Livia Lone
Capítulo 51
AHORA
Reconoció a Tyler en el instante mismo en que se abrió la puerta de madera. Por supuesto, había envejecido en prisión, más aún de los dieciséis años que habían transcurrido desde la última vez que lo había visto Livia, a bordo de la embarcación de Portland, porque entonces tenía unos veinticinco y el hombre que tenía delante daba la impresión de estar rozando los cincuenta. Tenía la piel flácida y una telaraña de arrugas alrededor de los ojos. Sin embargo, los andares, la expresión y aquella actitud de ni se te ocurra jugar conmigo eran idénticos a los que recordaba. Llevaba remangado el forro polar y enseñaba los tatuajes que ella conocía ya, aunque en la gabarra no había entendido lo que significaban aquellos rayos y cruces de hierro con los que se identificaban quienes defendían la superioridad de los blancos. Tal vez llevaría otros mucho peores bajo la camisa. Si en el barco había contrastado por su complexión flaca y nervuda con la corpulencia de los otros dos, en el presente había perdido toda delgadez por la presencia de unos diez kilos de músculo nuevo. Al cabo, en la cárcel no hay mucho que hacer además de gimnasia.
El corazón empezó a latirle con fuerza a medida que la asaltaban todas las emociones de aquel tiempo horrible. Cerró un momento los ojos para concentrarse en la respiración como había hecho en otro tiempo antes de los combates para deshacerse de los nervios y afirmarse en el convencimiento de que había entrenado para eso, de que podía hacerlo, de que estaba lista.
Llevaba una bolsa de gimnasio colgada del hombro que debía de contener las metanfetaminas, sin lugar a dudas. Habría sido muy estúpido dejarlas en la camioneta, ni siquiera para una estancia corta en el baño. Lo vio reparar en su presencia y examinar los alrededores, igual que había hecho ella. Giró la cabeza a un lado y a otro para confirmar que no había nadie más, que no se trataba de ningún atraco ni nada por el estilo, y, cuando advirtió que no se trataba sino de una joven asiática chiquita y muy agradable a la vista que debía de estar de paseo, relajó los hombros y, sonriente, se acercó a ella tal como había esperado.
—¿Le pasa algo al motor? —dijo, alzando la voz por encima del viento, cuando apenas se encontraba a tres metros.
—Nada que vaya a poder conmigo, gracias.
Vio que llevaba la bolsa abierta y dio por sentado que llevaba un arma dentro. Mejor: sabiéndolo, estaría más relajado, más confiado. Por lo demás, aquella circunstancia no cambiaba nada la situación, porque Livia tenía ya empuñada la Glock desde el otro lado del motor. Él no podía verla y ella estaba convencida de que sería más rápida que lo que pudiese intentar él sacar de la bolsa o de cualquier otro sitio.
—¿Seguro? —preguntó mientras se acercaba más aún—. Se me dan muy bien los motores. Una Ninja preciosa, por cierto. Yo solo uso Harley, pero, oye, tiene que haber de todo en este mundo.
Ella lo miró por encima del asiento de la motocicleta.
—No te acuerdas de mí, ¿verdad?
Él frunció el ceño.
—¿Que si me acuerdo de ti?
—Sí. ¿A tantas niñas de trece años has secuestrado y llevado de Llewellyn a Portland a bordo de una gabarra?
Tyler entornó los ojos y Livia los vio cambiar cuando la reconoció. Y también percibió su miedo. Acto seguido, sin embargo, adoptó un gesto más severo para preguntar:
—¿De qué demonios va esto?
—O sea, que te acuerdas.
Él volvió a mirar los alrededores.
—¡Yo qué sé si me acuerdo o no de ti!
—Entonces, ¿qué haces mirando por encima de tu hombro?
Tyler vaciló un segundo antes de insistir:
—No sé de qué me hablas. Perdona, pero tengo cosas que hacer.
Dicho esto, echó a andar en dirección a la camioneta.
—Querrás decir anfetas que entregar.
Él dejó de andar y ella, leyendo sus pensamientos, levantó la Glock que tenía oculta con la Ninja y le apuntó al pecho.
—Ni se te ocurra. Policía de Seattle —añadió sacando la placa del bolsillo de la chaqueta y dejándola en alto para que pudiese verla.
