Livia Lone

Barry Eisler · Capítulo 31 de 66

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Livia Lone

Capítulo 31

 

ENTONCES

Malcolm tenía razón: los dos entraron en el equipo pese a ser de primer año. Sean era bueno, pero Livia era mejor: no sufrió una sola derrota en su categoría en las rondas preliminares y perdió solo ante un oponente más fuerte y experimentado en las semifinales del torneo estatal; lo que la situó en el tercer puesto en la clasificación general del estado. La gente dejó de reírse de ella y, de alguna manera, la palabra lahu, que habían usado los abusones para zaherirla, se convirtió en algo así como un grito de guerra que coreaban los aficionados de Llewellyn en el graderío (¡La-hu, La-hu!) para animarla cuando salía a combatir.

Aquella popularidad creciente resultaba perturbadora. Todavía no había perdido su timidez. Todavía no había superado el miedo a que le arrebataran cuanto pudiese tener en un instante tan repentino como horrible. Y el secreto de lo que la habían obligado a hacer durante el viaje a Portland, y de lo que aún la forzaba a hacer el señor Lone en su propia casa, hacía que se sintiera avergonzada y apartada. Sabía que no iba a entenderlo nadie; que, si alguien lo averiguaba en algún momento, la tratarían como un ser enfermo y contaminado. Y lo más horrible era que sabía que estarían en lo cierto: estaba contaminada, mancillada. Peor aún: era una fracasada, un fiasco, porque no solo no había sido capaz de proteger a Nason, sino que había incitado a Calavera y a sus hombres a hacerle un daño atroz; tanto, que la mente de su pajarito había… echado a volar sin más. El único modo que tenía de soportar el asco que se daba a sí misma en ocasiones consistía en erigir un muro a su alrededor centrándose en la escuela, el jiujitsu y la lucha. Sin embargo, aquella defensa se desmoronaría si alguien llegase a conocer la verdad. Y nunca, jamás, pensaba dejar que ocurriera tal cosa.

En su mayoría, sus compañeros varones parecían intimidados por aquella chiquilla avezada a derrotar a los niños sobre el tatami. Sin embargo, a algunos no parecía importarles tanto, y hubo quienes empezaron a querer salir con ella. Ella siempre les decía que no tenía tiempo. A veces le preguntaban si Sean era su novio. Este había dejado de tartamudear como quien deja atrás su infancia y ya nadie se reía de él. Ella siempre respondía que no: Sean era su amigo y su compañero de jiujitsu; nada más. Lo decía porque era cierto, aunque a veces lo sorprendía mirándola de un modo que la hacía dudar. Los más impertinentes le preguntaban si no sería que le gustaban las chicas. Ella creía que no: no le gustaba nadie. Cuanto sabía del sexo era doloroso, humillante y repulsivo. No entendía qué veía todo el mundo de fascinante en él. Lo único que deseaba con más fuerza que ver al señor Lone cansándose de ella era dar con Nason. Le habría encantado verse alejada de toda relación con el sexo durante el resto de su vida.

 

En las rondas preliminares de su segundo año también resultó invicta. El diario publicó artículos sobre ella en la que la describían como un «fenómeno». Los periodistas la entrevistaban una y otra vez. En tales ocasiones se aseguraban de dejar claro lo maravilloso que era que los Lone la hubiesen acogido y de preguntarle si atribuía al menos parte de su éxito al ejemplo de trabajador incansable de su benefactor. Ella trataba de decir lo menos posible por miedo a causar problemas si hacía un comentario poco afortunado.

A veces acudía a los combates el señor Lone. Ella prefería que no lo hiciera, porque resultaba asqueroso que la observara haciendo algo que amaba tanto. Y aunque cada vez se había convencido más de que él nunca iba a considerarla otra cosa que una niñita indefensa, seguía sin considerar muy buena idea que la viese hacer morder el polvo a rivales del sexo opuesto, por más que fueran adolescentes de su tamaño y no hombres altos y maduros como él.

