Livia Lone
Capítulo 52
AHORA
Lanzó el revólver y la droga al río Methow desde un puente situado al sur de Winthrop. No se había quitado los guantes de motociclista en ningún momento ni había tocado nada. Y los residuos de pólvora que pudiesen quedar en el casco o el mono no iban a sobrevivir el largo trayecto de vuelta a Seattle. De todos modos, en la ropa de una policía no era difícil de explicar la presencia de algún que otro resto. Sea como fuere, su conexión con Tyler era agua pasada: dudaba que siquiera Rick llegase a sospechar que podía tener nada que ver con su muerte. Y Masnick era el primer interesado en llevarse a la tumba la conversación que habían mantenido, porque sabía que, si no, no iba a tardar en llegar a esa misma tumba. En realidad, cuando la víctima era alguien como Tyler el Hierba, lo normal era que se trabajara sobre la hipótesis de que se trataba de un asunto de drogas que se había torcido. Lo que, en cierto modo, no distaba tanto de la verdad en este caso.
No deseaba regresar de inmediato a la comisaría. Ver a Tyler, matarlo, recordar el pasado, hacer encajar algunas de las piezas… Tenía mucho en lo que pensar. Necesitaba aire; necesitaba moverse y dejar que la atravesaran por completo todas las emociones para tener la mente despejada.
Al volver a su desván, mudó el mono de cuero por unos vaqueros y un forro polar y se dirigió en el Jeep a la playa de Alki para pasear en dirección norte bordeando el agua. El aire olía a limpio y no se oía más sonido que el del viento, el crujido de sus botas sobre el camino de grava y el chapaleo de las olas en la orilla.
Se detuvo al llegar al extremo más septentrional y contempló la Space Needle y las luces del centro de la ciudad a través de la bahía de Elliott. Se recogió en una cola de caballo el pelo que le tapaba el rostro por efecto del viento, se subió la cremallera del forro polar y permaneció allí de pie observando el paso callado del transbordador de Bainbridge Island y las líneas de transcurso lento del tráfico distante mientras el aire, a su ver, la amparaba. La ciudad parecía desde allí más pacífica, más limpia. Nadie habría imaginado la suciedad de la cloaca que corría por debajo.
Livia había salvado a una niña que aún no andaba y presentaba ya un prolapso rectal por las violaciones reiteradas de su padre; había rescatado a una anciana a la que su hijo tenía encerrada en una mazmorra, encadenada a sus propios desechos y con las piernas infestadas de gusanos mientras él cobraba las prestaciones que le enviaba a ella la seguridad social, y, por supuesto, había atrapado al violador de Montlake. Aunque el sistema había cumplido su cometido en este último caso, cada vez que pensaba en el uso que había hecho del amor mutuo que se profesaban sus víctimas para dominarlas y acrecentar su tormento, no podía evitar desear que hubiera fracasado para haber tenido la ocasión de hacer justicia a su manera en nombre de aquellas mujeres.
En la Universidad Estatal de San José había asistido a cursos de psicología y sabía que el hecho de proteger a otros, de vengarlos, representaba un acto de sublimación. Si la hubiesen educado en la fe católica, podría haberlo entendido más bien como redención. Sea como fuere, no había podido salvar a Nason e iba a pasar el resto de su existencia tratando de compensar semejante fracaso socorriendo a otros en su lugar.
Es cierto que ayudaba a los demás: lo sabía. Cuando ocurría tal cosa, la invadía una sensación… mágica. Y cuando no le era posible brindar su auxilio, cuando un violador reincidente lograba eludir el sistema, la sublimación adoptaba la forma de su pasatiempo favorito. Y no era solo por sublimación: entendía perfectamente que aquellas actividades suyas de alto riesgo y hasta la decisión de hacerse policía constituían modos de demostrarse, una y otra vez, que ya no era una víctima ni lo iba a ser jamás.
Resultaba interesante la percepción de las patologías propias que podía llegar a alcanzar una persona, así como el impacto escaso que tenía esta apreciación en las necesidades subyacentes. O en el comportamiento.
A veces, sin embargo, nada de eso importaba. A veces no bastaban toda la sublimación y la redención del mundo, ni nada que no fuese saber qué había sido de Nason. Saberlo solamente. Saberlo sin más. Solo eso: solo saberlo.
Sentada cara a cara delante de Tyler reparó en que había llegado la culminación de tres lustros de ansiedad y de esperanzas atormentadas, en que aquello había derribado todas sus defensas y la había arrastrado una vez más ante el terror y la pérdida. Y en aquel momento, mientras contemplaba la ciudad, se sentía… vacía. Sola. Despojada de todo.
