Livia Lone

Barry Eisler · Capítulo 3 de 66

Páginas del PDF

Livia Lone

Capítulo 3

 

 

ENTONCES

Estaba por concluir la cosecha del arroz cuando llegaron al pueblo aquellos hombres y se llevaron a Livia y su hermana Nason. La primera tenía trece años; la segunda, once. Sus padres las habían vendido.

Era por la mañana, a la hora en la que los niños solían alimentar a los pollos; pero aquel año ya no había pollos en el pueblo, ni tampoco cerdos o perros siquiera. Las tres últimas cosechas habían sido escasas y todos tenían hambre. Livia cazaba gusanos, ranas, arañas y hasta escorpiones; pero nada de eso era suficiente y el vacío de su estómago la roía de forma constante, a veces convertido sin más en un picor, aunque con más frecuencia en forma de dolor furioso y punzante.

Su padre las había mandado a jugar fuera, cosa que hacía a menudo cuando estaba de mal humor. Así que ambas se encontraban en la extensión de tierra situada frente a la modesta cabaña de paja imitando a distintos animales: peces que nadaban en el río, pájaros que volaban por el cielo, tigres que se deslizaban con sigilo por la selva… Aquel era uno de sus juegos preferidos, y, de hecho, Nason imitaba de forma tan asombrosa el canto de las aves que su hermana la llamaba «pajarito». Las dos reían encantadas cada vez que la pequeña conseguía que le contestaran los animales de verdad, y el juego las ayudaba a no pensar en la comida que no tenían.

Pertenecían a los lahu, una de las tribus montañesas que vivían en las selvas escarpadas de Tailandia colindantes con Birmania y Laos. Sin embargo, las fronteras, como el mundo exterior en general, constituían, en gran medida, una simple abstracción para Livia. En su pueblo no había más que una radio, que por lo común se usaba para escuchar música. El único televisor de que disponían era un modelo anticuado que, con buen tiempo, ofrecía imágenes neblinosas procedentes de una emisora birmana situada en algún lugar del norte. Había oído hablar de algo llamado Internet, aunque apenas podía imaginar lo que sería aquella cosa.

Chapurreaba el tailandés que había aprendido en la escuela provincial a la que asistía de cuando en cuando y quería aprender más. Sin embargo, sus padres no veían motivo alguno por el que nadie pudiese necesitar ninguna otra lengua que no fuese el lahu. Además, en tiempos mejores, había demasiados quehaceres para permitirse frivolidades como la escuela: plantar y recoger arroz, ir por agua al pozo, cazar… Al cumplir los seis años, Livia se había convertido en toda una experta en el uso del a-taw, el machete del que se servían los suyos para todo, desde abrirse paso entre la maleza hasta talar árboles o matar un pollo; el law-gaw, la hoz que empleaban para segar el arroz, y el heh hga geu dtu ve, la jaula de mimbre que colocaban en la selva con un polluelo dentro para atraer a los gallos salvajes y matarlos con un ka, una ballesta de diseño tan arcaico como eficaz.

Aunque Nason tenía solo dos años menos que ella, era pequeña para su edad y no demasiado fuerte. Livia se preocupaba mucho por ella, porque había visto lo que ocurría a los lechones menos corpulentos de las camadas que nacían en el pueblo, que no tardaban en debilitarse al negarles sus codiciosos hermanos el acceso a las mamas de su madre ni en ser presa del cuchillo de los aldeanos por la escasa cantidad de carne que tenían que ofrecer. Ella detestaba aquello. Por eso solía apartar a los más fuertes para que los pequeños pudieran tener su ocasión de aferrarse a la teta —y a veces hasta los alimentaba ella misma—; pero nunca era suficiente. Sabía que Nason también necesitaba alguien que la ayudase. Con todo, sus padres estaban demasiado ocupados para prestar mucha atención a ninguna de ellas, ni podía esperar que la dejasen molestar a su hermano, Zanu, joven apuesto de quince años cuyo nombre figuraba ya en todos los corrillos del pueblo cuando se hablaba de matrimonio. Livia, por lo tanto, iba a tener que encargarse personalmente de la protección de Nason.

