Livia Lone

Barry Eisler · Capítulo 54 de 66

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Livia Lone

Capítulo 54

 

 

AHORA

Pasó la mayor parte de la noche en el escritorio que tenía asignado en la comisaría. Se había acabado el café e hizo otra jarra. Se sirvió una taza generosa con leche y una cucharada del azúcar de caña que guardaba en un cajón.

La del senador Lone era la parte más fácil: lo único que necesitaba era su página web y la Wikipedia. Una vez obtenidas algunas de las piezas, todo parecía evidente. Había luchado de forma activa contra el tráfico de personas desde que entró a ocupar el cargo. Se hizo con cierta prominencia en la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado, desde donde se afanó en concienciar al público acerca del particular. Había viajado en multitud de ocasiones a Tailandia con el propósito de presionar al Gobierno de allí para que combatiese con más ahínco el azote de la trata. Y Livia sabía que, cada vez que había visitado el país, debía de haber fornicado con toda niña pobre a la que hubiera podido poner encima sus asquerosas manos.

Su web proclamaba su obra a bombo y platillo y aseveraba que sus empeños habían propiciado la protección y el rescate de miles de niños, amén de una colaboración sin precedentes de gobiernos que con anterioridad habían hecho la vista gorda a dicho mercado, como Tailandia, donde las operaciones conjuntas de los cuerpos de seguridad que había promovido habían supuesto la desaparición casi total de las bandas organizadas de traficantes.

Tal como suponía, no encontró nada sobre un criminal tailandés llamado Kana, pero sí docenas de artículos antiguos de revistas dedicados a bandas tailandesas en general. Al parecer, en otro tiempo hubo tres de consideración de las que se sabía que transportaban cargamentos humanos al Sur de California y, en menor medida, San Francisco y Oakland.

Sin embargo, no se conocían casos en Portland. Por lo tanto, quizá se sirvieron de los Hammerhead porque sabían que iba a haber una redada, no pese a su falta de experiencia en aquel negocio, sino precisamente por eso, como había imaginado durante su charla con Tyler. Si de veras planeaban que se hiciera una redada, era de esperar que no quisiesen llamar la atención sobre sus provechosas rutas californianas. Si tenían que sacrificar algo, sería una red de narcotráfico de poca monta en el noroeste y a los distribuidores prescindibles que formaban parte de ella.

Pensó otra vez en la conversación mantenida con el fiscal Vélez, quien le había dicho que los contenedores solían estar cargados para reducir al mínimo los riesgos económicos. Por eso en la gabarra eran tan pocos: sabían que las autoridades iban a interceptar el cargamento. De hecho, debían interceptarlo para que funcionase el plan y, cuanto menos nutrido fuera el cargamento, mejor. Lo mismo ocurrió con el envío de Bangkok: toda la operación era un señuelo. Lo más seguro era que no tuvieran compradores locales. Lo más seguro es que a los otros niños, incluido Kai, el hmong, los enviasen después Calavera y los demás de manera individual allí donde tuvieran compradores, lo que debió de suponer un extra en costes y riesgos, o se deshiciesen, sin más, de ellos.

Livia, sin embargo, no podía permitirse aceptar tal posibilidad, pues afectaba demasiado de cerca a Nason. Por lo tanto, fuera lo que fuese lo que obtuvieron a cambio de aquel cargamento, tuvo que valer más de los cincuenta mil dólares que pagaron a Tyler y los suyos y más que la mercancía que sacrificaron: lo bastante para poner en peligro toda la red de tráfico de marihuana tailandesa del Pacífico Noroeste.

Siguió leyendo. Todo apuntaba a que las tres bandas procedentes de Tailandia habían sufrido numerosas detenciones y procesos judiciales y que la tercera había quedado muy debilitada en consecuencia. Aquello había ocurrido en torno a las fechas en las que habían llegado a Estados Unidos Nason y ella. Lo que coincidió con el momento en que Ezra Lone se afanaba en que el Gobierno tailandés tomara medidas enérgicas contra los grupos de tratantes.