Él perdió buena parte de su color y comenzó a respirar de forma apresurada. Viendo que podía sufrir un ataque de pánico, hacer algo catastrófico y serle, por lo tanto, totalmente inútil, Livia le dijo:
—Tranquilo, Hierba: no he venido a detenerte, sino a hablar contigo.
—Pero ¿qué es esto?
Ella echó un vistazo a la mesa del merendero.
—¿Por qué no nos sentamos? Así estaremos más cómodos. Tendremos que ponernos al día de nuestras cosas, ¿no?
Él meneó la cabeza.
—Si piensas que tengo algo que contarte es que estás chiflada.
Livia se guardó la placa y permaneció de pie sin dejar de encañonarlo con la Glock.
—Sabes que tengo motivos sólidos para suponer que llevas metanfetamina en esa bolsa, además de un arma de las que tiene prohibido usar a un criminal como tú. Sin embargo, lo que me interesa es el contenido de tu cabeza y no el de esa bolsa.
Él miró la pistola y luego los ojos de ella antes de levantar las manos mostrándole las palmas.
—De acuerdo. Mira, de eso hace ya mucho tiempo. Entonces ya le dije al fiscal que no sabía nada. Y ahora sé lo mismo que sabía.
—Me da la impresión de que no quieres enterarte de que lo único que quiero es hablar. Si me cuentas todo lo que sabes de cómo acabé a bordo de esa gabarra, te daré las gracias y se acabó; pero si quieres ponerte a desbarrar, no voy a tener más remedio que arrestarte y registrar esa bolsa.
Durante la pausa que siguió pudo ver girar los engranajes de su cabeza mientras sopesaba las opciones que se le ofrecían y los riesgos que entrañaban.
—De acuerdo —dijo—. Tú ganas.
Ella señaló la mesa con la barbilla.
—Allí.
Él titubeó antes de empezar a andar. Ella tomó el casco con la mano que le quedaba libre y lo siguió, situándose detrás de él y un tanto a la derecha. Si tenía intención de sacar su arma, le iba a costar horrores usarla antes de que lo abatiese. De todos modos, Livia tenía la esperanza de que fuese algo más sensato.
Al llegar a la mesa, le dijo:
—Deja la bolsa en aquel extremo del banco y siéntate en este, de espaldas al estacionamiento. —No pensaba renunciar al punto de vista táctico que le ofrecía el asiento opuesto.
Él volvió a dudar.
—Hierba —le dijo ella—, acabas de cumplir dieciséis años de condena.
Tienes mujer e hija y mucha vida por delante. ¿De verdad quieres morir hoy, en el estacionamiento de un cagadero de carretera? No vengo a buscar más que un poco de información confidencial.
Él la miró y sacudió la cabeza con gesto indignado, pero obedeció de todos modos. Livia lo rodeó para situarse ante él.
—Ahora, pon las manos sobre la mesa. Bien. Déjalas ahí, que quiero vértelas.
Se sentó de horcajadas en el banco, con la pierna izquierda bajo la mesa y la derecha en el exterior por tener una posición flexible que le otorgase movilidad. Dado que los asientos estaban integrados en la mesa, el Hierba no disfrutaba de aquella ventaja; pero eso no hacía menos recomendable aprovechar cuantas se le presentaran a ella. Ocultó la Glock bajo la mesa, de modo que, si se presentaba alguien en el área de servicio, pudiese pensar que no eran más que un par de viajeros que habían hecho un alto en el camino y conversaban bajo aquel hermoso cielo azul. Una ráfaga de viento arrastró cerca de donde estaban un envoltorio vacío y agitó los pinos.
Ella había enmudecido. Casi temía preguntar. Le preocupaba que, después de tanto tiempo, la que tenía por única esperanza de dar con Nason resultase ser también un callejón sin salida. «Vamos, Livia. Adelante.»
—De acuerdo —dijo al fin—. Lo que quiero saber es quién contrató aquel trayecto en gabarra.
Él dejó escapar un suspiro.
—Te lo acabo de decir: el fiscal me preguntó lo mismo y yo no sé nada.
Yo no hice los preparativos: de eso se encargó mi hermano y lo mató la policía.
