Livia Lone

Barry Eisler · Capítulo 6 de 66

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Livia Lone

Capítulo 6

 

ENTONCES

En determinado momento del día llegaron los hombres con mantas. Las arrojaron al suelo y volvieron a marcharse. Los pernos regresaron con ruido a su lugar después de que cerraran la puerta tras ellos.

Livia tomó una para Nason y para ella, y los demás niños no tardaron en hacer lo mismo. Con todo, no había motivo alguno para apresurarse: había para todos. Hasta sobraba una, que el muchacho yao no dudó en apropiarse para tener dos. Livia la señaló y luego dirigió el dedo hacia sí misma para indicarle que le correspondía, ya que ella y Nason tenían solo una; pero él negó con la cabeza y se arrebujó en las dos mantas. La niña se acercó y volvió a llamar su atención sobre la que tenía él de más.

—Dame —le dijo en tailandés—. Hay una para cada uno. No dos: una.

El yao fue reculando hasta que se lo impidió una de las paredes de metal. Agarró con fuerza las mantas y enseñó los dientes a Livia. A ella no le importó que fuese mayor y más corpulento que ella: no era justo que se hubiera quedado con dos. Tampoco hacía bien a nadie que los niños más fuertes dieran por supuesto que podían arrebatar a los más débiles cuanto les viniera en gana. Siguió avanzando y se detuvo a pocos palmos de él, lo miró a los ojos y tendió la mano con gesto no de súplica, sino de imposición.

Él, pese a su tamaño, adoptó una expresión insegura. Sin embargo, no parecía tener intenciones de ceder. Livia se dispuso a tomar sin más la manta y a asestarle un puñetazo en la cara o una patada donde más duele a los chicos en caso de que se resistiera. Sin embargo, en el instante mismo en que iba a alargar el brazo se colocó a su lado Kai, mirando al otro y tocando casi con su hombro el de Livia. Era más pequeño que el yao, y hasta que ella; pero su voz no tembló cuando lo señaló y le dijo en un tailandés rudimentario:

—Dásela. Dale la manta.

El otro le enseñó los dientes como había hecho con Livia, pero al ver que ninguno de los dos se amilanaba, gruñó con gesto asqueado, lanzó a la niña una de las mantas y se escabulló hasta uno de los rincones de la caja.

Livia hizo a Kai una inclinación de cabeza antes de regresar al lado de Nason. Si se acurrucaban, podían usar una manta para abrigarse y la otra a modo de jergón. Al reparar en que el resto podía beneficiarse también de aquella idea, la expuso con afán en tailandés y aguardó con paciencia mientras el mensaje pasaba de un idioma a otro. Como en el resto de ocasiones, no tenía claro que su propuesta fuese a resultar útil; pero al menos sabía que así los demás tendrían algo que hacer y lo cierto es que daba la impresión de que todos se sentían un poco mejor.

Aquella noche, mientras se apretujaba contra Nason frente a la oscuridad, dobló la tapa de la lata casi por la mitad para hacer sobresalir uno de los bordes y poder asirla con más facilidad sin cortarse. La agarró con fuerza entre el pulgar y el resto de los dedos y tocó el filo con la otra mano.

No estaba tan aguzado como el de un a-taw, pero podría hacer un corte profundo si lo manejaba con la fuerza suficiente. Volvió a guardarla en el bolsillo y durmió mejor al sentir el contacto de su forma pequeña y dura.

Pasaron varios días. Los hombres les daban latas de alimento y botellas de agua por la mañana y por la noche, y cambiaban los baldes malolientes por otros limpios. Por la noche llevaban linternas con las que apuntaban al techo de la caja para observarlos comer a su reflejo. A Livia no le gustaba nada su expresión. Parecían gatos hambrientos contemplando a los ratones que han caído en una trampa. Daba la impresión de que querían de los niños algo que, por algún motivo, se abstenían de tomar. Al menos por el momento.

Durante la cuarta noche de navegación, los hombres olían a alcohol cuando aparecieron con la comida y el agua. Tenían el rostro rojo a la luz de las linternas y se relamían mientras veían a los pequeños alimentarse de las latas. Aquello hizo a Livia recordar lo que había dicho una de sus compañeras de cautiverio: que había oído hablar de hombres como aquellos, que comían niños. Aunque parecía demasiado horrible para ser verdad, su mirada febril y el modo como se frotaban la boca con el envés de la mano le decían que tenían intención de hacer algo malo. Pero ¿qué?

