Los gitanos
Introducción
En la actualidad existen de cinco a seis millones de gitanos errando por todo el
mundo. Aunque no se les ve, o, mejor dicho, se les ve tan sólo en pequeño número,
carromato tras carromato, familia tras familia; y sólo excepcionalmente, cuando
efectúan peregrinaciones accesibles al público, se ven de repente centenares de ellos.
Estos cinco o seis millones de gitanos están repartidos en nuestro universo como
esas plantas raras que sólo crecen en los lugares en los que la Naturaleza ha reunido
determinadas condiciones especiales: al borde de los caminos, a la entrada de los
bosques, y en los confines de los pueblos donde su presencia invisible queda
atestiguada por un cartel: «Prohibido a los nómadas». Sin embargo, nos cruzamos
con ellos en los Encantes, en las ferias pueblerinas y en los alrededores de los últimos
circos ambulantes. Incluso se les consulta, de escondite. A veces pueden ser
contemplados en grupo (en Saintes-Maries-de-la-Mer), de la misma forma que antes
de la penúltima guerra se solía ir al Jardín de Aclimatación a contemplar familias
pahouines (del Gabón) o zanzibarianas, exhibidas en jaulas. Pero, sobre todo, se les
teme. A decir verdad, no se les quiere. Cuando no se les desprecia abiertamente, los
gitanos se benefician de este tipo de racismo cotidiano a pequeñas dosis, que un día la
emprende con los «rastacueros» sudamericanos y otro con los «negritos»
norteafricanos. Entonces, los gitanos son considerados casi exclusivamente como
vagabundos, mendigos, ladrones y aojadores. Ni las mismas autoridades llegan a
considerarlos honrados ciudadanos. Se les prohíbe acampar en las afueras de las
ciudades. Se les somete a control policiaco, del cual, lo menos que puede decirse es
que resulta vejatorio, y son rechazados continuamente de una provincia a otra. Y al
propio tiempo (y esto es de lo que el público está menos enterado) se les somete a
obligaciones fiscales y militares. Considerados durante toda su vida como parias, no
por ello los gitanos varones dejan de ser enviados a la guerra al cumplir los veinte
años…
Lo poco que se conoce de los gitanos en general queda resumido en los tópicos
que las revistas, los periódicos y toda la mala literatura han repetido incansablemente,
reiterando sin cesar los temas más manoseados de un pintoresquismo fácil, y sin
preocuparse nunca de la verdad.
Y la vulgarización de la etnología es hoy tanta, que se tienen más informaciones
sobre las costumbres y hábitos de los últimos treinta indios Alalakuf que sobre el
origen y tipo de vida de estos «bohemios» con los que nos codeamos desde la
infancia.
El hecho de que 400 000 gitanos hayan sido fusilados, ahorcados o gaseados en
los campos nazis, al igual que los judíos, ha pasado prácticamente inadvertido. Que
Carmen Amaya, Django Reinhardt, los hermanos Bouglione, Yoshka Nemeth o Théo Medina hayan, en diversos aspectos, enriquecido, aunque sólo sea el arte del
espectáculo, parece no tener importancia. En Francia, el peregrinaje de Saintes-
Maries-de-la-Mer (en donde los turistas son más numerosos que los gitanos) parece
querer resucitar cada año el mito del «gitano» hermoso, orgulloso y libre, mito por el
cual el romanticismo ya había sustituido el del «bondadoso salvaje». Pero los
artículos, los reportajes y las imágenes televisadas en esta ocasión, sólo reflejan una
ignorancia supina, una indiferencia flagrante.
Este desconocimiento de todo un pueblo tiene razones profundas que, poco a
poco, intentaremos aclarar. Se verá en seguida que, en todos los tiempos, los
sedentarios han considerado a los nómadas como a gente peligrosa, cuya
inestabilidad podía constituir una amenaza para la estabilidad de aquéllos. Y han
considerado a los «bohemios» en particular como a los «brujos, saltimbanquis y
fulleros» que Béranger cantó.