Ella miró hacia el macuto y volvió a clavar en él la vista antes de decir:
—Es tu última oportunidad. A la siguiente, registro la bolsa.
Tras un largo silencio, Tyler dejó caer los hombros y soltó un nuevo suspiro.
—Fue un grupo tailandés. ¿Contenta?
Aunque el corazón empezó a desbocársele, Livia logró mantener una expresión plácida.
—¿Cuál?
—¿Cuál? ¡Y yo qué diablos sé cuál! El que siempre negociaba con nosotros.
—Nosotros. O sea, que no era solo tu hermano.
—Sí, de acuerdo.
—¿Cómo se llamaba vuestro contacto?
—Se presentó como Kana.
—¿Cómo era?
Tyler se encogió de hombros.
—Alto para ser asiático. Tenía los pómulos muy marcados. La cara, de hecho, parecía todo huesos.
El corazón de Livia se puso a latir con más fuerza.
—¿Ese era el tipo que nos entregó? ¿Kana?
—Sí.
—¿Estaba igual que la última vez que lo viste?
—¿Igual? Claro. Eh… No: tenía la cara vendada. De hecho, uno de los suyos también tenía cortes. Decían que se había soltado un fleje metálico y les había dado. Sonaba a bazofia inventada, pero yo preferí no hacer preguntas.
—¿Vendada? ¿Entera?
—Un ojo. Era como un parche.
Calavera. Tenía que ser él. Por el momento, el Hierba estaba diciendo la verdad. Hizo un par de inspiraciones lentas y regulares para aquietar los latidos de su corazón. Ojalá hubiese perdido el ojo por su culpa. Por favor, eso.
—¿Qué pintabais tú, tu hermano y el otro? ¿Cuál era el acuerdo?
—No había acuerdo, solo… Mira: estoy cooperando, ¿verdad? Como has dicho, tengo mujer y una hija que han pasado mucho tiempo esperándome.
Te doy lo que me has pedido y dejas que me vaya. ¿De acuerdo?
—Quiero la verdad. Toda. Dame eso y te dejo tranquilo. Pero solo si me das lo que te pido.
Él asintió con la cabeza.
—Aquel era nuestro primer cargamento de personas. Y yo no quería. No me hacía gracia verme mezclado en una cosa así.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
—¿Tú qué crees? Kana nos ofreció un trato muy ventajoso.
—¿Comparado con qué?
—Comparado con la hierba. Hasta entonces la mercancía había sido solo marihuana. ¿De dónde te crees que me viene a mí el mote? La que venía de Tailandia era de una calidad de los mil demonios: mucho mejor que la de aquí o la mexicana. Por lo que tengo entendido, hoy puedes comprar maría tailandesa mucho mejor en cualquier establecimiento de cánnabis del estado de Washington; pero en aquel tiempo los márgenes de beneficio eran una locura. Como si fuera coca. Eso era lo que les llevábamos de un lado a otro: hierba y nada más; hierba tailandesa de la mejor.
—Entonces, un buen día llega Kana y dice: «Oye, que tengo gente que trasladar».
—Eso es. Y nos ofrece cinco mil por cabeza. ¡Dime si no es dinero!
—Depende del número de cabezas…
—Kana dijo que eran diez: seis adultos y cuatro niños.
Ella mantuvo el gesto impasible.
—Háblame de los niños.
—Mira: al principio nos dijo que eran diez personas. Entonces yo le dije que necesitaba saber qué estábamos transportando; cuánta comida había que llevar, cuántas mantas… ¡Qué quieres que te diga…! Se podría decir que estábamos organizando un campamento de una semana. ¡Teníamos que prepararnos! Él me dijo que no me preocupase, porque los adultos iban a cuidar de los niños. Además, había dos hermanas que velarían la una por la otra.
Ella reprimió las ganas de levantar la Glock y descargársela en la cara.
—Allí había solo tres niños. ¿Qué pasó con el cuarto?
Él ladeó ligeramente la cabeza como cavilando.
—¡No me digas que era tu hermana! ¿A eso viene todo este numerito?
El brazo con el que sostenía la pistola le tembló mientras se esforzaba por mantener la voz serena.
—Que me digas qué pasó con el cuarto.
Tyler levantó los dedos de la mesa.
