Livia Lone
Agradecimientos
Dado que estoy menos familiarizado con el trabajo policial que con el espionaje, he tenido que hacer una labor considerable de investigación para escribir este libro. En este sentido, he contraído una gran deuda con los siguientes oficiales de la policía de Seattle, no solo por su tiempo y su generosidad, sino también por la labor que llevan a cabo, el peligro que asumen y el precio que han de pagar en nombre de la ciudadanía: Clay Agate, Megan Bruneau, Dana Duffy, Mike Freese (del que tengo que contar algo), Diana Freese, Michael Devine, Alvin Big Daddy Little, Suzanne M. Moore, Donna Strangeland y Lauren Truscott.
Aprovecho la ocasión para compartir una anécdota. Cierto día, acompañando a Mike Freese mientras hacía la ronda a altas horas de la noche, me preguntó si quería ir a ver la «selva» de Seattle, es decir, el área extensa que se encuentra bajo la interestatal número 5 y otros viaductos y en la que habitan vagabundos y demás gentes sin techo. Le dije que sí y nos detuvimos, nos apeamos del vehículo y nos colamos por un agujero que había en la valla. Mike tuvo la consideración de apuntar al suelo con la linterna y, al verme pasar tras él, se llevó un dedo a los labios para advertirme con un susurro mientras señalaba un saco de dormir tendido sobre una lona:
—Sss… Que hay gente durmiendo.
Mientras me preparaba para escribir estas páginas, pregunté a un montón de policías cuál era, en su opinión, la cualidad principal de un buen agente. La respuesta más frecuente que oí fue: «Compasión». Aquella incursión en «la selva» me demostró que es cierto.
Entre los policías a los que debo dar las gracias por su tiempo y su generosidad se encuentran Loren Christensen, antiguo integrante de la policía militar y agente de la policía de Portland, que también sabe algo de artes marciales y defensa propia http://www.lorenchristensen.com/martial-arts.html; Montie Guthrie, antiguo policía de Texas y agente federal aéreo, que lleva años ofreciéndome buenas críticas constructivas acerca de las armas de fuego que aparecen en mis novelas, pese a la impresión que le producen las escenas amorosas; Randy Sutton, antiguo agente de Las Vegas, a quien debo la llamada que tanto me facilitó las cosas en la comisaría de Seattle, buen conocedor de la labor policial y autor de libros excelentes (que, ¡maldita sea, Randy!, siempre me hacen llorar); véase http://randylsutton.com/power-of-legacy, y John Vanek, antiguo agente de la policía de San José, cuyo libro The Essential Abolitionist: What You Need to Know about Human Trafficking Modern Slavery http://www.amazon.com/Essential-Abolitionist-Trafficking-Modern-lavery/dp/0997118008/ref=sr_1_1 y http://www.johnvanek.com, recomiendo encarecidamente. Ofrece lo que promete y, junto con John, constituyó una de las fuentes más valiosas con que conté a la hora de escribir esta novela.
Gracias también a Gloria Fichou, antigua integrante del Departamento de Seguridad Nacional; Andrew Huang, antiguo fiscal federal; Mary Petrie, antigua agente de la policía de San Francisco, y Daniel Vélez, fiscal federal, por la nutrida información que me han dado acerca de la lucha de los cuerpos de seguridad contra el tráfico de personas; a Prasong Taja, por haber sido el mejor guía de Chiang Rai que pueda pedir un escritor; a Xeni Jardin https://twitter.com/xeni, por la información relativa a las consecuencias psicológicas de los abusos sufridos en la infancia; a Emma Eisler, por la paciencia con la que me ofreció el deslumbrante conocimiento que posee sobre el mundo interior de la adolescencia femenina; a Maya Levin, por contarme la historia verdadera de Sean Uenoyama e inspirarme el personaje al que da nombre; a Tony Bartholomew, de SF Moto http://sfmoto.com que sacó tiempo durante una mañana muy ajetreada para responder con paciencia y entusiasmo todas las preguntas que le hice acerca de motocicletas y conducción, y a Justin Bell y el resto del personal de TechShop http://www.techshop.ws/ts_menlo_park.html por despejar mis peregrinas dudas sobre trituradoras de metal, sopletes de oxiacetileno y presas hidráulicas, además de mostrarme el funcionamiento de todos estos aparatos.
Nadie sabe más de la lacra de los abusos a menores que Andrew Vachss http://www.vachss.com novelista y protector de la infancia, y las horas que me ha prodigado para hablarme de los orígenes y el carácter de Livia fueron verdaderas clases magistrales sobre el arte de escuchar y ofrecer puntos de vista sabios e ideas espléndidas. Corrigió lo que estaba haciendo mal, me hizo más consciente de mis logros y compartió conmigo dos conceptos excelentes que Livia acabó por tomar prestados: que la conducta es la verdad y que lo que no es una arma constituye un punto flaco.
El talento que presenta Livia respecto de las armas de fuego se debe a Massad Ayoob http://massadayoobgroup.com con quien he tenido el privilegio de adiestrarme. En http://www.somico-knives.com/about-us.html se recoge información acerca de Maija Soderholm y el cuchillo Vaari.
Aunque este aún no existía cuando Livia estaba en el instituto, espero que me perdone el lector por hacerlo aparecer un poco antes.
A veces, durante la redacción de un libro me sorprendo escuchando una y otra vez un mismo disco concreto. En esta ocasión me ha ocurrido con el Ouroboros de Ray LaMontagne.
Gracias también a Naomi Andrews, Daniel Born, Wim Demeere, Grace Doyle, Alan Eisler, Emma Eisler, Judith Eisler, Montie Guthrie, Mike Killman, Lori Kupfer, Dan Levin, Maya Levin, Genevieve Nine, Laura Rennert, Ken Rosenberg, Johanna Rosenbohm, Jennifer Soloway y Alice Vachss por sus valiosas apreciaciones acerca del original.
Y sobre todo, como siempre, gracias a mi mujer, Laura Rennert, quien también es mi agente literaria, además de gran editora y colaboradora. Livia Lone ha sido fruto del trabajo común en mayor medida aún que los personajes de mis libros anteriores. Gracias, nena, por todo.