Apoyó los codos en el escritorio y la frente sobre sus nudillos. ¿Podía ser que se tratara de eso? ¿De alguna clase de favor mutuo? Imaginó al senador Lone haciéndole la proposición a alguno de sus contactos corruptos del Gobierno o directamente a una de las bandas criminales. Quizá incluso a ambos. «Se avecinan problemas serios —les habría dicho— y no puedo hacer nada por desviarlos. Lo que sí está en mis manos es crear una tapadera: un programa de operaciones conjuntas de los cuerpos de seguridad destinado a destruir a los grupos rivales. Artículos de prensa en los que se encomie un grado de cooperación sin precedentes. Informaré al senado de que Tailandia ha hecho progresos impresionantes en la batalla contra la trata y ha aumentado más que nunca el número de investigaciones, procesos penales y condenas. El senado recomendará al Departamento de Estado que cambie la posición de Tailandia en la clasificación de países traficantes del nivel 3, el peor, al 2 o incluso al 1, lo que traerá no pocas ventajas mercantiles. Os despejaremos el camino y atraeremos al comercio estadounidense. Así conseguiréis más dinero y más poder del que habéis soñado nunca. Y lo único que quiero a cambio es que me procuréis niñas con las que acostarme cuando venga a visitar el país en misión de investigación.»

«¡Ah! Y dos hermanas a medida que quiero ver llegar a Estados Unidos siguiendo mis instrucciones.» Sabía que debía de estar equivocada en algunos de los detalles, pero estaba muy segura de haber acertado en general. Sobre todo, en la última parte, que explicaba por qué habían dado sus padres a los traficantes la foto en la que aparecían Nason y ella: para que los Lone pudieran elegir el tipo exacto de niñas que querían.

Recordó cierta idea de uno de sus cursos de psicología: la de «la coraza de la justicia», frase bíblica referida a la armadura de Dios, la bondad que se requería en el combate contra el mal, que en aquel campo, sin embargo, se empleaba para hablar de la máscara de corrección excesiva con que se protegía, por ejemplo, el homosexual no declarado que arremetía en público contra los males de las relaciones entre personas del mismo sexo, asistía a la iglesia con regularidad, proclamaba la importancia de los «valores familiares» y se envolvía, en general, en las doctrinas políticas más conservadoras. En ocasiones se trataba de un mecanismo de defensa y, las más de las veces, en un intento deliberado de evitar o desviar las sospechas, como el de aquel senador tradicionalista al que habían descubierto solicitando sexo anónimo con un hombre en los aseos del aeropuerto de Minnesota, o como el de cualquiera de los incontables ministros y políticos puritanos que se ven sorprendidos en actos similares de hipocresía.

Aun así, ¿por qué las eligieron a Nason y a ella? ¿Es que a los Lone les gustaban las niñas de las tribus de las colinas? ¿Tenían quizá debilidad por alguna edad en particular? ¿Por las que tenían cierto parentesco? ¿Por alguna combinación concreta? Cuando recordaba cómo había usado Calavera a la pequeña contra Livia o cómo había manipulado el violador de Montlake a sus dos víctimas, tenía la impresión de que lo que querían los Lone eran hermanas. No obstante, tenía que asegurarse.

Acabó el café y buscó el nombre de Matthias Redcroft. En las redes sociales no encontró nada; en los archivos tributarios había una entrada que daba fe de que, en efecto, trabajaba para el senador, y en los militares, una más: doce años de servicio en el ejército, de los cuales los seis últimos formó parte de las fuerzas especiales. ¿Qué diablos hacía un antiguo soldado de las fuerzas especiales con el perfil social de un fantasma haciendo labores de «asesor legal»?

Levantó la cabeza y se frotó los ojos. Tenía claro cuáles habían sido la ocasión, la mayoría de los medios y, sobre todo, por el abuso mismo que había sufrido en sus carnes, el móvil. Lo que le faltaba era la patología que había dado pie a este último. Por más que la intuyera, aún no era capaz de verla.

Si habían querido tener hermanas, si aquel detalle había sido tan importante para ellos, quizá hubiera todavía una esperanza. Pequeña, diminuta; pero la había. Cabía pensar que Nason seguía viva en algún lugar, que todavía podía dar con ella.

De cualquier modo, también había otra posibilidad: la de llegar a conocer los detalles. Sí. Por favor, eso. Saber solamente. Saber, antes de morir en el intento, qué había pasado a su pajarito.

Tomó una inspiración honda y expulsó el aire.

E introdujo como término de búsqueda el nombre de Becky Lone.