Livia Lone
Capítulo 11
ENTONCES
Al final remitieron el mareo y las náuseas y Livia fue capaz de incorporarse. Todavía le dolía muchísimo la cabeza, y sobre la oreja tenía una zona que se mostraba blanda al tacto. Supo entonces que los hombres la habían golpeado con algo más duro que una mano; pero la luz de las linternas la había cegado y ni siquiera había logrado ver lo que ocurría. Se sentó a esperar abatida, impotente y sola. Lo único que podía hacer era mantener la esperanza e intentar no imaginar lo que podían estar haciendo a Nason.
En determinado momento, se dio cuenta de que veía: había amanecido y comenzaba a asomar con modestia la luz por los respiraderos.
—Nason —musitó en vano con los brazos cruzados y las manos bien aferradas a los hombros—. Nason.
El interior de la caja se llenó de claridad. Al oír los tornillos, se puso en pie y corrió hacia la puerta. Si no traían a su hermana, estaba dispuesta a sortear a los hombres para encontrarla, como fuera, donde pudiese estar del barco.
Entonces se abrió la puerta. Eran los tres hombres y tenían a la pequeña delante de ellos. Livia se sintió tan aliviada al verla que le temblaron las piernas y le brotaron lágrimas de los ojos. La metieron dentro de un empujón y Nason se dejó caer en brazos de la mayor. Esta la rodeó con fuerza mientras le acariciaba el pelo.
—Pajarito —susurró con la garganta tan tensa que apenas era capaz de hablar—. Pajarito, ¿estás bien? ¿Estás bien?
Por un instante, mientras la abrazaba, se convenció de que lo estaba. A continuación, sin embargo, advirtió que le ocurría algo. La niña no respondía.
Tampoco se estaba aferrando a ella como hacía cuando tenía miedo. No la había rodeado con sus brazos. Una de las manos caía inerte a su lado y la otra se la había llevado a la boca. Livia se retiró un tanto y quedó estupefacta al ver que se estaba chupando un pulgar; algo que su hermana no había hecho desde hacía mucho tiempo. La miró a los ojos y le preguntó de nuevo:
—Nason. Nason, ¿estás bien?
La pequeña la miraba o, por mejor decir, miraba… a través de ella.
Livia la tomó por los hombros y la zarandeó una vez y luego otra.
—¡Nason! ¡Nason!
Daba la impresión de que no pudiera oírla. Ni verla. Como si ni siquiera supiese que estaba allí. Livia bajó la mirada y vio sangre en los pantalones de su hermana, entre las piernas. Aunque trató de convencerse de que debía de ser otra cosa, algo que se hubiera derramado, sabía que era sangre. Podía percibir su olor.
Miró a los hombres y por primera vez reparó en los vendajes que llevaban en el rostro y en los brazos Calavera y Cabeza Cuadrada. Todos llevaban palos largos y alguna parte recóndita de ella entendió que probablemente era aquello con lo que la habían golpeado. Calavera la miró e hizo ademán de levantar el suyo, pero Barbasucia meneó la cabeza y lo agarró por el brazo. Calavera se zafó de él y sonrió a Livia con una mueca distorsionada por el dolor, la tensión de la venda o ambas cosas.
Todo lo que había sentido Livia se vio sustituido por una erupción de odio puro y negro. Una bruma sangrienta empañó su visión mientras arremetía contra Calavera a grito pelado, enseñando los dientes y con los dedos curvados como garras. Esta vez, sin embargo, él la estaba esperando.
Adelantó el palo con gran rapidez y le golpeó el estómago. Ella cayó al suelo sin aliento y con el torso convertido en una explosión de dolor. Él se acercó y, poniéndose en cuclillas, le dijo:
—Tu hermana nos ha dado mucha diversión. A lo mejor volvemos más tarde para que nos dé más.
Kai se acercó corriendo y Calavera se puso en pie y levantó el palo; pero volvió a bajarlo al ver que el chiquillo se detenía para arrodillarse al lado de Livia y posar una mano en su hombro. Ella trató de apuntalar los pies a fin de impulsarse hacia el hombre, porque en aquel momento no pensaba en otra cosa que caer sobre él, arañarlo, clavarle las uñas, morderlo y matarlo; pero tenía el estómago tan contraído que ni podía respirar. Dando patadas y haciendo mohines, alzó la vista a Calavera, que seguía sonriendo. La vista empezó a llenársele de chiribitas y la caja se inundó de gris. Todo se hizo de este color hasta que también él desapareció.