Una noche, tumbada en el camastro que compartía con Nason, separado del resto de la choza por una cortina, escuchó la conversación que mantenían sus padres en voz baja acerca del Gobierno de Bangkok, que pretendía prohibir a las tribus montañesas cultivar con el método tradicional de tala y quema por algo relacionado con el cuidado de la naturaleza. Su madre estaba aterrada. ¿Cómo iban a comer? Su padre dijo que tendrían que buscar un trabajo para las dos niñas. A Livia no le pareció algo tan terrible, pero su madre, por la razón que fuese, protestó con energía y hasta alzó la voz. Él, sin embargo, la acalló preguntándole si prefería verlas morir de hambre.

Nason se revolvió y Livia le tendió el pequeño Buda de madera que había tallado en persona y que ambas gustaban de tener siempre cerca del camastro. A veces, sostenerlo en la mano ayudaba a dormir a su hermanita. A continuación le acarició el cabello para calmarla, pero ella abrió los ojos tras un leve parpadeo y, con un quejido, se frotó la barriga.

—Toma, pajarito —susurró mientras metía la mano en un morral de escaso tamaño—. Te he guardado esto.

Se trataba de un durio, la fruta favorita de Nason. Livia lo había encontrado caído en una parte remota del bosque que debían de haber pasado por alto los demás recolectores y, aunque había sentido un deseo impetuoso de comérselo allí mismo, sabía que Nason podría despertar con hambre.

—No, Labi —respondió la pequeña, llamándola por su nombre lahu—. Es tuyo y tú también lo necesitas.

—¡Qué va! Si ya he comido. ¡Estoy llena!

Sabía que Nason no la creía, pero ¿hay algo más persuasivo que el hambre? La hermana menor miró la fruta con anhelo.

—Entonces, lo compartiremos.

Livia asintió, tomó un bocadito y se aseguró de que la pequeña daba cuenta del resto mientras la animaba a comer poco a poco para que durase.

Acabado el durio, se arrimó a ella y la rodeó con los brazos. Y de un modo u otro, pese al hambre, pese a las temibles palabras de sus padres, al oír de nuevo la respiración calma de Nason, también ella se quedó dormida.

 

Los hombres no tardaron mucho en llegar.

Livia y Nason estaban jugando fuera de la casa, tal como les había ordenado su padre. La mayor reía al ver a su hermana contonearse como un pez cuando oyó un ruido extraño: el motor de un automóvil. Alzó la mirada y vio una furgoneta blanca oxidada que avanzaba dando botes hacia ellas por la carretera de tierra sembrada de baches y dejando una estela de polvo tras de sí. Las dos dejaron de jugar y se pusieron en pie para observarla.

El vehículo redujo la marcha y se acercó hasta detenerse delante de ellas. De él salieron tres hombres cuyo aspecto disgustó de inmediato a Livia: gentes taimadas, como perros que merodean buscando la ocasión de robar un bocado. Uno de ellos, más alto que los otros y cuyos pómulos prominentes lo hacían semejante a una calavera con ojos, sostenía una fotografía, una fotografía que era de su madre, tal como advirtió confusa Livia. Un aldeano, dueño de una cámara, la había tomado hacía un año y la había llevado a revelar para ella en la ciudad vecina de Chiang Rai. En la imagen aparecía Livia rodeando con los brazos a Nason frente a su cabaña, ataviadas ambas con sus mejores ropas: los vestidos bordados de vivos colores que constituían el atuendo tradicional de su pueblo. Si su madre guardaba aquel tesoro en la zona de la casa en la que cocinaba, dentro de un tarro para protegerlo de la humedad, ¿cómo era que lo tenían aquellos hombres? ¿Y qué hacían con él?

