Livia Lone

Barry Eisler · Capítulo 39 de 66

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Livia Lone

Capítulo 39

 

ENTONCES

Aún no había dejado de nevar cuando dejó la casa sin ser notada y se dirigió a pie al parque infantil. Le encantaba la nieve: seguía pareciéndole una cosa insólita y, de hecho, deseaba no acostumbrarse nunca a ella ni entender su presencia como algo habitual. Era maravilloso cómo lo cubría todo y hacía que el mundo pareciera tan nuevo y limpio.

Sean la estaba esperando vestido, como ella, con un gorro de lana y una chaqueta de plumas. Al verla llegar sonrió.

—¿Quieres que nos sentemos en los columpios?

No: aquella noche quería tenerlo de frente y poder verlo. Le devolvió la sonrisa y propuso:

—Prefiero estar aquí de pie.

—De acuerdo.

Ella miró alrededor, consciente de que bien podía ser la última vez que viera aquel lugar de recreo. Nunca iba a echar de menos el resto de Llewellyn, pero aquel parque era especial, pues lo asociaba a Sean y a aquella noche de hacía un año. Volvía a haber luna, como el año anterior, si bien esta vez se hallaba oculta tras las nubes y, con ellas, lo bañaba todo en un resplandor suave. Pensó que era una buena ocasión para recordarlo, cubierto por un manto blanco y con el resto del mundo acallado por la apacible nevada.

—¿Va todo bien en la casa? —quiso saber él.

—Sí: hay un montón de gente.

—Mi padre te ha escrito una carta —le anunció mientras sacaba un sobre de su chaqueta—. No sé lo que pone, pero él dice que puedes abrirla ahora si quieres. O esperar a leerla luego: tú eliges. —Y con esto se la tendió.

Tras un instante de vacilación, ella se quitó los guantes y la abrió.

Livia, cariño:

Esto no deja de ser más que una nota de un hombre que puede enorgullecerse, por

encima de todo, de ser el padre de Sean y de haberos dado clase a él y a ti.

Sé que te ha dicho que podías quedarte con nosotros si te hacía falta y durante

todo el tiempo que necesitaras. La invitación es de parte de los dos y siempre estará en pie: no la retiraremos por nada del mundo. Ya te he dicho, pequeña, que tienes quien se preocupa por ti.

Por lo tanto, si en algún momento necesitas algo, cualquier cosa, solo tienes que

llamarnos y acudiremos.

Dicho esto, entendemos que tengas tus motivos y los respetamos, sean los que

sean. Recuerda que tu talento te llevará a donde quieras y no dejes nunca de creer en ti. Ten en cuenta estas dos cosas y no habrá nunca nada capaz de detenerte.

No voy a decirte adiós, porque estoy convencido de que nuestros caminos van a

volver a cruzarse. Hasta entonces, gracias por haberme concedido el privilegio de ser tu profesor. Estoy deseando saber qué decides hacer con tu vida. Tengo la sensación de que ahora solo estás calentando, de que todavía ha de llegar la mejor parte. Te quiero, pequeña,

Malcolm

Cuando acabó de leer había lágrimas por todo el papel. Se lo entregó sin palabras a Sean y, mientras él lo leía, se las secó y consiguió dejar de llorar.

—¡Vaya! —dijo él.

Ella sorbió y se echó a reír.

—Siempre me hace llorar.

Sean le devolvió la carta. Ella se sonó la nariz, dobló el escrito y volvió a colocarlo en el sobre, y este, en el bolsillo de su abrigo. Aun antes de acabar de leer supo que lo guardaría siempre con la fotografía en la que posaba con Nason.

—Todo lo que dice… Sabes que yo siento lo mismo.

—Gracias.

—Lo digo de verdad.

—Ya lo sé.

—Aunque me dejases tirado ante Eric y sus amigos durante mi primer día de colegio.

Ella lo miró pasmada y él rompió a reír.

—¡Que estoy de broma! —aseveró—. Me estaba burlando.

Livia fingió una expresión airada.

—Más te vale andarte con ojo.

—Lo sé —sonrió él.

Le encantaba su sonrisa. Y su cara, en la que seguían derritiéndose los copos de nieve. Se había acostumbrado a ver el rostro de Sean —sus ojos, su sonrisa— y estaba a punto de perderlo.

—Mi padre me ha dicho que no te lo pregunte más, porque según él es cosa tuya y parece que lo tienes claro; pero… ¿estás segura de que te tienes que ir? De verdad que puedes quedarte con nosotros.

Ojalá pudiese explicarle por qué tenía que dejar Llewellyn y todo lo que tenía que ver con los Lone, su residencia y su ciudad. Por qué era tan importante para ella mudarse a Portland, donde había desaparecido Nason.

