Livia Lone

Barry Eisler · Capítulo 49 de 66

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Livia Lone

Capítulo 49

 

ENTONCES

Las noticias informaron la noche siguiente. Habían hallado muerto en una habitación de motel a Parker Crader, por mal nombre Park, natural de Campbell (California) y de cuarenta años de edad. La policía estaba considerando la hipótesis de que una prostituta lo hubiera llevado allí engañado para que lo asaltara y estrangulase un cómplice que debía de estar esperándolos. Crader tenía antecedentes: dos cargos por violación. En ambos casos la víctima había sido una trabajadora sexual y el lugar de los hechos, una habitación de motel. Las dos veces había conseguido que se tuviera por agresión menor. Llevaba menos de un año en libertad. Los investigadores suponían que debía de haber sufrido el desquite de una víctima que tenía relación con algún matón o podía permitirse contratar a uno. Al parecer, a nadie se le pasó por la cabeza que pudiese haber sido una mujer quien lo estrangulara.

Aunque el portavoz de la policía declaró que estaban siguiendo una serie de pistas, Livia tuvo la impresión de que se refería a las mujeres que habían llevado a Crader ante los tribunales por violación. Estas debían de tener coartada y, en caso contrario, no iba a ser fácil que las situaran en la habitación del motel en el momento de la muerte de Crader. Todo el mundo sabía que la policía de San José tenía demasiados asuntos de los que ocuparse, pues la ciudad, entre otras cosas, tenía un problema serio de bandas. Pensó en lo que le había contado Rick de su trabajo, en los criterios que determinaban las pistas que había que seguir y los casos a los que había que dar prioridad, y llegó a la conclusión de que, a no ser que obtuvieran resultados de inmediato, dudaba mucho que los detectives de homicidios fuesen a invertir mucho tiempo en tratar de resolver el asesinato de semejante personaje. Quizá se había quedado corta al pensar que eran muchas las probabilidades de que no la relacionaran con él.

De cualquier modo, no podía evitar cierta inquietud al respecto, sobre todo a altas horas de la noche, cuando estaba sola en su cama. No obstante, después de una semana sin noticias del caso, comenzó a aumentar su confianza. Cuando tocaba a su final el semestre, de hecho, apenas pensaba en él.

Si no era, claro, para fantasear al respecto de cuando en cuando.

 

El resto de su vida universitaria transcurrió sin incidentes. A veces, cuando se hacían insoportables las ansias de tener un encuentro peligroso, montaba en la Ninja y buscaba un bar propicio. Después de aquella primera vez, se aseguraba siempre de salir de San José y procuraba no seguir una pauta a la que fuera fácil seguir la pista. De ese modo visitó Salinas, Bakersfield, Visalia, Stockton… Si a alguien se le ocurría en algún momento situar en un mapa cualquiera de las muertes resultantes, San José quedaría siempre en la periferia. Todo apuntaría más bien a Fresno como centro de operaciones. Aunque no era muy probable que nadie hiciera tal cosa, dado que los que iban cayendo a su paso eran degenerados a todas luces, había aprendido a andarse con ojo.

En el fondo, sabía que aquella afición suya, tal como gustaba de pensar en ella con cierto espíritu jocoso, era de locos. Tenía claro que nadie habría sido nunca capaz de entenderla y tomar conciencia de ello no hacía sino agudizar su convencimiento de que era diferente de los demás, una especie aparte, humana por fuera pero alienígena bajo la superficie. No obstante, todo eso le daba igual. Se imaginaba toda una vida de tratamiento dirigido por un psicoterapeuta a quien le sería imposible tener la menor idea de lo que suponía que lo vendiesen los padres de uno como a un animal de granja. Ni ser víctima de abusos tras aquello. Ni verse incapaz de evitar a una hermana el mismo destino, aun después de sobornar a sus agresores con la moneda más desesperada a la que podía recurrir con trece años.

Sí, tal vez debería hacerlo. O quizá era mejor mandar a paseo semejante idea y hacer frente a la situación a su manera: mantener sus secretos bien enterrados, como siempre había hecho, y librar al mundo de un puñado de monstruos ya de paso. No tenía que dar explicaciones a nadie ni justificarse ante nadie: lo que hacía era asunto suyo y nadie tenía por qué saber nada al respecto.

Viajó a los Juegos de Pequín en calidad de suplente y, aunque no compitió, fue consciente del logro que suponía formar parte del equipo olímpico. Todo el mundo decía que los de Londres serían los suyos. Sabía que quizá tuviesen razón. Al cabo, tenía solo veinte años y, por lo tanto, aún le quedaba una década, tal vez más, para ver pasar su mejor momento en cuanto a forma física. Tenía tiempo de sobra para mejorar su técnica. Sabía que era muy posible obtener en las Olimpíadas una medalla que bien podía ser de oro.

Pese a todo, nunca había dejado de querer ser policía. Seguía susurrando sus votos una noche tras otra y creía en ellos desde lo más profundo de su ser.

Eran más que palabras sin sustancia, más que un mantra vacío o que una tradición que hubiera perdido su significado. Podía ser que Nason la necesitase. Una cosa era estudiar criminología y obtener un título universitario, pues lo había concebido todo como un medio para hacerse mejor policía y estaba convencida de que valía la pena, y otra muy distinta consagrar cuatro años más al judo para poder optar a ganar una medalla.

¿Cómo iba a explicar una cosa así a Nason o a justificárselo a sí misma?

Además, por satisfactorio que pudiera ser saber que los hombres a los que había matado, empezando por el señor Lone, no iban a volver a hacer daño a nadie, lo cierto es que no le resultaba suficiente. No pretendía engañarse: sabía que ansiaba la excitación sexual que le procuraba el acto de matar a violadores en potencia; pero ese no era el único motivo. Rick había estado en lo cierto: Livia era un perro pastor; necesitaba proteger a las personas, personas como Nason, y se sentía limitada, menoscabada, incompleta si no se dedicaba a ello. Había muchos depredadores que acechaban, aguardaban la ocasión de dañar a alguien y arruinarle la vida… y no dudaban en hacerlo cuando se les presentaba. Los odiaba. Necesitaba combatirlos. No solo a ratos, sino a tiempo completo.

Y ya había esperado demasiado.