De hecho, lejos de parecer preocupado por su pericia sobre el tatami, daba la impresión de disfrutar con ella. Lo cierto es que no cabía extrañarse: nadie dudaba en atribuirle los éxitos de la pequeña. Uno de sus profesores le había hablado del mito griego del rey Midas, que trocaba en oro cuanto tocaba, y, aunque versaba sobre una maldición, no sobre una dicha, ella estaba convencida de que el señor Lone deseaba que lo viesen así: como alguien capaz de convertirlo todo en aquel metal precioso. Presumía de negocio, de dinero y, ahora, también de aquella niña lahu que había adoptado, aquel prodigio para la lucha que, además, no bajaba del sobresaliente en los estudios. La irritaba verlo disfrutar de aquella gloria que no le pertenecía. Sin embargo, trataba de no pensar demasiado en ello y trataba de hacer el menor caso posible a su presencia cuando lo veía en las gradas. Se había habituado a reprimir sus sentimientos cuando hacía lo del cuarto de baño y no resultaba difícil acallarlos en cualquier otra situación.

Livia y Sean fueron los únicos luchadores de Llewellyn que lograron clasificarse aquel año para el campeonato estatal, en las categorías de cincuenta y cincuenta y cinco kilos respectivamente. Él quedó cuarto y ella segunda al verse inmovilizada contra el suelo, de nuevo por alguien mayor que ella, en la tercera ronda de las finales. Cuando dejó el tatami, furiosa consigo misma y a punto de llorar, no solo por haber perdido, sino por el horror que le producía la forma en que lo había hecho, la estaban esperando los periodistas. Respiró hondo para tranquilizarse.

Después de atender a quienes deseaban entrevistarla y felicitarla, comenzado ya el combate siguiente, se apartó a un rincón del gimnasio para hacer sus estiramientos. Había visto al señor Lone entre el público, pero eran raras las veces que se acercaba a hablar con ella en aquellas ocasiones, pues sabía que la pequeña iba a hacer caso omiso de su presencia. Quienes caminaban en aquel momento hacia ella eran Sean y su padre, quien los había llevado a ambos al torneo. Dobló la cintura para tocarse los dedos de los pies y se tomó un instante para recobrarse, pues al verlos a los dos había empezado a emocionarse de nuevo.

Cuando estuvo lista, volvió a erguirse. Los dos se habían detenido a poco más de un metro y la observaban con gesto respetuoso. No se acercaron a abrazarla, ya que sabían que, fuera del tatami, no quería que la tocasen.

—Has estado impresionante.

Aunque ella no lo creía, lo cierto es que no podía decirlo sin menospreciarlo a él de forma implícita, pues, al cabo, no había llegado a la final. Por lo tanto, se limitó a decir:

—Tú también.

—No, no: lo tuyo ha sido impresionante de verdad.

Tanta sinceridad había en sus palabras que Livia no pudo evitar sonreír.

—Gracias.

—Felicidades, pequeña —dijo Malcolm—. No hemos querido venir antes por no robarte ese momento con tus admiradores. Te adoran.

Aquello fue a dilatar su sonrisa.

—¿Quieres algo? —preguntó Sean.

Ella reparó en que tenía sed.

—Pues la verdad es que no me vendría mal un Gatorade.

—Voy por uno al puesto. ¿Tú quieres algo, papá?

Malcolm meneó la cabeza.

—Estoy bien.

—De acuerdo. ¡Ahora vuelvo!

Sean se alejó y Malcolm lo observó un instante antes de volverse de nuevo hacia Livia.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó.

Ella se encogió de hombros. Él la miraba de un modo… y la niña sabía que, si intentaba decir algo, se echaría a llorar.

—¿Te odias por haber perdido?

Ella asintió con la cabeza mientras sentía que se le llenaban de lágrimas los ojos.

—Me ha inmovilizado contra el suelo —masculló.

Malcolm se puso en cuclillas para quedar por debajo de su altura.

—Pequeña —dijo con una voz emocionada que la sorprendió—. Si fueras mi hija, no podría estar más orgulloso de ti.

Ella pestañeó por tratar en vano de contener las lágrimas.

—Pero he perdido.

—No, has ganado. Has ganado cada uno de los combates de esta temporada hasta llegar a este. Y ese muchacho es mayor que tú, tiene dos años más de experiencia y mucha más fuerza en el torso. Ten en cuenta que los niños no van a hacerse más fuertes. Sin embargo, tú no dejas de mejorar tu técnica. El año que viene será tu año. Y el siguiente, también: ya no hay quien te detenga. Y te puedo asegurar que no van a volver a inmovilizarte en el suelo. Créeme.

Ella deseaba hacerlo. Aquello hizo que llorase más aún.

—Quiero que sepas una cosa —dijo él—. Solo la voy a decir una vez y porque no está Sean.

Ella se enjugó las lágrimas con la manga de la sudadera y lo miró con gesto confundido.