—Está bien; está bien. No nos lo contó. Nos encontramos con él en el muelle seis del puerto de Portland, como estaba planeado, y lo único que nos dijo fue que al final eran nueve y no diez; que se había equivocado.
Livia sintió ganas de ponerse a gritar. Estaba a un paso de la verdad.
Casi podía sentir a Nason. Sentirla, pero no tocarla.
—¿Nada más de la hermana?
—Nada. Lo juro: te estoy diciendo lo que sé.
—¿Quién se encargó de buscar la gabarra?
—Kana, imagino. Nosotros no: él nos dio la información y nosotros subimos a bordo. El contenedor que te llevó a ti junto con el resto ya estaba cargado: nosotros solo teníamos que llevaros a Llewellyn.
Había demasiadas cosas que examinar más a fondo, pero se obligó a apartarlas y a centrarse en lo que tenía entre manos.
—¿Por qué no le dijiste nada de esto al fiscal? Podrías haberte ahorrado unos cuantos años de cárcel.
Él soltó una risotada.
—Hacer que te maten no es la mejor forma que se me ocurre de ahorrarte cárcel. No, gracias.
—¿Y de qué tenías tanto miedo?
—¿Estás hablando en serio? Todo el mundo sabe que los tailandeses tienen mejores conexiones que nadie. Tienen toda clase de bandas organizadas en Bangkok: rusas, italianas, japonesas, mexicanas… Hacen negocios con todas ellas y, si dices una palabra sobre el negocio, pueden hacer que te reduzcan aún más la condena de una puñalada en el riñón. ¿O crees que la Hermandad habría defendido mi trasero blanco ante la Black Gangster Nation o la mafia mexicana si hubiera entrado con un letrero de chivato pintado en la frente? ¿Estás loca? Todo el mundo habría sabido por qué me habían caído menos años, sobre todo cuando la policía se hubiera puesto a hacer redadas. Habría sido hombre muerto.
Ella consideró su historia: encajaba con lo que ya sabía, pero Tyler se estaba dejando algo en el tintero…
—Dices que era la primera vez que te encargabas de un envío de personas…
—Sí: hasta entonces era todo maría. Solo eso. Por cierto: ¿te importaría apartar ese trasto? Estoy cooperando, ¿no?
Ella no hizo caso.
—Entonces, ¿por qué quería Kana que transportaseis personas esa vez?
—Eso mismo le pregunté yo. Él me contestó que tenía un comprador. Así de sencillo.
Aquello no le decía nada. Apretó la mandíbula para dejar a un lado las emociones y obligarse a pensar.
—Y Kana… ¿tenía negocios con alguien más del noroeste?
—¿Crees que me lo habría dicho a mí?
—No te he preguntado por lo que te dijo, sino por lo que se sabía, igual que se sabía que su gente tenía conexiones con todas las organizaciones criminales internacionales que tú acabas de mencionar.
Él guardó silencio unos instantes, tras lo cual respondió:
—No, nunca he oído que tuviera tratos con nadie más que con los Hammerhead. A ver: ¿por qué, si no, habría recurrido a nosotros para transportar a tu grupo? Si conocía a traficantes con experiencia en esa clase de mercancía, imagino que habría preferido contar con ellos, ¿no?
—Quizá —dijo ella, pensando en voz alta—. Aunque podría ser que…
¿Dices que un poco de maría tailandesa ofrece un margen de beneficios interesante? Pues tendrías que ver lo que sacan los traficantes con la trata. La hierba se fuma y se esfuma, pero los esclavos son una inversión.
—Yo de eso no sé nada. Ya te he dicho que era la primera vez que transportaba gente. Y la última, evidentemente. Para una vez que lo hago, matan a mi hermano y a mi colega del alma y a mí me encierran veinte años en Victorville.
—Pues yo lo que creo es que la gente blanca es chusma para tu amiguito Kana. Puede ser que recurriese a los Hammerhead porque le importaba muy poco que os pusieran entre rejas.
—¿Qué crees, que no lo he pensado? He tenido dieciséis años para darle vueltas. Pero ¿por qué iba a querer Kana tendernos una trampa? ¿Para qué nos iba a pagar cincuenta mil por transportar una mercancía que nunca iba a llegar al comprador? No tiene ningún sentido…
—Es verdad, y, sin embargo…
De pronto tuvo una revelación. Él lo vio en su expresión y dio un respingo.