La calavera con ojos miró la foto y, a continuación, a Livia y a Nason para después volver a observar la instantánea. Tras hacer un gesto a sus acompañantes, echó a andar hacia la cabaña. Uno de los otros dos, un hombre de barba sucia e irregular, lo siguió mientras el tercero, dotado de un cabezón afeitado y de forma cuadrada muy poco natural, daba un paso adelante y agarraba a Nason de la muñeca. Ella dio un grito y trató de liberarse, pero el desconocido se dio la vuelta sin más y comenzó a tirar de ella en dirección a la furgoneta. Livia, demasiado asustada para pensar, asió la otra muñeca de Nason y tiró en el sentido contrario al mismo tiempo que llamaba a gritos a sus padres con voz aguda y aterrada. El hombre las arrastró a ambas durante un momento, hasta que Livia plantó el pie en el suelo y, tirando con más fuerza, consiguió detenerlo. Sin embargo, el barbado, que debía de haberse colocado detrás de ella, le rodeó la cintura con un brazo y la levantó en el aire para obligarla a soltar a su hermana. La muchacha se puso a dar gritos de ira y trató de arañarlo, pero él la envolvió con el otro brazo y se dirigió también con ella a la furgoneta. Horrorizada, estaba intentando zafarse en vano cuando vio que el otro también tenía suspendida en el aire a Nason. Dejó de forcejear, pues no iba a permitir que nadie se llevara a su hermana sin acompañarla; pero siguió llamando a gritos a sus padres.

Giró en los brazos de su captor, alargó el cuello… y los vio. Habían acudido a la puerta de la choza, pero solo para quedarse allí de pie, observando la escena sin hacer nada. Zanu llegó entonces y también se puso a mirar hasta que su padre lo hizo entrar en la cabaña. Entonces, su madre volvió la espalda entre sollozos y su padre hizo un gesto a los hombres con un dedo. Los sentimientos de Livia habían ido ya más allá del miedo. ¿Por qué no hacían nada sus padres? No lo podía entender. No tenía el menor sentido.

Los hombres las metieron en la furgoneta, cuyo interior estaba atestado de menores: ocho, incluidas ellas dos. Algunos lloraban y balbucían en las lenguas de las distintas tribus de aquellas montañas, en tanto que otros temblaban mudos, abrazándose las rodillas con los brazos. El aire era húmedo y hedía a sudor, orina y heces. Allí dentro había además un cuarto hombre, que tiró de Nason y Livia hacia dentro antes de cerrar la puerta corredera tras ellas. Los otros dos se sentaron en la parte delantera: uno, tras el volante, y el otro, en el centro. Livia se abrió paso hasta la ventanilla del otro lado, limpió una porción de la humedad y la mugre que empañaban el cristal y vio a la calavera devolver la foto a su madre antes de contar un puñado de baht y ponerlo en la mano de su padre. Incapaz de comprender nada, agitó la cabeza en estado de conmoción.

La calavera con ojos entró en la furgoneta y el conductor arrancó. Livia contempló a su madre por el cristal sucio mientras regresaba a la choza entre sollozos. Su padre, en cambio, permaneció con los ojos clavados en el espacio que tenía delante, aunque no en el vehículo, con una mano aferrada al dinero y frotándose la otra contra el muslo como si tratase de limpiar algo de su palma. La furgoneta dobló una curva de la carretera, rebasó el desvencijado santuario de madera semejante al que tenían todas las aldeas de los alrededores con el fin de ahuyentar a los malos espíritus… y, de pronto, todo —la cabaña, sus padres, el pueblo…— desapareció.

Entonces oyó a Nason gritando a sus espaldas:

—¡Labi, Labi!

Esquivó a unos cuantos de los niños que lloraban también y abrazó a su hermana con gesto protector.

—Tranquila —dijo mientras trataba mantener a raya sus propias lágrimas y su miedo—. Tranquila, Nason. Estoy aquí. Estoy aquí. Estoy aquí.