Pero no sólo son culpables de ello nuestros prejuicios: los mismos gitanos han
hecho mucho para que se les ignorase. Viviendo al margen de la civilización,
emplean todavía los métodos de defensa propios de los seres asocíales. Celosos de su
unidad étnica, conscientes de su originalidad racial, satisfechos de su vida natural,
rehuyen cuanto pueden todo contacto con los ciudadanos y los campesinos
sedentarios. No desean en modo alguno comunicarnos los secretos de su forma de
vivir. Mienten sistemáticamente, dando prueba del reflejo de autodenfesa normal por
parte de una minoría que ha luchado durante tanto tiempo contra las peores afrentas.
Además, aceptan esta parte de maldición que los hombres han tenido siempre
necesidad de hacer pesar sobre otros, tomándolos como cabeza de turco.
Y a pesar de todo esto, los gitanos suponen un caso excepcional: el ejemplo único
de un conjunto étnico perfectamente definido a través del tiempo y del espacio, que,
desde más de mil años y más allá de las fronteras de Europa, ha llevado a cabo una
gigantesca migración, sin que jamás haya consentido alteración alguna a la
originalidad y a la unidad de su raza. Únicamente la diáspora judía podría ser
comparada a la dispersión gitana. Pero los judíos se han ido integrando en las
civilizaciones de los países que han atravesado. Aunque continúen siendo judíos, no
por ello dejan de adaptarse a las condiciones de vida de su nuevo ambiente. Los
gitanos, por el contrario, han realizado la proeza de recorrer el mundo civilizado sin
dejar de someterse a las normas de existencia que están en vigor entre los nómadas de
Asia. Porque, a sus ojos, ésta es la única forma de vivir digna del hombre. Para el no-
gitano sólo sienten desprecio. El mismo calificativo que les dan, gachó, significa
propiamente: campesino, cultivador, con el mismo matiz peyorativo que se aplica a
los miserables. En cuanto a ellos, son los amos de la Tierra.
El estudio de este pueblo extraordinario empezó en el siglo XV, cuando
aparecieron en Europa las primeras bandas de «bohemios». Pero la cingarología o
gitanología no se incorporó a la etnología hasta el siglo XIX, cuando, bajo la
influencia del romanticismo, se hizo sentir la necesidad de un exotismo interior. Se tenían a la vista «los salvajes bondadosos» y los «hurones» de cada día. Entonces, la
literatura y la ciencia se apoderaron del problema gitano. Fueron publicados
numerosos libros, en los que se mezclaba la ciencia y la literatura. Se descubrió así
que los gitanos no eran sólo unos «diablos» enviados por el demonio. Por casualidad,
se descubrió que su idioma, considerado hasta entonces como un argot vulgar secreto,
copiado del de los golfos organizados, era en realidad una lengua viva. Y a través de
esta rama de la lingüística, se descubrió al fin que aquellos hombres venían de las
lejanas Indias, expulsados por las grandes invasiones de los bárbaros, a los cuales,
probablemente, se negaron a someterse.
Siguiéndoles la pista, los eruditos se interesaron por aquellos nómadas cuya área
de dispersión cubría una parte de Asia y toda Europa. Se dieron cuenta de la
insospechada riqueza que podía revelar el estudio de un grupo original que se había
abierto camino de aquella forma a través de diez siglos y de cuarenta países. Se
empezó a examinar sistemáticamente los hábitos y las costumbres gitanas, intentando
separar los elementos originales de los que habían tomado de las civilizaciones con
las que habían tenido contacto. La materia era sumamente rica. Al principio, sin
embargo, el resultado fue decepcionante; se llegaba a la conclusión de que los gitanos
no tenían, aparte de su unidad y de su huraña negativa a integrarse en cualquier
civilización, ningún rasgo perfectamente original. Su folklore, sus tradiciones, su
magia, sus costumbres, sus creencias sólo parecían reflejar las de los países situados
entre la India e Irlanda.
