Livia Lone

Barry Eisler · Capítulo 2 de 66

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Livia Lone

Capítulo 2

 

AHORA

Livia sabía que todo cuanto no llegase a cinco minutos sería insuficiente. Por lo tanto, mantuvo la presión de la llave estranguladora, respirando con regularidad a fin de disminuir el ritmo de su corazón, al mismo tiempo que alargaba el cuello a un lado y a otro para asegurarse de que seguían solos. No hacía mal en preocuparse. A aquellas horas de la noche, ¿qué parque no iba a estar desierto? Por eso había querido Billy ir allí, y la miel que atrae a la mosca atrae también a la moscarda.

Mientras esperaba, recorrió con la punta de los dedos sus manos y su cara, las únicas partes del cuerpo que no llevaba cubiertas de licra gruesa.

Aunque dudaba que su atacante se las hubiese compuesto siquiera para tocarle la piel, siempre era mejor asegurarse. No encontró ningún arañazo, lo que quería decir que él no tenía rastros de su ADN bajo las uñas. Seguía teniendo la peluca en su sitio, sobre la redecilla con la que se había cubierto el pelo; con lo que tampoco sería posible dar con un cabello que la delatase.

Por el expediente de Billy —la misma documentación que le había dicho dónde podía dar con él— sabía que no era precisamente el más popular de los Hammerhead. No era más que un soldado prescindible, cierto es; pero su inclinación a las violaciones estaba haciendo de él una verdadera carga para la banda. Con un arresto más se encontraría en tal apuro que quizá no le importase testificar contra alguno de sus superiores. Quienes, por supuesto, podían haberse propuesto evitar tal cosa. Esa era, al menos, la teoría de Livia, que era de lo más sagaz con que contaba la policía.

Por si lo de los Hammerhead fuera poco, Billy tenía deudas de juego y de drogas, además de enemigos de su estancia en prisión; por lo que la lista de sospechosos con la que tendría que vérselas la comisaría de Marysville no iba a ser menuda. De todos modos, ¿de veras iban a esforzarse? Los violadores racistas con antecedentes penales que aparecían muertos sin más no solían atraer mucha atención por parte de los investigadores. Por supuesto, irían a preguntar al bar de Ray y sabrían de la joven asiática que llevaba el pelo o la peluca de color rubio platino. ¿Y qué? Aunque el detective de turno fuese lo bastante entusiasta para ponerse a buscar pruebas, lo único que había tocado ella en el establecimiento era el pie de su copa de vino, que había limpiado discretamente con una servilleta antes de salir. Además, después de dar el último sorbo se había llevado consigo el recipiente al lavabo para limpiarlo con una toallita de agua oxigenada por si a alguien —cosa poco probable, aunque posible— se le ocurría buscar algún rastro de la saliva de la mujer misteriosa. Si Billy hubiese preguntado por qué se llevaba la copa a los servicios, le habría contestado con una sonrisa que había oído demasiadas historias sobre violadores que ponen drogas en la bebida para dejar la suya sola en una barra. Sin embargo, él no la había visto, o tal vez sí, pero no le había importado. Por otro lado, había una cámara de seguridad en la entrada; pero había tenido cuidado de agachar la cabeza al pasar por debajo. De todos modos, además de la peluca llevaba mucho maquillaje y gafas sin graduar, y había hecho ver que tenía diez años menos de los treinta que en realidad había cumplido. La joven asiática del cabello rubio platino no iba a llevar a ninguna parte a los investigadores, quienes supondrían que, quienquiera que fuese, debía de haber hecho de señuelo, de carnaza enviada al bar favorito de Billy por algún enemigo que quería atraerlo hasta el parque, en donde debía de haber estado apostado el cómplice que lo había asaltado por detrás para estrangularlo.

Cuando estuvo convencida de que no había la menor probabilidad de reanimación, soltó la presa y salió de debajo del cuerpo. De pie, miró a su alrededor y se preparó para recoger su equipo y esfumarse si era necesario; pero el parque seguía sumido en una quietud total. Bajó la mirada por un instante al rostro de él, blanquecino a la luz desvaída de la luna y con los ojos fijos en un punto situado más allá de ella y la boca abierta de par en par formando una mueca grotesca de asombro. Y se sintió fuerte, satisfecha, triunfante, viva.

Pero aún era pronto para sentimientos: tenía que concentrarse. Sacó de la mochila las toallitas de agua oxigenada y las pasó con rapidez por los dedos de él, asegurándose de empapar bien el interior de las uñas. Aunque se trataba quizá de una precaución innecesaria, la adrenalina que aún la invadía podía haberle impedido sentir un posible arañazo, en el momento de recibirlo o aun después. Volvió a calzarse las chancletas, tomó la bolsa y la sudadera y cruzó ligera el parque hasta una caseta de mantenimiento situada en el extremo noroeste. Dio una vuelta completa a su alrededor para confirmar que estaba sola, sin adolescentes entregados a labores sexuales ni vagabundos de Marysville pasando allí la noche, y se detuvo en el lado más alejado de la calle para mirar y escuchar. Nada.