—Has sido muy buena amiga para mi hijo; la mejor que ha tenido nunca.

Y no estoy en posición ni tengo intención de compararos. Os quiero a los dos.

Livia había oído decirle eso antes a Sean, pero nunca a ella. Ni siquiera sus propios padres se lo habían dicho jamás: no era común entre los lahu. De todos modos, por supuesto, aunque lo hubieran hecho, a esas alturas ella sabría que habían mentido. Sin embargo, cuando lo decía Malcolm… resultaba desconcertante. Lo creía, pero no quería hacerlo. Oírselo la hacía sentir bien y la entristecía al mismo tiempo. Era como si las palabras de él estuvieran tirando de algo que ella quería dejar escapar sin lograrlo.

—La cosa —prosiguió Malcolm— es que Sean tiene talento. Mucho. Y además no le falta disciplina.

—Lo sé.

Él negó con la cabeza.

—Pero no como tú. Como tú solo hay una entre un millón. Eres la clase de atleta que la mayoría de los entrenadores pasan toda una vida esperando, en vano casi siempre. —Dirigió la mirada al suelo para volver a posarla en ella al instante—. Lo más seguro es que Sean compita siendo universitario.

Todavía no lo ha decidido, pero, si lo hace, sé que va a ser bueno y va a tener todo mi apoyo.

Livia no entendía qué estaba intentando decirle.

—Lo sé —repitió.

La mirada de él era intensa, casi feroz.

—Pero tú puedes ser mejor que buena, Livia. Tu talento podría llevarte a donde tú quisieras. A cualquier parte. A lo más alto. No sé si eres consciente, pero quiero que lo sepas. Tal vez no te lo dice nadie más, y eso sería una lástima, porque a veces necesitamos que nos lo diga alguien más. Por eso te lo digo yo, ¿de acuerdo? No importa lo lejos que quieras llegar: tienes el billete de tu talento. Y si no lo crees, estás cometiendo el peor error que pueda imaginar.

Ella se echó a llorar de nuevo. Quería pensar, con todas sus fuerzas, que hablaba en serio; creer que, pese a todo lo demás, tenía algo que podía considerarse especial, valioso.

—Sabes que lo digo de verdad, ¿no?

Ella asintió con aire poco convencido.

—¿Te he dicho alguna vez algo que resultara no ser cierto?

Livia agitó la cabeza.

—Quiero oírtelo decir.

Ella se aclaró la garganta y lo miró:

—Te creo.

—Bien. Sin embargo, hay algo más importante que eso.

—¿Qué? —preguntó ella sin apartar la mirada.

Él la señaló con un dedo.

—Que creas en ti misma. Pase lo que pase. ¿Me entiendes? Tienes que creer en ti misma y saber que no hay nada que te vaya a detener jamás.

Quería darle las gracias, pero se le había hecho un nudo en la garganta que retenía las palabras. Lo único que lograba hacer era asentir con la cabeza.

Con todo, no hacía falta nada más. Malcolm puso una mano de ella entre las suyas y la estrechó. Ella estuvo a punto de apartarla por costumbre, pero no lo hizo: estaba bien.

—La vida te va a sonreír, pequeña. Tienes quien se preocupe por ti.

Livia vio llegar a Sean y apartó la mano para secarse la cara.

—¡Oye! —dijo su amigo, y la inquietud que leyó en sus ojos amenazó con provocarle otro llanto.

El recién llegado le tendió el Gatorade. Ella desenroscó el tapón, se llevó la botella a los labios, inclinó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y bebió. Cuando había dado cuenta de la mitad de la bebida recobró el dominio de sí misma. Se llenó los pulmones de aire y dijo:

—Gracias.

Sean agitó la cabeza.

—El año que viene vas a ganar todos los combates, Livia. Campeona estatal, seguro.

Ella consiguió sonreír.

—Hablas igual que tu padre —dijo.

Todos se echaron a reír.

En el viaje de vuelta, desde el asiento de atrás del vehículo de Malcolm se preguntó si de veras podría llegar a ser tan buena como había dicho él. No dudaba de que hablaba en serio, pero, al mismo tiempo… Había algo malo en ella, algo que había provocado tantas desgracias, para ella y, sobre todo, para Nason. Conseguía olvidarlo cuando entrenaba y cuando competía, y a veces también cuando dormía, siempre que no tuviera pesadillas.

Sin embargo, nunca desaparecía del todo. Siempre estaba presente y ella sabía que nunca la iba a abandonar.