Esta decepción no duró, y se desvaneció cuando pudo ser comprobado que los
gitanos representaban precisamente un conjunto folklórico incomparable: la
migración gitana que evoca una raspa de pescado sobre el mapa de Europa, había
absorbido, transportado, eliminado, escogido, rechazado y conservado lo esencial de
las costumbres y creencias universales. Hasta tal punto, que el folklore gitano ofrece
hoy en día una imagen apasionante y exacta del antiguo Oriente Medio y de la
Europa primitiva.
Al igual que los conductores de caravanas transportando sus pacas de seda y de
té, las ideas y las noticias, las costumbres y los hábitos, los gitanos han enriquecido
las artes de la música y de la danza, del espectáculo de la feria, de la adivinación,
como asimismo han contribuido a mejorar ciertas artesanías, la forja del hierro y el
trabajo de los metales, el comercio de los caballos y la fabricación de utensilios de
primera necesidad. En el transcurso de estas páginas podrán verse suficientes
ejemplos, lo cual me permite limitarme aquí a citar uno solo, que no deja de ser
humorístico: los gitanos fueron los que introdujeron la mantequilla en España, y con
el mismo nombre con que se la designa hoy en día: ¡manteca!
El mismo nombre de gitano exige una explicación. El público se ha acostumbrado
a designar abusivamente bajo los vocablos de bohemios, calés, románigos… a todos
los individuos que llevan una vida nómada, viven en carromatos, son morenos y sus
mujeres llevan trajes multicolores; que dicen la buenaventura y viven al margen de nuestra sociedad. Las distinciones indispensables que es conveniente establecer
dentro de la raza gitana (que ya indico anexa al primer capítulo) demostrarán lo
mucho que difieren entre sí los diversos grupos. Los criterios físicos ya permiten
evitar confusiones. Entre los húngaros de tez cobriza y las rubias sinti pecosas; entre
las ardientes gitanas de Andalucía y las frágiles bellezas yénische suecas, nos será
difícil hallar puntos de contacto. La romería de Saintes-Maries-de-la-Mer nos ofrecía,
todavía en estos últimos años, una idea de la variedad de estos tipos. Asimismo, un
observador atento podía comprobar en tal ocasión la diversidad de los dialectos
empleados. Sobre una lengua base, el romaní, cada grupo, más o menos, ha creado su
propio idioma, conservando las raíces originales, pero injertándole no sólo los
vocablos extranjeros, sino también su acento. Hoy en día una kaldera de Hungría,
identificable por sus faldas multicolores y sus collares de cequíes, no podría
conversar con una gypsy inglesa; lo que hace que resulte un poco vano el deseo de los
investigadores de querer hablar gitano.
En cuanto al código secreto de su correspondencia, el patrin, que va desde los
dibujos murales trazados con tiza a los nudos de hilos dispuestos sobre ramas y
arbustos, parece modificarse aún más de uno a otro grupo, y es lógico: los secretos
familiares no deben importarle al vecino, aunque éste pertenezca al linaje «gitano».
Las costumbres y los hábitos, los tabúes, las leyes, la justicia, las supersticiones, las
creencias religiosas se diversifican no sólo de un grupo a otro, sino que, incluso
alguna vez, hasta entre las tribus y entre las familias.
Es, pues, imposible incluir en esta obra un catálogo completo del folklore gitano.
Me he limitado a buscar, para todos los movimientos de la vida ordinaria, un
denominador común que bastará, así lo espero, para demostrar la riqueza de este
folklore, todavía poco conocido en Francia.
Porque más allá de estas diferencias que acabo de reseñar, capaces de provocar
violentos ajustes de cuentas, todos ellos, gitanos, calés, cíngaros y manuches, están
unidos por el mismo amor a la libertad, su eterna fuga ante las trabas de la
civilización, la necesidad vital de vivir al ritmo de la Naturaleza, de ser dueños de sí
mismos, y el desprecio hacia lo que llamamos pomposamente los «acontecimientos».