Tiritó por causa del viento y observó las luces mientras dejaba fluir el dolor. Instantes después, se vio capaz de volver a sentir con claridad. «Cuatro menores, no tres, y dos de ellos, dos hermanas.» ¿A qué se debía un envío tan concreto? Volvió a recordar la conversación que había mantenido mucho tiempo atrás con el fiscal Vélez y en la explicación que le ofreció acerca del funcionamiento de la trata, desde la venta al por mayor hasta el minorista. ¿Y Calavera? ¿Los había sacado a todos ellos al mercado con la esperanza de que apareciesen compradores?
No, no tenía sentido. Calavera se sirvió de una banda dedicada al tráfico de drogas y sin práctica alguna en el de personas. ¿Por qué iba a hacer una cosa así, si no era porque tenía ya un comprador concertado en las inmediaciones? Un comprador que quería, que había encargado algo concreto y había obligado así a Calavera a recurrir a Tyler el Hierba y a su banda pese a su falta de experiencia en aquel terreno. ¿No habría sido precisamente esa inexperiencia la que lo había llevado a contratarlos a ellos?
Hizo propósito de consultar la base de datos criminal del FBI por ver si podía dar con alguien relacionado con el nombre de Kana. Era poco probable, pero valía la pena intentarlo.
Entonces, alguien los había… ¿Qué? ¿Los había comprado a todos?
¿Los había encargado como quien pide una pizza a domicilio? Imaginó la escena: «Tráigame una ama de casa guatemalteca. Tráigame un lavaplatos chino. Tráigame una niña tailandesa para violar. No, una no: dos hermanas».
¿Cómo se le había ocurrido esto último? Tal vez del uso que había hecho el violador de Montlake del amor que se tenían sus víctimas para manipularlas y someterlas… o del que había hecho Calavera con Livia y Nason con el mismo propósito. O el señor Lone.
¿Por eso había recordado el caso de Montlake? ¿Estaría intentando decirle algo su propio inconsciente? Sacudió la cabeza. No tenía sentido.
¿Cómo iba a haber podido organizarlo todo el señor Lone? ¿Desde el principio, en suelo tailandés? Debía de ser una coincidencia. El delito oportunista de un hombre enfermo y maligno se encuentra con una niña impotente y decide aprovechar su suerte, sin haberlo planeado. «Su hermano, Ezra Lone. El senador…» De todos modos, seguía pareciéndole disparatado, muy poco probable. Sin embargo…
«Supongamos que los dos hermanos están igual de enfermos y que tienen las conexiones necesarias para sacar adelante un plan como el que estás imaginando.» Con todo, aún quedaban demasiadas piezas sueltas, como la presencia de otras niñas en el contenedor procedente de Tailandia. ¿Por qué habían dejado Calavera y sus hombres en paz a las demás? ¿Por qué se habían interesado solo en Livia y Nason, las dos hermanas? Si las dos constituían alguna clase de mercancía especial, ¿no habrían elegido los traficantes a otras para abusar de ellas?
Recordó la expresión con la que la miró Calavera cuando ella, pese al hambre que le corroía las entrañas, había cedido a Nason la comida que le correspondía. ¿Podía haber sido eso? ¿Sería esa la depravada debilidad a la que no pudo resistirse? ¿La ocasión de dominar a una niña pequeña mediante la manipulación del amor que demostraba a su hermana? ¿Y, tras eso, la de arrebatarle hasta aquella victoria mínima violando a la pequeña pese a todo?
Aun así, Nason ni siquiera había llegado a Llewellyn. Calavera y sus hombres debían de haberla vendido en cualquier otro lugar, o… «O la mataron, porque ¿quién iba a querer comprarles una mercancía tan deteriorada?»
Se llevó un puño a la boca y se mordió con fuerza los nudillos. Odiaba tener que pensar en ello, pero lo cierto era que, de todas las posibilidades, la de que hubiesen matado a Nason parecía con diferencia la más probable. Lo único que hacía siquiera remotamente soportable semejante pensamiento era que no parecía cierto. Su cabeza podía decir lo que le viniera en gana, pero en lo más hondo de su corazón Livia no había dejado nunca de creer que su pajarito estaba vivo, en algún lugar, y que un día daría con ella y la envolvería en sus brazos para no dejar nunca, jamás, que le volviese a ocurrir nada malo.
Aguardó de nuevo a que se extinguiera la emoción para poder volver a pensar con claridad.