Cuando terminaron, una vez arrojadas a los baldes sucios las latas vacías, Cabeza Cuadrada, de pie a escasa distancia de Livia y Nason, miró a Calavera y alzó las cejas con gesto interrogante. Ante el mudo asentimiento del otro, el primero tomó a Nason por la muñeca. La pequeña lanzó un chillido e intentó liberarse.

—Ven aquí —dijo en tailandés Cabeza Cuadrada.

Livia asió a su hermana por la otra muñeca, tal como había hecho frente a la cabaña en un tiempo que a esas alturas le parecía muy remoto. Se sentía como si estuviera teniendo una pesadilla. ¿Para qué querían llevarse a Nason aquellos hombres? Pensó en la tapa doblada que tenía en el bolsillo de atrás; pero sabía que no iba a servirle de nada frente a tres hombres.

—¿Por qué os la lleváis? —gritó en tailandés—. ¿Por qué?

Él no dejaba de tirar, aunque solo con la fuerza necesaria para evitar que Livia la retuviera. Miró a Calavera como si aguardase a que tomara una decisión. El otro soltó una risotada y apuntó con la linterna al rostro de la mayor de las hermanas, que alzó una mano para protegerse de la luz cegadora sin soltar con la otra a la pequeña.

—Por diversión —respondió—. Nos la llevamos para divertirnos.

En un primer momento no lo entendió. ¿Para divertirse? ¿Iban a jugar con ella a algo? No tenía sentido. De pronto, sin embargo, lo entendió todo y se estremeció de horror.

—¡No! —exclamó—. No, por favor. No.

Calavera volvió a reír.

—¿No? ¿Por qué?

Livia luchó por contener las lágrimas.

—Es demasiado pequeña para divertirse con ella. Por favor.

Sintió que Calavera la miraba y tuvo la espantosa impresión de que la conocía, mejor de lo que se conocía ella misma. Estaba tratando de pensar qué hacer cuando él iluminó con la linterna a Nason y dijo a Cabeza Cuadrada:

—Ya está bien: llévatela.

El otro comenzó a tirar de nuevo y Livia se aferró con las dos manos a la muñeca de su hermana para retenerla; pero aquel hombre era demasiado fuerte. Nason miró a la mayor gritando:

—¡Labi! ¡Labi!

Los hombres la estaban arrastrando también a ella. No podía detenerlos, pero tampoco dejar que le hicieran aquello a Nason. No podía. Sin pensarlo, miró a Calavera y le pidió a voces:

—¡Llévame a mí! A ella, no: a mí.

Él, rojo ya por el alcohol, se ruborizó más aún. Las aletas de la nariz se le ensancharon al tomar aire antes de decir a Cabeza Cuadrada:

—Espera.

El otro dejó de tirar, aunque sin soltar la muñeca de Nason, y Calavera dirigió la luz de la linterna hacia Livia.

—¿Quieres que te llevemos a ti?

Ella agitó la cabeza con los ojos entornados.

—Es muy pequeña. Por favor.

—Y quieres que te llevemos a ti.

Livia ni siquiera pudo responder. Clavera se encogió de hombros y señaló con un gesto a Nason.

—De acuerdo —dijo a Cabeza Cuadrada—. Llévate a esta.

—¡No! —gritó Livia—. No, llevadme a mí. Quiero que me llevéis a mí.

Calavera la miró. Tenía los ojos hundidos y negros.

—¿Y si resulta que nos parece mejor ella?

—No, ella no es mejor. Por favor, llevadme a mí.

—¿Por qué?

—Porque ella es muy pequeña.

—¿Quieres decir que tú nos vas a dar más diversión?

Tan aliviada se sintió de ver que Calavera parecía estar escuchándola que apenas fue consciente de su propio miedo.

—Sí, yo doy más diversión. Por favor. Por favor, llevadme a mí.