—¿Nunca te llamó la atención, Hierba, que parte del cargamento no llegara nunca?
Él tragó saliva.
—¿Qué? Ya te lo he dicho: lo único que me dijo Kana es que faltaba uno.
Eso no me afectaba para nada.
—No estoy hablando del cuarto niño, sino de los que había a bordo de la gabarra. —Sintió el dragón revolverse en su interior y respiró con calma para sosegarlo—. Ya sabes: los que murieron intoxicados junto con uno de los adultos.
Los ojos de él se movieron de un lado a otro mientras buscaba la mentira adecuada.
—No sé de qué me hablas.
—De que no fue intoxicación alimentaria, ¿me equivoco, Hierba?, sino un caso de envenenamiento de los de toda la vida.
Tyler negó con la cabeza.
—¡Qué tontería! Estás hablando por hablar.
—Nunca lo había pensado, porque me faltaba el contexto; pero el modo como nos dabais de comer en la gabarra… Nos entregabais el alimento uno a uno, nos observabais mientras nos lo acabábamos y luego recogíais las sobras. ¿Por qué vigilabais con tanto cuidado qué comía cada uno?
—Eso no fue así: lo único que hacíamos era…
Livia sacó la Glock de debajo de la mesa y le apuntó a la cara.
—Más te vale contarme lo que ya sé si no quieres que registre esa bolsa y te mande de vuelta a Victorville para el resto de tu condenada existencia.
Él, con los ojos abiertos de par en par, miró la boca del cañón y luego a Livia.
—De acuerdo —dijo levantando las manos y mostrándole las palmas—. Tú ganas: Kana nos dio un vial y nos dijo que pusiéramos cinco gotas en la comida de los otros niños cuando faltase un día para llegar a Llewellyn. Solo en la de ellos; en la tuya, no. Según él, solo iban a caer enfermos.
—¿Para qué?
—No lo sé. No se lo pregunté ni él me lo habría contado de todos modos.
—Pero también murió una mujer.
—Nos dijo que también teníamos que echárselas a algún que otro adulto y eso hicimos. Pero ya te digo que creíamos que enfermarían solamente.
Cinco gotas: una dosis quizá letal para un niño, pero no tanto, tal vez, para un adulto.
—¿Por qué a los otros niños solo? ¿Por qué a mí no?
—¡Y yo qué sé! ¿Tú crees que Kana me lo iba a contar?
No, claro. Habría sido esperar demasiado. Podía ser que Tyler estuviera diciendo la verdad, al menos sobre aquello. Por primera vez, echó un vistazo a la izquierda del banco, donde él había dejado la bolsa. Aunque estaba abierta, no lograba ver el interior. Tendió una mano y al apartar una de las solapas vio dentro un paquete grande envuelto en plástico que debía de contener las metanfetaminas. Sobre él, un revólver Smith & Wesson de nueve milímetros.
—¡No! —dijo él—. No mires en la bolsa. ¡Venga ya! Me has engañado.
Teníamos un trato. Te lo he contado todo. ¡Es verdad! No quiero volver. Ni se te ocurra hacerme volver. Tú lo has dicho: tengo mujer y una hija. Por favor.
—No vas a volver —respondió ella—. Me voy a ir. Tú, quédate aquí hasta que me veas desaparecer. —Dicho esto, se puso el casco.
Él dejó caer los hombros con gesto aliviado. Asintió con un gesto y sonrió.
—Está bien. ¡Vaya! Tengo que reconocer que me has asustado.
Ella bajó la visera, sacó el revólver de la bolsa y disparó a Tyler en el corazón. Él se inclinó hacia atrás con las manos sobre el pecho.
—¡Ah! —gruñó—. ¡Aaah…!
Intentó ponerse en pie y volvió a sentarse pesadamente. La miró con el gesto contorsionado por el dolor y la sorpresa. Entonces cayó con lentitud hacia delante, presionándose aún el pecho con las manos, y golpeó con la cara la mesa. Tras una sacudida, quedó inmóvil.
Ella lo miró un instante, sintiendo el dragón agitarse en su interior, y se puso en pie para marcharse.
—No te van a echar de menos —aseveró.