Sabía que dicho en voz alta sonaba estúpido, pero lo cierto es que estaba convencida de que allí podría buscar a su hermana. Tal vez pudiese dar con ella, aun cuanto Rick no lo hubiera conseguido. No mudarse a Portland cuando se le presentaba la ocasión habría sido como olvidar a Nason o resignarse a pensar que debía de haber muerto, y nunca iba a hacer una cosa así. Nunca.

Aunque sabía que iba a resultar doloroso ver a Sean, jamás hubiese imaginado que lo sería tanto. Antes se había sentido tan bien, tan satisfecha…

Y aquel hormigueo tan delicioso que había experimentado al recordar el momento en que había estrangulado al señor Lone… Sin embargo, en ese instante se enfrentaba a un adiós muy real. Quería volver a su cuarto y esconderse de todo, pero también deseaba quedarse.

—¿Te acuerdas del año pasado? —preguntó—. Cuando me acompañaste aquí después de la fiesta.

—Sí. ¡Qué noche, aquella!

La primera parte sí, desde luego, aunque, claro, él ignoraba lo que le había hecho después el señor Lone. De todos modos, aquello ya no tenía la menor importancia: lo percibía como un episodio lejano, ajeno. Él estaba muerto y jamás iba a volver a hacerle nada. Ni a ella ni a nadie.

—Recuerdo casi cada detalle de aquella noche —dijo Livia—. Hacía calor, había luna llena y los árboles parecían de plata.

Él sonrió.

—Recuerdo que te vi reír mucho… y que me encantó.

Lo miró y sintió que se le humedecían de nuevo los ojos.

—Yo recuerdo que me tocaste el hombro de un modo tan agradable… El hombro, el pelo, la mejilla… ¿Te acuerdas?

Sean asintió con un gesto ágil, como si tuviera miedo de hablar. Ella se sintió incapaz de reprimir las lágrimas.

—¿Lo harías otra vez? —susurró.

Él no respondió: se limitó a mirarla y lo que vio Livia en sus ojos hizo que se derritiera algo en su interior. Sean se quitó los guantes y le secó las lágrimas con los dedos, cálidos y tiernos. Entonces le acarició el pelo y también el cuello, muy dulcemente, y luego otra vez la cara.

Por la mejilla de ella corrió una lágrima que fue a mezclarse con los copos derretidos.

—No te vayas —le dijo él.

Ella contuvo un sollozo.

—Tengo que hacerlo.

—Pues yo no quiero.

—Yo tampoco, pero no tengo más remedio.

—No lo entiendo.

—Lo siento.

Le apartó las lágrimas como había hecho él con las suyas, observó aquel rostro encantador y sonrió, aunque en ningún momento dejó de llorar.

Entonces él se inclinó muy lentamente y la besó.

Sean tenía unos labios tan suaves, tan cálidos… Parecían hechos para los suyos. Ella respondió al beso con la misma dulzura que estaba empleando él, pensando en lo delicioso que era que al fin hubiese ocurrido, en cuánto tiempo llevaba esperando aquel instante; quizá más de lo que era capaz de advertir. Tras un momento, sintió que él abría la boca un tanto y ella abrió también la suya y sintió la lengua de él contra su lengua. En ese momento surgió un leve destello de placer de algún lugar de su interior para extenderse por todo su cuerpo.

No pudo precisar cuánto tiempo estuvieron así. Lo bastante para que él pudiera tomar su rostro entre sus manos y ella hiciera otro tanto; para que sintiese calor dentro de la chaqueta pese a no haber cesado la nieve.

Al final se rompió el beso y ambos permanecieron de pie un rato más, mirándose a los ojos. Sean tenía la boca abierta. Parecía estar ligeramente aturdido y ella creyó no haber visto jamás una expresión más sincera, más desnuda, más vulnerable.

—Te quiero, Livia.

Los ojos de ella empezaron a llenarse otra vez de lágrimas.

—Yo también te quiero.

—Entonces, ¿por qué?

Ella meneó la cabeza.

—Lo siento.

—Tengo la sensación de que no voy a volver a verte nunca.

—Ya verás como sí.

—¿Este verano, quizá?

—Puede ser —respondió ella, aunque lo dudaba.

Él sonrió, aunque tenía los ojos tristes.

—Tal vez vayamos juntos a la universidad o acabemos en el mismo equipo de lucha.

Eso también lo dudaba, aun sin saber por qué.

—Tal vez.

—Quiero decir, que nos queda poco menos de un año para graduarnos.

No es tanto, ¿no?

Era evidente que pretendía consolarse y tranquilizarla a ella al mismo tiempo. Livia no respondió. En lugar de eso, volvió a acariciar el dulce rostro de Sean para luego acercarse a él y besarlo otra vez. Parte de ella deseaba poder quedarse para siempre en el parque del columpio: solos ella, él y la nieve, que seguía cayendo lenta.

Sin embargo, tenía que irse por la mañana y sabía que nada iba a volver a ser igual jamás.