De acuerdo: quizá los Lone habían querido tener hermanas por considerar que sería más fácil utilizarlas una contra otra, dominarlas o algo semejante. Tal vez porque tenían un modo enfermizo de excitarse con lo mismo que había encontrado tan irresistible Calavera, con un procedimiento similar al que se dio en las violaciones de Montlake. En tal caso, sin embargo, Nason habría viajado junto a Livia a bordo de la gabarra procedente de Portland y Calavera y sus hombres nunca le habrían hecho el daño que le hicieron. «A no ser que no quisieran hacerle daño. Al menos, no así. Puede ser que solo quisieran utilizarla como te utilizaron a ti. Entonces tú los atacaste y los heriste, y Calavera se olvidó de que estaba manejando mercancía que tenía que entregar más o menos intacta porque respondía a los deseos de un cliente. Perdió los estribos. Necesitaba hacer daño a la víctima indefensa que le había sajado el ojo; hacerle daño del peor modo imaginable: a través de su hermana.»
Ahogó un sollozo. En el pasado había sospechado muchas veces que los hombres habían maltratado a Nason de un modo tan brutal por su culpa; pero nunca lo había sentido de un modo tan real. Recordó que los hombres de Calavera le habían impedido perseguirla. Él había querido hacer mayor su venganza, pero al final había prevalecido la sensatez, una sensatez guiada por el sonido del dinero. Trató de encontrar lagunas en semejante teoría, pero le fue imposible. Era tan sencilla… Calavera debía entregar dos hermanas intactas. Sin embargo, se dejó llevar por la ira e hirió a una de tal modo que solo pudo entregar a la otra.
Ella no era más que una niña cuando ocurrió todo aquello. Su única intención había sido proteger a Nason. Sabía que no había sido culpa suya.
Sí, sí había sido su culpa. Si no hubiese atacado a aquellos hombres…
Cerró los ojos y apretó los dientes. Echó a un lado todo sentimiento de culpabilidad y se obligó a centrarse. «Céntrate.» Si los Lone habían querido dos hermanas, ¿para qué llevar otros niños en la gabarra? ¿Para envenenarlos? ¿Y qué sentido tenía envenenar también a algunos de los adultos? «Porque el señor Lone no podía adoptar a cuatro menores. Quería algo que pudiese dominar y cuatro habrían sido demasiados. Sin embargo, no querían que diera la impresión de que estaban seleccionándolos. También era necesario que muriesen, o al menos enfermaran un adulto o más para que pareciera cosa del azar, un accidente.»
Daba la impresión de que se estuviera desempañando de súbito, cuando menos en parte, la ventana por la que hubiese estado tratando de ver durante tanto tiempo para entender lo que había ocurrido en realidad. Era lo que había deseado siempre, pero también resultaba excesivo. Trastabillando, se acercó a un banco y tomó asiento.
«Los Lone querían hermanas, pero Fred Lone no podía salir a la calle y adoptar sin más un par de ellas, porque habría suscitado rumores y sospechas hasta en una ciudad que, como Llewellyn, se había afanado con tanta devoción en no ver su verdadero yo. Por lo tanto, de un modo u otro, tuvieron que organizar un cargamento, un cargamento que debía combinar niños y adultos y del que, entre los menores, solo podían sobrevivir al viaje las dos hermanas. Nadie sabría qué hacer con ellas, excepto Fred Lone, el gran benefactor, que las adoptaría.»
Su mente se resistía aún a creerlo. Llevaba mucho tiempo creyendo que Nason y ella habían sido víctimas de las circunstancias. ¿De veras se trataba de una conspiración?
«Necesitaban que hubiese una redada, claro. Por eso recibió el jefe Emmanuel una llamada anónima de denuncia. En realidad no hubo tal soplo.
Fue el señor Lone quien le dijo lo que debía hacer exactamente: salvar a las víctimas, ejecutar a los traficantes y no dejar así ni un cabo suelto.»
Sin embargo, Tyler sobrevivió.
«Recuerda que había también agentes federales. Emmanuel tuvo que hacerlo todo con arreglo al procedimiento para evitar sospechas. Intentó, o intentaron él y sus hombres, matarlos a los tres; pero el Hierba logró salvarse de un modo u otro. Tal vez lo encontraron antes los federales. Sea lo que sea, tuvieron que pasar al plan B: «Si dices una palabra, Hierba, no va a haber quien te salve el pellejo en la cárcel».»
Tal vez Tyler no sabía tanto, pero seguro que no querían correr el menor riesgo. Trató de imaginarse la situación desde el punto de vista de ellos y en el momento en que ocurrió todo.
«Es la mejor tapadera: un caso más de tráfico de personas; la actuación heroica de la policía local y los agentes federales; la fervorosa atención de la prensa; un grupo de adultos repatriado, y dos hermanitas refugiadas con las que nadie sabe bien qué hacer. Nadie, a excepción del señor Lone.»