Pararon en otros dos pueblos más para recoger a otros cinco menores antes de pasar un largo rato recorriendo la selva y descendiendo poco a poco la montaña. Livia no tenía la menor idea de dónde iban. Los hombres hablaban en tailandés y daban la impresión de ser de la ciudad; pero eso era lo único que podía suponer. Entre el mal olor, los sollozos y los saltos provocados por los baches del camino, siguió abrazada a Nason mientras le susurraba que estaba con ella, que la quería y que no les iba a pasar nada.

—Pero ¿adónde vamos, Labi?

—No lo sé.

—¿Por qué no vienen con nosotros padre y madre?

—Tampoco lo sé.

Recordó la conversación que había oído cuando los dos discutían sobre la idea de encontrar un trabajo a las niñas. ¿Podía ser que se refirieran a aquello? Pero, entonces, ¿por qué habían pagado aquellos hombres a sus padres si no habían empezado siquiera a trabajar? Sin creerlo en realidad, ante la necesidad de algo que decir a Nason, respondió:

—A lo mejor nos han buscado trabajo para conseguir dinero y comprar comida.

Tenía la esperanza de que la perspectiva de tener algo que echarse a la boca alentaría a la pequeña, quien, sin embargo, no hizo sino llorar con más fuerza.

—Pero ¿por qué no nos han dicho nada?

Para eso no tenía respuesta. Recordó la renuencia de su madre ante la proposición de ponerlas a trabajar… y sintió un escalofrío reptar hasta su estómago.

—No lo sé, pajarito —dijo—. No lo sé.

Llegado el mediodía, se detuvieron en un claro y los hombres sacaron a los niños de la furgoneta. Livia, de pie en la alta hierba y sin soltar la mano de Nason, pestañeó a la luz del sol abrasador sintiendo la piel pegajosa por el sudor. Aunque trató de no preocuparse, no le había gustado aquella parada: viajar en el interior del vehículo era horrible; pero no había tardado en habituarse. Ya no le daba miedo la furgoneta, sino lo que podía ocurrir a continuación.

Los cuatro hombres rodearon a los niños mientras los bajaban al suelo, con la intención evidente de evitar cualquier intento de fuga. Sin embargo, uno de los varones debía de haber planeado aquel momento, pues echó a correr en el instante mismo en que sus pies tocaron la hierba. Uno de los captores lo agarró del hombro, pero él se zafó y se alejó trotando.

No había recorrido diez metros cuando, como un tigre, surgió de la hierba un hombre que le golpeó la cara con el antebrazo. El chiquillo dio una vuelta en el aire y fue a aterrizar de espaldas, y el que lo había interceptado lo levantó del suelo, se lo echó al hombro como un saco de arroz y, al llegar ante los demás, lo arrojó a tierra. Entonces, sin hacer gesto ni sonido algunos, se quitó el cinturón y se puso a azotarlo. El pequeño se retorcía entre alaridos, pero el hombre prosiguió con expresión casi aburrida.

Algunos de sus compañeros de infortunio volvieron la espalda; otros lloraban, y uno de ellos vomitó. Livia, sin pensarlo, se puso a gritar en lahu:

—¡Déjelo! ¡Pare! —Y a continuación, al recordar sus clases de tailandés, siguió en dicha lengua.

Los hombres no la miraron siquiera, y mucho menos el que estaba zurrando al pequeño. La niña lo observó horrorizada mientras apretaba el rostro lloroso de Nason contra su pecho para que no viera la escena y a continuación recorrió con la vista a los demás con la esperanza de dar con otro dispuesto a protestar. Había un muchacho, que ella supuso yao, que parecía mayor que los otros. Desde luego, estaba más crecido, casi tanto como los hombres, aunque no como la calavera con ojos. Sin embargo, no hizo nada.

El castigo prosiguió durante un largo rato, hasta que, de un modo tan súbito y desapasionado como había comenzado, el hombre se detuvo.

Entonces miró a los demás niños, como tratando de averiguar con cierta curiosidad quién sería el próximo a quien iba a azotar, y Livia pensó que tenía los ojos tan planos y fríos como los de una serpiente.

