Livia Lone
Capítulo 23
AHORA
Masnick tenía mucho cuidado con su teléfono desechable, que mantenía apagado la mayor parte del tiempo y nunca encendía al lado del que usaba habitualmente. Sin embargo, una vez que supo que el primero era suyo, Livia solo tuvo que seguir la pista al segundo. Por lo tanto, cuando su teléfono personal delató su presencia en el Trader Joe’s de Shoreline dos días después de la conversación que le había oído mantener con Jardin, no dudó en acudir a dicho supermercado y llenar el carrito con varios platos precocinados, una caja de bayas surtidas, un paquete de cereales y alguna que otra botella de vino.
Masnick se encontraba ocupado leyendo con atención los nombres de los interminables expositores refrigerados en que se mostraban al público cervezas con nombres como Ice Harbor Runaway Red Ale, Reuben’s Brews Robust Porter o Snoqualmie Falls Wildcat IPA. Se dirigió hacia él sin apartar la mirada de los estantes y se dejó llevar hasta hacer chocar los dos coches con un sonido metálico.
—¡Ay! —exclamó—. Lo siento. A ver si aprendo a mirar por dónde voy.
Él la miró a la cara y bajó luego la vista para apreciar el resto de su persona. Llevaba mallas de deporte destinadas a atraer su atención, pues, aunque no dudaba de lo que sentía por Jardin, también sabía que la especie de los Hammerhead no era precisamente proverbial por su monogamia.
—Tranquila —dijo él sonriente mientras posaba sus ojos en los de ella—: no pasa nada.
Ella le devolvió el gesto.
—Esto me pasa por salir de compras antes del café de la mañana. Todavía tengo que enterarme bien de dónde está todo.
—¿No eres de aquí?
—Acabo de llegar de San Francisco y aún estoy haciéndome a la ciudad.
—Pues, si lo que quieres es café, no hay mejor sitio que Seattle.
—Eso me han dicho, aunque, si quieres mi opinión, es muy difícil superar a San Francisco en ese terreno. ¿Me recomiendas algún sitio en particular?
Él soltó una carcajada.
—Yo voy siempre a uno que se llama Black Rock. Aquí, en Shoreline, hay mucha menos variedad que en Seattle o en San Francisco, supongo; pero Black Rock no tiene nada que envidiarles.
Ella inclinó la cabeza con gesto de reconocimiento.
—Gracias. Yo soy Suzy, por cierto.
—Encantado de conocerte, Suzy —respondió él tendiéndole la mano tras recorrer de nuevo con la mirada el cuerpo de ella—. Yo soy Mike.
Livia le estrechó la mano y la mantuvo en contacto con la suya un pelín más de lo que mandan las normas del decoro.
—En fin, Mike, ¿te importa si aprovecho la confianza que acabamos de adquirir para hacerte otra pregunta sobre la ciudad?
Él echó un vistazo al carrito de ella, cuyo contenido ya le decía que vivía sola, que gustaba de tomar una copa de vino mientras calentaba la cena en el microondas para ir suavizando tensiones, y quizá otra con la comida para acabar de limarlas… y tal vez una más después en la sobremesa con la intención de tirarlas definitivamente a la basura.
—¡Qué va! Encantado de ser útil.
—Resulta que tengo un cruce de westie, Ginger se llama, y no sé dónde puedo soltarla para que juegue.
—Muy fácil: llévala a Saltwater Park.
—¿Sí?
—Claro. Está en la playa de Richmond. Aquí mismo, en Shoreline. — Volvió a mirarla de arriba abajo—. Yo diría que te gusta estar en forma, ¿verdad?
—Has dado en la tecla.
—Pues no sabes la de ejercicio que puedes hacer allí subiendo y bajando escaleras. —Sonrió—. Yo voy mucho al atardecer. Hoy posiblemente me pase por allí. ¿Por qué no vienes y así conozco a Ginger?
Ella respondió con una sonrisa:
—A lo mejor lo hago, Mike.