yo no… Si no… —balbuceó.
Él se acercó y se inclinó hasta quedar a escasos centímetros del rostro de ella.
—¿Qué? Me has desobedecido, ¿verdad?
—¡No! Yo… yo…
De un manotazo le arrancó la toalla del cuerpo. Tan feroz fue el tirón que casi la atrajo hacia él. Livia consiguió aferrarse a ella por un instante, pero él se la arrebató de las manos y la lanzó a sus espaldas. Ella se echó hacia atrás hasta dar con la pared y, tiritando, se cubrió con los brazos.
El señor Lone dio otro paso más y se acercó tanto que la niña pudo sentir su aliento en la cara.
—¿Vas a volver a cerrar con pestillo?
Miró al suelo. Las mejillas le ardían de vergüenza y de miedo. Seguía con los brazos ante sí y el cuerpo contorsionado como si tratara de doblarse sobre sí misma.
—No —logró susurrar pese a la opresión que sentía en la garganta.
—Mírame cuando te hablo, Livia. —Su voz sonaba casi como un rugido.
A ella le resultó imposible obedecer.
—¡Mírame! —exclamó él.
Entonces ella clavó su vista en la de él con una mueca de impotencia y terror mientras el aire entraba con brusquedad en sus fosas nasales y volvía a salir con un silbido.
—Esta clase de desobediencia… —empezó a decir él, bajando de nuevo la voz—. Después de lo que he hecho por ti… Te he abierto mi casa, te he convertido en mi hija, te he mantenido, he intentado encontrar a tu hermana… Y precisamente te traía noticias sobre eso; ¿lo sabías? Pues sí: tengo noticias.
Por un momento, Livia olvidó todo lo demás: el miedo, la vergüenza, su desnudez…
—¿Qué? —dijo—. ¿Qué noticias? ¿De Nason? Dígamelo, por favor.
—¿De veras? ¿Y por qué iba a decírtelo, si eres una desagradecida?
—¡Por favor, dígamelo!
—Quieres que sea sincero contigo. ¿No es verdad, Livia? Que te cuente todo y no tenga secretos contigo.
—Por favor, eso.
—Por favor, sí.
—Por favor, sí.
—Y, sin embargo, mírate. Primero cierras la puerta y luego intentas taparte delante de mí. ¿Qué me ocultas, Livia?
—¿Qué…? No, yo no…
No encontraba las palabras adecuadas. Todo lo que le había enseñado Nanu parecía haberse esfumado de pronto. Estaba desconcertada, tenía miedo y sentía crecer en su interior como un espíritu maligno el recuerdo de lo que la habían obligado a hacer los hombres del barco. Y el señor Lone tenía información sobre su hermana y ni siquiera iba a compartirla con ella.
—¿No qué, Livia? Ponte derecha y baja los brazos.
No podía. Intentó moverlos, pero le fue imposible.
—De acuerdo: si te empeñas en esconderte de mí, yo ocultaré lo que sé de Nason. Tú sabrás… —Dicho esto, se dio la vuelta e hizo ademán de marcharse.
—¡Espere! —gritó ella—. Espere.
Él giró en redondo y la miró sin decir nada. A Livia le temblaban los labios, aunque no tanto como los brazos y las piernas. Humilló la cabeza e hizo cuanto pudo por mantenerse erguida. A continuación dejó caer los brazos convulsos. Apretó los dientes e intentó con desesperación no llorar.
—De acuerdo —dijo el señor Lone—. Eso está mejor, Livia. Buena chica.
Ella comenzó a ver borroso. Pestañeó y vio que se estrellaban sus lágrimas contra el suelo de baldosas.
—Ahora, dime: ¿quieres tener noticias de Nason?
Tan desesperada estaba por saber algo de su hermana que no consiguió sino asentir sin palabras.
—Mírame, Livia. Mírame cuando te hablo.
Ella obedeció y vio el bulto que se destacaba en sus pantalones, idéntico al que tenían los hombres del barco. Ya había supuesto que toparía con él.
Él alargó el brazo y le limpió las lágrimas. Su tacto provocó en ella una oleada de náusea y la hizo llorar con más fuerza; pero no se encogió.
—Tu hermana está bien, Livia, y yo sé dónde.
La niña se llevó una mano a la boca y dejó escapar un gemido. Entonces presionó aquella mano con la otra fuertemente para no llorar; pero no pudo contener otro sollozo, ni tampoco el siguiente. Sintió que le fallaban las piernas y buscó el toallero para mantener el equilibrio.
—Sí, Nason está bien, aunque corre cierto peligro. Tenemos que elegir muy bien el modo de ayudarla. ¿Entiendes, Livia? Hay que andar con mucho cuidado.