Él hizo un gesto a Cabeza Cuadrada, quien soltó a Nason. Esta tropezó con Livia y se abrazó a ella llorando. Livia miró a Calavera. Proyectó la luz de la linterna en el techo y señaló a la puerta sonriendo.

—No pasa nada, pajarito —musitó ella—. No pasa nada: me tengo que ir con ellos, pero no voy a tardar. Verás qué pronto vuelvo.

Nason se apretó más contra su cuerpo.

—¿Por qué, Labi?

—Es un poco difícil de explicar. Tú, espera un poco, que yo vuelvo enseguida.

La pequeña meneó la cabeza y lloró desconsolada.

—Quiero irme a casa.

Livia pensó en sus padres y a punto estuvo de responder: «Ya no tenemos casa». Sin embargo, considerando que sería un acto de crueldad innecesaria, susurró:

—Yo también, pajarito. Yo también.

—¿Y por qué no?

—Intentaré encontrar la forma de hacerlo; pero, mientras tanto, necesito que seas valiente y esperes a que vuelva. ¿Cuento contigo?

—Es que yo no soy valiente, Labi. Yo no soy valiente.

—Eso no es verdad, pajarito. Sí que lo eres. Lo que pasa es que todavía no lo sabes; pero lo eres.

Livia trató de apartarse de ella, y Nason no la dejó. El corazón se le había acelerado. No conocía a aquellos hombres ni tenía un solo motivo para confiar en ellos… y muchos para no hacerlo. Ni siquiera eran lahu; y, aunque lo hubiesen sido, si sus propios padres habían sido capaces de una cosa así…

«¿Y si haces lo que quieren y rompen su promesa de no hacer daño a Nason?» Lo cierto es que no lo sabía: ni siquiera podía admitir por completo tal posibilidad. Tenía que intentarlo y se acabó. Si no lo hacía, le sería imposible perdonarse.

En ese momento se acercó Kai y rodeó a Nason con el brazo. Livia se soltó e hizo un gesto con la cabeza al recién llegado, que le respondió con el mismo movimiento. No pudo determinar qué debía de estar pensando el muchacho. Su hermana no había dejado de llorar, pero al menos tenía a alguien a su lado, alguien que se preocupaba por ella lo suficiente para tratar de consolarla.

Livia se enderezó, apretó la mandíbula para evitar que le temblaran los labios y salió por la puerta a lo que había en el exterior de la caja, fuera lo que fuese. Lo primero que notó fue el viento, frío, recio y limpio, que le hizo tomar conciencia de hasta qué punto se había enrarecido el aire de la caja.

Aunque el cielo estaba oscuro, debía de haber luces en algún lugar de la embarcación, ya que no le resultaba difícil ver. Miró a su alrededor con la intención de averiguar cualquier cosa que le pudiera ser de utilidad, por insignificante que fuese. Se hallaban de pie en un espacio alargado y estrecho delimitado por una pared alta de metal a un lado y otra columna de cajas apiladas al otro. En los extremos de aquel pasillo no se vislumbraba otra cosa que negrura. En lo más alejado de la pared había un poste elevado, semejante a un árbol dotado de luces desde la base a lo más alto. Tal vez si conseguía llegar a él y encaramarse pudiese ver más. Sin embargo, no veía el modo de alcanzarlo, ni siquiera en caso de echar a correr con más rapidez que los hombres. Además, no sabía lo que podía ocurrir a Nason si lo intentaba.

No estaba segura, pero el porte de aquel barco, el puerto y las letras de idioma extranjero que había visto le decían que debían de estar en el mar. La simple idea resultaba tan aterradora como desconcertante. Observó a los hombres mientras cerraban la puerta y apretaban los pernos. Aunque se trataba de un mecanismo sencillo, no vio el modo de que pudieran abrirlo desde dentro.

Le indicaron con un gesto que debía acompañarlos y ella obedeció.

Querían que cooperase y sabía que tenía que darles lo que querían o, de lo contrario, lo tomarían de Nason. Caminaron por lo que dedujo, por la dirección del viento, que debía de ser un costado del barco, de tal modo que dejaron las cajas a la derecha y el muro a la izquierda. Poco más adelante había un hueco entre las filas de contenedores, como si hubieran extraído o dejado fuera una columna de ellos. Los hombres le indicaron que pasara.