A continuación puso la mochila en el suelo, abrió la cremallera y sacó una bolsa de basura de jardinería resistente. Se descalzó y se quitó las mallas y la camiseta como un cirujano que se deshace de los guantes de látex tras la operación, cubriendo el interior con el exterior para hacer menor el riesgo de contaminación. Lo último fue el sostén, que lanzó sobre el resto de prendas antes de detenerse al sentir de pronto la brisa ligera y el delicioso frescor que envolvió su cuerpo. «Ahora, no: luego.»

Se puso de rodillas y metió todo en la bolsa de basura, incluidas la peluca y las gafas, y, tras sacar el exceso de aire, le hizo un nudo. De la mochila sacó entonces una muda interior, un mono de cuero de motociclista, guantes, botas y un casco con visera, así como una riñonera en la que escondía su arma reglamentaria, una Glock 26. Se lo colocó todo antes de meter la bolsa de basura en la mochila, deslizar los brazos por las correas de esta y salir del parque por una calle residencial. A lo lejos ladró un perro una sola vez antes de que el lugar volviera a quedar en silencio. Fuera de aquello, no se oyó nada más.

Al llegar a la intersección de una carretera de cuatro carriles, se mantuvo oculta en la sombra hasta que la rebasaron dos vehículos noctámbulos y volvió a hacerse el silencio, y a continuación bajó la visera y cruzó la calzada en dirección al estacionamiento del motel en que había dejado la moto. No era la que tenía registrada a su nombre, pues, aunque amaba aquella Ducati Streetfighter sobre todas sus demás posesiones, resultaba demasiado peculiar y, por lo tanto, demasiado fácil de recordar para lo que acababa de hacer: para noches como aquella usaba una que había montado ella misma con piezas procedentes, sobre todo, de una Kawasaki Ninja 650. Dado que este era uno de los modelos más populares de los alrededores, podía confiar en que nadie le prestaría mucha atención. Y puesto que la guardaba lejos de su vivienda, tampoco era probable que la relacionasen con ella.

Allí estaba, estacionada donde la había dejado. Abrió el candado de disco, desbloqueó la dirección y quitó el cable de seguridad con que había unido la rueda de atrás a una señal de tráfico. Metió este último en la mochila y sacó de ella un chaleco fluorescente que se colocó sobre la chaqueta de cuero a fin de eliminar cuanto pudiese haber de furtivo en su aspecto convirtiéndose en poco más que una simple ciudadana honrada y conductora responsable, de las que hacen que la poli se relaje. De las que los agentes pasan por alto.

Salió por el lado opuesto del estacionamiento, en primera y con el motor rugiendo suavemente. Tres minutos después se encontraba en la interestatal número 5 en dirección al sur con el viento pasando a su lado como un látigo, la válvula del combustible abierta y la motocicleta vibrando entre sus muslos.

Se resistió a la tentación de acelerar más, porque no quería correr riesgos innecesarios. Aun cuando los agentes de tráfico pudiesen estar dispuestos a ofrecer un mínimo de cortesía profesional a una compañera, si la hacían detenerse era irremediable que la situaran en torno al lugar y la hora en los que Billy se había desprendido de las vicisitudes de esta vida. Y aunque se sabía muy capaz de eludir a quien quisiera obligarla a parar en la cuneta, era consciente de los riesgos que llevaría aparejados una persecución a gran velocidad.

Si bien esta clase de consideraciones era común cada vez que daba caza a un asqueroso violador reincidente de los que se libraban de la pena que merecían alegando haber incurrido en un delito menor, en aquella ocasión había más aún en juego, pues la muerte de aquel asqueroso violador en particular iba a ser motivo de un funeral por todo lo alto, una despedida propia de los defensores de la superioridad blanca a la que asistiría al completo la banda de los Hammerhead. Y la ceremonia iba a ofrecer a Livia la información que necesitaba para hacerse con el verdadero trofeo: Timothy Tyler, llamado el Hierba, uno de los peces gordos del grupo, que estaba a punto de culminar los dieciséis años de condena que cumplía en Victorville.

La última vez que lo había visto, Tyler se contaba entre quienes la habían secuestrado. Y lo cierto es que era la única persona con vida que estaba en situación de informarla de lo que había ocurrido a su hermana, Nason. Nason, su pajarito, desaparecida desde que ambas habían sido víctimas de trata desde Tailandia siendo niñas.