Sin embargo, Livia había dicho que sus padres habían muerto. Eso no podían haberlo previsto. ¿Y si hubiera revelado lo que había ocurrido de veras? «En tal caso, Lone los habría convencido de que no podían devolver también a aquellas pobrecitas, porque sus padres no habrían dudado en venderlas de nuevo.»
Se llevó las manos a la cabeza y lloró en voz alta. ¿Cómo podía habérsele pasado por alto todo aquello durante tanto tiempo? ¿No sería que no había querido verlo? No, no había sido eso. No le había faltado perspicacia, sino información. Antes de hablar con Tyler no tenía motivo alguno para creer que Nason y ella pudieran ser sino dos niñas más de cuantas caían víctimas de la trata. Dos entre miles o, por mejor decir, cientos de miles. ¿Cómo iba a pensar que las dos podían haber respondido al encargo preciso de un degenerado, un degenerado cuyo hermano poseía las conexiones políticas necesarias para pedir un par de esclavas sexuales menores a la carta?
Ahí estaba la clave: tenía que investigar las conexiones del senador. ¿A quién había podido conocer para solicitar el envío de dos hermanas nada menos que desde Tailandia? Para una cosa así necesitaba disponer de contactos, un conducto y un cabeza de turco para poder negar cualquier implicación. ¿Cómo había podido organizar todo eso Ezra Lone? Entonces pensó en su «asesor legal», Matthias Redcroft. Él habría sido una de las piezas, quizá el intermediario o un agente negociador; pero ¿cómo sabía el senador a quién tenía que hacer el pedido? ¿Lo pagaba en metálico, con favores políticos? ¿Cómo? Fuera como fuere, el precio era lo bastante elevado para que a quienquiera que pagó a Tyler y a su banda para trasladar a Livia y al resto a Llewellyn no le importase perder cincuenta mil dólares en el camino. Además del cargamento, claro.
Recordó las primeras impresiones que le produjo la ciudad y la sensación que había tenido siempre de que había algo podrido en ella, algo que casi se percibía por el olfato. En el instituto había leído un libro llamado La colina de Watership. Los protagonistas eran conejos, conejos que actuaban como personas. Entre ellos los había que vivían en una granja, aceptaban el alimento que les daba el granjero, a quien, además, agradecían que abatiese a cuantos zorros y armiños —sus depredadores naturales— merodeaban por los alrededores… y aceptaban que pusiera trampas que le permitieran hacerse con un ejemplar gordo y jugoso cada vez que le viniese en gana preparar un delicioso estofado.
No pasó por alto que era aquello mismo lo que ocurría en Llewellyn: todos sus habitantes sabían lo que estaba ocurriendo, pero dieron con un modo de hacerse los desentendidos a cambio de seguir disfrutando de lo que les proporcionaban el señor Lone y su hermano: la fábrica de munición, la papelera, todos los ciudadanos que tenían empleo gracias a los negocios del señor Lone y los votos de su hermano, el senador. Ante todo eso, ¿por qué les iba a importar que decidiesen atrapar en un cepo a una niña refugiada para devorarla?
La teoría tenía mucho sentido. De hecho, el desasosiego que le provocaba y su resistencia a creerla cierta hacían pensar que tenía no poca solidez. Aun así, faltaba algo, una laguna que necesitaba completar con un esfuerzo imaginativo. No estaba tratando de presentar un caso capaz de sostenerse ante un tribunal, pero necesitaba que encajasen todas las piezas.
Para dar el siguiente paso, cualquiera que fuese, tenía que dar con una explicación irrefutable.
Siempre había dado por supuesto que Fred Lone no era más que un pervertido. Podía haber un motivo para ello: quizá de niño había abusado de él un sacerdote, un profesor o un entrenador y lo había convertido así en un ser maligno. Ella había conocido muchos casos así. También podía ser que hubiera nacido ya degenerado. Tampoco faltaban, según su experiencia, ejemplos de personas cuya maldad no tenía explicación ni origen.
Pero dos hermanos, y los dos monstruos… Aquello no era ninguna coincidencia. Había tenido que ocurrirles algo a ambos de pequeños. Si podía averiguar de qué se trataba, quizá estaría un tanto más cerca de encontrar a Nason.
Pensó en el funeral de Fred Lone y en el panteón familiar, en el que estaba enterrada la hermana que había muerto siendo joven Lone… Livia no había pensado nunca en preguntar al respecto, porque nunca le había interesado.
Sin embargo, aquello acababa de cambiar.