Livia, con el corazón acelerado y un nudo en la garganta, se introdujo en aquel espacio y ellos la siguieron de cerca.

Al llegar al centro se detuvo y dio media vuelta. Estaban a media luz y aquel lugar semejaba una jaula. Tenía columnas de cajas en tres de sus lados y el suelo estaba cubierto de algo que le pareció césped de mentira, pues, aunque la pobre iluminación le permitía distinguir cierto color verde, sus pies desnudos pisaban una superficie rasposa. Se preguntó vagamente por qué nadie iba a querer fabricar nada así. ¿Qué clase de mundo era aquel?

Uno de ellos se acercó. Cabeza Cuadrada. Su rostro no era más que una silueta y le fue imposible ver su expresión. Por algún motivo, aquello le resultó preferible: no quería verles el rostro. En aquel recinto se oía menos el sonido del viento y pudo oír la respiración agitada de aquel hombre al mismo tiempo que la observaba en el movimiento de su pecho.

—Ponte de rodillas —le ordenó en tailandés.

Ella no lo entendió. La había aterrado la idea de que fuesen a hacerle lo que se hacía para tener bebés; lo mismo que veían hacer a los perros ella y los demás niños lahu y oían hacer de cuando en cuando a sus padres. Pero, en ese caso, ¿por qué querían que se arrodillara?

Obedeció y se puso a llorar con la esperanza de que los hombres no pudiesen verla. Cabeza Cuadrada se abrió los pantalones y ella agitó la cabeza sin comprender. Él señaló la boca de la niña, luego a sí mismo y después de nuevo la boca de ella. Livia sintió que la invadía una oleada de náusea. No, no podía querer que… ¿Qué? ¿Que le besara… allí? ¡Qué asco!

¿Quién iba a querer hacer una cosa semejante?

Pensó en su familia y, al recordar a su padre con el puñado de baht en la mano, lloró más aún. Cabeza Cuadrada dio un paso más. Olía a curri, un condimento que a ella le había gustado siempre y que, de pronto, se le hizo repulsivo.

—Boca —dijo él en tailandés—. La boca.

Ella cerró los ojos, contuvo el aliento y trató de hacer lo que él quería.

Sin embargo, resultaba tan asqueroso que no dejó de dar arcadas hasta que, al final, apartó la cabeza con violencia y vomitó. Él esperó un momento y la hizo proseguir, agarrándola del pelo y entrando y saliendo de su boca a empellones mientras ella cerraba los ojos con fuerza y trataba con desesperación de pensar en algo hermoso, en un recuerdo feliz o en una imagen secreta que a aquellos hombres les fuera imposible conocer ni alcanzar en la vida. Aun así, no acudió nada a su cabeza. Conque, entre una basca y otra, pensó en Nason y en lo mucho peor que sería aquello si le estuviera ocurriendo a su pajarito en lugar de a ella. Se aferró a aquella idea y soportó así un segundo tras otro sin saber cuándo ni cómo iba a acabar su suplicio.

Al final, el hombre gruñó como si lo hubieran herido y salió algo de él, algo caliente, untuoso y baboso. Livia dio una arcada y trató de apartarse, pero él la agarró con más fuerza por el pelo sin dejar de moverse. Cuando al fin la soltó, la niña se inclinó hacia delante y volvió a arrojar.

Con Barbasucia ocurrió otro tanto, y, a continuación, con Calavera.

Cuando hubieron acabado todos, Livia se desplomó a un lado sobrecogida por la náusea. El estómago no dejaba de retorcérsele, pero ya no tenía nada que echar.

Los hombres encendieron cigarrillos y la observaron. Minutos después se le calmó el vientre. Escupió hasta quedarse con la boca seca y se incorporó. Calavera la miró sonriente y dijo:

—Sabes darnos diversión; mucha. Sigue así y no se lo haremos a tu hermana. ¿De acuerdo?

Aunque estaba demasiado cansada para responder, en medio del horror y la repugnancia, sintió un rayo diminuto de esperanza. Había protegido a Nason y podía volver a hacerlo en caso de ser necesario. Haría cualquier cosa por salvaguardar a su hermana.

Entonces ignoraba que, a la postre, aquello no iba a bastar.