De haber estado en el interior de la selva, a Livia no le habría costado dar con una de las plantas medicinales que empleaban los de su pueblo para tratar las heridas y el dolor; pero entre la hierba de aquel claro no crecía nada de aquello. Quiso acercarse al niño para tratar de consolarlo; pero Nason la tenía asida con fuerza y no había dejado de temblar ni de llorar. Así que se estuvo quieta y susurró a su hermana que no pasaba nada, que estaba con ella, que iba a estarlo siempre y que todo iba a salir bien.

Uno de los hombres se desabrochó los pantalones y se puso a orinar sobre la hierba sin molestarse siquiera en darles la espalda. Livia reparó en que ella también tenía ganas. No quería pedir permiso: no le parecía una buena idea y, además, tampoco tenía la impresión de que le fueran a permitir ninguna intimidad. Pensó en aguantarse, pero se dio cuenta de que no podía; conque se puso en cuclillas, se bajó los calzones tan poco como le fue posible y meó. Tenía los brazos delante de ella para cubrirse tanto como le era posible, y la mirada fija en el suelo con las mejillas encendidas por la vergüenza. Cuando acabó, se subió enseguida los pantalones y se puso en pie.

Miró a los hombres y, si bien ninguno de ellos dijo nada, no le gustó el modo como la observaban.

Algunos de los otros niños, viendo que no ocurría nada, la imitaron. Sin embargo, la mayoría no lo necesitó: ya habían perdido todo dominio sobre sus vejigas —y algunos también sobre sus intestinos— en la furgoneta o en el rato que había pasado el hombre azotando al muchacho fugado.

Los demás hombres también se aliviaron. Luego, fumaron cigarrillos mientras los pequeños aguardaban en cuclillas, en su mayor parte llorando y gimiendo en voz baja. Por lo demás, solo se escuchaban el zumbido de los insectos en los árboles y la llamada de las aves a lo lejos. Entonces, el más alto de los de la furgoneta miró el reloj e hizo un gesto a los otros antes de señalar el vehículo y poner en marcha a patadas a los niños. Livia se levantó enseguida, con Nason agarrada a su brazo, porque quería entrar antes que los demás y quedar así cerca de la ventanilla. Si podía ver el exterior, tal vez fuese capaz de averiguar algo que les sirviera de ayuda. Pese a los puntapiés, algunos no se movieron, atenazados por el miedo y llorando con desesperación. El del cinturón volvió a quitárselo y echó el brazo hacia atrás, con lo que consiguió meter prisa también a los rezagados.

De nuevo en la furgoneta, Livia se encontró al lado del chiquillo al que habían azotado. Le tocó el brazo y susurró en lahu:

—¿Estás bien?

Sabía que era una pregunta estúpida: claro que no estaba bien. Ninguno de ellos lo estaba. Sin embargo, era lo menos que podía hacer. Él la miró con los ojos rojos y los labios hinchados y llenos de sangre, tal vez del golpe recibido cuando lo habían arrojado al suelo.

—¿Estás bien? —volvió a decirle, esta vez en tailandés.

El niño dijo algo que ella no entendió. Ella pensó que debía de ser hmong, pero no estaba segura, porque él arrastraba las palabras por el daño recibido en la boca.

—Tailandés —añadió—. ¿Hablas tailandés?

Él miró a derecha e izquierda como quien busca algo antes de decir en la lengua por la que preguntaba ella:

—¿Adónde vamos?

Livia sacudió la cabeza con impotencia. Permanecieron callados unos instantes, tras los cuales ella se señaló con un dedo y dijo:

—Labi. Me llamo Labi.

Él asintió y repitió el gesto de ella para presentarse.

—Kai. —A lo que añadió—: ¿Adónde vamos, Labi?

Ella volvió a indicarle sin palabras que no lo sabía. Quería decirle que era un niño muy valiente, pero no recordaba el término.