Ella agitó la cabeza sin dejar de gimotear. No: no lo entendía. No entendía nada. ¿Nason, en peligro?
—No te tapes —le ordenó él en tono desabrido—. Ya te lo he dicho.
Ni siquiera se había dado cuenta de que había vuelto a colocar los brazos delante de su cuerpo. Consiguió separarlos un tanto. Inspiró y espiró mientras hacía cuanto podía por concentrarse, por pensar en las palabras que necesitaba decir.
—¿Por qué está en el peligro? ¿Por qué?
—Por qué está en peligro.
—Sí, por qué. Vamos a ayudarla. Tenemos… —hizo por recordar cómo tenía que construir la frase; pero fue incapaz—. Vamos a ayudarla. Ayudar.
Ayudar a Nason. Por favor.
—Sí, claro que vamos a intentar ayudarla; pero necesitamos tiempo y es muy importante que los hombres que la retienen no sepan que lo sabemos.
—¿Por qué?
—No puedo decírtelo ahora mismo.
—¿Por qué?
—Porque no puedo.
—Pero ¿dónde está? Por favor.
— Dónde está.
—Sí, sí. Eso.
—Todavía no puedo decírtelo. Tienes que confiar en mí, como yo estoy confiando en ti al contarte esto. ¿Lo entiendes? Te lo he revelado porque confío en ti, Livia; pero si se lo decimos a alguien más, aunque sea a la señora Lone, pondremos en peligro a Nason. Estoy haciendo todo lo que puedo. Dime: ¿confías en mí?
La niña notó que los brazos cobraban vida delante de ella y los detuvo.
—Sí. Eso está muy bien, Livia. Buena chica. Confías en mí, ¿verdad?
Ella asintió con un movimiento de cabeza.
—Y respetas mi posición de cabeza de familia. ¿No?
Livia repitió el gesto.
—Entonces demuéstrame que confías en mí. Demuestra que me respetas.
Demuéstramelo.
¿Qué podía hacer? Agachó la cabeza y separó los brazos mientras corrían lágrimas por sus mejillas. Él tendió una mano hacia atrás, recogió la toalla y se acercó a Livia para envolverla. Ella sintió que se le escapaba un sollozo y apretó bien los dientes para reprimir el próximo.
—No vuelvas a hacer eso con la puerta —dijo él.
Ella sacudió la cabeza y consiguió decir:
—De acuerdo.
—Cuando me entere de algo más sobre Nason, tengo que saber que puedo compartirlo contigo. En privado. En este cuarto de baño, de hecho, porque aquí no nos oye nadie. ¿Lo entiendes?
Ella hizo un movimiento de afirmación.
—Mírame, Livia.
Ella obedeció y, por un instante, el miedo, la confusión y hasta la imagen de Nason se esfumaron. Dejó de llorar y no experimentó otro sentimiento que un odio arrollador y punzante, como una fuerza que emanase de ella y, al mismo tiempo, le fuera ajena; algo nuevo en su interior que, aun siendo relativamente modesto, podía hacerse enorme algún día. Algo terrible.
¿Lo estaría notando también él? ¿Cómo no iba a notarlo?
—Dime que lo has entendido. Dímelo.
Desenfocó la vista de tal modo que, más que mirarlo a él, quedó mirando a su través. Lo prefería. Sí, prefería no tener que verlo.
—Lo he entendido.
—Buena chica. —Se inclinó hacia delante y le besó la coronilla—. Pronto volveremos a hablar. Te lo prometo.
Se vistió no bien lo vio salir y a continuación metió la cabeza bajo el grifo del baño para lavarse de nuevo el cabello y restregar bien el lugar que habían tocado los labios de él. Nason. ¿Estaría bien de veras? Aunque corriese peligro, ¿estaría bien? Parte de ella pensaba que no debía creer al señor Lone; pero ¿cómo iba a poder nadie mentir sobre algo así? Además, no tenía más remedio que fiarse de él. Porque sí. Tenía que creer que Nason estaba bien y que pronto, de un modo u otro, volverían a estar juntas.
Se colocó delante del espejo y pasó un peine por entre sus cabellos húmedos. Le resultaba pasmoso que el señor Lone no hubiese visto su odio, y, sin embargo, estaba segura de que así había sido. No podía decir por qué, pero se había dado cuenta de que necesitaba ocultar aquel sentimiento. Aquel rencor la había hecho fuerte y era preferible que él no supiera que poseía aquella fortaleza. Porque su odio… podía ser algo semejante a una advertencia.
Y lo cierto es que no quería ponerlo sobre aviso, sino sorprenderlo. Aún no sabía con qué, pero con algo sería.